06.12.04POR QUÉ CASTRO LIBERA A LOS PRESOS POLÍTICOS
Por Carlos Alberto Montaner
Al escritor Raúl Rivero, como se sabe, Castro acaba de excarcelarlo. Magnífico. Es el primer poeta vivo de Cuba. Junto a él también ha liberado a unos cuantos valiosos presos de conciencia del grupo de 75 que en la primavera del 2003 hizo condenar a penas de hasta 28 años de reclusión por publicar en el extranjero artículos críticos, por prestar libros prohibidos por la censura y por reclamar un referéndum que las leyes del país autorizan dentro de lo que se ha llamado el Proyecto Varela. Esos eran los supuestos "delitos" severamente castigados por la dictadura cubana.
Es probable que, poco a poco, vayan saliendo de las cárceles muchos de los centenares de presos políticos que existen en el país y que organismos como Amnistía Internacional o el Comité de Derechos Humanos de la ONU reconocen como tales. Algunos de esos cautivos llevan varios años tras las rejas en condiciones terribles. Es el momento, pues, de hacerse dos preguntas clave, y la primera resulta inevitable: ¿por qué Castro ha dado ahora su brazo a torcer? Y la respuesta es obvia: porque tras la ola represiva del 2003 el nivel de rechazo y aislamiento internacionales fueron demoledores para el ya insignificante prestigio que puede quedarle a la última tiranía comunista de Occidente. Se había quedado prácticamente solo. Necesitaba una coartada para tratar de salir de la ratonera y ésta fue la petición de libertad que oportunamente le hizo Zapatero.
Castro cedió por las constantes denuncias de la SIP, por las condenas del Comité de derechos Humanos de Naciones Unidas, por los reclamos de la izquierda encabezada por Saramago, por las sanciones de la Unión Europea, aguijoneada por el Parlamento Europeo, por la demoledora y creciente labor del Comité Internacional por la libertad de Cuba que preside Vaclav Havel y que tiene entre sus miembros -entre varias docenas- a los ex gobernantes Patricio Aylwin, Luis Alberto Lacalle, Luis Alberto Monge, José María Aznar, Kim Cambell, Armando Calderón Sol, o a intelectuales de la talla de Mario Vargas Llosa, Marcos Aguinis y Enrique Krauze. Cada declaración de este grupo, desde Praga, Roma o San José ha sido un disparo en la línea de flotación de la imagen de la dictadura. Se lo dijo una embajadora cubana a un diplomático amigo con el que coincide algunos veranos en la playa: "ya no hay manera de defender esto. Fidel se ha vuelto loco y nos está hundiendo". "Esto" era el engendro revolucionario.
La segunda pregunta es qué debe hacer la comunidad internacional ahora que Castro ha cedido. La respuesta la dio el socialista Javier Solana, nada menos que Alto Representante de la Unión Europea para la Política Exterior y la Seguridad: "la Unión Europea no tiene que darle nada a Cuba por corregir una injusticia". En efecto: es un disparate mayúsculo recompensar a Castro cuando deja de cometer un crimen. A lo largo de casi medio siglo el Comandante ha aprendido que la forma más sencilla de obtener lo que desea es maltratar a los cubanos o perjudicar a las sociedades enemigas y luego "venderles" a sus adversarios el fin de ese canallesco comportamiento. Ahora intenta que la Unión Europea levante ciertas sanciones que le han sido impuestas a su gobierno por la falta de democracia que sufre el país y como cambio les ofrece el excarcelamiento de personas que nunca debieron estar presas. En 1994 -lo ha hecho tres veces a lo largo de los años- lanzó contra Estados Unidos una invasión de balseros que sólo detuvo cuando Washington lo premió con veinte mil visas anuales. Su objetivo era conseguir una válvula de escape para aliviar la presión interna y la obtuvo chantajeando a su desconcertado vecino con una riada de cuarenta mil inmigrantes ilegales.
Es muy importante que continúe la presión sobre la dictadura. Si no hubiera un solo preso de conciencia el modelo político cubano sería igualmente censurable por la total ausencia de libertades que padece la sociedad desde hace casi medio siglo. Hay síntomas clarísimos de desmoralización en la cúpula y en la base de la nomenklatura cubana. Lo mismo se marchan al extranjero la cuñada del Canciller Pérez Roque, el nieto del Che Guevara que los cincuenta músicos y bailarines de un espectáculo musical. Los generales y los ministros, sigilosamente, trasladan a sus hijos al exterior. La corrupción es rampante en la Isla. No se debe olvidar el componente psicológico de esta batalla por la libertad. Ese clima de derrota y frustración se debe, en gran medida, a la horrenda imagen exterior que justamente padecen la revolución y sus personeros. Esa circunstancia favorece la transición. Los que se saben percibidos como canallas son siempre los que procuran el cambio. Ser y saberse malvado es muy doloroso.
Diciembre 2, 2004
Al escritor Raúl Rivero, como se sabe, Castro acaba de excarcelarlo. Magnífico. Es el primer poeta vivo de Cuba. Junto a él también ha liberado a unos cuantos valiosos presos de conciencia del grupo de 75 que en la primavera del 2003 hizo condenar a penas de hasta 28 años de reclusión por publicar en el extranjero artículos críticos, por prestar libros prohibidos por la censura y por reclamar un referéndum que las leyes del país autorizan dentro de lo que se ha llamado el Proyecto Varela. Esos eran los supuestos "delitos" severamente castigados por la dictadura cubana.
Es probable que, poco a poco, vayan saliendo de las cárceles muchos de los centenares de presos políticos que existen en el país y que organismos como Amnistía Internacional o el Comité de Derechos Humanos de la ONU reconocen como tales. Algunos de esos cautivos llevan varios años tras las rejas en condiciones terribles. Es el momento, pues, de hacerse dos preguntas clave, y la primera resulta inevitable: ¿por qué Castro ha dado ahora su brazo a torcer? Y la respuesta es obvia: porque tras la ola represiva del 2003 el nivel de rechazo y aislamiento internacionales fueron demoledores para el ya insignificante prestigio que puede quedarle a la última tiranía comunista de Occidente. Se había quedado prácticamente solo. Necesitaba una coartada para tratar de salir de la ratonera y ésta fue la petición de libertad que oportunamente le hizo Zapatero.
Castro cedió por las constantes denuncias de la SIP, por las condenas del Comité de derechos Humanos de Naciones Unidas, por los reclamos de la izquierda encabezada por Saramago, por las sanciones de la Unión Europea, aguijoneada por el Parlamento Europeo, por la demoledora y creciente labor del Comité Internacional por la libertad de Cuba que preside Vaclav Havel y que tiene entre sus miembros -entre varias docenas- a los ex gobernantes Patricio Aylwin, Luis Alberto Lacalle, Luis Alberto Monge, José María Aznar, Kim Cambell, Armando Calderón Sol, o a intelectuales de la talla de Mario Vargas Llosa, Marcos Aguinis y Enrique Krauze. Cada declaración de este grupo, desde Praga, Roma o San José ha sido un disparo en la línea de flotación de la imagen de la dictadura. Se lo dijo una embajadora cubana a un diplomático amigo con el que coincide algunos veranos en la playa: "ya no hay manera de defender esto. Fidel se ha vuelto loco y nos está hundiendo". "Esto" era el engendro revolucionario.
La segunda pregunta es qué debe hacer la comunidad internacional ahora que Castro ha cedido. La respuesta la dio el socialista Javier Solana, nada menos que Alto Representante de la Unión Europea para la Política Exterior y la Seguridad: "la Unión Europea no tiene que darle nada a Cuba por corregir una injusticia". En efecto: es un disparate mayúsculo recompensar a Castro cuando deja de cometer un crimen. A lo largo de casi medio siglo el Comandante ha aprendido que la forma más sencilla de obtener lo que desea es maltratar a los cubanos o perjudicar a las sociedades enemigas y luego "venderles" a sus adversarios el fin de ese canallesco comportamiento. Ahora intenta que la Unión Europea levante ciertas sanciones que le han sido impuestas a su gobierno por la falta de democracia que sufre el país y como cambio les ofrece el excarcelamiento de personas que nunca debieron estar presas. En 1994 -lo ha hecho tres veces a lo largo de los años- lanzó contra Estados Unidos una invasión de balseros que sólo detuvo cuando Washington lo premió con veinte mil visas anuales. Su objetivo era conseguir una válvula de escape para aliviar la presión interna y la obtuvo chantajeando a su desconcertado vecino con una riada de cuarenta mil inmigrantes ilegales.
Es muy importante que continúe la presión sobre la dictadura. Si no hubiera un solo preso de conciencia el modelo político cubano sería igualmente censurable por la total ausencia de libertades que padece la sociedad desde hace casi medio siglo. Hay síntomas clarísimos de desmoralización en la cúpula y en la base de la nomenklatura cubana. Lo mismo se marchan al extranjero la cuñada del Canciller Pérez Roque, el nieto del Che Guevara que los cincuenta músicos y bailarines de un espectáculo musical. Los generales y los ministros, sigilosamente, trasladan a sus hijos al exterior. La corrupción es rampante en la Isla. No se debe olvidar el componente psicológico de esta batalla por la libertad. Ese clima de derrota y frustración se debe, en gran medida, a la horrenda imagen exterior que justamente padecen la revolución y sus personeros. Esa circunstancia favorece la transición. Los que se saben percibidos como canallas son siempre los que procuran el cambio. Ser y saberse malvado es muy doloroso.
Diciembre 2, 2004
