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09.12.04

Una insistente lucha contra el desarrollo

Por James Neilson

Eduardo Duhalde no tiene dudas. Su criatura, la Unión Sudamericana, mejor dicho, la Comunidad Sudamericana, será grandiosa: mucha gente, economías de escala, integración continental, una voz más potente en los asuntos internacionales, una convergencia cultural que les permitirá a los países miembros defender su identidad contra los decididos a robarla y así largamente por el estilo.

Suena esperanzador, pero por desgracia no se dan motivos para creer que esta nueva iniciativa bolivariana ayude a los pueblos sudamericanos a romper con el atraso que es una de las cosas que tienen en común. Antes bien, por basarse forzosamente en el consenso, si evoluciona lo hará al ritmo preferido por los más letárgicos.

En Cuzco, el gobierno chileno firmará los papeles porque no le conviene desentonar, pero esto no quiere decir que esté por abandonar su propio proyecto, que, si bien lo expresaría de otro modo, consiste en alejarse cuanto antes de las tradiciones económicas sudamericanas porque aspira a convertirse en un país avanzado.

A juicio de algunos, la actitud de la clase dirigente chilena refleja su falta de solidaridad con los vecinos.

Se equivocan. Si por fin un país latinoamericano logra entrar en el Primer Mundo, los responsables de tamaña proeza habrán hecho incomparablemente más por la región que todos los revolucionarios, los luchadores sociales, los defensores de lo nuestro contra lo ajeno, los clérigos solidarios, los nacionalistas, los intelectuales teóricos de la dependencia y los políticos en guerra con el neoliberalismo nacidos y por nacer.

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En América latina pocos sienten demasiado entusiasmo por lo que están haciendo los chilenos, pero sucede que siempre fue patente que si un país determinado consiguiera avanzar con rapidez en términos económicos, sociales e institucionales lo lograría rompiendo filas con sus vecinos.

Mal que les pese a los ilusionados por la idea de la integración, que desde hace casi dos siglos todos los países de la región sufran los mismos problemas y las mismas lacras supone que las causas fundamentales del subdesarrollo han de consistir en algo que todos comparten.

He aquí una razón por la que sería asombroso que lograra mucho que resulte útil una organización conformada por una veintena de líderes nacionales deseosos de hacer gala de su armonía y de celebrar lo que a su entender los une.

Dijo Duhalde a LA NACION que la Unión Europea será "nuestro espejo". Como muchos otros, da por descontado que la UE ha sido un éxito rotundo, evidencia, cuando no, de que las grandes uniones continentales benefician a todos sus integrantes. Sin embargo, los países europeos más prósperos, Suiza y Noruega, han optado por quedarse afuera, mientras que el Reino Unido y Suecia, que no forman parte de la eurozona, andan mucho mejor que sus socios.

Puede que hayan exagerado quienes opinan que el resto de la UE esté moribundo por motivos demográficos y porque sus gobiernos parecen ser incapaces de llevar a cabo reformas estructurales que son claramente necesarias, pero por ahora sus perspectivas no son muy brillantes.

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De por sí, el tamaño no garantiza nada. Con tal que los gobernantes obren con inteligencia y realismo, en un lapso de una sola generación un país pequeño sin recursos materiales como Singapur, o una colonia como era Hong Kong, puede transformarse de un lugar tan soñoliento y paupérrimo como cualquiera en América latina en una dínamo opulenta.

Fue luego de mirar con repugnancia durante décadas lo que hacían sus vecinos diminutos que los gobernantes chinos optaron por la estrategia bolcheneoliberal que tan bien les está sirviendo. Si en los próximos años los chilenos logran emular a los singapurenses y a la gente de Hong Kong, otros latinoamericanos se olvidarán de sus prejuicios para entonces tomar el mismo camino.

Es de esperar que los encargados de gobernar los distintos países de la región no lo demoren tanto como los comunistas chinos, aunque es de prever que muchos sigan luchando contra el desarrollo por años más.
 
http://www.lanacion.com.ar/politica/nota.asp?nota_id=661132 
LA NACION | 08.12.2004 | Página 10 | Política