27.09.04LA CUMBRE DE PRAGA Y EL PROBLEMA CUBANO
Por Carlos Alberto Montaner
Praga está muy lejos de Cuba, pero hasta esta bella ciudad, convocados por el ex presidente Vaclav Havel y su "Comité internacional para la democracia en Cuba", han venido importantísimos ex jefes de gobierno y parlamentarios de medio mundo a colaborar con los demócratas cubanos que, dentro y fuera de la Isla, buscan una transición pacífica y ordenada hacia la libertad y hacia una economía abierta y eficiente capaz de sustentar decorosamente al pueblo de la Isla.
Magnífico. La enorme calidad y variedad del grupo, donde comparecen canadienses, latinoamericanos, europeos y norteamericanos, revela el primero y más importante de los aspectos que hay que tomar en cuenta: eso que llamamos "el problema cubano" no es un asunto que sólo concierne a los habitantes o a los desterrados de esa Isla. Es, fundamentalmente, un problema de Occidente. Un problema de las democracias occidentales, como lo fue Europa Oriental durante la etapa comunista. Si se quiere, es un episodio más de lo que los estrategas llaman el "atlantismo".
Si Kennedy, en 1961, en medio de la Guerra Fría, frente al entonces incipiente muro edificado por Krushev, gritó solidariamente "yo soy un berlinés", dando a entender que la suerte de Alemania no era distinta ni ajena a la de Estados Unidos, todos estos ilustres políticos e intelectuales están hoy en Praga repitiendo la consigna: "yo también soy un cubano". Si treinta años más tarde Ronald Reagan, en el mismo lugar, gritó: "Señor Gorbachov, derribe ese muro", todas estas personas reunidas en Praga están diciendo algo parecido: "dejen que los cubanos se expresen libremente".
Esta Cumbre, en suma, desmiente la perniciosa imagen, acuñada por la dictadura de Castro, que presentaba el conflicto cubano como el desigual y permanente enfrentamiento entre David y Goliat: la pequeña y heroica isla acosada por el gigante imperial que no se resignaba a la pérdida de su supuesta antigua colonia.
Falso: el mundo comprende perfectamente que la castrista es la última satrapía estalinista que queda en Occidente, y no acepta el falaz argumento de que se trata de un reñidero entre Estados Unidos y Cuba. Es un conflicto entre los demócratas del mundo entero y los tercos defensores de un modelo totalitario, fracasado en todas partes, que resultó arrastrado al "basurero de la historia" en todos los países de cultura europea, menos en Cuba, donde la represión sin fisuras del régimen retarda lo que, a medio o largo plazo resulta conveniente e inevitable.
La Cumbre tampoco admite el disparatado argumento de que, en virtud de sus atributos soberanos, el Gobierno cubano puede elegir el modelo comunista si esa es su voluntad. Los líderes reunidos en Praga también vienen a decir que la soberanía sólo es legítima cuando libremente expresa la compleja pluralidad de las sociedades. El gobierno de La Habana apenas representa la voluntad del dictador que ordena y manda y, tal vez, la de un partido político que, con la suma total de sus afiliados, solamente representa al seis por ciento de la ciudadanía.
Es fundamental que se abra paso esta visión internacional del "problema cubano". Si la libertad prevaleció en Occidente frente a sus dos enemigos más atroces y destructivos, el nazifascismo y el comunismo, fue porque se trenzó una fuerte alianza entre diversas naciones capaz de enfrentarlos firmemente hasta su derrota.
Hoy, con la muerte de Fidel Castro situada en un horizonte cercano, nadie duda que el comunismo vive en Cua su etapa final, anunciada por una sociedad miserable y sin esperanzas, totalmente desencantada, sobre la que manda una cúpula impopular, desmoralizada y corrupta. Pero la tentación y el instinto de esa clase dirigente será el de tratar de perpetuarse mediante una sucesión sin cambios que resistirá como pueda las presiones internas y externas en la dirección de la apertura y la democracia.
Esos "sucesores" de Castro, sean quienes sean, en una primera fase sucumbirán a la influencia del modelo norcoreano de aislamiento y resistencia, ofreciendo a cambio control policiaco sobre el territorio para evitar el éxodo incontrolado de refugiados o el tránsito de drogas hacia Estados Unidos, pero un acto como la Cumbre de Praga debe advertirles a estos presuntos "herederos" que ese mezquino quid pro quo, ese vil cambalache no es aceptable por el mundo democrático internacional.
El mensaje de Occidente dado en Praga con relación a Cuba es muy claro: sólo es internacionalmente aceptable para la Isla un modelo político democrático y plural que le otorgue el poder a quienes realmente posean el apoyo de la mayoría, pero que, al mismo tiempo, proteja y tenga en cuenta los derechos de las minorías. Además, cuando esa verdadera transición, con garantías para todas las partes, comience a ocurrir, desde Europa y desde América llegará generosamente la mano aliada para ayudar a la reconstrucción material y moral de una sociedad devastada por décadas de atropellos y arbitrariedades. El "Comité internacional para la democracia en Cuba" comenzará entonces la segunda fase de su vital compromiso.
Septiembre 19, 2004.
Praga está muy lejos de Cuba, pero hasta esta bella ciudad, convocados por el ex presidente Vaclav Havel y su "Comité internacional para la democracia en Cuba", han venido importantísimos ex jefes de gobierno y parlamentarios de medio mundo a colaborar con los demócratas cubanos que, dentro y fuera de la Isla, buscan una transición pacífica y ordenada hacia la libertad y hacia una economía abierta y eficiente capaz de sustentar decorosamente al pueblo de la Isla.
Magnífico. La enorme calidad y variedad del grupo, donde comparecen canadienses, latinoamericanos, europeos y norteamericanos, revela el primero y más importante de los aspectos que hay que tomar en cuenta: eso que llamamos "el problema cubano" no es un asunto que sólo concierne a los habitantes o a los desterrados de esa Isla. Es, fundamentalmente, un problema de Occidente. Un problema de las democracias occidentales, como lo fue Europa Oriental durante la etapa comunista. Si se quiere, es un episodio más de lo que los estrategas llaman el "atlantismo".
Si Kennedy, en 1961, en medio de la Guerra Fría, frente al entonces incipiente muro edificado por Krushev, gritó solidariamente "yo soy un berlinés", dando a entender que la suerte de Alemania no era distinta ni ajena a la de Estados Unidos, todos estos ilustres políticos e intelectuales están hoy en Praga repitiendo la consigna: "yo también soy un cubano". Si treinta años más tarde Ronald Reagan, en el mismo lugar, gritó: "Señor Gorbachov, derribe ese muro", todas estas personas reunidas en Praga están diciendo algo parecido: "dejen que los cubanos se expresen libremente".
Esta Cumbre, en suma, desmiente la perniciosa imagen, acuñada por la dictadura de Castro, que presentaba el conflicto cubano como el desigual y permanente enfrentamiento entre David y Goliat: la pequeña y heroica isla acosada por el gigante imperial que no se resignaba a la pérdida de su supuesta antigua colonia.
Falso: el mundo comprende perfectamente que la castrista es la última satrapía estalinista que queda en Occidente, y no acepta el falaz argumento de que se trata de un reñidero entre Estados Unidos y Cuba. Es un conflicto entre los demócratas del mundo entero y los tercos defensores de un modelo totalitario, fracasado en todas partes, que resultó arrastrado al "basurero de la historia" en todos los países de cultura europea, menos en Cuba, donde la represión sin fisuras del régimen retarda lo que, a medio o largo plazo resulta conveniente e inevitable.
La Cumbre tampoco admite el disparatado argumento de que, en virtud de sus atributos soberanos, el Gobierno cubano puede elegir el modelo comunista si esa es su voluntad. Los líderes reunidos en Praga también vienen a decir que la soberanía sólo es legítima cuando libremente expresa la compleja pluralidad de las sociedades. El gobierno de La Habana apenas representa la voluntad del dictador que ordena y manda y, tal vez, la de un partido político que, con la suma total de sus afiliados, solamente representa al seis por ciento de la ciudadanía.
Es fundamental que se abra paso esta visión internacional del "problema cubano". Si la libertad prevaleció en Occidente frente a sus dos enemigos más atroces y destructivos, el nazifascismo y el comunismo, fue porque se trenzó una fuerte alianza entre diversas naciones capaz de enfrentarlos firmemente hasta su derrota.
Hoy, con la muerte de Fidel Castro situada en un horizonte cercano, nadie duda que el comunismo vive en Cua su etapa final, anunciada por una sociedad miserable y sin esperanzas, totalmente desencantada, sobre la que manda una cúpula impopular, desmoralizada y corrupta. Pero la tentación y el instinto de esa clase dirigente será el de tratar de perpetuarse mediante una sucesión sin cambios que resistirá como pueda las presiones internas y externas en la dirección de la apertura y la democracia.
Esos "sucesores" de Castro, sean quienes sean, en una primera fase sucumbirán a la influencia del modelo norcoreano de aislamiento y resistencia, ofreciendo a cambio control policiaco sobre el territorio para evitar el éxodo incontrolado de refugiados o el tránsito de drogas hacia Estados Unidos, pero un acto como la Cumbre de Praga debe advertirles a estos presuntos "herederos" que ese mezquino quid pro quo, ese vil cambalache no es aceptable por el mundo democrático internacional.
El mensaje de Occidente dado en Praga con relación a Cuba es muy claro: sólo es internacionalmente aceptable para la Isla un modelo político democrático y plural que le otorgue el poder a quienes realmente posean el apoyo de la mayoría, pero que, al mismo tiempo, proteja y tenga en cuenta los derechos de las minorías. Además, cuando esa verdadera transición, con garantías para todas las partes, comience a ocurrir, desde Europa y desde América llegará generosamente la mano aliada para ayudar a la reconstrucción material y moral de una sociedad devastada por décadas de atropellos y arbitrariedades. El "Comité internacional para la democracia en Cuba" comenzará entonces la segunda fase de su vital compromiso.
Septiembre 19, 2004.
