19.01.03NOSTALGIA DE LOS NOVENTA
Los de mi generación, crecimos escuchando a nuestros mayores hablando –en ocasiones con nostalgia- de los “sesenta”. Fue la época de los Beatles, los Rolling Stones, Jimmy Hendrix, Violeta Parra, Bloup Up, la Naranja Mecánica. El comienzo del boom del realismo mágico con Julio Cortázar y luego Gabriel García Márquez, el auge de Marcuse, del neo marxismo, Fidel Castro, la revolución.Por Angel Soto
Los de mi generación, crecimos escuchando a nuestros mayores hablando –en ocasiones con nostalgia- de los “sesenta”. Fue la época de los Beatles, los Rolling Stones, Jimmy Hendrix, Violeta Parra, Bloup Up, la Naranja Mecánica. El comienzo del boom del realismo mágico con Julio Cortázar y luego Gabriel García Márquez, el auge de Marcuse, del neo marxismo, Fidel Castro, la revolución. El pelo largo y la barba de los hombres, la minifalda y el bikini de las mujeres; rebeliones estudiantiles, consignas tales como “se prohibe prohibir” o “seamos realistas, pidamos lo imposible”, dan cuenta de unas ansias de cambio en una Latinoamérica en que reinaba CEPAL.
Para muchos, mejor no acordarse de los setenta, pues –tal como señaló Mark Falcoff- durante esos años, al igual que la década siguiente, la clase política e intelectual atribuyó la mayor cantidad de los problemas al sólo hecho de tener un gobierno militar. Cuestión en la que no dejaban de tener algo de razón, ya que con la excepción de Chile, todas las dictaduras dejaron a sus países en una ruina económica casi total. La década siguiente, fue cantada por Los Prisioneros como la “voz de los ochenta”, pero tuvo que soportar los estragos de la crisis de la deuda al punto que para la mayoría se convirtió en la “década perdida”. Sin embargo, es mejor hablar de los ochenta como la “década ganada”, porque gracias al agotamiento definitivo del modelo de industrialización sustitutiva de importaciones, América Latina abandonó las propuestas cepalianas y entró a unos “noventa” que nos permitieron ser calificados como “los milagros emergentes”. Años en que los procesos de transición a la democracia nos iban permitiendo dejar atrás las dictaduras y resucitando una sociedad civil que permitió a los militares ir retornando a sus cuarteles, al tiempo que los débiles parlamentos y tribunales se fueron fortaleciendo. Los desordenes callejeros que buscaban subvertir el orden constitucional quedaron como cosa del pasado y mirábamos el futuro de la región con optimismo, gracias a la adopción de políticas económicas pro mercado que pusieron su énfasis en el individuo y la iniciativa privada.
En los “noventa”, Latinoamérica emprendió el camino de la libertad, de las fronteras abiertas a los intercambios de personas y capitales que guiaban la recuperación macroeconómica, con presupuestos equilibrados, estabilidad monetaria, aranceles más bajos y la privatización de las empresas públicas. Un camino en el que no había espacio para reformas antidemocráticas, ni mucho menos para los golpistas como Chávez u Oviedo, tampoco para los Evo Morales, ni los “Lula”.
Hoy, iniciado el siglo XXI, miramos con nostalgia la década pasada. Las noticias del vecindario son cada vez más sombrías. A la situación de Argentina, despeñada innecesariamente por una clase dirigente que fue cantando al precipicio, apoyada insensatamente por parte de la sociedad que se empeñó en mantener un gasto público imposible de sostener, se sumó Perú en manos de Alejandro Toledo que en su primer año de gobierno deja un balance de corrupción, clientelismo, abusos de poder y desorientación, traducido en una caída de la legitimidad presidencial, trayendo consigo la ingobernabilidad. En un año no han habido reformas institucionales capaces de devolver la legitimidad al gobierno, a lo que se suma el lamentable final del intento privatizador de dos empresas eléctricas, que acabó con la ira popular contra el gobierno y sentó un pésimo precedente. Amiguismo, asesores que se benefician a costa del Estado, tráfico de influencias, asedio a los medios de comunicación, una caja fiscal en crisis, caída de la inversión privada en casi un 6%, es el escenario de un gobierno –como ha dicho Alvaro Vargas Llosa- que sólo se dedicará a sobrevivir. Mientras Montesinos se regocija de alegría, pues ve –y le conviene- cómo se va erosionando el sistema democrático; al tiempo que Sendero Luminoso resurge en un Perú socialmente convulsionado, con una clase política y un sistema democrático desacreditados, todos antecedentes nefastos, pues son los que históricamente lo han conducido a golpes de estado.
Pero las “turbulencias” latinoamericanas siguen: Brasil, ya es un elemento desestabilizador. En Venezuela, Chávez, calificado por Carlos Montaner como el “padre prior de la Orden de la Charlatanería Populista Planetaria”, hace de las suyas y si hay alguna reforma económica en marcha, es expropiar a la gente y motivarla a que saque su dinero del país. Ecuador va de nuevo al caos político, claro que con un sosiego económico producto de la dolarización. En México, Vicente Fox se ha dedicado a promocionar sus caricaturas y no se atreve con PEMEX, en un ambiente cada vez más lento de reformas. Paraguay, se unió al “antiliberalismo” con Lino Oviedo que reaparece detrás de los desórdenes, en tanto hay quienes desean ayudarlo para que regrese a la presidencia de la república; y un Uruguay, que no aguantó y decretó su propio corralito. En este “barrio”, es increíble que haya asumido Alvaro Uribe, quien con las ideas claras ofrece “mano firme”, pero desde la ceremonia misma del traspaso del mando ha quedado claro que el camino no será fácil; en tanto que Chile es tema para otra columna.
El corto siglo XX fue una época de lecciones para quienes quieran oír. La más clara de ellas es que no hay sustituto para la libertad política y económica. Gobiernos grandes, planificadores, corruptos, despilfarradores prometieron paraísos terrenales que nunca llegaron, en tanto que en Japón, Corea del Sur, Singapur, Taiwan, Hong Kong, y más cerca, España, se demostró la virtud de la moderación ante las presiones fiscales, el gasto público, y las tentaciones populistas. El individuo pasó a primar frente al Estado, y a fines del siglo XX Estados unidos, Canadá y México crearon una zona de comercio que en menos de una década multiplicó por seis las exportaciones mexicanas, beneficiando mucho más a este último que a sus socios. Pero, ¿nos enteramos de todo esto?, parece que no, pues en Latinoamérica continua persistiendo una tendencia rencorosa que busca coartar la libertad a través de barreras o socavando el piso. Los noventa, de las grandes reformas económicas, o al menos cuando eran bien vistas, quedaron en el olvido y estamos enfrentados a un verdadero ataque de “sarampión populista” ante lo cual –se pregunta Alvaro Vargas Llosa-, ¿Latinoamérica vuelve a la normalidad?, ¿es el regreso del mágico-populismo económico y la devaluación democrática latinoamericana?, el tiempo lo dirá.
Angel M. Soto Gamboa es Doctor en América Latina Contemporánea y Director de la revista Bicentenario
Los de mi generación, crecimos escuchando a nuestros mayores hablando –en ocasiones con nostalgia- de los “sesenta”. Fue la época de los Beatles, los Rolling Stones, Jimmy Hendrix, Violeta Parra, Bloup Up, la Naranja Mecánica. El comienzo del boom del realismo mágico con Julio Cortázar y luego Gabriel García Márquez, el auge de Marcuse, del neo marxismo, Fidel Castro, la revolución. El pelo largo y la barba de los hombres, la minifalda y el bikini de las mujeres; rebeliones estudiantiles, consignas tales como “se prohibe prohibir” o “seamos realistas, pidamos lo imposible”, dan cuenta de unas ansias de cambio en una Latinoamérica en que reinaba CEPAL.
Para muchos, mejor no acordarse de los setenta, pues –tal como señaló Mark Falcoff- durante esos años, al igual que la década siguiente, la clase política e intelectual atribuyó la mayor cantidad de los problemas al sólo hecho de tener un gobierno militar. Cuestión en la que no dejaban de tener algo de razón, ya que con la excepción de Chile, todas las dictaduras dejaron a sus países en una ruina económica casi total. La década siguiente, fue cantada por Los Prisioneros como la “voz de los ochenta”, pero tuvo que soportar los estragos de la crisis de la deuda al punto que para la mayoría se convirtió en la “década perdida”. Sin embargo, es mejor hablar de los ochenta como la “década ganada”, porque gracias al agotamiento definitivo del modelo de industrialización sustitutiva de importaciones, América Latina abandonó las propuestas cepalianas y entró a unos “noventa” que nos permitieron ser calificados como “los milagros emergentes”. Años en que los procesos de transición a la democracia nos iban permitiendo dejar atrás las dictaduras y resucitando una sociedad civil que permitió a los militares ir retornando a sus cuarteles, al tiempo que los débiles parlamentos y tribunales se fueron fortaleciendo. Los desordenes callejeros que buscaban subvertir el orden constitucional quedaron como cosa del pasado y mirábamos el futuro de la región con optimismo, gracias a la adopción de políticas económicas pro mercado que pusieron su énfasis en el individuo y la iniciativa privada.
En los “noventa”, Latinoamérica emprendió el camino de la libertad, de las fronteras abiertas a los intercambios de personas y capitales que guiaban la recuperación macroeconómica, con presupuestos equilibrados, estabilidad monetaria, aranceles más bajos y la privatización de las empresas públicas. Un camino en el que no había espacio para reformas antidemocráticas, ni mucho menos para los golpistas como Chávez u Oviedo, tampoco para los Evo Morales, ni los “Lula”.
Hoy, iniciado el siglo XXI, miramos con nostalgia la década pasada. Las noticias del vecindario son cada vez más sombrías. A la situación de Argentina, despeñada innecesariamente por una clase dirigente que fue cantando al precipicio, apoyada insensatamente por parte de la sociedad que se empeñó en mantener un gasto público imposible de sostener, se sumó Perú en manos de Alejandro Toledo que en su primer año de gobierno deja un balance de corrupción, clientelismo, abusos de poder y desorientación, traducido en una caída de la legitimidad presidencial, trayendo consigo la ingobernabilidad. En un año no han habido reformas institucionales capaces de devolver la legitimidad al gobierno, a lo que se suma el lamentable final del intento privatizador de dos empresas eléctricas, que acabó con la ira popular contra el gobierno y sentó un pésimo precedente. Amiguismo, asesores que se benefician a costa del Estado, tráfico de influencias, asedio a los medios de comunicación, una caja fiscal en crisis, caída de la inversión privada en casi un 6%, es el escenario de un gobierno –como ha dicho Alvaro Vargas Llosa- que sólo se dedicará a sobrevivir. Mientras Montesinos se regocija de alegría, pues ve –y le conviene- cómo se va erosionando el sistema democrático; al tiempo que Sendero Luminoso resurge en un Perú socialmente convulsionado, con una clase política y un sistema democrático desacreditados, todos antecedentes nefastos, pues son los que históricamente lo han conducido a golpes de estado.
Pero las “turbulencias” latinoamericanas siguen: Brasil, ya es un elemento desestabilizador. En Venezuela, Chávez, calificado por Carlos Montaner como el “padre prior de la Orden de la Charlatanería Populista Planetaria”, hace de las suyas y si hay alguna reforma económica en marcha, es expropiar a la gente y motivarla a que saque su dinero del país. Ecuador va de nuevo al caos político, claro que con un sosiego económico producto de la dolarización. En México, Vicente Fox se ha dedicado a promocionar sus caricaturas y no se atreve con PEMEX, en un ambiente cada vez más lento de reformas. Paraguay, se unió al “antiliberalismo” con Lino Oviedo que reaparece detrás de los desórdenes, en tanto hay quienes desean ayudarlo para que regrese a la presidencia de la república; y un Uruguay, que no aguantó y decretó su propio corralito. En este “barrio”, es increíble que haya asumido Alvaro Uribe, quien con las ideas claras ofrece “mano firme”, pero desde la ceremonia misma del traspaso del mando ha quedado claro que el camino no será fácil; en tanto que Chile es tema para otra columna.
El corto siglo XX fue una época de lecciones para quienes quieran oír. La más clara de ellas es que no hay sustituto para la libertad política y económica. Gobiernos grandes, planificadores, corruptos, despilfarradores prometieron paraísos terrenales que nunca llegaron, en tanto que en Japón, Corea del Sur, Singapur, Taiwan, Hong Kong, y más cerca, España, se demostró la virtud de la moderación ante las presiones fiscales, el gasto público, y las tentaciones populistas. El individuo pasó a primar frente al Estado, y a fines del siglo XX Estados unidos, Canadá y México crearon una zona de comercio que en menos de una década multiplicó por seis las exportaciones mexicanas, beneficiando mucho más a este último que a sus socios. Pero, ¿nos enteramos de todo esto?, parece que no, pues en Latinoamérica continua persistiendo una tendencia rencorosa que busca coartar la libertad a través de barreras o socavando el piso. Los noventa, de las grandes reformas económicas, o al menos cuando eran bien vistas, quedaron en el olvido y estamos enfrentados a un verdadero ataque de “sarampión populista” ante lo cual –se pregunta Alvaro Vargas Llosa-, ¿Latinoamérica vuelve a la normalidad?, ¿es el regreso del mágico-populismo económico y la devaluación democrática latinoamericana?, el tiempo lo dirá.
Angel M. Soto Gamboa es Doctor en América Latina Contemporánea y Director de la revista Bicentenario
