18.01.03BOLIVIA Y LA NUEVA GEOGRAFIA POLÍTICA
Por Alejandro F. Mercado
Hacia una nueva feudalización
Estando de estudiante, con base en la información sobre las principales empresas del mundo, elaboré un trabajo que tenía como hipótesis que el futuro del desarrollo capitalista habría de dar lugar a la desaparición de los Estados – Nación. La información con la que trabajé mostraba que las cinco empresas más grandes del mundo tenían un ingreso superior al producto de los cincuenta países más pequeños del planeta. Sobre esa constatación planteaba que el futuro sería controlado por las grandes empresas en un retorno a un nuevo tipo de feudalismo, donde la democracia liberal habría de sucumbir frente al poder que se acumulaba en estos emporios económicos.
Aunque para contextualizar el marco histórico y teórico de dicho trabajo partí, en sus primeros aspectos, del libro de Federico Engels: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, estaba convencido de que el socialismo basado en la doctrina marxista no tenía futuro. El libro Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, que leí en esos años fue suficiente para demostrarme que la concepción de Carlos Marx adolecía de insuficiencias y errores insuperables, los cuales llevarían a la inviabilidad del mundo que en ese tiempo se desarrollaba detrás del liderazgo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Algunos años después un amigo periodista de Nueva York se interesó por el paper que había escrito como uno de mis trabajos de universidad y me propuso actualizarlo y profundizarlo. Durante cerca de dos meses trabajamos reuniendo información respecto al desempeño de las más grandes empresas, clasificándolas por rubros de actividad, lugares de operación, influencia geográfica sobre los distintos mercados y otros indicadores, como por ejemplo los cambios en el valor de sus acciones; y paralelamente acopiamos información sobre el desempeño económico de los países, los cambios de gobierno y otros indicadores. Los datos y la información recogida daban interesantes correlaciones respecto a los cambios de gobierno, los partidos que accedían al poder en los países, en correspondencia con la influencia de las grandes empresas y otras relaciones sugestivas. Al parecer, la hipótesis original referente a que el futuro nos conduciría a un nuevo tipo de sistema feudal, probablemente no habría de suponer la desaparición de los Estados – Nación, sino su transformación hacia una especie de estructuras mediáticas del poder económico de las empresas. En fin, los primeros hallazgos que encontramos lamentablemente quedaron a la crítica roedora de los ratones, ya que los recursos que se requerían para continuarlo estaban fuera de nuestro alcance. Este tipo de investigaciones requiere tiempo, información, viajes y otros elementos que, ciertamente, estábamos imposibilitados de financiarlos.
De Fukuyama a Huntington
El año 1992 Francis Fukuyama publicaba su libro: El fin de la historia y el último hombre. El trabajo del filósofo norteamericano en cierto grado corroboraba mi hipótesis sobre la inviabilidad de todas aquellas corrientes basadas en la teoría marxista, pero cuestionaba mi hipótesis de un cambio hacia una nueva forma de feudalismo en el mundo. Debo reconocer que para ese año ya había dejado de lado la hipótesis que expliqué al principio, así que acepté la hipótesis provisional de Fukuyama de que “Puede que estemos asistiendo, al final de la historia como tal; esto es, el punto final de la evolución ideológica del género humano y a la universalización de la democracia liberal occidental como forma de gobierno humano definitiva”.
A la luz de diez años desde el momento que leí a Fukuyama y otros trabajos a los que posteriormente tuve acceso, considero que Fukuyama acertó en el sentido de que el enfrentamiento ideológico habría llegado a su fin, con la demostración irrefutable de la victoria del liberalismo sobre el marxismo, el nacionalismo, el fascismo y todas las derivaciones contrarias al modelo de libertad; sin embargo en lo que Fukuyama al parecer se equivocó es en que la muerte del marxismo habría de conducir a todo el mundo a la adopción de una democracia liberal. A los cinco años de que Fukuyama publicara su controvertido libro, Samuel P. Huntington, profesor de Harvard, publicaba El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, que nos pondría a repensar lo que podemos denominar la nueva geografía política.
Multipolaridad civilizatoria
La bipolaridad ideológica del mundo se acabó con el fracaso del marxismo. Las denominadas izquierdas nacionales, una tortuosa simbiosis entre nacionalismo y marxismo se quedaron sin sustento y los posteriores intentos de mantener con vida algo que ya había perecido dieron lugar a engendros que podríamos calificarlos de simples divertimentos, léase la tercera vía y las “izquierdas modernas”.
La superioridad del liberalismo frente al marxismo, de la libertad frente a la planificación, no fueron otra cosa que la victoria de la visión del cosmos sobre el taxis al interior de la civilización occidental; sin embargo, seguir de allí que la visión occidental del mundo en su versión democrática liberal habría de ser aceptada por todo el mundo fue, ciertamente, una lectura demasiado ingenua de la realidad. Huntington nos dice que en el mundo, después de la guerra fría, las distinciones más importantes entre los pueblos no son ideológicas, políticas ni económicas sino, fundamentalmente, culturales. “Las banderas son importantes” subraya el profesor de Harvard para concluir: “En el mundo de posguerra fría, por primera vez en la historia, la política global se ha vuelto multipolar y multicivilizacional”.
El choque de civilizaciones, título del libro de Huntington, hace referencia a que los conflictos que caracterizarán el presente siglo serán entre las ocho grandes civilizaciones que nos presentan una nueva cartografía o mapa político del mundo. Allí no está la civilización andina, que aunque es nombrada por todos los investigadores, es siempre considerada como una civilización muerta. Es probable que a nivel macro la civilización andina haya muerto y, por tanto, su influencia en el mundo sea casi inexistente, sin embargo a nivel micro, es decir en el ámbito de los países andinos, de Bolivia, del occidente de Bolivia y así bajando hasta las comunidades andinas, como veremos posteriormente, los muertos siguen vivos.
Simbiosis e indigenización
Carlos Marx nos vendió la idea de que sus profecías históricas eran una suerte de leyes naturales que determinaban el movimiento de las sociedades. Lo peor fue que algunos le creyeron y empezaron a empujar la realidad hacia aquello que parecía una necesidad inexorable, querían, como diría Marx, acortar y disminuir los dolores del parto. La realidad dio al traste con esta supuesta teoría científica, aunque todavía existan algunos que esperan la venida mesiánica de la dictadura del proletariado. Por su parte, los representantes de la “nueva izquierda” no interesan al interior de un análisis serio, ya que no son otra cosa que vendedores de ilusiones que buscan aprovecharse de los sentimientos y de las necesidades de la población.
El avance en el ámbito tecnológico y económico logrado por la civilización occidental fue, innegablemente, un fenómeno sin precedentes en la historia. Sin embargo, se observa que tal desarrollo está transitando hacia otras regiones de civilización no occidental. Las sociedades adoptan ciertos valores occidentales que son sinérgicos al desarrollo pero se produce un proceso de indigenización, una especie de simbiosis cultural, donde lo occidental se introduce diluyendo ciertos elementos pero, al mismo tiempo, revitaliza los componentes de las culturas originarias. Huntington se referirá a este fenómeno como la paradoja de la democracia, textualmente: “La adopción por parte de sociedades no occidentales de instituciones democráticas occidentales estimula y da acceso al poder a movimientos políticos nativistas y antioccidentales”. La democracia liberal y el sistema de mercado occidentales descansan en la revalorización del individuo, ello conjuntamente al desarrollo económico y el proceso de urbanización, ha generado una pérdida de identidad, una pérdida de pertenencia de los individuos que socava las bases del liberalismo, en tanto que el individualismo presupone la identidad. Bajo ese marco, los individuos sin una identidad que les permita contar con una autovaloración necesaria para enfrentar la competencia, buscan espacios que les ayuden a satisfacer su necesidad de reconocimiento.
Nuestra nueva geografía
La guerra fría ha concluido, pero ello no nos ha llevado a una situación de armonía basada en los valores occidentales de la democracia liberal, tal como hubiésemos querido; por el contrario, la derrota del marxismo y de las izquierdas nacidas de su matriz ha descorrido el velo que, bajo el manto de un enfrentamiento ideológico y de una supuesta lucha de clases, ocultaba una confrontación civilizatoria latente. Aunque al parecer es demasiado pretencioso, intentaremos en estas pocas líneas que restan iniciar un análisis de nuestra realidad con un lente micro-huntintoniano. Para ello comencemos señalando que si bien en el ámbito global (mundial), tal como lo señalan varios autores, la civilización andina ha muerto, a nivel micro (Bolivia) esta lectura es incorrecta.
Los conflictos que enfrentó el anterior gobierno, me refiero particularmente al bloqueo de caminos conducido por el Mallku, los últimos resultados electorales, así como los posteriores acuerdos para hacer presidente al Lic. Gonzalo Sánchez de Lozada, probablemente estén dando cuenta de una nueva geografía política de nuestro país que responde más a un enfrentamiento de carácter civilizatorio que a una confrontación entre ideologías o clases sociales. Felipe Quispe y sus asesores ideológicos al parecer no llegaron a comprender que el leitmotiv del conflicto estaba más allá de un problema racial entre indios y k’aras, así como Evo Morales no pudo comprender la verdadera dimensión que se reflejaba en el voto de las últimas elecciones, Evo se perdió entre sus plantaciones de coca y un grupo de asesores marxistas trasnochados que no comprenden la realidad actual. Por otra parte, la conformación de un acuerdo de gobierno que analizado de forma epidérmica parecería solamente ser la defensa de la clase política tradicional, es posible que sea también el reflejo de un realineamiento con base en visiones civilizatorias distintas; es decir, que lo que estaría pasando a nivel global, probablemente nosotros lo estemos experimentando en el ámbito local.
No estoy seguro de clasificar a nuestro país en la categoría de países escindidos o desgarrados civilizatoriamente, que son las categorías que utiliza Huntington, sin embargo parece ser una realidad la presencia de visiones civilizatorias distintas, una dominante y la otra desgarrada, donde ésta se autodefine, en muchos casos, más por su rivalidad que por su cultura propia que, en cierta medida, ya habría indigenizado ciertos valores de la cultura dominante. El dominio civilizatorio ha generado una crisis de identidad. El desarrollo económico y tecnológico, la urbanización y, en especial la gran revolución en las comunicaciones, ha creado un modo de vida funcional al individualismo occidental pero disfuncional a la cultura andina; así, de esta forma, una importante proporción de la población vive en una especie de esquizofrenia y percibe un sentimiento de marginación que, como destacamos, no es ideológico sino cultural. Huntington nos dice que el proceso de redefinición de la identidad será prolongado, discontinuo y penoso, en el plano social, político y cultural; además, de acuerdo con la experiencia, fracasará. Textualmente señala: “La experiencia histórica demuestra palmariamente la fuerza, poder de recuperación y viscosidad de las culturas autóctonas y sus capacidad para renovarse y resistir, contener y absorber las importaciones occidentales.”
A manera de cierre subrayemos que la disolución del enfrentamiento político-ideológico y a medida que el orden democrático occidental ha generado una especie de frustración o, con mayor precisión, una fatiga frente a las expectativas que se habían generado en torno a la democracia, las culturas autóctonas adquieren mayor relevancia en términos de identidad. Ahora bien, considerando que la identificación de quienes somos requiere la existencia de quienes no somos, la actitud frente a los valores de la civilización occidental van desde el escepticismo hasta el rechazo. Esta nueva configuración geografía política requiere, sin duda, nuevas interpretaciones.
Alejandro F. Mercado es Director del Instituto de Investigaciones Socio - Económicas de la
Universidad Católica Boliviana (IISEC - UCB)
Hacia una nueva feudalización
Estando de estudiante, con base en la información sobre las principales empresas del mundo, elaboré un trabajo que tenía como hipótesis que el futuro del desarrollo capitalista habría de dar lugar a la desaparición de los Estados – Nación. La información con la que trabajé mostraba que las cinco empresas más grandes del mundo tenían un ingreso superior al producto de los cincuenta países más pequeños del planeta. Sobre esa constatación planteaba que el futuro sería controlado por las grandes empresas en un retorno a un nuevo tipo de feudalismo, donde la democracia liberal habría de sucumbir frente al poder que se acumulaba en estos emporios económicos.
Aunque para contextualizar el marco histórico y teórico de dicho trabajo partí, en sus primeros aspectos, del libro de Federico Engels: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, estaba convencido de que el socialismo basado en la doctrina marxista no tenía futuro. El libro Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, que leí en esos años fue suficiente para demostrarme que la concepción de Carlos Marx adolecía de insuficiencias y errores insuperables, los cuales llevarían a la inviabilidad del mundo que en ese tiempo se desarrollaba detrás del liderazgo de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Algunos años después un amigo periodista de Nueva York se interesó por el paper que había escrito como uno de mis trabajos de universidad y me propuso actualizarlo y profundizarlo. Durante cerca de dos meses trabajamos reuniendo información respecto al desempeño de las más grandes empresas, clasificándolas por rubros de actividad, lugares de operación, influencia geográfica sobre los distintos mercados y otros indicadores, como por ejemplo los cambios en el valor de sus acciones; y paralelamente acopiamos información sobre el desempeño económico de los países, los cambios de gobierno y otros indicadores. Los datos y la información recogida daban interesantes correlaciones respecto a los cambios de gobierno, los partidos que accedían al poder en los países, en correspondencia con la influencia de las grandes empresas y otras relaciones sugestivas. Al parecer, la hipótesis original referente a que el futuro nos conduciría a un nuevo tipo de sistema feudal, probablemente no habría de suponer la desaparición de los Estados – Nación, sino su transformación hacia una especie de estructuras mediáticas del poder económico de las empresas. En fin, los primeros hallazgos que encontramos lamentablemente quedaron a la crítica roedora de los ratones, ya que los recursos que se requerían para continuarlo estaban fuera de nuestro alcance. Este tipo de investigaciones requiere tiempo, información, viajes y otros elementos que, ciertamente, estábamos imposibilitados de financiarlos.
De Fukuyama a Huntington
El año 1992 Francis Fukuyama publicaba su libro: El fin de la historia y el último hombre. El trabajo del filósofo norteamericano en cierto grado corroboraba mi hipótesis sobre la inviabilidad de todas aquellas corrientes basadas en la teoría marxista, pero cuestionaba mi hipótesis de un cambio hacia una nueva forma de feudalismo en el mundo. Debo reconocer que para ese año ya había dejado de lado la hipótesis que expliqué al principio, así que acepté la hipótesis provisional de Fukuyama de que “Puede que estemos asistiendo, al final de la historia como tal; esto es, el punto final de la evolución ideológica del género humano y a la universalización de la democracia liberal occidental como forma de gobierno humano definitiva”.
A la luz de diez años desde el momento que leí a Fukuyama y otros trabajos a los que posteriormente tuve acceso, considero que Fukuyama acertó en el sentido de que el enfrentamiento ideológico habría llegado a su fin, con la demostración irrefutable de la victoria del liberalismo sobre el marxismo, el nacionalismo, el fascismo y todas las derivaciones contrarias al modelo de libertad; sin embargo en lo que Fukuyama al parecer se equivocó es en que la muerte del marxismo habría de conducir a todo el mundo a la adopción de una democracia liberal. A los cinco años de que Fukuyama publicara su controvertido libro, Samuel P. Huntington, profesor de Harvard, publicaba El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial, que nos pondría a repensar lo que podemos denominar la nueva geografía política.
Multipolaridad civilizatoria
La bipolaridad ideológica del mundo se acabó con el fracaso del marxismo. Las denominadas izquierdas nacionales, una tortuosa simbiosis entre nacionalismo y marxismo se quedaron sin sustento y los posteriores intentos de mantener con vida algo que ya había perecido dieron lugar a engendros que podríamos calificarlos de simples divertimentos, léase la tercera vía y las “izquierdas modernas”.
La superioridad del liberalismo frente al marxismo, de la libertad frente a la planificación, no fueron otra cosa que la victoria de la visión del cosmos sobre el taxis al interior de la civilización occidental; sin embargo, seguir de allí que la visión occidental del mundo en su versión democrática liberal habría de ser aceptada por todo el mundo fue, ciertamente, una lectura demasiado ingenua de la realidad. Huntington nos dice que en el mundo, después de la guerra fría, las distinciones más importantes entre los pueblos no son ideológicas, políticas ni económicas sino, fundamentalmente, culturales. “Las banderas son importantes” subraya el profesor de Harvard para concluir: “En el mundo de posguerra fría, por primera vez en la historia, la política global se ha vuelto multipolar y multicivilizacional”.
El choque de civilizaciones, título del libro de Huntington, hace referencia a que los conflictos que caracterizarán el presente siglo serán entre las ocho grandes civilizaciones que nos presentan una nueva cartografía o mapa político del mundo. Allí no está la civilización andina, que aunque es nombrada por todos los investigadores, es siempre considerada como una civilización muerta. Es probable que a nivel macro la civilización andina haya muerto y, por tanto, su influencia en el mundo sea casi inexistente, sin embargo a nivel micro, es decir en el ámbito de los países andinos, de Bolivia, del occidente de Bolivia y así bajando hasta las comunidades andinas, como veremos posteriormente, los muertos siguen vivos.
Simbiosis e indigenización
Carlos Marx nos vendió la idea de que sus profecías históricas eran una suerte de leyes naturales que determinaban el movimiento de las sociedades. Lo peor fue que algunos le creyeron y empezaron a empujar la realidad hacia aquello que parecía una necesidad inexorable, querían, como diría Marx, acortar y disminuir los dolores del parto. La realidad dio al traste con esta supuesta teoría científica, aunque todavía existan algunos que esperan la venida mesiánica de la dictadura del proletariado. Por su parte, los representantes de la “nueva izquierda” no interesan al interior de un análisis serio, ya que no son otra cosa que vendedores de ilusiones que buscan aprovecharse de los sentimientos y de las necesidades de la población.
El avance en el ámbito tecnológico y económico logrado por la civilización occidental fue, innegablemente, un fenómeno sin precedentes en la historia. Sin embargo, se observa que tal desarrollo está transitando hacia otras regiones de civilización no occidental. Las sociedades adoptan ciertos valores occidentales que son sinérgicos al desarrollo pero se produce un proceso de indigenización, una especie de simbiosis cultural, donde lo occidental se introduce diluyendo ciertos elementos pero, al mismo tiempo, revitaliza los componentes de las culturas originarias. Huntington se referirá a este fenómeno como la paradoja de la democracia, textualmente: “La adopción por parte de sociedades no occidentales de instituciones democráticas occidentales estimula y da acceso al poder a movimientos políticos nativistas y antioccidentales”. La democracia liberal y el sistema de mercado occidentales descansan en la revalorización del individuo, ello conjuntamente al desarrollo económico y el proceso de urbanización, ha generado una pérdida de identidad, una pérdida de pertenencia de los individuos que socava las bases del liberalismo, en tanto que el individualismo presupone la identidad. Bajo ese marco, los individuos sin una identidad que les permita contar con una autovaloración necesaria para enfrentar la competencia, buscan espacios que les ayuden a satisfacer su necesidad de reconocimiento.
Nuestra nueva geografía
La guerra fría ha concluido, pero ello no nos ha llevado a una situación de armonía basada en los valores occidentales de la democracia liberal, tal como hubiésemos querido; por el contrario, la derrota del marxismo y de las izquierdas nacidas de su matriz ha descorrido el velo que, bajo el manto de un enfrentamiento ideológico y de una supuesta lucha de clases, ocultaba una confrontación civilizatoria latente. Aunque al parecer es demasiado pretencioso, intentaremos en estas pocas líneas que restan iniciar un análisis de nuestra realidad con un lente micro-huntintoniano. Para ello comencemos señalando que si bien en el ámbito global (mundial), tal como lo señalan varios autores, la civilización andina ha muerto, a nivel micro (Bolivia) esta lectura es incorrecta.
Los conflictos que enfrentó el anterior gobierno, me refiero particularmente al bloqueo de caminos conducido por el Mallku, los últimos resultados electorales, así como los posteriores acuerdos para hacer presidente al Lic. Gonzalo Sánchez de Lozada, probablemente estén dando cuenta de una nueva geografía política de nuestro país que responde más a un enfrentamiento de carácter civilizatorio que a una confrontación entre ideologías o clases sociales. Felipe Quispe y sus asesores ideológicos al parecer no llegaron a comprender que el leitmotiv del conflicto estaba más allá de un problema racial entre indios y k’aras, así como Evo Morales no pudo comprender la verdadera dimensión que se reflejaba en el voto de las últimas elecciones, Evo se perdió entre sus plantaciones de coca y un grupo de asesores marxistas trasnochados que no comprenden la realidad actual. Por otra parte, la conformación de un acuerdo de gobierno que analizado de forma epidérmica parecería solamente ser la defensa de la clase política tradicional, es posible que sea también el reflejo de un realineamiento con base en visiones civilizatorias distintas; es decir, que lo que estaría pasando a nivel global, probablemente nosotros lo estemos experimentando en el ámbito local.
No estoy seguro de clasificar a nuestro país en la categoría de países escindidos o desgarrados civilizatoriamente, que son las categorías que utiliza Huntington, sin embargo parece ser una realidad la presencia de visiones civilizatorias distintas, una dominante y la otra desgarrada, donde ésta se autodefine, en muchos casos, más por su rivalidad que por su cultura propia que, en cierta medida, ya habría indigenizado ciertos valores de la cultura dominante. El dominio civilizatorio ha generado una crisis de identidad. El desarrollo económico y tecnológico, la urbanización y, en especial la gran revolución en las comunicaciones, ha creado un modo de vida funcional al individualismo occidental pero disfuncional a la cultura andina; así, de esta forma, una importante proporción de la población vive en una especie de esquizofrenia y percibe un sentimiento de marginación que, como destacamos, no es ideológico sino cultural. Huntington nos dice que el proceso de redefinición de la identidad será prolongado, discontinuo y penoso, en el plano social, político y cultural; además, de acuerdo con la experiencia, fracasará. Textualmente señala: “La experiencia histórica demuestra palmariamente la fuerza, poder de recuperación y viscosidad de las culturas autóctonas y sus capacidad para renovarse y resistir, contener y absorber las importaciones occidentales.”
A manera de cierre subrayemos que la disolución del enfrentamiento político-ideológico y a medida que el orden democrático occidental ha generado una especie de frustración o, con mayor precisión, una fatiga frente a las expectativas que se habían generado en torno a la democracia, las culturas autóctonas adquieren mayor relevancia en términos de identidad. Ahora bien, considerando que la identificación de quienes somos requiere la existencia de quienes no somos, la actitud frente a los valores de la civilización occidental van desde el escepticismo hasta el rechazo. Esta nueva configuración geografía política requiere, sin duda, nuevas interpretaciones.
Alejandro F. Mercado es Director del Instituto de Investigaciones Socio - Económicas de la
Universidad Católica Boliviana (IISEC - UCB)
