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28.08.04

UN PACTO POLÍTICO CON MUCHOS PELIGROS

Por Eugenio Kvaternik

Según lo consignan los últimos partes de los cronistas que seguían la guerra entre el Presidente y el doctor Duhalde, el conflicto entre ambos parece haber entrado en un remanso.
Los conflictos políticos, como los bélicos, conocen diversas instancias, y las más importantes son la declaración de guerra, la tregua, el armisticio y el tratado de paz.
Las treguas son un paréntesis a la guerra que continúa. Los armisticios hacen cesar los combates, pero no el estado de beligerancia, que sólo finaliza cuando se firma el tratado de paz.
¿Que hay detrás de esta aparente suspensión de las hostilidades entre el Presidente y el peronismo? ¿Se trata de una tregua, de un armisticio o de un tratado de paz? Es posible que, por ahora, tampoco nuestros guerreros lo tengan del todo claro, porque en la política, a diferencia de la guerra, estas tres instancias son más borrosas y se puede pasar en forma imperceptible de una a otra. Visto desde otra óptica, la discordia peronista desnuda el tenor del vínculo del país con el peronismo. Como en esas relaciones simbióticas entre amantes o entre familiares en las que el amor coexiste con el odio y en las que uno no logra discernir dónde comienza su propia identidad y dónde termina la del otro, es difícil, a veces, calibrar dónde termina la Argentina y dónde comienza el peronismo.
Perón nos dejó el mejor retrato de este vínculo cuando, en su estilo cazurro y magistral, respondía a un interlocutor extranjero pintando una Argentina con radicales y conservadores, gente de izquierda y de derecha. Cuando su interlocutor, confundido, le preguntó dónde estaban ubicados los peronistas, le replicó: "¡Ah..! Peronistas son todos..."
La simbiosis se reforzó aún más después de 2001, entre los sobrevivientes de los dos diluvios -el de la devaluación y el de la pesificación-, luego de los cuales se desplegó en el firmamento un arco iris de colores diversos: nostálgicos y censores de los años 90, partidarios y detractores de la globalización, defensores de la convertibilidad y entusiastas del default. Casi todos ellos, como sus antecesores. peronistas: de Menem, de Kirchner y de Rodríguez Saá.
La mitología griega nos dice que Atenea surge de la cabeza de su padre, Zeus. ¿Nace el peronismo de la Argentina o nace la Argentina de la cabeza del peronismo? Los cultores del rigor causal responderán que Perón fue Atenea, a lo que algunos peronistas fanáticos contestarán que Perón fue Zeus.
¿Está inclinada, o dispuesta, la sociedad argentina a romper su vínculo simbiótico con el peronismo? El radicalismo entró en crisis porque, prisionero de una militancia ideológica, confundió al elector medio con el militante medio. ¿Repite el peronismo el mismo error del radicalismo? La similitud es engañosa.
La política puede dar lugar a múltiples coaliciones, tanto entre los miembros de la misma familia espiritual como entre opuestos acérrimos. Como dice el refrán inglés, la política hace extraños compañeros de lecho. Algunas veces tenemos coaliciones y alianzas amplias, en las que los votos sobran, y en otras ocasiones, coaliciones mínimas, con los votos indispensables para vencer. Como en las carreras, el caballo gana por varios cuerpos en unas y apenas por el hocico en las otras. Pero, a diferencia de las carreras, el premio para el ganador varía de acuerdo con el tamaño de la coalición: la coalición amplia reparte la torta entre muchos y la llamada coalición mínima ganadora reparte la misma torta entre pocos.
El peronismo conformó, desde sus orígenes, una coalición amplia integrada por opuestos, un arco que comenzaba con los sindicatos y acababa por abrazar a las elites oligárquicas y conservadoras de las provincias. Para quien se rasga las vestiduras ante tamaña herejía vale la pena recordar que la coalición de Franklin Roosevelt -sin dudas, el presidente más progresista de los Estados Unidos- incluía desde los sindicatos hasta los grupos racistas del Sur.
El presidente Kirchner se inclina por una política diferente, porque cae en la cuenta de que el peronismo, como la Galia de César, está dividido en tres: los celtas de Duhalde, los belgas de Menem y los aquitanos de Rodríguez Saá. Esto es casi como decir que la simbiosis se acerca a su fin. Reacio a las coaliciones entre opuestos, como lo revela su permanente denostación del menemismo y de la década del 90, opta por aliados ideológicamente afines -piqueteros y grupos de derechos humanos- y rechaza, de este modo, la tradición peronista, favorable a la coalición mínima ganadora. En su reciente retorno al peronismo, el Presidente invierte el camino del apóstol: el Paulo transversal vuelve a ser el Saulo duhaldista, el de la coalición mínima que lo llevó a la primera magistratura. ¿Será el conglomerado compuesto por el aparato duhaldista, los piqueteros, los grupos de derechos humanos y, quizá, los residuos del radicalismo bonaerense la nueva coalición mínima ganadora?

¿Coalición mínima o coalición pírrica? El tiempo dirá.

En el ámbito institucional, la única novedad en la convocatoria al diálogo político es, por el momento, que al pacto entre Duhalde y Alfonsín, que funciona desde la caída de De la Rúa, se ha incorporado ahora el Presidente. Quienes lo ven como una suerte de Pacto de la Moncloa, que consolidó la democracia ibérica, confunden las latitudes: se parece más al pacto que sucumbió en Italia en los prolegómenos de la crisis de los años 90 y que fue el último estertor de la dirigencia de la posguerra.
Conocido como el CAF -por las iniciales de sus protagonistas, el socialista Craxi y los democristianos Andreotti y Forlani-, carente de designio estratégico, orientado a la pura conservación y destinado a lo que los italianos denominan lottizzazione -es decir, la repartición de la torta pública-, parece semejante al acuerdo existente en la provincia de Buenos Aires entre el duhaldismo y un sector del radicalismo.
El escenario se complica aún más con un presidente que recuerda, a veces, a un monarca en el exilio, alejado de su país y del mundo. Así lo pintan varios episodios, el más reciente, cuando dejó plantada a una de las más importantes empresarias norteamericanas. Además, parece rodeado por un elenco que evoca, en parte, a una corte de la antigüedad -el miedo de los funcionarios a la opinión pública convierte las encuestas en una ceremonia idéntica a la de los augures que exorcizaban el miedo antes de la batalla-, y en parte a una corte posmoderna, en la que los polichinelas, en vez de entretenernos con sus cabriolas, nos agravian con sus boutades.
No son pocos los riesgos de que nuestro DAK -el pacto entre Duhalde, Alfonsín y Kirchner- termine como su pariente italiano o de que corra la misma suerte que De la Rúa, víctima del abandono de quienes concordaban con su persona y con su política y se habían aliado con quienes nunca habían concordado ni con su persona ni con su política.
¿Se encontrará el país alguna vez con la lógica de las naciones maduras ante sus grandes líderes, como De Gaulle y Churchill? Esos dirigentes lograron el apoyo de aquellos que, pese a estar en contra de sus políticas, adherían a sus personas y, al mismo tiempo, el apoyo de aquellos que, opuestos a sus figuras, adherían a sus políticas.

Eugenio Kvaternik es profesor de Teoría Política en las universidades del Salvador y de Buenos Aires.
Este artículo fue originalmente publicado en el diario La Nación.
http://www.lanacion.com.ar/opinion/nota.asp?nota_id=630498