02.03.03LOS LATINOAMERICANOS Y LAS BALLENAS SUICIDAS
¿Por qué los electores latinoamericanos se suicidan en las urnas como ciertas ballenas se suicidan en la playa? Probablemente por las mismas razones: porque están desorientados. No tienen la menor idea de adónde deben dirigirse y llegan, claro, al lugar equivocado. Por Carlos Alberto Montaner
(Firmas Press) El panorama es de ''apaga y vámonos''. En Argentina, cada vez que Ricardo López Murphy, un economista serio, opina algo inteligente y sensato, baja en las encuestas, en beneficio de candidatos peronistas que no cesan de proponer locuras. Es posible que en las próximas elecciones uruguayas salga triunfante Tabaré Vázquez, en Nicaragua vuelva al poder Daniel Ortega, los peruanos reelijan a Alan García y los bolivianos coloquen en la casa de gobierno a Evo Morales, el conflictivo líder de los cocaleros, gran propagador de los odios étnicos, de la actitud antioccidental y del colectivismo, es decir, el dueño de una receta perfecta para provocar un desastre de proporciones cósmicas.
Ninguna criatura informada cree que el método democrático necesariamente lleva al poder a los políticos mejores, sino a los que realizan campañas más persuasivas, pero se supone que los electores seleccionan a los candidatos que más vigorosamente defenderán sus intereses. Se trata, en suma, de una transacción como cualquier otra en la que las dos partes se ponen de acuerdo por mutuo beneficio. Y si esto es así, ¿por qué los latinoamericanos, con frecuencia, eligen disparatadamente a personas que tienen la catástrofe reflejada en la mirada y en el discurso que emplean? Líderes que obvia e inevitablemente los precipitarán a unos niveles de miseria mayores que los que padecían el día de los comicios.
Perón ganó holgadamente las tres elecciones en las que participó y nunca bajó del 60% del favor popular, pese a haber destruido minuciosamente las finanzas públicas. Hugo Chávez, que es un personaje a mitad de camino entre el circo y el manicomio, un hijo secreto de los amores ocultos entre Cantinflas y el Che Guevara, triunfó ampliamente en cuatro consultas. El Loco Bucaram --así le decían-- entró y salió del poder en Ecuador con un amplio respaldo popular. Y quién sabe si algún día podrá ser reelecto, como el nipoperuano Alberto Fujimori, porque en América Latina nadie jamás desaparece del todo, haga lo que haga, ni siquiera tras la muerte, como se comprueba en Panamá con el asombroso caso de don Arnulfo Arias y su pertinaz ``arnulfismo''.
¿Por qué los electores latinoamericanos se suicidan en las urnas como ciertas ballenas se suicidan en la playa? Probablemente por las mismas razones: porque están desorientados. No tienen la menor idea de adónde deben dirigirse y llegan, claro, al lugar equivocado. Pero esa respuesta, tanto si se trata de los latinoamericanos como de los grandes cetáceos que acaban varados en la arena, deja sin contestar la pregunta clave: por qué ocurre ese raro fenómeno.
Con relación a las ballenas no tengo la menor idea. Mi pasión por la zoología terminó muy niño, cuando me llevaron a ver rugir a los leones, y el animal optó por dar la vuelta y orinarme, episodio que destruyó para siempre mis secretas aspiraciones tarzanescas. Pero sobre la conducta política latinoamericana sí sostengo algunas hipótesis, y una de ellas, la que me parece más obvia, tiene que ver con el tipo de información predominante en nuestro mundillo. Sencilla y llanamente, en América Latina prevalecen ideas absurdas sobre el desarrollo y el subdesarrollo, sobre la causa de la pobreza o sobre la riqueza de las naciones.
En el seno de los hogares, en las escuelas, en las universidades, en los periódicos, en la radio y la televisión, en los púlpitos de las iglesias se oye casi siempre la misma letanía: somos víctimas de la explotación de codiciosos poderes extranjeros, generalmente los yanquis, y de un pernicioso sistema capitalista responsable de la pobreza de las grandes masas de ''desposeídos'', esto es, de los que han sido privados de sus bienes. Pero de esa terrible situación algún día nos sacará un líder lleno de buenas intenciones, un ''revolucionario'' perfectamente informado de lo que cada uno debe producir, consumir y poseer, arcangélico ciudadano que, al frente de una legión de funcionarios celestiales se encargará de redistribuir la riqueza existente de forma equitativa.
A nadie que quiera ganar elecciones se le ocurre explicar que nuestra pobreza relativa es la consecuencia de la inseguridad jurídica, de la falta de capital, del arbitrario cambio de las reglas, de una actitud refractaria a la ciencia y la técnica, de un espíritu empresarial desvitalizado, de universidades divorciadas del mundo real de la producción, de gobiernos corruptos enmarañados en una tela de regulaciones y prohibiciones absurdas, y, en general, de una actitud contraria al progreso. ¿Se pueden ganar unos comicios predicando la armonía entre trabajadores y empresarios, entre universitarios y las instituciones que los educan, entre la sociedad y el estado? Casi nadie denuncia el clientelismo que estrangula nuestras democracias en una operación de pinzas que tiene, por una punta, a los políticos ávidos de poder, y por la otra a la sociedad que busca prebendas. Jamás se escucha la voz de quienes les asignan a las izquierdas violentas la inmensa responsabilidad que tienen en el debilitamiento de nuestras instituciones y en la empobrecedora transmisión de la imagen de países caóticos en los que parece una locura invertir. En suma: lo que está mal, rematadamente mal, es nuestra visión de la realidad. Por eso, como las ballenas, acabamos varados en la playa.
(Firmas Press) El panorama es de ''apaga y vámonos''. En Argentina, cada vez que Ricardo López Murphy, un economista serio, opina algo inteligente y sensato, baja en las encuestas, en beneficio de candidatos peronistas que no cesan de proponer locuras. Es posible que en las próximas elecciones uruguayas salga triunfante Tabaré Vázquez, en Nicaragua vuelva al poder Daniel Ortega, los peruanos reelijan a Alan García y los bolivianos coloquen en la casa de gobierno a Evo Morales, el conflictivo líder de los cocaleros, gran propagador de los odios étnicos, de la actitud antioccidental y del colectivismo, es decir, el dueño de una receta perfecta para provocar un desastre de proporciones cósmicas.
Ninguna criatura informada cree que el método democrático necesariamente lleva al poder a los políticos mejores, sino a los que realizan campañas más persuasivas, pero se supone que los electores seleccionan a los candidatos que más vigorosamente defenderán sus intereses. Se trata, en suma, de una transacción como cualquier otra en la que las dos partes se ponen de acuerdo por mutuo beneficio. Y si esto es así, ¿por qué los latinoamericanos, con frecuencia, eligen disparatadamente a personas que tienen la catástrofe reflejada en la mirada y en el discurso que emplean? Líderes que obvia e inevitablemente los precipitarán a unos niveles de miseria mayores que los que padecían el día de los comicios.
Perón ganó holgadamente las tres elecciones en las que participó y nunca bajó del 60% del favor popular, pese a haber destruido minuciosamente las finanzas públicas. Hugo Chávez, que es un personaje a mitad de camino entre el circo y el manicomio, un hijo secreto de los amores ocultos entre Cantinflas y el Che Guevara, triunfó ampliamente en cuatro consultas. El Loco Bucaram --así le decían-- entró y salió del poder en Ecuador con un amplio respaldo popular. Y quién sabe si algún día podrá ser reelecto, como el nipoperuano Alberto Fujimori, porque en América Latina nadie jamás desaparece del todo, haga lo que haga, ni siquiera tras la muerte, como se comprueba en Panamá con el asombroso caso de don Arnulfo Arias y su pertinaz ``arnulfismo''.
¿Por qué los electores latinoamericanos se suicidan en las urnas como ciertas ballenas se suicidan en la playa? Probablemente por las mismas razones: porque están desorientados. No tienen la menor idea de adónde deben dirigirse y llegan, claro, al lugar equivocado. Pero esa respuesta, tanto si se trata de los latinoamericanos como de los grandes cetáceos que acaban varados en la arena, deja sin contestar la pregunta clave: por qué ocurre ese raro fenómeno.
Con relación a las ballenas no tengo la menor idea. Mi pasión por la zoología terminó muy niño, cuando me llevaron a ver rugir a los leones, y el animal optó por dar la vuelta y orinarme, episodio que destruyó para siempre mis secretas aspiraciones tarzanescas. Pero sobre la conducta política latinoamericana sí sostengo algunas hipótesis, y una de ellas, la que me parece más obvia, tiene que ver con el tipo de información predominante en nuestro mundillo. Sencilla y llanamente, en América Latina prevalecen ideas absurdas sobre el desarrollo y el subdesarrollo, sobre la causa de la pobreza o sobre la riqueza de las naciones.
En el seno de los hogares, en las escuelas, en las universidades, en los periódicos, en la radio y la televisión, en los púlpitos de las iglesias se oye casi siempre la misma letanía: somos víctimas de la explotación de codiciosos poderes extranjeros, generalmente los yanquis, y de un pernicioso sistema capitalista responsable de la pobreza de las grandes masas de ''desposeídos'', esto es, de los que han sido privados de sus bienes. Pero de esa terrible situación algún día nos sacará un líder lleno de buenas intenciones, un ''revolucionario'' perfectamente informado de lo que cada uno debe producir, consumir y poseer, arcangélico ciudadano que, al frente de una legión de funcionarios celestiales se encargará de redistribuir la riqueza existente de forma equitativa.
A nadie que quiera ganar elecciones se le ocurre explicar que nuestra pobreza relativa es la consecuencia de la inseguridad jurídica, de la falta de capital, del arbitrario cambio de las reglas, de una actitud refractaria a la ciencia y la técnica, de un espíritu empresarial desvitalizado, de universidades divorciadas del mundo real de la producción, de gobiernos corruptos enmarañados en una tela de regulaciones y prohibiciones absurdas, y, en general, de una actitud contraria al progreso. ¿Se pueden ganar unos comicios predicando la armonía entre trabajadores y empresarios, entre universitarios y las instituciones que los educan, entre la sociedad y el estado? Casi nadie denuncia el clientelismo que estrangula nuestras democracias en una operación de pinzas que tiene, por una punta, a los políticos ávidos de poder, y por la otra a la sociedad que busca prebendas. Jamás se escucha la voz de quienes les asignan a las izquierdas violentas la inmensa responsabilidad que tienen en el debilitamiento de nuestras instituciones y en la empobrecedora transmisión de la imagen de países caóticos en los que parece una locura invertir. En suma: lo que está mal, rematadamente mal, es nuestra visión de la realidad. Por eso, como las ballenas, acabamos varados en la playa.
