09.09.04EL MENSAJE DE CARACAS
Por América Economía
Editorial de América Economía
El triunfo del presidente Hugo Chávez en el referendo revocatorio realizado en Venezuela a mediados de agosto fue tanto una buena como una mala noticia. Buena porque, a corto plazo, asegura cierto nivel de gobernabilidad en una región inestable como la andina. Mala porque, lejos de ser un factor de estabilidad a largo plazo, el populismo demagógico y el poco respeto por la división de poderes de Chávez seguirá polarizando y complicando el desarrollo de la democracia en el área.
El triunfo de Chávez fue recibido con alivio por los mercados internacionales, dado el clima de alta volatilidad del mercado mundial del petróleo. Venezuela es el quinto exportador mundial de crudo, un abastecedor estratégico para Estados Unidos y tiene caja para responder a sus compromisos internacionales. Por la falta de unidad y de propuestas de la oposición venezolana, más allá del objetivo común de sacar a Chávez del poder, la derrota del comandante hubiera abierto un clima de incertidumbre.
El problema de fondo es que el triunfo de Chávez no hace más que subrayar la peligrosa situación política a la que ha llegado el área andina, desde Venezuela a Bolivia. La falta de institucionalidad se ha traducido en debilidad política de los gobernantes en Bolivia, Perú y Ecuador. Hasta uno de los gobiernos más exitosos de América Latina en los últimos tiempos, el del presidente colombiano Álvaro Uribe, tiene una base frágil: la falta de alternativas al propio presidente, cuyos partidarios buscan una reforma constitucional que permita su reelección. La lectura es que sin Uribe no hay opciones en Colombia.
Todo esto en una región del mundo peligrosa por su importancia como proveedor de petróleo y como centro de producción y tráfico de drogas. Así como en los años 80 la Guerra Fría desembocó en las guerras civiles centroamericanas, el riesgo es que los Andes se conviertan en los próximos años, literalmente, en el campo de batalla latinoamericano entre las fuerzas globalizadoras y los amplios sectores que están quedando marginados de la modernización, como los grupos indígenas y los habitantes de los inmensos cinturones de pobres que rodean a las ciudades. Ellos se están aglutinando alrededor de los llamados movimientos asistémicos, fácilmente cooptables por militantes de utopías incendiarias, líderes populistas de la peor calaña y, lo que es peor, por los narco-barones de la guerra, para quienes la inestabilidad política e institucional genera el ambiente de negocios más propicio donde seguir amasando fortunas.
La responsabilidad principal de esta situación es fundamentalmente de las elites políticas y económicas de nuestros países. Ellas han mostrado una tremenda incapacidad para aprovechar el sentido común de las reformas de los 90 para arrasar con los corruptos y disfuncionales hábitos enraizados en nuestras instituciones y construir modelos políticos e institucionales eficientes, transparentes, modernos y abiertos que faciliten la inclusión social y brinden oportunidades en una región donde las desigualdades son insultantes.
El mejor ejemplo del fracaso de nuestras elites es la propia oposición venezolana, incapaz de articular una propuesta superadora a la expulsión de Chávez. Los partidos tradicionales, como el socialdemócrata Acción Democrática y el socialcristiano Copei, responsables del colapso del sistema democrático que llevó a Chávez al poder, se hicieron fuertes en la Coordinadora Democrática y ahogaron el liderazgo de nuevos movimientos que estuviesen libres de los antiguos vicios del sistema.
La esperanza en América Latina, y especialmente en el área andina, está en el surgimiento de esta nueva generación de movimientos con una visión fresca, moderna y democrática de los problemas. Los hay. Por ejemplo, Primero Justicia, del encarcelado Henrique Capriles en Venezuela, y el Movimiento Humanista Peruano, de Yehude Simon, otro ex preso político de la dictadura de Fujimori en Perú. El asunto es que la fuerzas tradicionales, en su afán de mantener su poder e influencia, no las ahoguen en el camino y cierren el paso a la urgente reinvención que necesita el poder en América Latina.
Editorial de América Economía
El triunfo del presidente Hugo Chávez en el referendo revocatorio realizado en Venezuela a mediados de agosto fue tanto una buena como una mala noticia. Buena porque, a corto plazo, asegura cierto nivel de gobernabilidad en una región inestable como la andina. Mala porque, lejos de ser un factor de estabilidad a largo plazo, el populismo demagógico y el poco respeto por la división de poderes de Chávez seguirá polarizando y complicando el desarrollo de la democracia en el área.
El triunfo de Chávez fue recibido con alivio por los mercados internacionales, dado el clima de alta volatilidad del mercado mundial del petróleo. Venezuela es el quinto exportador mundial de crudo, un abastecedor estratégico para Estados Unidos y tiene caja para responder a sus compromisos internacionales. Por la falta de unidad y de propuestas de la oposición venezolana, más allá del objetivo común de sacar a Chávez del poder, la derrota del comandante hubiera abierto un clima de incertidumbre.
El problema de fondo es que el triunfo de Chávez no hace más que subrayar la peligrosa situación política a la que ha llegado el área andina, desde Venezuela a Bolivia. La falta de institucionalidad se ha traducido en debilidad política de los gobernantes en Bolivia, Perú y Ecuador. Hasta uno de los gobiernos más exitosos de América Latina en los últimos tiempos, el del presidente colombiano Álvaro Uribe, tiene una base frágil: la falta de alternativas al propio presidente, cuyos partidarios buscan una reforma constitucional que permita su reelección. La lectura es que sin Uribe no hay opciones en Colombia.
Todo esto en una región del mundo peligrosa por su importancia como proveedor de petróleo y como centro de producción y tráfico de drogas. Así como en los años 80 la Guerra Fría desembocó en las guerras civiles centroamericanas, el riesgo es que los Andes se conviertan en los próximos años, literalmente, en el campo de batalla latinoamericano entre las fuerzas globalizadoras y los amplios sectores que están quedando marginados de la modernización, como los grupos indígenas y los habitantes de los inmensos cinturones de pobres que rodean a las ciudades. Ellos se están aglutinando alrededor de los llamados movimientos asistémicos, fácilmente cooptables por militantes de utopías incendiarias, líderes populistas de la peor calaña y, lo que es peor, por los narco-barones de la guerra, para quienes la inestabilidad política e institucional genera el ambiente de negocios más propicio donde seguir amasando fortunas.
La responsabilidad principal de esta situación es fundamentalmente de las elites políticas y económicas de nuestros países. Ellas han mostrado una tremenda incapacidad para aprovechar el sentido común de las reformas de los 90 para arrasar con los corruptos y disfuncionales hábitos enraizados en nuestras instituciones y construir modelos políticos e institucionales eficientes, transparentes, modernos y abiertos que faciliten la inclusión social y brinden oportunidades en una región donde las desigualdades son insultantes.
El mejor ejemplo del fracaso de nuestras elites es la propia oposición venezolana, incapaz de articular una propuesta superadora a la expulsión de Chávez. Los partidos tradicionales, como el socialdemócrata Acción Democrática y el socialcristiano Copei, responsables del colapso del sistema democrático que llevó a Chávez al poder, se hicieron fuertes en la Coordinadora Democrática y ahogaron el liderazgo de nuevos movimientos que estuviesen libres de los antiguos vicios del sistema.
La esperanza en América Latina, y especialmente en el área andina, está en el surgimiento de esta nueva generación de movimientos con una visión fresca, moderna y democrática de los problemas. Los hay. Por ejemplo, Primero Justicia, del encarcelado Henrique Capriles en Venezuela, y el Movimiento Humanista Peruano, de Yehude Simon, otro ex preso político de la dictadura de Fujimori en Perú. El asunto es que la fuerzas tradicionales, en su afán de mantener su poder e influencia, no las ahoguen en el camino y cierren el paso a la urgente reinvención que necesita el poder en América Latina.
