12.03.03ATCHUGARRY: YATAY, CARNELLI Y CENTRAL
MONTEVIDEO. El acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) –que se aprueba formalmente en una o dos semanas– es hasta febrero de 2005. Pero para que los créditos lleguen es necesario salvar exámenes cada tres meses.Por Nelson Fernández Salvidio
MONTEVIDEO. El acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) –que se aprueba formalmente en una o dos semanas– es hasta febrero de 2005. Pero para que los créditos lleguen es necesario salvar exámenes cada tres meses.
El trabajo de las autoridades económicas ha sido muy intenso. Lo es y lo seguirá siendo, porque el margen de error es mínimo y no hay tiempo que perder. Ese esfuerzo se nota. El ministro de Economía, Alejandro Atchugarry, apareció anoche en los noticieros de televisión con una imagen que refleja lo que ha sido su vida desde fines de julio. Ha hecho una entrega total a la misión salvadora que asumió durante el estallido de la crisis bancaria. Trabaja mucho, descansa poco, fuma bastante y no cuida su alimentación.
La alegoría elegida por el presidente Jorge Batlle en referencia a su gestión gubernamental, fue la de que se sentía en un ferrocarril “en Estación Carnelli”. Lo hizo para explicar que gobernaría sin importarle algunos tabúes, jugado a sus ideas, porque ya sabe que se “baja en la próxima”, que es la terminal (la Estación Central) y no tiene a objetivos posteriores (obviamente, electorales).
Usando esa imagen, Atchugarry parece que más allá de la estación en que se encuentre, está preocupado no sólo porque el tren no descarrile, sino por no perder la carga de ningún vagón, aunque eso lo haga moverse lentamente. Llegar a la terminal con todos los pasajeros es su propósito. No tiene apetitos electorales. Lo que tiene es una vocación extremista por el salvataje de todos los pasajeros.
Leal al presidente, conocedor a fondo de los temas de gobierno por su intensa labor legislativa, componedor con los otros partidos –incluso la oposición– por su carácter y experiencia parlamentaria, Atchugarry ha pasado a ser la figura central del gobierno.
Procura proteger a los ahorristas, mantener la mayor cantidad de fuentes de trabajo a los bancarios, contemplar de alguna manera a los deudores en dólares perjudicados por la devaluación, atenuar con préstamos la pérdida de poder adquisitivo de funcionarios públicos y jubilados. Todo a la vez. Como un arquero de fútbol que ataja penales de varios jugadores. Escucha a todos con respeto y promete buscar una solución. Eso lo lleva a postergar decisiones drásticas, porque así puede salvar lo mayor posible. Todo esto es meritorio. Pero por querer salvar todos los vagones y a todos los pasajeros, corre el riesgo que el pesado tren pueda salirse de las vías o no llegar a la terminal.
Esperó al grupo Moon durante meses en procura de una solución que permitiera reabrir el Banco De Crédito, y mientras, los activos del banco (los préstamos otorgados, que son derechos a cobrar) se desvalorizaron; las disponibilidades se redujeron porque se usaron para salarios (que incluso aumentaron, lo que encarece el costo de despidos) y también para gastos de funcionamiento de un banco cerrado.
El costo grande de todo esto, está en la credibilidad que la gente tiene en el sistema financiero y en la acción de las autoridades.
Indirectamente, su actitud debilita la posición del gobierno. Como el Banco Central tiene que ser firme en la vigilancia del sistema financiero y en las autorizaciones a bancos que quieran operar en plaza (ya quedó claro lo que pasa cuando esto falla), el público interpreta que hay dos posiciones: la “dialoguista” del Ministerio de Economía y la de los “duros” de la autoridad monetaria. ¿Alguien puede pensar que en el Banco Central debe haber “cintura” política para autorizar a un banco a operar, o “flexibilidad” para aceptar soluciones que no encuadren con las exigencias establecidas?
Los técnicos especializados en el control del sistema bancario no tienen que tener esas cualidades. Pero si se genera expectativa de soluciones sui generis, se corre el riesgo de que los técnicos cumplan al pie de la letra con su cometido y se deteriore la confianza, que ya está muy débil.
En tanto, el sindicato tiene derecho a defender sus fuentes de trabajo, pero no es admisible una ocupación de un banco, en el que hay valores en custodia, en el que hay cofre fort con dinero, joyas de clientes, que no tienen inventario.
La amortiguación de los problemas lleva a postergar decisiones que, semanas más, semanas menos, habrá que tomar.
Las zozobras de enero por falta de acuerdo con el FMI pueden resurgir si Uruguay no cumple los compromisos asumidos para este semestre y no salva el examen de junio.
Se han sacrificado cientos de millones de dólares de toda la sociedad (renunciamiento para que ahorristas recuperen depósitos), se ha protegido todo lo que se pudo a todas las partes. Constituye un sacrificio enorme de la población, incluso de aquellos que no confiaron en banqueros que no manejaron bien su negocio, incluso de los que ni tienen capacidad de ahorro.
Para que el tren no se descarrille y llegue a la Estación –que es el interés general– , el maquinista no puede perder tiempo en querer salvar lo que ya sabe que es insalvable. Hay que pasar Yatay, Carnelli y llegar en las mejores condiciones.
Hay que despejar el panorama, terminar la incertidumbre sobre lo que se hará con la deuda pública (bonos), sobre el sistema bancario que quedará tras la crisis, sobre nuevos mecanismos de garantías previstos en la ley de diciembre. Para todo eso se precisa confianza, lo que no se logra con todos los frentes abiertos. Y no habrá créditos externos si se posterga la cirugía necesaria.
Viendo lo que queda por hacer, no es fácil. Y el tiempo corre más rápido que el ferrocarril uruguayo.
MONTEVIDEO. El acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) –que se aprueba formalmente en una o dos semanas– es hasta febrero de 2005. Pero para que los créditos lleguen es necesario salvar exámenes cada tres meses.
El trabajo de las autoridades económicas ha sido muy intenso. Lo es y lo seguirá siendo, porque el margen de error es mínimo y no hay tiempo que perder. Ese esfuerzo se nota. El ministro de Economía, Alejandro Atchugarry, apareció anoche en los noticieros de televisión con una imagen que refleja lo que ha sido su vida desde fines de julio. Ha hecho una entrega total a la misión salvadora que asumió durante el estallido de la crisis bancaria. Trabaja mucho, descansa poco, fuma bastante y no cuida su alimentación.
La alegoría elegida por el presidente Jorge Batlle en referencia a su gestión gubernamental, fue la de que se sentía en un ferrocarril “en Estación Carnelli”. Lo hizo para explicar que gobernaría sin importarle algunos tabúes, jugado a sus ideas, porque ya sabe que se “baja en la próxima”, que es la terminal (la Estación Central) y no tiene a objetivos posteriores (obviamente, electorales).
Usando esa imagen, Atchugarry parece que más allá de la estación en que se encuentre, está preocupado no sólo porque el tren no descarrile, sino por no perder la carga de ningún vagón, aunque eso lo haga moverse lentamente. Llegar a la terminal con todos los pasajeros es su propósito. No tiene apetitos electorales. Lo que tiene es una vocación extremista por el salvataje de todos los pasajeros.
Leal al presidente, conocedor a fondo de los temas de gobierno por su intensa labor legislativa, componedor con los otros partidos –incluso la oposición– por su carácter y experiencia parlamentaria, Atchugarry ha pasado a ser la figura central del gobierno.
Procura proteger a los ahorristas, mantener la mayor cantidad de fuentes de trabajo a los bancarios, contemplar de alguna manera a los deudores en dólares perjudicados por la devaluación, atenuar con préstamos la pérdida de poder adquisitivo de funcionarios públicos y jubilados. Todo a la vez. Como un arquero de fútbol que ataja penales de varios jugadores. Escucha a todos con respeto y promete buscar una solución. Eso lo lleva a postergar decisiones drásticas, porque así puede salvar lo mayor posible. Todo esto es meritorio. Pero por querer salvar todos los vagones y a todos los pasajeros, corre el riesgo que el pesado tren pueda salirse de las vías o no llegar a la terminal.
Esperó al grupo Moon durante meses en procura de una solución que permitiera reabrir el Banco De Crédito, y mientras, los activos del banco (los préstamos otorgados, que son derechos a cobrar) se desvalorizaron; las disponibilidades se redujeron porque se usaron para salarios (que incluso aumentaron, lo que encarece el costo de despidos) y también para gastos de funcionamiento de un banco cerrado.
El costo grande de todo esto, está en la credibilidad que la gente tiene en el sistema financiero y en la acción de las autoridades.
Indirectamente, su actitud debilita la posición del gobierno. Como el Banco Central tiene que ser firme en la vigilancia del sistema financiero y en las autorizaciones a bancos que quieran operar en plaza (ya quedó claro lo que pasa cuando esto falla), el público interpreta que hay dos posiciones: la “dialoguista” del Ministerio de Economía y la de los “duros” de la autoridad monetaria. ¿Alguien puede pensar que en el Banco Central debe haber “cintura” política para autorizar a un banco a operar, o “flexibilidad” para aceptar soluciones que no encuadren con las exigencias establecidas?
Los técnicos especializados en el control del sistema bancario no tienen que tener esas cualidades. Pero si se genera expectativa de soluciones sui generis, se corre el riesgo de que los técnicos cumplan al pie de la letra con su cometido y se deteriore la confianza, que ya está muy débil.
En tanto, el sindicato tiene derecho a defender sus fuentes de trabajo, pero no es admisible una ocupación de un banco, en el que hay valores en custodia, en el que hay cofre fort con dinero, joyas de clientes, que no tienen inventario.
La amortiguación de los problemas lleva a postergar decisiones que, semanas más, semanas menos, habrá que tomar.
Las zozobras de enero por falta de acuerdo con el FMI pueden resurgir si Uruguay no cumple los compromisos asumidos para este semestre y no salva el examen de junio.
Se han sacrificado cientos de millones de dólares de toda la sociedad (renunciamiento para que ahorristas recuperen depósitos), se ha protegido todo lo que se pudo a todas las partes. Constituye un sacrificio enorme de la población, incluso de aquellos que no confiaron en banqueros que no manejaron bien su negocio, incluso de los que ni tienen capacidad de ahorro.
Para que el tren no se descarrille y llegue a la Estación –que es el interés general– , el maquinista no puede perder tiempo en querer salvar lo que ya sabe que es insalvable. Hay que pasar Yatay, Carnelli y llegar en las mejores condiciones.
Hay que despejar el panorama, terminar la incertidumbre sobre lo que se hará con la deuda pública (bonos), sobre el sistema bancario que quedará tras la crisis, sobre nuevos mecanismos de garantías previstos en la ley de diciembre. Para todo eso se precisa confianza, lo que no se logra con todos los frentes abiertos. Y no habrá créditos externos si se posterga la cirugía necesaria.
Viendo lo que queda por hacer, no es fácil. Y el tiempo corre más rápido que el ferrocarril uruguayo.
