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22.12.04

PELIGROSO DESPRECIO POR LOS DERECHOS HUMANOS

Por Andrés Oppenheimer

Una de las cosas más preocupantes del caso de la médica cubana Hilda Molina, aparte del hecho de que en pleno siglo XXI todavía existan regímenes retrógrados que no permiten el libre movimiento de sus ciudadanos, es que pone en evidencia un peligroso desprecio de una parte de la dirigencia política argentina por los derechos humanos.

Desde que estalló el caso de la doctora Molina, el gobierno del presidente Néstor Kirchner y una buena parte de la prensa argentina parecen estar más preocupados por averiguar quién dentro del gobierno tomó decisiones que dejaron mal parado a Kirchner, que en defender los derechos humanos universales.

¿No debería la Argentina, un país que pasó por las peores dictaduras, estar a la vanguardia mundial de los países defensores de los derechos humanos? ¿No deberían los argentinos ser los primeros en saber que no hay tal cosa como dictaduras buenas?

Y, sin embargo, el gobierno argentino cambió su voto de condena a Cuba en la Comisión de Derechos Humanos en las Naciones Unidas, le dio a Castro una bienvenida de alfombra roja Buenos Aires.

Más aún, el alcalde de la ciudad de Buenos Aires, Aníbal Ibarra, hasta llegó a hacer el ridículo de entregarle las llaves de la ciudad a un hombre que hace 46 años no permite elecciones, ni sindicatos independientes, ni periódicos de oposición, ni el libre movimiento de sus propios ciudadanos, y que encarcela a intelectuales por delitos como tener una máquina de escribir no autorizada en su casa.

Y lo más disparatado es que muchos funcionarios argentinos que se emocionan ante la presencia del mayor dinosaurio de la política latinoamericana se llaman a sí mismos "progresistas", o creen que Cuba ha sido una aliada en la lucha contra las dictaduras de derecha. Ocurre todo lo contrario.

A partir de 1976, cuando Estados Unidos comenzó a condenar las violaciones a los derechos humanos de la dictadura argentina en la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, Cuba votaba sistemáticamente a favor del régimen argentino, como parte de su solidaridad para evitar el monitoreo internacional de los derechos fundamentales.

Igualmente llamativo es que en una buena parte de la prensa argentina, a diferencia de lo que ocurre con periódicos como Folha de Sao Paulo, El País de Madrid o Le Monde de París, todavía hace malabarismos verbales para evitar llamar a Castro un dictador.

Esa prensa lo llama "Fidel", o "el líder cubano", o el "dirigente cubano", cuando -como me lo remarcó una vez la propia hija de Castro en La Habana- no hay diccionario del mundo que no defina la palabra tiranía como lo que existe hoy en Cuba.

Absurdo total

Los nostálgicos de las utopías totalitarias afirman además que criticar a Cuba es avalar el embargo comercial que aplica Estados Unidos sobre Cuba.

Eso es un absurdo total, porque en ningún lado está escrito que un gobierno latinoamericano no pueda condenar tanto el embargo de Estados Unidos como las violaciones a los derechos políticos y humanos que se perpetran en Cuba.

De hecho, todas las democracias modernas de Europa, y muchas en América latina -como Chile y México- hacen las dos cosas.

La postura de los últimos gobiernos argentinos sobre Cuba ha estado basada en premisas falsas.

Bajo el gobierno de Carlos Saúl Menem se condenaba a Cuba para buscar favores de Estados Unidos.

Bajo el gobierno de Néstor Kirchner se busca un acercamiento con Cuba para mostrar independencia de Estados Unidos. En ambos casos, se olvida lo fundamental, que es la necesidad de defender los derechos civiles y humanos en todo el mundo, por defensa propia.

Ojalá el caso de la doctora Molina le haga reflexionar al presidente Kirchner de que tolerar las violaciones a los derechos humanos en otros países -o encontrarle factores atenuantes- es sentar un precedente para que otros aboguen por tolerarlas en su propio país.
 
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=665077  
LA NACION | 21.12.2004 | Página 10 | Política