18.01.03Uruguay: fatídico consenso
Un extraño acuerdo implícito reina en los partidos políticos: todos parecen creer que en algún momento la economía tocará fondo y rebotará por sí sola.
“¿Cómo ve las cosas? ¿Percibe alguna luz al fin de túnel?” Amigos y conocidos se acercan a formularme una y otra vez la pregunta. Por enésima vez respondo: "No entreveo ninguna señal de recuperación. Por Ramón Díaz
Un extraño acuerdo implícito reina en los partidos políticos: todos parecen creer que en algún momento la economía tocará fondo y rebotará por sí sola.
“¿Cómo ve las cosas? ¿Percibe alguna luz al fin de túnel?” Amigos y conocidos se acercan a formularme una y otra vez la pregunta. Por enésima vez respondo: "No entreveo ninguna señal de recuperación. Lo que es más, los estudios estadísticos sobre indicadores adelantados -índices que, según la experiencia, permiten pronosticar el curso futuro de la economía, como los que CERES elabora- no trasmiten ningún mensaje de esperanza." Y nos separamos cabizbajos.
El juicio más optimista que he leído en los últimos tiempos es el del autor de un trabajo estadístico sobre indicadores adelantados. Expresó: "seguimos bajando, todavía no tocamos fondo." Desde mi perspectiva, es un juicio optimista, en cuanto implícitamente da por sentada la existencia de un fondo, más allá del cual no podemos bajar. Si un barco se hunde, podemos estar seguros de que, por profundo que sea el mar, debajo hay un lecho de arena y rocas sobre el cual terminará reposando. Pero nosotros no tenemos ese consuelo: nuestro descenso puede ser indefinido. En mi opinión tenderá a serlo, por la razón que voy a contarles.
La idea de un fondo para las fluctuaciones del ingreso, la ocupación, el salario real, etcétera, junto con la de un techo, conducen a aceptar la existencia de un ciclo económico. Esa creencia se remonta a la antigüedad -siete años de vacas gordas seguidos por siete años de vacas flacas en el Egipto bíblico- pero en el siglo XIX los economistas comenzaron a hacer de esa alternancia de prosperidad y depresión un objeto de estudio sistemático. Más tarde se enunciaron teorías dinámicas, según las cuales la propia expansión sembraba la semilla de la siguiente contracción, y viceversa. Después de la segunda guerra mundial las regularidades que a través de un siglo largo se venían registrando experimentaron cambios importantes, que enfriaron el interés de los economistas hacia ellas, pero se siguió hablando de recesiones (depresiones menores) o contracciones, y recuperaciones o expansiones, que de todos modos seguían aconteciendo, por más que de formas menos regular. De alguna manera, pues, la noción de ciclos económicos perdura aún.
La consecuencia que al respecto nos interesa es que, si un país entra en una fase contractiva del ciclo, su gobierno puede optar por no hacer nada. Tener paciencia y aconsejársela a la población. De todos modos, la economía tocará fondo, y rebotará por sí sola. Naturalmente, podría asimismo intentar una política que tratase de apurar la recuperación, pero ello podría causarle dificultades adicionales; por ejemplo, si estuviese pensando en un incremento del gasto público para estimular el consumo, pero padeciese ya de un grave déficit. La política de la paciencia podría, en tales circunstancias, ser aconsejable. Ésa me parece ser la posición de todos los partidos en la coyuntura uruguaya actual. Oírselo decir expresamente a alguien, se lo oí a nuestro presidente, Jorge Batlle.
Lo que nuestra economía padecía, dijo hace bastante tiempo, era lo que ya había padecido en 1990 y 1995, o sea, las muy pequeñas contracciones que se registraron como consecuencia de sendas crisis financieras en dos países emergentes, tal vez, si la memoria no me falla, la de los tigres asiáticos y la del tequila. Fenómenos recesivos ambos apenas perceptibles en nuestro país, y dejados ambos atrás a los pocos meses. Recuerdo oírle decir además al presidente que, como aquellas crisis se habían disipado, también veríamos disiparse a la que ahora padecíamos. Enorme error de diagnóstico, que el presidente no ha repetido después, ni tampoco se lo oímos repetir a ninguno de sus colaboradores; pero tampoco les oímos reconocer la equivocación y sugerir una etiología distinta a nuestro mal. De todos modos, la política económica no se ha desviado un ápice: sigue siendo la política de la paciencia.
Esto es grave, pero mucho más lo es el que nadie, a través de todo el espectro político nacional, haya sugerido ningún cambio de estrategia ni sugerido ninguna medida que racionalmente pueda ser interpretada como una propuesta tendiente a combatir nuestra horrorosa depresión. Aquél es el consenso unánime en el mundo político, que no nos deja alentar esperanzas de reactivación en el futuro previsible. Vea el lector si no es así. El Partido Nacional, socio de los colorados en esta administración, resolvió retirarse ha poco de la coalición que había asumido la responsabilidad gubernativa en nuestro país. ¿Lo hace, como uno podría esperar, por desacuerdo con la inacción del gobierno? ¿O tal vez por haber éste rechazado una propuesta concreta de los blancos, en la que éstos han puesto su esperanza de quebrar la terrible depresión que mantiene al país de rodillas? Pues, ni lo uno ni lo otro. ¿Por qué razón se retira? Un gambito político, tal vez; pero si nos atenemos a lo que se dice y escribe, no se trata de ningún diferendo sobre la orientación gubernamental. Se truecan unos ministros por otros, pero, aparte de tales triviales modificaciones, todo continúa como estaba. La política de la paciencia los une, en modo alguno los separa.
Nos queda la izquierda. La única diferencia radica en que el FA insiste en que la larga depresión se debe a que el gobierno -hasta hace poco la coalición de los partidos tradicionales- practica una política "neoliberal", lo cual -salvo si el prefijo "neo" es lo mismo que prefijo "anti"- sólo puede provocar risa. En realidad el FA, ni por sus figuras típicamente políticas ni por sus asesores económicos da muestra de tener idea alguna digna de consideración para poner la producción del país nuevamente en marcha.
Por tanto, existe en nuestro mundo político un consenso total en materia de política económica. Jorge Batlle llegó al poder dispuesto a ser un presidente de consenso, no de confrontación, de manera que alguien podría suponer que debería estar feliz con ese resultado. Sin embargo, es evidente que el consenso logrado no puede ser el que él quería. El consenso logrado es el consenso en el error, la peor clase posible de acuerdo. Si hay una mayoría en el error, pero al mismo tiempo una minoría, siquiera pequeña, está en lo cierto, existe la posibilidad, por remota que fuere, de que los menos convenzan a los más. Pero si todo el mundo está de acuerdo en equivocarse, no puede haber diálogo ni debate, ni ninguna posibilidad dentro de la dialéctica democrática para llegar a la verdad.
Si el error persistiese indefinidamente, el desenlace de la tragedia consistiría en la total despoblación de nuestro territorio. Naturalmente, no estoy pronosticando semejante cosa.
Algún día la verdad, tan clara y sencilla como es, resplandecerá a los ojos de nuestro pueblo.
Él apreciará que lo que pasa no tiene nada que ver con el ciclo económico; que se trata de un desequilibrio estructural, por el cual nuestro sector verdaderamente productivo no soporta, en condiciones normales, el peso económico del Estado, lo que no nos permite dar empleo a nuestros trabajadores ni hacer que nuestra producción crezca.
Y entonces, cuando todos lo entendamos, achicaremos el Estado y volveremos a ser la tierra próspera que fuimos antes de que el estatismo progresivamente se impusiese. Pero en cuanto a cómo y cuándo tal cosa ha de ocurrir, eso no es algo que yo pueda por el momento.
Ramón Díaz fue presidente del Banco Central de Uruguay y es miembro y ex presidente de la Mont Pelerin Society.
Un extraño acuerdo implícito reina en los partidos políticos: todos parecen creer que en algún momento la economía tocará fondo y rebotará por sí sola.
“¿Cómo ve las cosas? ¿Percibe alguna luz al fin de túnel?” Amigos y conocidos se acercan a formularme una y otra vez la pregunta. Por enésima vez respondo: "No entreveo ninguna señal de recuperación. Lo que es más, los estudios estadísticos sobre indicadores adelantados -índices que, según la experiencia, permiten pronosticar el curso futuro de la economía, como los que CERES elabora- no trasmiten ningún mensaje de esperanza." Y nos separamos cabizbajos.
El juicio más optimista que he leído en los últimos tiempos es el del autor de un trabajo estadístico sobre indicadores adelantados. Expresó: "seguimos bajando, todavía no tocamos fondo." Desde mi perspectiva, es un juicio optimista, en cuanto implícitamente da por sentada la existencia de un fondo, más allá del cual no podemos bajar. Si un barco se hunde, podemos estar seguros de que, por profundo que sea el mar, debajo hay un lecho de arena y rocas sobre el cual terminará reposando. Pero nosotros no tenemos ese consuelo: nuestro descenso puede ser indefinido. En mi opinión tenderá a serlo, por la razón que voy a contarles.
La idea de un fondo para las fluctuaciones del ingreso, la ocupación, el salario real, etcétera, junto con la de un techo, conducen a aceptar la existencia de un ciclo económico. Esa creencia se remonta a la antigüedad -siete años de vacas gordas seguidos por siete años de vacas flacas en el Egipto bíblico- pero en el siglo XIX los economistas comenzaron a hacer de esa alternancia de prosperidad y depresión un objeto de estudio sistemático. Más tarde se enunciaron teorías dinámicas, según las cuales la propia expansión sembraba la semilla de la siguiente contracción, y viceversa. Después de la segunda guerra mundial las regularidades que a través de un siglo largo se venían registrando experimentaron cambios importantes, que enfriaron el interés de los economistas hacia ellas, pero se siguió hablando de recesiones (depresiones menores) o contracciones, y recuperaciones o expansiones, que de todos modos seguían aconteciendo, por más que de formas menos regular. De alguna manera, pues, la noción de ciclos económicos perdura aún.
La consecuencia que al respecto nos interesa es que, si un país entra en una fase contractiva del ciclo, su gobierno puede optar por no hacer nada. Tener paciencia y aconsejársela a la población. De todos modos, la economía tocará fondo, y rebotará por sí sola. Naturalmente, podría asimismo intentar una política que tratase de apurar la recuperación, pero ello podría causarle dificultades adicionales; por ejemplo, si estuviese pensando en un incremento del gasto público para estimular el consumo, pero padeciese ya de un grave déficit. La política de la paciencia podría, en tales circunstancias, ser aconsejable. Ésa me parece ser la posición de todos los partidos en la coyuntura uruguaya actual. Oírselo decir expresamente a alguien, se lo oí a nuestro presidente, Jorge Batlle.
Lo que nuestra economía padecía, dijo hace bastante tiempo, era lo que ya había padecido en 1990 y 1995, o sea, las muy pequeñas contracciones que se registraron como consecuencia de sendas crisis financieras en dos países emergentes, tal vez, si la memoria no me falla, la de los tigres asiáticos y la del tequila. Fenómenos recesivos ambos apenas perceptibles en nuestro país, y dejados ambos atrás a los pocos meses. Recuerdo oírle decir además al presidente que, como aquellas crisis se habían disipado, también veríamos disiparse a la que ahora padecíamos. Enorme error de diagnóstico, que el presidente no ha repetido después, ni tampoco se lo oímos repetir a ninguno de sus colaboradores; pero tampoco les oímos reconocer la equivocación y sugerir una etiología distinta a nuestro mal. De todos modos, la política económica no se ha desviado un ápice: sigue siendo la política de la paciencia.
Esto es grave, pero mucho más lo es el que nadie, a través de todo el espectro político nacional, haya sugerido ningún cambio de estrategia ni sugerido ninguna medida que racionalmente pueda ser interpretada como una propuesta tendiente a combatir nuestra horrorosa depresión. Aquél es el consenso unánime en el mundo político, que no nos deja alentar esperanzas de reactivación en el futuro previsible. Vea el lector si no es así. El Partido Nacional, socio de los colorados en esta administración, resolvió retirarse ha poco de la coalición que había asumido la responsabilidad gubernativa en nuestro país. ¿Lo hace, como uno podría esperar, por desacuerdo con la inacción del gobierno? ¿O tal vez por haber éste rechazado una propuesta concreta de los blancos, en la que éstos han puesto su esperanza de quebrar la terrible depresión que mantiene al país de rodillas? Pues, ni lo uno ni lo otro. ¿Por qué razón se retira? Un gambito político, tal vez; pero si nos atenemos a lo que se dice y escribe, no se trata de ningún diferendo sobre la orientación gubernamental. Se truecan unos ministros por otros, pero, aparte de tales triviales modificaciones, todo continúa como estaba. La política de la paciencia los une, en modo alguno los separa.
Nos queda la izquierda. La única diferencia radica en que el FA insiste en que la larga depresión se debe a que el gobierno -hasta hace poco la coalición de los partidos tradicionales- practica una política "neoliberal", lo cual -salvo si el prefijo "neo" es lo mismo que prefijo "anti"- sólo puede provocar risa. En realidad el FA, ni por sus figuras típicamente políticas ni por sus asesores económicos da muestra de tener idea alguna digna de consideración para poner la producción del país nuevamente en marcha.
Por tanto, existe en nuestro mundo político un consenso total en materia de política económica. Jorge Batlle llegó al poder dispuesto a ser un presidente de consenso, no de confrontación, de manera que alguien podría suponer que debería estar feliz con ese resultado. Sin embargo, es evidente que el consenso logrado no puede ser el que él quería. El consenso logrado es el consenso en el error, la peor clase posible de acuerdo. Si hay una mayoría en el error, pero al mismo tiempo una minoría, siquiera pequeña, está en lo cierto, existe la posibilidad, por remota que fuere, de que los menos convenzan a los más. Pero si todo el mundo está de acuerdo en equivocarse, no puede haber diálogo ni debate, ni ninguna posibilidad dentro de la dialéctica democrática para llegar a la verdad.
Si el error persistiese indefinidamente, el desenlace de la tragedia consistiría en la total despoblación de nuestro territorio. Naturalmente, no estoy pronosticando semejante cosa.
Algún día la verdad, tan clara y sencilla como es, resplandecerá a los ojos de nuestro pueblo.
Él apreciará que lo que pasa no tiene nada que ver con el ciclo económico; que se trata de un desequilibrio estructural, por el cual nuestro sector verdaderamente productivo no soporta, en condiciones normales, el peso económico del Estado, lo que no nos permite dar empleo a nuestros trabajadores ni hacer que nuestra producción crezca.
Y entonces, cuando todos lo entendamos, achicaremos el Estado y volveremos a ser la tierra próspera que fuimos antes de que el estatismo progresivamente se impusiese. Pero en cuanto a cómo y cuándo tal cosa ha de ocurrir, eso no es algo que yo pueda por el momento.
Ramón Díaz fue presidente del Banco Central de Uruguay y es miembro y ex presidente de la Mont Pelerin Society.
