08.03.05José Mujica: nuevos códigos políticos para el Uruguay en crisis
Su aspecto desaliñado y su estudiado lenguaje de boliche de campaña, lo convirtieron en el pariente extravagante de la legislatura, muchas veces objeto de burlas. Pero marcó un fuerte contraste con los “dotores” de saco y corbata y creó un estilo propio.
Por Carlos Alvarez
Una tarde de mediados de febrero de 1990 un hombre acomodó una moto Vespa en el estacionamiento del Palacio Legislativo reservado para los diputados. El policía que custodiaba el lugar al ver el aspecto humilde de aquel hombre supuso que vendría a hacer alguna reparación al magno edificio de las leyes y, sin ánimo de echarlo, le preguntó: - ¿se va a quedar mucho rato, don?
-"mire, si los milicos no me echan, me voy a quedar por lo menos cinco años" respondió el ex guerrillero José Mujica, que iba a asumir su primer período como legislador.
Chacarero de la zona rural de Montevideo donde vive en una modesta vivienda y cultiva flores, acude a la Cámara con el mismo atuendo con el que trabaja. Su aspecto desaliñado y su estudiado lenguaje de boliche de campaña, lo convirtieron en el pariente extravagante de la legislatura, muchas veces objeto de burlas. Pero marcó un fuerte contraste con los "dotores" de saco y corbata y creó un estilo propio.
En su nuevo rol de anciano de la tribu, beatificado por el sufrimiento vivido durante trece años en las cárceles de la dictadura, logró hacer pasar su retórica primitiva y confusa, por filosofía profunda. Antes de las elecciones una persona muy humilde me decía: "Nuestra esperanza es el Pepe, porque el Pepe es ignorante. El estudio y la inteligencia endurecen el corazón del hombre".
Hoy la Vespa fue sustituida por un semidestruido fusca y ahora está en el estacionamiento de senadores, más precisamente en el lugar reservado al Presidente del Senado. Su aspecto personal ha mejorado un poco, se afeita casi todos los días y su ropa luce bastante nueva y prolija.
Más allá del pintoresquismo, Mujica es el fundador de un estilo de hacer política que lo trasciende a él mismo y que se adapta muy bien al momento político Uruguayo.
La vieja izquierda fundadora del Frente Amplio en 1971 tenía dos vertientes nítidamente visualizables, por un lado la vertiente obrera, producto del trabajo de décadas de los militantes sindicales y por otro lado una vertiente de la cultura, de capas medias pensantes y preocupadas por la realidad y el progresivo deterioro del país. Era la izquierda de obreros que leían a Bertold Brecht y de burócratas estatales que se sentían "clase obrera". Esa izquierda tenía un firmamento cubierto de luminarias intelectuales de la talla de Rodney Arismendi, de Vivían Trías, de Héctor Rodríguez, de Carlos Quijano y el semanario "Marcha". Pero esa izquierda no podía llegarle a más del 20% del electorado, como quedó demostrado en las elecciones de ese año. Hoy directamente no le llegaría a nadie.
Es imposible entender el fenómeno de José Mujica y de su movimiento, que se entrelaza con el fenómeno Tabaré Vázquez, sin comprender los cambios económicos sociales, políticos y culturales del Uruguay.
La clásica sociedad uruguaya de amplia clase media con acceso a los servicios básicos y especialmente a la educación, altamente integrada, siempre dispuso de mecanismos de asistencia y rescate para sus miembros más humildes. Pero la progresiva crisis del modelo de sociedad estatista, que conduce a una espiral decreciente de generación de riqueza, expulsó hacia las márgenes de la sociedad a un conjunto grande de personas: Desocupados, subocupados, trabajadores informales por cuenta propia, trabajadores rurales zafrales, vendedores ambulantes, productores agropecuarios arruinados y otros sintieron que el tradicional estado de bienestar, construido durante décadas de gobiernos blancos y colorados, ahora les soltaba la mano. Las limitaciones fiscales y el crecimiento de los sectores marginales, características fundamentales del agotamiento del modelo tradicional, hicieron imposible dar desde el estado una respuesta eficaz a una situación social que se deterioraba rápidamente.
Al cierre de 2003, de una población económicamente activa de alrededor de 1.250.000 personas 670.000 (el 54%) tenian problemas de empleo, 200.000 estaban desocupadas, otras 200.000 estaban sub ocupadas y 270.000 si bien trabajaban no estaban amparados por la seguridad social. Esta situación combinada con los bajos niveles de salarios y jubilaciones determinan que 800.000 personas se hallen bajo la línea de pobreza, entre ellos la mitad de los menores de edad.
En los últimos años proliferaron los asentamientos irregulares, donde esta gente se construye un ranchito para vivir y donde con el correr de las generaciones se forma una cultura propia, con sus valores, códigos y lenguajes. Para el Uruguay el surgimiento de una cultura de la marginalidad fue hasta hace unos años un fenómeno nuevo. Un fenómeno que movilizó a la indignación de mucha gente de clase media y generó un sentimiento de solidaridad con los padecimientos que retroalimentó y complementó esa emergente cultura marginal involucrando a sectores más amplios, no necesariamente marginales y finalmente se transformó en un fenómeno político.
Tradicionalmente ese electorado era captado por la derecha populista mediante los mecanismos de clientelismo político, fuertemente recortados en esta coyuntura, como ya vimos, por la crisis del estado y la imposibilidad de generalizar el asistencialismo.
Luego de salir de la cárcel, Mujica y sus compañeros dedicaron mucho esfuerzo trabajando en estos sectores nuevos de la población. Allí estaban los tupamaros ayudando a organizar el asentamiento y yéndose a vivir ahí , armando una olla popular, consiguiendo un tractor para abrir una calle, levantando una policlínica u organizando una protesta de desocupados.
En su nueva estrategia de alianzas los tupamaros fundaron el Movimiento de Participación Popular (MPP) y agruparon allí a todos los militantes sociales anónimos: los que han ayudado a la gente desde las parroquias, los dirigentes de pequeñas cooperativas agropecuarias, los que sostienen merenderos infantiles, etc.
Es una forma de construir prestigios personales desde lo pequeño, y armar una red que abarque cada rinconcito del país. Un trabajo que requirió de una paciencia educada en años de calabozo. De algún modo ese método de trabajo fue el que desarrollaron los partidos tradicionales por años a través de una vasta red de dirigentes locales y barriales que convencían a la gente de que superarían sus dificultades apoyando al dirigente que luego obtendría para ellos beneficios derivados de su influencia en el estado. Funcionó mientras fue posible. Hoy el MPP le dice a esa misma gente "los políticos ya no te dan nada. organízate y lucha". Los dirigentes colorados y blancos comprendieron que no podían competir y abandonaron la pelea.
La crisis del estado como eje de la vida social se expresó con una fuerza tal que desbordó la capacidad de reacción de los partidos tradicionales. Reducida la cantidad de recursos disponibles para distribuir, el reparto se focalizó en círculos cada vez más concéntricos en torno a los propios dirigentes políticos encaramados en el poder.
La imagen del vivillo que con habilidad convence a la gente con promesas unos días antes de las elecciones para luego usufructuar la posición conseguida en su provecho personal y el de sus familiares y amigos, matrizó en la cabeza de la gente como estigma para blancos y colorados. Seguramente no es una visión del todo justa, pero el electorado lo ha creído.
Entonces la fuerza del contraste en la cabeza de la gente fue arrollador: por un lado un grupo de militantes sociales comprometidos y mimetizados con los más humildes y por el otro cuatro vivillos tratando de "hacer la de ellos". Como toda la vida.
Pero este movimiento surge de un viraje estratégico de un grupo guerrillero que se levantó en armas contra un régimen claramente democrático, (que no solo respetaba derechos y garantías, sino que además tenía instrumentados amplios mecanismos de contención social). Generan enormes dudas sus convicciones democráticas, su vocación de respetar las reglas del juego y especialmente los derechos de las minorías.
En ese sentido las convicciones de Mujica son las mismas que tuvieron siempre los Tupamaros y no se diferencian de las dominantes en la izquierda latinoamericana: democracia sí, pero sobre todo democracia social; salud, vivienda, trabajo y educación, aunque sea de mala calidad, pero para todos. Esa es su idea de democracia. La Constitución, La Ley, el respeto por las minorías, el estado de derecho, las libertades individuales son lujos de los que tienen la panza llena y vienen después, mucho después.
Mujica no oculta que le importa poco la Constitución. Lo dijo textualmente en un reportaje el mismo día que tomo ciento veintiocho juramentos de fidelidad a esa misma Constitución a los nuevos legisladores. Ni él ni sus antiguos compañeros de armas lucharon jamás por la libertad ni por los principios de un estado de derecho, sino por su idea de sociedad. En ningún momento mostraron arrepentimiento por la sangre derramada treinta años atrás. Están profundamente convencidos que su fin sublime justifica cualquier medio. En su aventura redentora todo es pisoteable.
La razón por la que Mujica y su movimiento resultaron los más votados al parlamento es que una parte de la sociedad, precipitada abruptamente a la pobreza comparte esa escala de valores. No importa si hay mucho o poco, lo que importa es que esté bien repartido. Lo que molesta no es la pobreza de muchos sino la riqueza de unos pocos.
Una tarde de mediados de febrero de 1990 un hombre acomodó una moto Vespa en el estacionamiento del Palacio Legislativo reservado para los diputados. El policía que custodiaba el lugar al ver el aspecto humilde de aquel hombre supuso que vendría a hacer alguna reparación al magno edificio de las leyes y, sin ánimo de echarlo, le preguntó: - ¿se va a quedar mucho rato, don?
-"mire, si los milicos no me echan, me voy a quedar por lo menos cinco años" respondió el ex guerrillero José Mujica, que iba a asumir su primer período como legislador.
Chacarero de la zona rural de Montevideo donde vive en una modesta vivienda y cultiva flores, acude a la Cámara con el mismo atuendo con el que trabaja. Su aspecto desaliñado y su estudiado lenguaje de boliche de campaña, lo convirtieron en el pariente extravagante de la legislatura, muchas veces objeto de burlas. Pero marcó un fuerte contraste con los "dotores" de saco y corbata y creó un estilo propio.
En su nuevo rol de anciano de la tribu, beatificado por el sufrimiento vivido durante trece años en las cárceles de la dictadura, logró hacer pasar su retórica primitiva y confusa, por filosofía profunda. Antes de las elecciones una persona muy humilde me decía: "Nuestra esperanza es el Pepe, porque el Pepe es ignorante. El estudio y la inteligencia endurecen el corazón del hombre".
Hoy la Vespa fue sustituida por un semidestruido fusca y ahora está en el estacionamiento de senadores, más precisamente en el lugar reservado al Presidente del Senado. Su aspecto personal ha mejorado un poco, se afeita casi todos los días y su ropa luce bastante nueva y prolija.
Más allá del pintoresquismo, Mujica es el fundador de un estilo de hacer política que lo trasciende a él mismo y que se adapta muy bien al momento político Uruguayo.
La vieja izquierda fundadora del Frente Amplio en 1971 tenía dos vertientes nítidamente visualizables, por un lado la vertiente obrera, producto del trabajo de décadas de los militantes sindicales y por otro lado una vertiente de la cultura, de capas medias pensantes y preocupadas por la realidad y el progresivo deterioro del país. Era la izquierda de obreros que leían a Bertold Brecht y de burócratas estatales que se sentían "clase obrera". Esa izquierda tenía un firmamento cubierto de luminarias intelectuales de la talla de Rodney Arismendi, de Vivían Trías, de Héctor Rodríguez, de Carlos Quijano y el semanario "Marcha". Pero esa izquierda no podía llegarle a más del 20% del electorado, como quedó demostrado en las elecciones de ese año. Hoy directamente no le llegaría a nadie.
Es imposible entender el fenómeno de José Mujica y de su movimiento, que se entrelaza con el fenómeno Tabaré Vázquez, sin comprender los cambios económicos sociales, políticos y culturales del Uruguay.
La clásica sociedad uruguaya de amplia clase media con acceso a los servicios básicos y especialmente a la educación, altamente integrada, siempre dispuso de mecanismos de asistencia y rescate para sus miembros más humildes. Pero la progresiva crisis del modelo de sociedad estatista, que conduce a una espiral decreciente de generación de riqueza, expulsó hacia las márgenes de la sociedad a un conjunto grande de personas: Desocupados, subocupados, trabajadores informales por cuenta propia, trabajadores rurales zafrales, vendedores ambulantes, productores agropecuarios arruinados y otros sintieron que el tradicional estado de bienestar, construido durante décadas de gobiernos blancos y colorados, ahora les soltaba la mano. Las limitaciones fiscales y el crecimiento de los sectores marginales, características fundamentales del agotamiento del modelo tradicional, hicieron imposible dar desde el estado una respuesta eficaz a una situación social que se deterioraba rápidamente.
Al cierre de 2003, de una población económicamente activa de alrededor de 1.250.000 personas 670.000 (el 54%) tenian problemas de empleo, 200.000 estaban desocupadas, otras 200.000 estaban sub ocupadas y 270.000 si bien trabajaban no estaban amparados por la seguridad social. Esta situación combinada con los bajos niveles de salarios y jubilaciones determinan que 800.000 personas se hallen bajo la línea de pobreza, entre ellos la mitad de los menores de edad.
En los últimos años proliferaron los asentamientos irregulares, donde esta gente se construye un ranchito para vivir y donde con el correr de las generaciones se forma una cultura propia, con sus valores, códigos y lenguajes. Para el Uruguay el surgimiento de una cultura de la marginalidad fue hasta hace unos años un fenómeno nuevo. Un fenómeno que movilizó a la indignación de mucha gente de clase media y generó un sentimiento de solidaridad con los padecimientos que retroalimentó y complementó esa emergente cultura marginal involucrando a sectores más amplios, no necesariamente marginales y finalmente se transformó en un fenómeno político.
Tradicionalmente ese electorado era captado por la derecha populista mediante los mecanismos de clientelismo político, fuertemente recortados en esta coyuntura, como ya vimos, por la crisis del estado y la imposibilidad de generalizar el asistencialismo.
Luego de salir de la cárcel, Mujica y sus compañeros dedicaron mucho esfuerzo trabajando en estos sectores nuevos de la población. Allí estaban los tupamaros ayudando a organizar el asentamiento y yéndose a vivir ahí , armando una olla popular, consiguiendo un tractor para abrir una calle, levantando una policlínica u organizando una protesta de desocupados.
En su nueva estrategia de alianzas los tupamaros fundaron el Movimiento de Participación Popular (MPP) y agruparon allí a todos los militantes sociales anónimos: los que han ayudado a la gente desde las parroquias, los dirigentes de pequeñas cooperativas agropecuarias, los que sostienen merenderos infantiles, etc.
Es una forma de construir prestigios personales desde lo pequeño, y armar una red que abarque cada rinconcito del país. Un trabajo que requirió de una paciencia educada en años de calabozo. De algún modo ese método de trabajo fue el que desarrollaron los partidos tradicionales por años a través de una vasta red de dirigentes locales y barriales que convencían a la gente de que superarían sus dificultades apoyando al dirigente que luego obtendría para ellos beneficios derivados de su influencia en el estado. Funcionó mientras fue posible. Hoy el MPP le dice a esa misma gente "los políticos ya no te dan nada. organízate y lucha". Los dirigentes colorados y blancos comprendieron que no podían competir y abandonaron la pelea.
La crisis del estado como eje de la vida social se expresó con una fuerza tal que desbordó la capacidad de reacción de los partidos tradicionales. Reducida la cantidad de recursos disponibles para distribuir, el reparto se focalizó en círculos cada vez más concéntricos en torno a los propios dirigentes políticos encaramados en el poder.
La imagen del vivillo que con habilidad convence a la gente con promesas unos días antes de las elecciones para luego usufructuar la posición conseguida en su provecho personal y el de sus familiares y amigos, matrizó en la cabeza de la gente como estigma para blancos y colorados. Seguramente no es una visión del todo justa, pero el electorado lo ha creído.
Entonces la fuerza del contraste en la cabeza de la gente fue arrollador: por un lado un grupo de militantes sociales comprometidos y mimetizados con los más humildes y por el otro cuatro vivillos tratando de "hacer la de ellos". Como toda la vida.
Pero este movimiento surge de un viraje estratégico de un grupo guerrillero que se levantó en armas contra un régimen claramente democrático, (que no solo respetaba derechos y garantías, sino que además tenía instrumentados amplios mecanismos de contención social). Generan enormes dudas sus convicciones democráticas, su vocación de respetar las reglas del juego y especialmente los derechos de las minorías.
En ese sentido las convicciones de Mujica son las mismas que tuvieron siempre los Tupamaros y no se diferencian de las dominantes en la izquierda latinoamericana: democracia sí, pero sobre todo democracia social; salud, vivienda, trabajo y educación, aunque sea de mala calidad, pero para todos. Esa es su idea de democracia. La Constitución, La Ley, el respeto por las minorías, el estado de derecho, las libertades individuales son lujos de los que tienen la panza llena y vienen después, mucho después.
Mujica no oculta que le importa poco la Constitución. Lo dijo textualmente en un reportaje el mismo día que tomo ciento veintiocho juramentos de fidelidad a esa misma Constitución a los nuevos legisladores. Ni él ni sus antiguos compañeros de armas lucharon jamás por la libertad ni por los principios de un estado de derecho, sino por su idea de sociedad. En ningún momento mostraron arrepentimiento por la sangre derramada treinta años atrás. Están profundamente convencidos que su fin sublime justifica cualquier medio. En su aventura redentora todo es pisoteable.
La razón por la que Mujica y su movimiento resultaron los más votados al parlamento es que una parte de la sociedad, precipitada abruptamente a la pobreza comparte esa escala de valores. No importa si hay mucho o poco, lo que importa es que esté bien repartido. Lo que molesta no es la pobreza de muchos sino la riqueza de unos pocos.
