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06.09.04

PARADA INTERMEDIA: ELECCIONES MUNICIPALES

Si la relevancia de un proceso electoral está dada por la magnitud de las posiciones en juego, todo indicaría que las elecciones municipales chilenas del domingo 31 de octubre próximo no representan una instancia crucial. Sin embargo, la batalla electoral de octubre pone en juego mucho más que los cargos en disputa. Los comicios municipales son una parada intermedia en un proceso político mayor.
Por Santiago Alles

Si la relevancia de un proceso electoral está dada por la magnitud de las posiciones en juego, todo indicaría que las elecciones municipales del domingo 31 de octubre próximo no representan una instancia crucial. Sin embargo, la batalla electoral de octubre pone en juego mucho más que los cargos en disputa; en ella se introducen fuertes pujas internas a las dos grandes coaliciones (la “Concertación” oficialista, y la “Alianza” opositora), los debates alrededor de la reforma del marco institucional de todo el sistema electoral y perfila cuál será el desarrollo de la elección presidencial del año próximo. En este sentido, no caben dudas que los comicios municipales son una parada intermedia en un proceso político mucho mayor.

La compleja nominación de candidaturas.

La nominación de candidatos fue el primer paso, y fue un proceso que tensó las principales coaliciones políticas chilenas, al punto que generó roces que no está claro cuánto tiempo tardarán en olvidarse. Sin embargo, lo más sorprendente de todo este proceso de negociación y concesiones mutuas internas a cada una de las coaliciones, ha sido que la centro-derecha, un bloque que parecía en crisis luego de las abruptas salidas de los presidentes de ambos partidos (Sebastián Piñera, de RN; y Pablo Longueira, de UDI), fue quien primero logró cerrar este trance. El producto final de todo este difícil proceso ha sido la nominación de dirigentes para disputar unas 345 alcaldías, y casi 2,200 cargos a concejales.

El verano (austral) encontró a la coalición opositora en medio de una situación crítica, en la que las acusaciones lanzadas por la diputada Pía Guzmán (RN) ocupaban un lugar principal [ver: “Panorama Latinoamericano: Chile”, en PAPER no. 11]. Sin embargo, cuando ambos partidos reconocieron que efectivamente la crisis podía golpear las posibilidades de llegar a La Moneda el año próximo, Joaquín Lavín encontró la oportunidad justa para lanzar un inesperado golpe de timón, gracias al cual avanzó en una profunda reestructuración de la Alianza: al tiempo que le solicitó explícitamente a Sebastián Piñera que abandonara la presidencia de RN, anunció que Pablo Longueira no se re-postularía a la presidencia de UDI. Si bien la situación política de la coalición opositora alcanzó entonces su máxima tensión, al mismo tiempo establecía la paridad mínima para enfrentar la reestructuración de la coalición: al encontrarse ambos partidos repentinamente decapitados, quedaron implícitamente bajo la autoridad (de hecho) del candidato presidencial, y así la salida de la crisis quedó a la vuelta de la esquina.

Después del terremoto de marzo, Lavín obtuvo un nuevo y notorio triunfo en términos de liderazgo cuando logró acordar la conformación de las candidaturas para las elecciones municipales [ver: “Panorama Latinoamericano: Chile”, en PAPER no. 12]. El primer paso consistió en el establecimiento de una fórmula general: donde el alcalde era aliancista, se establecía que éste tenía el derecho a buscar su reelección (o el cupo lo mantenía el partido que lo eligió en 2000). Sobre esta base, la Alianza alcanzó un acuerdo complementario del anterior para llevar un candidato único en las 172 comunas que están hoy en manos de la Concertación. La Alianza daba, entonces, luego de un verano lleno de turbulencias internas, una sorprendente muestra de fortaleza. Sólo quedaba pendiente la definición de la situación de Santiago, cuyo candidato fue definido por el propio Lavín. Así, el golpe de timón que imprimió Lavín a la Alianza tuvo un efecto prolongado en tres niveles: primero, al reordenar las cúpulas directivas (con el acuerdo electoral cerrado, RN eligió nuevas autoridades partidarias) y reducir la beligerancia existente entre socios; segundo, al encauzar la negociación municipal; y tercero, al presentar a la Alianza como una coalición con capacidad para sobreponerse a los momentos difíciles (mientras en el oficialismo, por entonces, las negociaciones se presentaban inciertas). Luego de un verano caliente, la Alianza ya en abril había logrado diseñar un acuerdo simétrico y equilibrado: mientras que Renovación Nacional (RN) inscribió a 172 candidatos a alcalde y 1,076 candidatos a concejales, la UDI hizo lo propio con sus 163 candidatos a alcaldes y 1,047 candidatos a concejales.

La situación en la Concertación revistió una mayor complejidad, por lo menos si se la mide por la duración de las discusiones, y por la insatisfacción final de algunos actores de la coalición: incluso a pocas horas de cerrar el plazo para la inscripción de candidaturas, el presidente del Partido Radical Social Demócrata (PRSD), Enrique Silva Cimma, llegó a amenazar con ir en lista separada dentro de la Concertación (igual que la DC) al tiempo que rechazaba nuevas concesiones. La tensión dentro de la coalición oficialista, e inclusive dentro del propio bloque progresista, quedó de manifiesto de diversas formas, aunque finalmente las candidaturas fueron selladas. El nudo gordiano de la última fase de las negociaciones fue, en todo momento, la disputa entre la DC (su candidato, Marcelo Trivelli) y el PPD (Jorge Schaulsohn) por la alcaldía de Santiago. En esta última fase estaban en discusión las últimas 33 comunas pendientes de acuerdo, frente a lo cual el PPD ofertaba doce comunas para la DC, doce para el PS y tres para los radicales, a cambio de retener la candidatura de Santiago.

Cuando, finalmente, la DC accedió a un principio de acuerdo con el PPD por la alcaldía de Santiago, el entredicho lejos de resolverse alcanzó su mayor complejidad: la DC había aceptado intercambiar a su candidato por dieciséis comunas y el 50% de los concejales, pero las concesiones molestaron en el socialismo, tanto porque el PPD apareció cediendo (en forma inconsulta) cuatro comunas que eran de ese partido, como también porque advirtieron que Trivelli era (según todos los sondeos) la mejor carta concertacionista para recuperar la alcaldía de Santiago; en voz baja, algunos dirigentes del socialismo ya venían manifestando que no veían con buenos ojos que el PPD, un partido que ven como un competidor en la misma franja del electorado, retuviera en sus manos el distrito más emblemático. Tanto desde la Democracia Cristiana como desde el Partido Socialista se coincidía en que el acuerdo era inviable pocas horas después de concretado, tras la categórica negativa del Partido Socialista a aceptar la oferta del PPD a la DC. Recién el conflicto encontró su final cuando, a poco de culminar abril, Adolfo Zaldívar, Gonzalo Martner y Víctor Barrueto afinaron el reparto de las últimas 33 comunas que tenía pendiente el oficialismo y permitieron que Schaulsohn retuviera la postulación en Santiago.

Distribución de las candidaturas de la Concertación.
Elecciones municipales 2004.

PDC

PPD

PS

PRSD

Total

Alcaldes

46.7%
(161)

19.1%
(66)

23.8%
(82)

10.4%
(36)

100.0%
(345)

Consejales

44.7%
(959)

18.7%
(401)

20.3%
(436)

15.4%
(330)

99.2%
(2,126)

Fuente: Electoral.cl

El reparto de las candidaturas mantuvo a la Democracia Cristiana como el partido más importante de la Concertación, aunque levemente en minoría respecto al bloque progresista (PPD, PS y PRSD) en su conjunto.

Las reformas del sistema electoral.

En este contexto, se introdujo la discusión acerca de la posible reforma de la legislación electoral, tema en el cual se entremezclan las preocupaciones por la caída en la participación electoral con cuestiones coyunturales, e inclusive meramente partidistas. En lo que hace a lo estructural, no caben dudas que las preocupaciones son legítimas, y en este punto existe cierto consenso mínimo entre los partidos políticos, sean concertacionistas u opositores. Este fenómeno queda evidencia si se compara, por ejemplo, la participación obtenida en elecciones presidenciales:

Elecciones presidenciales, 1989 y 1999

Patricio Aylwin

Ricardo Lagos

Votos obtenidos

3,850,023

3,683,158

Proporción (*)

47.7%

37.0%

(*) Sobre el total de mayores de 18 años, es decir, de aquellos con derecho a sufragio.
Fuente: Elaboración propia en base a Qué Pasa, 20 de mayo

Mientras que, en las primeras elecciones presidenciales de la transición democrática, el candidato falangista Patricio Aylwin accedió a La Moneda gracias a 3.85 millones de votos (47.7% de los posibles electores), una década más tarde el socialista Ricardo Lagos necesitó de unos 3.68 millones votos (37.0%) para convertirse en jefe de Estado. Durante este lapso de tiempo, si bien las personas que estaban en condiciones de sufragar eran casi dos millones más, sólo unas 600 mil efectivamente habían cumplido con el trámite (indispensable) de inscribirse para votar; de estos últimos, apenas 200 mil habían concurrido a las urnas en la segunda vuelta presidencial. En síntesis, el volumen del padrón ha permanecido relativamente estable en todo este período, en especial desde las elecciones (presidencial y legislativa) de 1993, lo que significa que los que se incorporan apenas han alcanzado para reemplazar a los 60 mil integrantes del padrón que (se estima que) fallecen cada año. El resultado de esta baja tasa de ingreso ha sido una variación menor a un ±0.2% respecto a la elección anterior desde 1993, sin tener en consideración cuáles fueron las posiciones institucionales en juego; esto significaría, según cálculos publicados por Electoral.cl, que el total de no-participantes rondaría el 41%.

Evolución del padrón electoral nacional, en millones de personas.

Fuente: Elaboración propia en base a datos del Servicio Electoral

Ahora bien, en las franjas más jóvenes de la sociedad chilena, el volumen del padrón no se mantuvo estable, sino que por el contrario ha sufrido una fuerte reducción. Si se contrasta el tamaño del padrón del plebiscito de 1988 con el utilizado para las elecciones legislativas de 2001, se puede ver que la cantidad absoluta de jóvenes (18 a 24 años) cayó un 76.3%, y en consecuencia cayó también su participación sobre un estable número total de los electores. Esta "caída" en la participación de los jóvenes se verifica cualquiera sea la franja que se tome, pero es cada vez más pronunciada cuanto más baja es la edad [ver: Anexo, abajo]. El crecimiento nulo del padrón de votantes, y negativo en las franjas de menor edad, es una consecuencia directa del sistema de registro de votantes: el voto es obligatorio para los que (voluntariamente) se inscriben en el registro. Este sistema, para algunos muy desactualizado, es el centro de los debates. Si bien la baja en la participación y el desinterés por la política puede ser considerados lugares comunes del debate político en todo Occidente, no caben dudas que este fenómeno implica cierta merma en la legitimidad de las autoridades democráticas, a la vez que se trata de un mercado electoral inexplorado, y con un gran potencial para ser explotado. Decir esto no significa, de ninguna manera, afirmar que la democracia chilena esté deslegitimada, y mucho menos con relación a estándares regionales, pero no caben dudas que sigue siendo una democracia imperfecta: es razonable intentar "ampliar" la base de sustentación del sistema. La mera reforma del registro (de voluntario a automático) podría expandir el padrón un 25%, lo cual constituye una importante masa de recursos electorales disponibles.

Este escenario de simultánea búsqueda de legitimidad y apertura de mercado electoral, es el marco contextual en el que deben analizarse las discusiones alrededor de una reforma en el sistema de registro electoral, que pudiera implicar la incorporación de un mecanismo de inscripción automática. A la vez, ante la posibilidad de reformar el sistema de registro e incorporar así una cuota de incertidumbre en el sistema político, la coalición opositora desde un inicio impulsó una reforma más amplia, que abarcara además el sistema electoral binominal, la presencia de legisladores designados en el Senado y la obligatoriedad del voto [ver: “Panorama Latinoamericano: Chile”, en PAPER no. 13].  El proceso de reformas de las instituciones políticas chilenas es un proceso complejo, en el que algunos de los puntos en debate requieren de ajustes en el texto constitucional, mientras que otros sólo necesitan de tratamiento legislativo común. En este panorama, donde oficialismo y oposición se reparten equilibradamente la representación en el Congreso, los consensos inter-partidarios son fundamentales, porque ninguno de los dos bloques cuenta por sí solo con los votos suficientes para alcanzar los altísimos quórums que requieren este tipo de reformas.

Dada la amplitud de los temas que se introducen en el proceso de reforma institucional, las posiciones se entrecruzan en un intercambio que refleja clivajes políticos que van más allá de la bipolaridad del sistema de dos coaliciones. Si se limita el análisis a lo que se refiere a la reforma del sistema electoral (registro y obligatoriedad del voto), las posiciones en discusión pueden ser resumidas en términos más simples. A un mes de lanzado el debate, todas las posiciones parecían girar alrededor de un mecanismo de registro automático de votantes, lo que significa que el punto necesitado de consensos radicaba principalmente en la obligatoriedad del voto (situado en las posiciones 1 y 2, en el esquema).

Reforma del Sistema Electoral. Posiciones en el debate.

Fuente: Elaboración propia.

La incertidumbre que tienen los actores políticos respecto a los resultados electorales de estas reformas ha tendido a arrojar posiciones llenas de dudas, donde dominan las estimaciones cortoplacistas, al punto que ni siquiera la Concertación tiene una postura unificada: no pocos hombres de la Democracia Cristiana mantienen una postura contraria a algunos puntos del proyecto de las reformas [ver: “Panorama Latinoamericano: Chile”, en PAPER no. 14]. El proyecto de reforma impulsado desde La Moneda podría situarse en la posición (1) y, en este punto, sólo el PPD y el PS han respaldado la posición gubernamental, mientras el resto de los partidos ha presentado puntos de vista matizados, o incluso desestimado la reforma. La Concertación “dura” (DC) ha flexibilizado sus posiciones aceptando la posibilidad de la inscripción automática, aunque conserva reticencias respecto al voto. La centro-derecha no ha definido una postura común y oficial, pero las declaraciones permiten interpretar la aceptación de la inscripción automática contrapesada por muchas dudas en la voluntariedad del voto.

La negociación será un tema de difícil resolución y pondrá a prueba la capacidad de la dirigencia de ambas coaliciones de llegar a acuerdos positivos, que permitan modernizar la legislación electoral, sin que ello implique desequilibrar un sistema político que desde la democratización se ha mostrado eficaz para resolver la conflictividad política. En este nivel, la Concertación y la Alianza deberán probar que son capaces de resolver el "dilema del prisionero" en forma positiva y colaborativa.

De cara a las elecciones presidenciales.

Que las elecciones municipales son un campo de pruebas para las presidenciales es algo que dicen abiertamente los principales dirigentes políticos chilenos: el presidente de la UDI, Jovino Novoa, aseguró que “pueden ser la antesala del cambio para Chile”, al momento de inscribir las candidaturas gremialistas.

De cara a las elecciones presidenciales, las encuestas de intención de voto no dejan de arrojar ventaja a favor de Michelle Bachelet en la interna concertacionista y, consecuentemente, tampoco dejan de generar preocupación en las filas de la DC. Por este motivo, los operadores falangistas han comenzado a reposicionar la imagen de Soledad Alvear, fundamentalmente al interior de su propio partido. No son pocos los que acuerdan que la proliferación figuras presidenciables de la falange (como Eduardo Frei y Adolfo Zaldívar) debilita la opción real del partido; a la vez, resulta clave para que Bachelet continúe en alza en los sondeos, pues a diferencia de Alvear, no tiene rivales en las filas socialistas. En este sentido, el liderazgo de Alvear necesita ser fortalecido durante la campaña municipal, circunstancia que también es percibida como crucial por el mismo Frei: aunque para muchos cuenta con escasas posibilidades reales, el ex presidente decidió suspender sus viajes al exterior durante los meses que dure la campaña municipal, para recorrer el país en apoyo de los candidatos democristianos, y con ello aprovechar la oportunidad de fortalecer su liderazgo a nivel nacional.

Ahora bien, cuando en la segunda mitad de agosto el presidente falangista, Adolfo Zaldívar, asumiendo la urgencia de acortar la brecha con la candidata socialista, desistió de sus intentos por frenar las precandidaturas presidenciales en su partido, liberó a Eduardo Frei y a Soledad Alvear para hacer campaña. Esta nueva situación le otorga a Frei una ventaja estratégica, porque carece de los compromisos políticos implícitos en la posición ministerial. Sin embargo, la decisión de Zaldívar apenas si soluciona un problema de corto plazo (las presiones para liberar la campaña), pero de ninguna forma encuentra salida al problema de fondo: la imposibilidad de consolidar a un candidato, cosa que sí ha logrado el bloque progresista alrededor de la ministro de Defensa. Y esta carencia de un candidato fuerte lo coloca en inferioridad de condiciones para negociar la forma de resolución de la interna, y a preferir una negociación de cúpulas directivas, antes que elecciones primarias abiertas.

Por el momento, Bachelet ha optado por bajar su perfil de exposición, en parte para evitar roces con el ámbito castrense, aunque algunas voces en el socialismo reclaman mayor nivel de actividad. Este es un tema que ha generado roces internos en la Concertación, y también malestar en la oposición. Pero, por otra parte, los cambios en este punto pueden ser un testimonio de la mayor preocupación de La Moneda respecto a los resultados: mientras que, en un principio, el gobierno se había manifestado contrario a que los miembros presidenciales de su gabinete se mostraran en campaña, a fines de agosto el jefe del comando de campaña concertacionista, el diputado Aníbal Pérez, defendió el derecho de los ministros a participar.

Del lado opositor, este tema se encuentra definitivamente zanjado. En la figura del alcalde de Santiago, la centro-derecha encontró un líder capaz de superar los debates heredados de los años de la dictadura militar, y así revitalizar a los sectores de oposición. Entonces, Joaquín Lavín llega a las elecciones municipales sin poner en juego su espacio como competidor por la presidencia, aunque muy necesitado de buenos resultados electorales: si bien Lavín goza de muy altos índices de estima popular y desde hace mucho tiempo lidera las encuestas de intención de voto, no hay mejor forma de marcar una tendencia ganadora que una victoria en las urnas. Todo dirigente político sabe que los éxitos atraen éxitos, y no hay necesidad de decir qué deparan las derrotas a los vencidos.

*  *  *

Tanto el oficialismo como la oposición buscan en estas semanas afinar su estrategia de cara a los comicios, cuando faltando algunas semanas ellas comienzan a acaparar toda la atención política. Desde la Concertación, los estrategas políticos intentan maximizar el gran respaldo que tiene el Ricardo Lagos, el cual no se repite con otras figuras concertacionistas, hecha la excepción de la ministro Michelle Bachelet; tal como comentan hombres cercanos al oficialismo, se busca destacar la unidad y respaldo de la Concertación al jefe de Estado, como una coalición con objetivos y principios diferentes a los de la Alianza. No todos comparten este punto de vista. El Partido Socialista está decidido a acentuar su perfil de izquierda durante la campaña municipal y apunta a que sus candidatos refuercen la identidad del partido más que mostrarse como abanderados de la Concertación. Y las expectativas socialistas fueron resumidas por el jefe de la campaña, senador Carlos Ominami, al sostener que además de fortalecer su carácter de izquierda, el partido tiene otras tres metas concretas en estas elecciones: que la Concertación obtenga más del 50% de los votos; que el bloque progresista formado por el PPD, PRSD y el PS supere el 30% de los sufragios; y que el PS obtenga el 13% de la votación de concejales.

Por otra parte, desde el punto de vista de la oposición, Joaquín Lavín es la pieza central de toda la campaña, la que apunta decididamente a fortalecer sus perspectivas presidenciales. Lavín se prepara entonces para reforzar la campaña municipal de la Alianza, con el objetivo de obtener un anhelado empate con la Concertación en la votación de alcaldes. Así, en su primera gira regional, Lavín viajó a la VIII Región para apoyar a sus candidatos de Los Ángeles, Santa Bárbara y Talcahuano. El líder opositor se ha manifestado predispuesto a ayudar a las candidaturas de la Alianza.

Las elecciones presidenciales del año próximo serán la cuarta oportunidad consecutiva en que la sociedad chilena elija libremente a quien conducirá el país. No pocos analistas consideran que la transición chilena a la democracia (quizás haciendo cierto abuso del término) recién culminará cuando la Concertación entregue el mando a la oposición. Luego de las victorias sucesivas de Patricio Aylwin, Eduardo Frei y Ricardo Lagos, una victoria de la coalición de centro-derecha constituya la posibilidad de cerrar un largo proceso de transición, iniciado con la victoria concertacionista en el plebiscito de 1988, sobre las pretensiones de permanencia del dictador Augusto Pinochet. Por el contrario, una nueva victoria de la Concertación puede implicar cierto recambio en el elenco dirigente de una centro-derecha que, al culminar el mandato del próximo presidente, habría permanecido como fuerza de oposición durante más de veinte años de democracia. En este sentido, hace algunas semanas durante un seminario organizado por CADAL, el diputado nacional Rodrigo Álvarez (UDI) reconocía ese escenario de recambio como factible.

 

Anexo.

Cantidad de personas empadronadas, según franja de edad, por elección.

 

18-19

18-24

18-29

1988

409,109

1,573,765

2,676,878

1993

243,979

1,132,322

2,310,660

2001

55,479

372,742

1,051,368

Fuente: Elaboración propia en base a datos del Servicio Electoral

Participación sobre el total de personas empadronadas, según franja de edad, por elección

 

18-19

18-24

18-29

1988

11,03

42,38

72,07

1993

6,05

28,06

57,22

2001

1,38

9,29

26,14

Fuente: Elaboración propia en base a datos del Servicio Electoral

 

Fuentes: El Mercurio y La Tercera de Santiago, ediciones varias; Electoral.cl; Qué Pasa, de Santiago, 20 de mayo de 2004.