28.08.04Debate: El fin del Trabajo
LOS PROFETAS DEL APOCALIPSIS VERSUS LOS DATOS DE LA REALIDAD
Por Pedro Isern
Desde el inicio de los tiempos muchos hombres creyeron que solo se podía prosperar a costa de perjudicar a terceros. A su vez, otros hombres, llamados generalmente filósofos, se dedicaron a reflexionar sobre esta condición humana, elaborando teorías de justicia que siempre buscaban ligar moral y materialmente lo bien que le iba a una persona con lo mal que le iba a otra. La explicación para esta percepción tan generalizada se encontraba en la escasez que atormentaba la existencia de la especie: era lógico creer que si había poco para repartir y la creación de riqueza era mínima, aquello que acaparara uno estaría amenazando el bienestar, incluso la supervivencia, de otro. Semejante razonamiento de suma cero ha sido consecuencia de los incentivos generados por todos los arreglos institucionales hasta la aparición del capitalismo.
Sin embargo, después de mas de 200 años de un fenomenal proceso de creación de riqueza, los nuevos profetas del Apocalipsis siguen razonando y explicando la pobreza de unos como consecuencia de la riqueza de otros. Todos los días personajes tan variados como Michael Moore, Naomi Klein, Eduardo Galeano o Carlos Gabetta toman estadísticas de la ONU, Banco Mundial o CEPAL para mostrar como el 10% de la población posee el 50% de la riqueza producida mientras que el 10% mas pobre solo posee el 2%. Tal argumentación falaz proviene de dos errores lógicos demasiado groseros: por una lado estos ideólogos siguen creyendo que hay un stock de riqueza mundial dado y objetivo para repartir, por lo que aquello que posee uno necesariamente dejaría de llevárselo otro. En segundo lugar, estos burdos profetas razonan en los siguientes términos: supongamos que Juan prospera y produce nueve manzanas en una economía donde se respetan determinados arreglos institucionales y José no puede prosperar en otra economía donde no hay reglas claras y justas y solo produce una manzana. Ante este escenario, los profetas suman lo producido por ambos, lo dividen por 2 y llegan a la conclusión que, como Juan acapara el 90% de la riqueza de ese mundo, la pobreza de José se debe a que tiene una manzana pudiendo tener 5, en lugar de preguntarse si la pobreza de este último se debe a que el arreglo institucional de su país no ha generado los incentivos para producir tanta riqueza como en el país de Juan.
Este razonamiento falaz abunda no solo en los autores demagógicos sino también en la literatura especializada. Aquí, sistemáticamente nos encontramos con estudios que hacen hincapié en la desigualdad del ingreso entre los países, en vez de hacer hincapié en estudiar por qué Juan ha prosperado y José no.
Paradójicamente, es la llegada de la abundancia en estos tiempos modernos lo que ha profundizado aquella percepción: dada la posibilidad de acceder hoy a información estadística comparada, es fácil contrastar la riqueza de unos y la pobreza de otros. Esto es más sencillo que cuestionarse las razones del éxito de unos y el fracaso de otros.
Para aclarar el punto, es necesario mostrar el desempeño de países pobres que han tenido un notable desempeño en los últimos 25 años. Y aquí sobresalen los países del sudeste asiático, Irlanda y Chile. ¿Qué tienen en común estas naciones? Un sostenido proceso de apertura, reforma del estado, desregulación y privatización, cada uno en su particular versión de capitalismo. Por ejemplo, en China se crearon 291 millones de empleos netos entre 1982 y 2002. Para sorprender a los profetas del Apocalipsis (quienes tienden a asociar mayor productividad con menor tasa de empleo) en ese mismo lapso la productividad de la economía china por trabajador creció la impresionante cifra de ¡215%!. En otro contexto, la experiencia irlandesa es también sorprendente: la variación de la ocupación creció un 50% entre los años 1982 y 2002 y el PIB por trabajador (es decir, la productividad) creció 125%. El ejemplo de Chile es el que nos toca mas cerca porque nos enrostra nuestro propio fracaso: aquí, se crearon 2,3 millones de empleos netos entre 1982 y 2002 (¡un incremento de 73%!), la productividad por trabajador creció 55% y el valor agregado industrial creció 6% por año en el periodo mencionado.
Si es cierto que la riqueza es solamente acaparada por los poderosos de siempre, entonces: ¿Cómo se explica el desempeño de países del sudeste asiático, Irlanda o Chile? Sin embargo, en vez de analizar estos indicadores y compararlos, los profetas insisten en destacar la existencia de un conjunto uniforme de países pobres (la mayoría) y otro conjunto de países ricos. Pero es mas riguroso estudiar cuales son los países exitosos en distintas regiones y preguntarse cómo es que se han enriquecido en el tiempo y que tienen en común, en lugar de asumir la existencia de un estático stock de riqueza, mencionar demagógicamente que hay muchos mas pobres que ricos y concluir, falazmente, que la riqueza de algunos es y será injusta mientras haya millones de pobres.
Pedro Isern colaboró en la edición latinoamericana del libro Mitos del milenio. El fin del trabajo y los nuevos profetas del Apocalipsis, de Mauricio Rojas (CADAL/Timbro, 2004).
Desde el inicio de los tiempos muchos hombres creyeron que solo se podía prosperar a costa de perjudicar a terceros. A su vez, otros hombres, llamados generalmente filósofos, se dedicaron a reflexionar sobre esta condición humana, elaborando teorías de justicia que siempre buscaban ligar moral y materialmente lo bien que le iba a una persona con lo mal que le iba a otra. La explicación para esta percepción tan generalizada se encontraba en la escasez que atormentaba la existencia de la especie: era lógico creer que si había poco para repartir y la creación de riqueza era mínima, aquello que acaparara uno estaría amenazando el bienestar, incluso la supervivencia, de otro. Semejante razonamiento de suma cero ha sido consecuencia de los incentivos generados por todos los arreglos institucionales hasta la aparición del capitalismo.
Sin embargo, después de mas de 200 años de un fenomenal proceso de creación de riqueza, los nuevos profetas del Apocalipsis siguen razonando y explicando la pobreza de unos como consecuencia de la riqueza de otros. Todos los días personajes tan variados como Michael Moore, Naomi Klein, Eduardo Galeano o Carlos Gabetta toman estadísticas de la ONU, Banco Mundial o CEPAL para mostrar como el 10% de la población posee el 50% de la riqueza producida mientras que el 10% mas pobre solo posee el 2%. Tal argumentación falaz proviene de dos errores lógicos demasiado groseros: por una lado estos ideólogos siguen creyendo que hay un stock de riqueza mundial dado y objetivo para repartir, por lo que aquello que posee uno necesariamente dejaría de llevárselo otro. En segundo lugar, estos burdos profetas razonan en los siguientes términos: supongamos que Juan prospera y produce nueve manzanas en una economía donde se respetan determinados arreglos institucionales y José no puede prosperar en otra economía donde no hay reglas claras y justas y solo produce una manzana. Ante este escenario, los profetas suman lo producido por ambos, lo dividen por 2 y llegan a la conclusión que, como Juan acapara el 90% de la riqueza de ese mundo, la pobreza de José se debe a que tiene una manzana pudiendo tener 5, en lugar de preguntarse si la pobreza de este último se debe a que el arreglo institucional de su país no ha generado los incentivos para producir tanta riqueza como en el país de Juan.
Este razonamiento falaz abunda no solo en los autores demagógicos sino también en la literatura especializada. Aquí, sistemáticamente nos encontramos con estudios que hacen hincapié en la desigualdad del ingreso entre los países, en vez de hacer hincapié en estudiar por qué Juan ha prosperado y José no.
Paradójicamente, es la llegada de la abundancia en estos tiempos modernos lo que ha profundizado aquella percepción: dada la posibilidad de acceder hoy a información estadística comparada, es fácil contrastar la riqueza de unos y la pobreza de otros. Esto es más sencillo que cuestionarse las razones del éxito de unos y el fracaso de otros.
Para aclarar el punto, es necesario mostrar el desempeño de países pobres que han tenido un notable desempeño en los últimos 25 años. Y aquí sobresalen los países del sudeste asiático, Irlanda y Chile. ¿Qué tienen en común estas naciones? Un sostenido proceso de apertura, reforma del estado, desregulación y privatización, cada uno en su particular versión de capitalismo. Por ejemplo, en China se crearon 291 millones de empleos netos entre 1982 y 2002. Para sorprender a los profetas del Apocalipsis (quienes tienden a asociar mayor productividad con menor tasa de empleo) en ese mismo lapso la productividad de la economía china por trabajador creció la impresionante cifra de ¡215%!. En otro contexto, la experiencia irlandesa es también sorprendente: la variación de la ocupación creció un 50% entre los años 1982 y 2002 y el PIB por trabajador (es decir, la productividad) creció 125%. El ejemplo de Chile es el que nos toca mas cerca porque nos enrostra nuestro propio fracaso: aquí, se crearon 2,3 millones de empleos netos entre 1982 y 2002 (¡un incremento de 73%!), la productividad por trabajador creció 55% y el valor agregado industrial creció 6% por año en el periodo mencionado.
Si es cierto que la riqueza es solamente acaparada por los poderosos de siempre, entonces: ¿Cómo se explica el desempeño de países del sudeste asiático, Irlanda o Chile? Sin embargo, en vez de analizar estos indicadores y compararlos, los profetas insisten en destacar la existencia de un conjunto uniforme de países pobres (la mayoría) y otro conjunto de países ricos. Pero es mas riguroso estudiar cuales son los países exitosos en distintas regiones y preguntarse cómo es que se han enriquecido en el tiempo y que tienen en común, en lugar de asumir la existencia de un estático stock de riqueza, mencionar demagógicamente que hay muchos mas pobres que ricos y concluir, falazmente, que la riqueza de algunos es y será injusta mientras haya millones de pobres.
Pedro Isern colaboró en la edición latinoamericana del libro Mitos del milenio. El fin del trabajo y los nuevos profetas del Apocalipsis, de Mauricio Rojas (CADAL/Timbro, 2004).
