África necesita Libertad, no “ayuda”
Por Sheldon Richman
Los políticos nunca son más peligrosos que cuando piensan: "tenemos que hacer algo".
Tomemos a la reunión recientemente concluida del G8 en Escocia. Los gobernantes de las potencias económicas más avanzadas (y Rusia) se reunieron con la intención de mostrarse como si estuvieran haciendo algo para poner fin a la pobreza en África. Se comprometieron a duplicar la cantidad de dinero que enviarán al continente hasta 2010 en una suma de 50.000 millones de dólares al año.
La mayoría de las informaciones sobre esta reunión, como la del New York Times, habla en términos de "combatir la pobreza en África" y "compromisos de las ocho naciones para doblar su ayuda".
Seamos realistas: ninguna "nación" se comprometió a nada. Ocho hombres presuntuosos prometieron obligar por la fuerza a sus contribuyentes a entregarles dinero. Las transferencias forzadas no constituirán ayuda alguna si por esa palabra nos referimos a los medios para crear prosperidad. Quien define los términos gana el debate antes de comenzar. No se puede suponer que las dádivas del gobierno son ayuda verdaderamente. Hay que probarlo. La historia y la teoría prueban lo contrario.
Durante los últimos cuarenta años se le dieron cientos de miles de millones de dólares a los gobiernos y a las organizaciones no gubernamentales en África, sin embargo, según el Banco Mundial, "el ingreso per capita promedio [en África Sub-Sahariana] es menor que hacia fines de la década de 1960… La región tiene una creciente porción de la pobreza absoluta del mundo." Eso sí que es un record.
¿Entonces sobre qué base consideramos que el dinero es "ayuda"? Tal como escribió hace unos cuantos años el gran economista del desarrollo P. T. (Lord) Bauer, el concepto de "ayuda" prejuzga los efectos del dinero. "Sería mucho más preferible hablar en términos de regalos o limosnas desde el punto de vista lógico, para referirnos a esta clase de transferencias".
Dejando de lado a la semántica, ¿se necesita dinero para sacar a África de la pobreza? Bauer escribió en la década de 1960, "La ayuda extranjera claramente no es necesaria para el desarrollo económico, como resulta obvio, por ejemplo, de la misma existencia de los países desarrollados. Todos comenzaron como subdesarrollados y progresaron sin ayuda extranjera. Más aún, muchos países subdesarrollados han avanzado muy rápidamente durante el último medio siglo sin ayuda extranjera… Hay muchos países de esa clase en el lejano oriente, el sudeste asiático, África Oriental y Occidental y Latinoamérica. La ayuda extranjera tampoco es una condición suficiente. Por ejemplo, no puede promover el desarrollo si la población en general no está interesada en el progreso material, ni si está fuertemente arraigada en valores y costumbres incompatibles con el progreso material."
El dinero es peor que ineficiente. Es perjudicial porque politiza a las sociedades, enriquece a políticos y a organizaciones parásitas, y desincentiva la actividad productiva. La toma de decisiones políticas, fortalecida por la ayuda, no es buena para la gente. Por este motivo, la idea de que habría que dar ayuda sólo si los gobiernos de África eliminan la corrupción, no tiene sentido. Aún si pudieran poner fin a la corrupción (¿la han eliminado los gobiernos del G8?) la ayuda sería contraria al progreso.
Tal como señaló Bauer, el progreso económico surge del trabajo, de la división del trabajo, del comercio, del ahorro, de la inversión, y de sólidos derechos de propiedad. La precondición es una cultura que no desincentive ni impida la creación de riqueza. ¿La gente no necesita capital? Será generado por la gente misma; pero si se cumplen las condiciones antes mencionadas, los extranjeros estarán deseosos de invertir.
El resultado es que los países más pobres de África tienen sus destinos en sus propias manos. No necesitan de las promesas de ocho políticos que no producen nada.
Sheldon Richman es miembro senior de The Future of Freedom Foundation (www.fff.org) en Fairfax, Va., autor de Tethered Citizens: Time to Repeal the Welfare State, y editor de la revista The Freeman.
Los políticos nunca son más peligrosos que cuando piensan: "tenemos que hacer algo".
Tomemos a la reunión recientemente concluida del G8 en Escocia. Los gobernantes de las potencias económicas más avanzadas (y Rusia) se reunieron con la intención de mostrarse como si estuvieran haciendo algo para poner fin a la pobreza en África. Se comprometieron a duplicar la cantidad de dinero que enviarán al continente hasta 2010 en una suma de 50.000 millones de dólares al año.
La mayoría de las informaciones sobre esta reunión, como la del New York Times, habla en términos de "combatir la pobreza en África" y "compromisos de las ocho naciones para doblar su ayuda".
Seamos realistas: ninguna "nación" se comprometió a nada. Ocho hombres presuntuosos prometieron obligar por la fuerza a sus contribuyentes a entregarles dinero. Las transferencias forzadas no constituirán ayuda alguna si por esa palabra nos referimos a los medios para crear prosperidad. Quien define los términos gana el debate antes de comenzar. No se puede suponer que las dádivas del gobierno son ayuda verdaderamente. Hay que probarlo. La historia y la teoría prueban lo contrario.
Durante los últimos cuarenta años se le dieron cientos de miles de millones de dólares a los gobiernos y a las organizaciones no gubernamentales en África, sin embargo, según el Banco Mundial, "el ingreso per capita promedio [en África Sub-Sahariana] es menor que hacia fines de la década de 1960… La región tiene una creciente porción de la pobreza absoluta del mundo." Eso sí que es un record.
¿Entonces sobre qué base consideramos que el dinero es "ayuda"? Tal como escribió hace unos cuantos años el gran economista del desarrollo P. T. (Lord) Bauer, el concepto de "ayuda" prejuzga los efectos del dinero. "Sería mucho más preferible hablar en términos de regalos o limosnas desde el punto de vista lógico, para referirnos a esta clase de transferencias".
Dejando de lado a la semántica, ¿se necesita dinero para sacar a África de la pobreza? Bauer escribió en la década de 1960, "La ayuda extranjera claramente no es necesaria para el desarrollo económico, como resulta obvio, por ejemplo, de la misma existencia de los países desarrollados. Todos comenzaron como subdesarrollados y progresaron sin ayuda extranjera. Más aún, muchos países subdesarrollados han avanzado muy rápidamente durante el último medio siglo sin ayuda extranjera… Hay muchos países de esa clase en el lejano oriente, el sudeste asiático, África Oriental y Occidental y Latinoamérica. La ayuda extranjera tampoco es una condición suficiente. Por ejemplo, no puede promover el desarrollo si la población en general no está interesada en el progreso material, ni si está fuertemente arraigada en valores y costumbres incompatibles con el progreso material."
El dinero es peor que ineficiente. Es perjudicial porque politiza a las sociedades, enriquece a políticos y a organizaciones parásitas, y desincentiva la actividad productiva. La toma de decisiones políticas, fortalecida por la ayuda, no es buena para la gente. Por este motivo, la idea de que habría que dar ayuda sólo si los gobiernos de África eliminan la corrupción, no tiene sentido. Aún si pudieran poner fin a la corrupción (¿la han eliminado los gobiernos del G8?) la ayuda sería contraria al progreso.
Tal como señaló Bauer, el progreso económico surge del trabajo, de la división del trabajo, del comercio, del ahorro, de la inversión, y de sólidos derechos de propiedad. La precondición es una cultura que no desincentive ni impida la creación de riqueza. ¿La gente no necesita capital? Será generado por la gente misma; pero si se cumplen las condiciones antes mencionadas, los extranjeros estarán deseosos de invertir.
El resultado es que los países más pobres de África tienen sus destinos en sus propias manos. No necesitan de las promesas de ocho políticos que no producen nada.
Sheldon Richman es miembro senior de The Future of Freedom Foundation (www.fff.org) en Fairfax, Va., autor de Tethered Citizens: Time to Repeal the Welfare State, y editor de la revista The Freeman.
