03.02.03URUGUAY CON ALFILERES
MONTEVIDEO. Sin líos en las calles, sin grandes conflictos, con incremento de depósitos en los bancos, en medio de la calma veraniega y a sólo seis meses del estallido de la crisis bancaria que sacudió al país, un observador extranjero, un turista que venga a disfrutarPor Nelson Fernández Salvidio
MONTEVIDEO. Sin líos en las calles, sin grandes conflictos, con incremento de depósitos en los bancos, en medio de la calma veraniega y a sólo seis meses del estallido de la crisis bancaria que sacudió al país, un observador extranjero, un turista que venga a disfrutar de este espléndido verano, podría pensar que Uruguay ha logrado zafar con éxito de aquél caos.
Ni tanto, ni tan poco. Es meritorio lo logrado en este tiempo, después de haber estado al borde de un colapso. Pero el peligro no ha pasado y se precisará serenidad, consenso político, inteligencia, esfuerzo y talento, una dosis grande de suerte y sobre todo el mantenimiento de ayuda externa, para lograr una recuperación, o más aún, para evitar una recaída. Que ahora sí, sería catastrófica.
En lo político, en lo económico, en lo financiero, en lo social, todo está frágil, en terapia intensiva o en cuidados intermedios. Pero también, hay signos de que el país logra crear protección contra los quiebres dramáticos. Y eso, da aire.
En lo político, en lo gubernamental, no hay una conducción que cuente con una base de respaldo sólido y amplio como sería conveniente para pilotear una crisis y simultáneamente llevar adelante un proyecto de gobierno, sino que hay complejidad de negociar a veces hasta el límite por un voto que marque la diferencia en el proceso legislativo. Pero tampoco está el drama de vivir al borde de la caída.
La oposición de izquierda mantiene bloqueado al presidente Jorge Batlle en los proyectos que hacen al eje de su gobierno, según lo que anunció al asumir en marzo de 2000. El Frente Amplio no sólo juntó firmas para consultas populares –arrastrado por los sindicatos– sino que con esa movida, más allá de derogar o no las leyes (a ves lo ha conseguido, otras ocasiones no) impide una eliminación de los monopolios estatales y la apertura de la economía, aleja inversiones extranjeras que aunque no fueran por montos elevados podrían haber generado una dinámica económica que hiciera visible el beneficio de la propuesta económica del oficialismo. Pero ese bloqueo que hace la izquierda, si bien ataca el resultado de la gestión del gobierno, no significa una amenaza de ruptura. El Frente Amplio apuesta a ganar las elecciones en noviembre de 2004 y no antes: sabe que no le conviene el escenario caótico de una elección anticipada y prefiere prepararse con tiempo para el gobierno (aunque no da señales que trabaje en eso).
El Partido Colorado apoya sin fricciones a Batlle, aunque periódicamente aparezcan chispazos públicos de las diferencias entre el “quincismo” (o sea los seguidores del presidente) y el Foro, a través de algunos dirigentes próximos a Julio Sanguinetti. Pero como Sanguinetti no aceptará nunca aparecer como el que puso una piedra en el camino de Batlle, por ese lado no hay problemas. Tal vez, el problema sea la falta de energía de los colorados (“quincistas” o “foristas”) para defender con entusiasmo las propuestas del gobierno, para explicarle a la gente los beneficios de las reformas y para enfrentar a la izquierda, que es la fuerza más dinámica.
El Partido Nacional se abrió de la coalición de gobierno, lo que en su momento supuso un factor negativo en la imagen del gobierno ante los inversores, pero en los hechos no se tradujo en los problemas que una decisión de ese tipo generaría en otro país. El problema mayor ahí es que la preocupación del senador Jorge Larrañaga para lograr presencia pública y que sus correligionarios lo acepten como el rival de Luis Lacalle, lo lleva a hacer planteos –permanentemente– que son simpáticos para algún sector del electorado (como los productores deudores) pero que no tienen igual sintonía con los inversores, a los que les preocupan que se respeten los contratos. A eso se suma, que otras corrientes “no herreristas” –que no ven a Larrañaga con chance de competir en una interna– quieren también marcar “un perfil”, mientras discuten sobre quién podrá ser “la” figura que le gane a Lacalle y pelee por ir a un balotage.
Esas movidas no serían peligrosas si quedaran en la competencia político-partidaria, pero lo sucedido ayer en el Parlamento con el impulso (amenaza) de votar una ley de refinanciación de deudas y suspensión de ejecuciones, puede –en una situación límite como está Uruguay– derivar en un colapso no buscado.
En lo económico, dentro de un panorama horrible, parece que hay alguna lucecita reactivadora. El sector agropecuario se mueve en un momento en que el crédito sigue cortado, lo que no es poca cosa. El país sigue en recesión (quinto año), el desempleo sigue muy alto (y seguirá así) la inflación (primero por la devaluación y luego por ajustes tarifarios ante la fragilidad fiscal) complica las cosas y el consumo interno sigue deprimido. La temporada turística no será una maravilla, pero ha movilizado al comercio. El impacto externo de una recuperación en Argentina (y quizá en Brasil) es lo que puede ayudar. La situación es mala, pero estimaciones de especialistas indican que no se agravará y que tímidamente, algunos sectores sacudirán la modorra. Todo muy frágil, pero con vida.
En tanto, el gobierno tiene que cuidar con celo las finanzas públicas, de forma de lograr un superávit primario (sin contar los intereses de deuda) que le permitan cumplir sus compromisos, que es a lo que apuesta.
En lo financiero, luego de la tormenta de agosto, se atraviesa un período de calma. La recuperación de depósitos en los bancos no es de gran magnitud pero ha marcado un cambio de tendencia. No vuelven depósitos de argentinos, no vuelve el dinero que los uruguayos (con mayor ahorro) giraron al exterior el año pasado, pero alguna parte de lo que estaba escondido en las casas (colchones, cajas fuertes, etc.) o en “cofre fort”, vuelve diariamente a los bancos. Claro, a corto plazo (caja de ahorro o fijo a 30 días), pero vuelve al fin.
Además, el próximo vencimiento de un bono de deuda estatal es en menos de dos semanas, por casi 150 millones de dólares. El gobierno lo va a pagar, lo que para muchos reforzará la confianza sobre la capacidad y voluntad del Estado de honrar sus deudas. Algunos (no se sabe cuántos) cobrarán ese dinero y comprarán más bonos (incluso aprovechando que están con precios bajos); otros sentirán alivio porque pudieron recuperar su dinero y buscarán otro destino. Si lo llevan a un banco, aumentan los depósitos: también un poquito más de confianza. Otros lo sacarán del país o lo esconderán en la cama. El resultado, sin ser gran cosa, debería ser positivo.
El nivel de confianza es altísimo si se mira para atrás y se recuerda que se salió de una crisis terrible. Pero es muy frágil si se comprende que el mínimo movimiento en falso puede revertir la tendencia. Y ahí, está muy fresco el recuerdo de como se retroalimenta una corrida bancaria y de títulos de deuda.
En lo social, la pobreza aumentó el año pasado y en base a las proyecciones de inflación para este año y a la evolución de los ingresos familiares, es lógico que se mantenga la tendencia. Sin embargo, el deterioro social no se traduce como en otros países en un clima de reacciones violentas que amenacen la estabilidad institucional. Los “saqueos” a comercios duraron un día y medio (31 de julio y 1º de agosto).
En otro nivel, la actitud de los perjudicados por estafas o quiebras bancarias, se conformaron con sacarse las ganas con manifestaciones puntuales (frente a residencias de banqueros y en las noches y no en la zona bancaria y durante horario de operativa financiera), las que se han ido diluyendo.
Quizá el problema en el área social se de en un mayor nivel de delincuencia. Pero para un observador externo, Uruguay –comparado con otros países latinoamericanos– no aparece como un país inseguro.
A la incertidumbre natural que genera esto, se añade la alta probabilidad de un debut de la izquierda en el gobierno a partir de 2005, lo que para los inversores es un dato no menor, y para la economía significa un “compás de espera” para “ver qué pasa”.
La crisis violenta del invierno pasado quedó atrás y se ha salido con una calma que sorprende a muchos. Los problemas siguen. Incluso está el engendro de un nuevo banco que no tiene dueño, y se ha caído en la tontería de mejorar el aumento en sueldos públicos con tickets por fideos en lugar de asumir la firmeza que requiere el manejo fiscal. Y los problemas no desaparecerán por arte de magia.
La calma no da para descuidarse. Atado con alfileres, el presente de Uruguay –y el futuro– sigue complicado. Pero se está con vida, lo que no es poco, y políticamente debería valorarse más eso, para apuntalar una salida.
Lo rescatable es que hoy se podría estar peor. Lo preocupante es que todavía se puede estar peor.
Nelson Fernández es periodista y analista económico uruguayo. Esta columna fue publicada en la Revista BÚSQUEDA de Montevideo (Uruguay) el jueves 30 de enero de 2003.
MONTEVIDEO. Sin líos en las calles, sin grandes conflictos, con incremento de depósitos en los bancos, en medio de la calma veraniega y a sólo seis meses del estallido de la crisis bancaria que sacudió al país, un observador extranjero, un turista que venga a disfrutar de este espléndido verano, podría pensar que Uruguay ha logrado zafar con éxito de aquél caos.
Ni tanto, ni tan poco. Es meritorio lo logrado en este tiempo, después de haber estado al borde de un colapso. Pero el peligro no ha pasado y se precisará serenidad, consenso político, inteligencia, esfuerzo y talento, una dosis grande de suerte y sobre todo el mantenimiento de ayuda externa, para lograr una recuperación, o más aún, para evitar una recaída. Que ahora sí, sería catastrófica.
En lo político, en lo económico, en lo financiero, en lo social, todo está frágil, en terapia intensiva o en cuidados intermedios. Pero también, hay signos de que el país logra crear protección contra los quiebres dramáticos. Y eso, da aire.
En lo político, en lo gubernamental, no hay una conducción que cuente con una base de respaldo sólido y amplio como sería conveniente para pilotear una crisis y simultáneamente llevar adelante un proyecto de gobierno, sino que hay complejidad de negociar a veces hasta el límite por un voto que marque la diferencia en el proceso legislativo. Pero tampoco está el drama de vivir al borde de la caída.
La oposición de izquierda mantiene bloqueado al presidente Jorge Batlle en los proyectos que hacen al eje de su gobierno, según lo que anunció al asumir en marzo de 2000. El Frente Amplio no sólo juntó firmas para consultas populares –arrastrado por los sindicatos– sino que con esa movida, más allá de derogar o no las leyes (a ves lo ha conseguido, otras ocasiones no) impide una eliminación de los monopolios estatales y la apertura de la economía, aleja inversiones extranjeras que aunque no fueran por montos elevados podrían haber generado una dinámica económica que hiciera visible el beneficio de la propuesta económica del oficialismo. Pero ese bloqueo que hace la izquierda, si bien ataca el resultado de la gestión del gobierno, no significa una amenaza de ruptura. El Frente Amplio apuesta a ganar las elecciones en noviembre de 2004 y no antes: sabe que no le conviene el escenario caótico de una elección anticipada y prefiere prepararse con tiempo para el gobierno (aunque no da señales que trabaje en eso).
El Partido Colorado apoya sin fricciones a Batlle, aunque periódicamente aparezcan chispazos públicos de las diferencias entre el “quincismo” (o sea los seguidores del presidente) y el Foro, a través de algunos dirigentes próximos a Julio Sanguinetti. Pero como Sanguinetti no aceptará nunca aparecer como el que puso una piedra en el camino de Batlle, por ese lado no hay problemas. Tal vez, el problema sea la falta de energía de los colorados (“quincistas” o “foristas”) para defender con entusiasmo las propuestas del gobierno, para explicarle a la gente los beneficios de las reformas y para enfrentar a la izquierda, que es la fuerza más dinámica.
El Partido Nacional se abrió de la coalición de gobierno, lo que en su momento supuso un factor negativo en la imagen del gobierno ante los inversores, pero en los hechos no se tradujo en los problemas que una decisión de ese tipo generaría en otro país. El problema mayor ahí es que la preocupación del senador Jorge Larrañaga para lograr presencia pública y que sus correligionarios lo acepten como el rival de Luis Lacalle, lo lleva a hacer planteos –permanentemente– que son simpáticos para algún sector del electorado (como los productores deudores) pero que no tienen igual sintonía con los inversores, a los que les preocupan que se respeten los contratos. A eso se suma, que otras corrientes “no herreristas” –que no ven a Larrañaga con chance de competir en una interna– quieren también marcar “un perfil”, mientras discuten sobre quién podrá ser “la” figura que le gane a Lacalle y pelee por ir a un balotage.
Esas movidas no serían peligrosas si quedaran en la competencia político-partidaria, pero lo sucedido ayer en el Parlamento con el impulso (amenaza) de votar una ley de refinanciación de deudas y suspensión de ejecuciones, puede –en una situación límite como está Uruguay– derivar en un colapso no buscado.
En lo económico, dentro de un panorama horrible, parece que hay alguna lucecita reactivadora. El sector agropecuario se mueve en un momento en que el crédito sigue cortado, lo que no es poca cosa. El país sigue en recesión (quinto año), el desempleo sigue muy alto (y seguirá así) la inflación (primero por la devaluación y luego por ajustes tarifarios ante la fragilidad fiscal) complica las cosas y el consumo interno sigue deprimido. La temporada turística no será una maravilla, pero ha movilizado al comercio. El impacto externo de una recuperación en Argentina (y quizá en Brasil) es lo que puede ayudar. La situación es mala, pero estimaciones de especialistas indican que no se agravará y que tímidamente, algunos sectores sacudirán la modorra. Todo muy frágil, pero con vida.
En tanto, el gobierno tiene que cuidar con celo las finanzas públicas, de forma de lograr un superávit primario (sin contar los intereses de deuda) que le permitan cumplir sus compromisos, que es a lo que apuesta.
En lo financiero, luego de la tormenta de agosto, se atraviesa un período de calma. La recuperación de depósitos en los bancos no es de gran magnitud pero ha marcado un cambio de tendencia. No vuelven depósitos de argentinos, no vuelve el dinero que los uruguayos (con mayor ahorro) giraron al exterior el año pasado, pero alguna parte de lo que estaba escondido en las casas (colchones, cajas fuertes, etc.) o en “cofre fort”, vuelve diariamente a los bancos. Claro, a corto plazo (caja de ahorro o fijo a 30 días), pero vuelve al fin.
Además, el próximo vencimiento de un bono de deuda estatal es en menos de dos semanas, por casi 150 millones de dólares. El gobierno lo va a pagar, lo que para muchos reforzará la confianza sobre la capacidad y voluntad del Estado de honrar sus deudas. Algunos (no se sabe cuántos) cobrarán ese dinero y comprarán más bonos (incluso aprovechando que están con precios bajos); otros sentirán alivio porque pudieron recuperar su dinero y buscarán otro destino. Si lo llevan a un banco, aumentan los depósitos: también un poquito más de confianza. Otros lo sacarán del país o lo esconderán en la cama. El resultado, sin ser gran cosa, debería ser positivo.
El nivel de confianza es altísimo si se mira para atrás y se recuerda que se salió de una crisis terrible. Pero es muy frágil si se comprende que el mínimo movimiento en falso puede revertir la tendencia. Y ahí, está muy fresco el recuerdo de como se retroalimenta una corrida bancaria y de títulos de deuda.
En lo social, la pobreza aumentó el año pasado y en base a las proyecciones de inflación para este año y a la evolución de los ingresos familiares, es lógico que se mantenga la tendencia. Sin embargo, el deterioro social no se traduce como en otros países en un clima de reacciones violentas que amenacen la estabilidad institucional. Los “saqueos” a comercios duraron un día y medio (31 de julio y 1º de agosto).
En otro nivel, la actitud de los perjudicados por estafas o quiebras bancarias, se conformaron con sacarse las ganas con manifestaciones puntuales (frente a residencias de banqueros y en las noches y no en la zona bancaria y durante horario de operativa financiera), las que se han ido diluyendo.
Quizá el problema en el área social se de en un mayor nivel de delincuencia. Pero para un observador externo, Uruguay –comparado con otros países latinoamericanos– no aparece como un país inseguro.
A la incertidumbre natural que genera esto, se añade la alta probabilidad de un debut de la izquierda en el gobierno a partir de 2005, lo que para los inversores es un dato no menor, y para la economía significa un “compás de espera” para “ver qué pasa”.
La crisis violenta del invierno pasado quedó atrás y se ha salido con una calma que sorprende a muchos. Los problemas siguen. Incluso está el engendro de un nuevo banco que no tiene dueño, y se ha caído en la tontería de mejorar el aumento en sueldos públicos con tickets por fideos en lugar de asumir la firmeza que requiere el manejo fiscal. Y los problemas no desaparecerán por arte de magia.
La calma no da para descuidarse. Atado con alfileres, el presente de Uruguay –y el futuro– sigue complicado. Pero se está con vida, lo que no es poco, y políticamente debería valorarse más eso, para apuntalar una salida.
Lo rescatable es que hoy se podría estar peor. Lo preocupante es que todavía se puede estar peor.
Nelson Fernández es periodista y analista económico uruguayo. Esta columna fue publicada en la Revista BÚSQUEDA de Montevideo (Uruguay) el jueves 30 de enero de 2003.
