04.02.03BRASIL: DESTINO SELLADO
El 22 de diciembre del año pasado, el diario O Globo ya informaba que, según los dirigentes del Foro Social Mundial, no serían aceptados en la mesa de debates "los partidos políticos de centro y de derecha".Por Olavo de Carvalho
El 22 de diciembre del año pasado, el diario O Globo ya informaba que, según los dirigentes del Foro Social Mundial, no serían aceptados en la mesa de debates "los partidos políticos de centro y de derecha".
Maria Luíza Mendonça, de la "Red Social de Justicia", una de las organizaciones que promueven el encuentro, fue bastante explícita en las declaraciones que hizo al periódico. El Foro, dijo ella, no iba a tener por finalidad la discusión de ideas. Consolidada ya la unanimidad anti-liberal de sus participantes, "ha llegado el momento de discutir las estrategias de acción". ¿Acción contra quién? Contra el "neoliberalismo", por tanto contra esos mismos partidos de centro y de derecha excluidos del debate.
El Foro, en suma, ha dejado de ser sólo un dispendioso circo publicitario para intentar ser una coordinación estratégica de la izquierda internacional, el equivalente global de lo que el Foro de San Paulo representa a nivel de América Latina.
Ahora bien, ¿qué significa todo eso sino que se trata de una iniciativa unilateralmente, sectariamente partidista? ¿Y desde cuándo un gobierno instituido puede subsidiar iniciativas de ese género sin cometer crimen electoral?
Que los subsidios del gobierno gaúcho ayudasen a financiar una cosa de ésas, en tiempo de Olívio Dutra, ya era inmoral e ilegal, pero políticamente comprensible. Que el Banco do Brasil y la Petrobrás inviertan en eso 800 mil dólares en el instante mismo en que el gobierno federal anuncia que hay que apretarse el cinturón para dárselo todo a los pobres, es de una indecencia magnífica, pero estratégicamente tiene sentido. Sin embargo, que el gobierno del Sr. Germano Rigotto ponga las propiedades del Estado a disposición de una maquinación concebida para marginar al mismo partido que lo eligió, es la prueba de que la centro-derecha ha perdido los últimos escrúpulos e incluso el resto de instinto de supervivencia que le inhibía de colaborar descaradamente con los que habían jurado destruirlo. Cuando se llega a ese punto, ya no es posible ninguna resistencia organizada al ascenso del comunismo.
El destino de Brasil está sellado. Nada, excepto un milagro, puede hacer cambiar la transformación de este país en la nueva Meca del comunismo internacional, en la tierra prometida en la que se consumará, según la profecía de Fidel Castro, la recuperación de todo lo que el movimiento político más destructivo y más criminal de todos los tiempos perdió en el Este Europeo.
Pero ese milagro no sucederá. Nunca, en los anales de lo maravilloso y de lo divino, ha habido constancia de un milagro salvador obrado en beneficio de los que rezaban para que no aconteciese.
Los mismos que, con palabras, impugnan ese diagnóstico como exagerado se dedican a confirmar la exactitud del mismo mediante su conducta. Pues, si estuviesen tan tranquilos como fingen estarlo, si no viesen cómo, día a día, la izquierda totalitaria ocupa todos los espacios y margina a todos los rivales, ¿por qué iban a darse tanta prisa en mostrarle su dedicación, abdicando voluntariamente del derecho de hacerle seriamente oposición y retribuyendo cada nueva agresión con nuevos halagos, cada nueva expresión de desprecio con redobladas manifestaciones de servilismo?
Muchos cuentan con la esperanza de que el gobierno petista, por ineptitud, se destruya a sí mismo. Eso probablemente va a suceder. Pero, una vez desmantelados el centro y la derecha, ¿quién, sino la izquierda más radical e intolerante puede salir ganando con el descrédito del presidente? ¿Quién, sino los revolucionarios explícitos y descarados, ocupará el vacío dejado por los implícitos y camuflados?
Aquellos que apuestan por el auto-descrédito del petismo federal se olvidan de que, en la estrategia clásica de las revoluciones comunistas, la única utilidad de un gobierno de transición es precisamente desacreditarse, ser superado, abrir paso, por medio del auto-sacrificio voluntario, a los "auténticos revolucionarios". Que, en la complejidad de las circunstancias, haya necesidad de sucesivos gobiernos de transición, desviando cada uno de ellos el fiel de la balanza un poquito más hacia la izquierda, paso a paso, hasta el desenlace fatal, tampoco es ninguna novedad. La estrategia gramsciana exige explícitamente eso, con la lentitud premeditada que la caracteriza. Todos los gobiernos desde el fin del régimen militar han sido, en ese sentido, regímenes de transición, adoptando cada uno de ellos medidas pro-capitalistas que pasaban como el viento, al mismo tiempo que consolidaban cambios duraderos cada vez más favorables a la izquierda en la esfera política, cultural, moral, educativa, etc. La política económica de Fernando Collor de Mello pasó. Pero la extinción del SNI fue definitiva. El presunto "neoliberalismo" de Fernando Enrique Cardoso ha pasado. Pero la educación marxista en las escuelas continúa, las indemnizaciones a terroristas continúan, el desmantelamiento de las Fuerzas Armadas continúa, la tolerancia con el crimen continúa. Y los partidos de centro y derecha jamás se recuperarán de su condición de esclavos de la hegemonía izquierdista, a la que han sido reducidos por la hábil manipulación gramsciana de un presidente que, premeditadamente, más fiel a sus orígenes que a las alianzas ocasionales, trabajó para la victoria de su adversario nominal. Si Lula empuja la situación un poco más hacia la izquierda, poco importa que salga desacreditado por el fracaso en la política económica, en el combate a la pobreza, etc. Su misión habrá sido cumplida y él tendrá una conciencia tan tranquila como la del propio Cardoso. La lógica de los gobiernos de transición es precisamente ésa: el que pierde gana.
Olavo de Carvalho es filósofo y autor del libro O Imbecil Coletivo: Atualidades Inculturais Brasileiras (1996). Este artículo fue originalmente publicado en Zero Hora, el 26 de enero de 2003.
El 22 de diciembre del año pasado, el diario O Globo ya informaba que, según los dirigentes del Foro Social Mundial, no serían aceptados en la mesa de debates "los partidos políticos de centro y de derecha".
Maria Luíza Mendonça, de la "Red Social de Justicia", una de las organizaciones que promueven el encuentro, fue bastante explícita en las declaraciones que hizo al periódico. El Foro, dijo ella, no iba a tener por finalidad la discusión de ideas. Consolidada ya la unanimidad anti-liberal de sus participantes, "ha llegado el momento de discutir las estrategias de acción". ¿Acción contra quién? Contra el "neoliberalismo", por tanto contra esos mismos partidos de centro y de derecha excluidos del debate.
El Foro, en suma, ha dejado de ser sólo un dispendioso circo publicitario para intentar ser una coordinación estratégica de la izquierda internacional, el equivalente global de lo que el Foro de San Paulo representa a nivel de América Latina.
Ahora bien, ¿qué significa todo eso sino que se trata de una iniciativa unilateralmente, sectariamente partidista? ¿Y desde cuándo un gobierno instituido puede subsidiar iniciativas de ese género sin cometer crimen electoral?
Que los subsidios del gobierno gaúcho ayudasen a financiar una cosa de ésas, en tiempo de Olívio Dutra, ya era inmoral e ilegal, pero políticamente comprensible. Que el Banco do Brasil y la Petrobrás inviertan en eso 800 mil dólares en el instante mismo en que el gobierno federal anuncia que hay que apretarse el cinturón para dárselo todo a los pobres, es de una indecencia magnífica, pero estratégicamente tiene sentido. Sin embargo, que el gobierno del Sr. Germano Rigotto ponga las propiedades del Estado a disposición de una maquinación concebida para marginar al mismo partido que lo eligió, es la prueba de que la centro-derecha ha perdido los últimos escrúpulos e incluso el resto de instinto de supervivencia que le inhibía de colaborar descaradamente con los que habían jurado destruirlo. Cuando se llega a ese punto, ya no es posible ninguna resistencia organizada al ascenso del comunismo.
El destino de Brasil está sellado. Nada, excepto un milagro, puede hacer cambiar la transformación de este país en la nueva Meca del comunismo internacional, en la tierra prometida en la que se consumará, según la profecía de Fidel Castro, la recuperación de todo lo que el movimiento político más destructivo y más criminal de todos los tiempos perdió en el Este Europeo.
Pero ese milagro no sucederá. Nunca, en los anales de lo maravilloso y de lo divino, ha habido constancia de un milagro salvador obrado en beneficio de los que rezaban para que no aconteciese.
Los mismos que, con palabras, impugnan ese diagnóstico como exagerado se dedican a confirmar la exactitud del mismo mediante su conducta. Pues, si estuviesen tan tranquilos como fingen estarlo, si no viesen cómo, día a día, la izquierda totalitaria ocupa todos los espacios y margina a todos los rivales, ¿por qué iban a darse tanta prisa en mostrarle su dedicación, abdicando voluntariamente del derecho de hacerle seriamente oposición y retribuyendo cada nueva agresión con nuevos halagos, cada nueva expresión de desprecio con redobladas manifestaciones de servilismo?
Muchos cuentan con la esperanza de que el gobierno petista, por ineptitud, se destruya a sí mismo. Eso probablemente va a suceder. Pero, una vez desmantelados el centro y la derecha, ¿quién, sino la izquierda más radical e intolerante puede salir ganando con el descrédito del presidente? ¿Quién, sino los revolucionarios explícitos y descarados, ocupará el vacío dejado por los implícitos y camuflados?
Aquellos que apuestan por el auto-descrédito del petismo federal se olvidan de que, en la estrategia clásica de las revoluciones comunistas, la única utilidad de un gobierno de transición es precisamente desacreditarse, ser superado, abrir paso, por medio del auto-sacrificio voluntario, a los "auténticos revolucionarios". Que, en la complejidad de las circunstancias, haya necesidad de sucesivos gobiernos de transición, desviando cada uno de ellos el fiel de la balanza un poquito más hacia la izquierda, paso a paso, hasta el desenlace fatal, tampoco es ninguna novedad. La estrategia gramsciana exige explícitamente eso, con la lentitud premeditada que la caracteriza. Todos los gobiernos desde el fin del régimen militar han sido, en ese sentido, regímenes de transición, adoptando cada uno de ellos medidas pro-capitalistas que pasaban como el viento, al mismo tiempo que consolidaban cambios duraderos cada vez más favorables a la izquierda en la esfera política, cultural, moral, educativa, etc. La política económica de Fernando Collor de Mello pasó. Pero la extinción del SNI fue definitiva. El presunto "neoliberalismo" de Fernando Enrique Cardoso ha pasado. Pero la educación marxista en las escuelas continúa, las indemnizaciones a terroristas continúan, el desmantelamiento de las Fuerzas Armadas continúa, la tolerancia con el crimen continúa. Y los partidos de centro y derecha jamás se recuperarán de su condición de esclavos de la hegemonía izquierdista, a la que han sido reducidos por la hábil manipulación gramsciana de un presidente que, premeditadamente, más fiel a sus orígenes que a las alianzas ocasionales, trabajó para la victoria de su adversario nominal. Si Lula empuja la situación un poco más hacia la izquierda, poco importa que salga desacreditado por el fracaso en la política económica, en el combate a la pobreza, etc. Su misión habrá sido cumplida y él tendrá una conciencia tan tranquila como la del propio Cardoso. La lógica de los gobiernos de transición es precisamente ésa: el que pierde gana.
Olavo de Carvalho es filósofo y autor del libro O Imbecil Coletivo: Atualidades Inculturais Brasileiras (1996). Este artículo fue originalmente publicado en Zero Hora, el 26 de enero de 2003.
