21.01.03CHILE: PENSANDO EN POSITIVO
En estos días todo el mundo realiza un balance de lo que fue el año 2002. Objetivamente este no fue bueno para el país, si se lo evalúa desde la perspectiva política, económica y social. En lo político el gran legado ha sido el darnos cuenta que en materia de probidad el país tiene un problema delicado que es necesario enfrentar con prontitud y valentía. En lo social, el desempleo sigue siendo alto y ya lleva varios años afectando a más de 500.000 chilenos. En lo económico, nuestra tasa de crecimiento continúa siendo baja, sólo 3%. Es decir, un monto muy inferior al que Chile necesita.Por Cristián Larroulet
En estos días todo el mundo realiza un balance de lo que fue el año 2002. Objetivamente este no fue bueno para el país, si se lo evalúa desde la perspectiva política, económica y social. En lo político el gran legado ha sido el darnos cuenta que en materia de probidad el país tiene un problema delicado que es necesario enfrentar con prontitud y valentía. En lo social, el desempleo sigue siendo alto y ya lleva varios años afectando a más de 500.000 chilenos. En lo económico, nuestra tasa de crecimiento continúa siendo baja, sólo 3%. Es decir, un monto muy inferior al que Chile necesita.
Sin embargo, no es mi propósito hacer otra columna más de evaluación del año, ya que éste ya pasó y estamos ad portas de iniciar uno nuevo. Y para el 2003 el año que se va nos deja una muy buena noticia. Esa no es otra que los acuerdos entre Chile y Estados Unidos, y Chile y la Unión Europea. Ambos generan una gran oportunidad para iniciar a partir del año 2003 un proceso de cambios que nos permita abandonar definitivamente los últimos cinco años de resultados muy mediocres desde la perspectiva del desarrollo nacional.
Los acuerdos de libre comercio con Estados Unidos y Europa tienen un significado muy profundo que nos permiten pensar en positivo. En primer lugar, estos tratados son el resultado de un compromiso muy profundo de Chile con la economía de mercado libre y abierta. Si uno observa los países en vías de desarrollo que por casi tres décadas han mantenido una economía libre y la han continuado abriendo al mundo como lo ha hecho Chile, resultan ser muy pocos. En realidad son contados con los dedos de una mano. Más valor aún tiene este compromiso cuando ha sido realizado por gobiernos de características diferentes. Cuando ha sido impulsado en medio de un proceso de transición desde un gobierno autoritario a otro democrático. Son muchos los intereses que se han opuesto a la apertura al libre comercio y, por ello, más valiosos y perdurables son los compromisos alcanzados.
Al terminar el 2002 hay que felicitar al Presidente Lagos y su equipo por haber logrado a través del acuerdo con Estados Unidos y Europa consolidar el compromiso iniciado hace 27 años con el libre comercio. Esos acuerdos nos permiten proyectarlo, ya no sólo por décadas, sino que ahora por siglos. Más valioso aún es que esto haya sido realizado durante este gobierno, cuando muchos de sus padres intelectuales y principales directivos fueron partidarios de la economía cerrada durante gran parte de la segunda mitad del siglo pasado. El estudio del desarrollo de los países señala que aquellos que crearon y protegieron las instituciones que producen más incentivos al esfuerzo y a la creatividad, son los que alcanzan el progreso. La institución de la economía abierta es quizás la más importante a la hora de priorizar aquellas que más contribuyen al progreso. ¿Por qué? Porque no sólo permite mayor bienestar a los ciudadanos al acceder a bienes y servicios de menor precio y mayor calidad y al estimular a los empresarios a conquistar mercados cuyos tamaños son varias veces el chileno, sino que también produce un conjunto de externalidades positivas en los más diversos frentes que colaboran al progreso del país.
Una economía integrada al mundo necesita del respeto al estado de derecho y al derecho de propiedad privada, porque si no lo hace no puede resistir la competencia internacional. Una economía integrada al mundo necesita racionalidad y estabilidad política, porque si no lo tiene, sus socios en las naciones democráticas desarrolladas se lo exigirán. Una economía integrada al mundo necesita estabilidad monetaria, equilibrio en las cuentas fiscales porque si no lo tiene los capitales se escapan en pocas horas y las crisis de balanza de pagos llegan más temprano que tarde. El mundo global de hoy tiene una característica que es importante no olvidar: permite que los mercados sancionen brutal y rápidamente los manejos macroeconómicos populistas. Si alguien tiene alguna duda de esto, observe lo que le ocurrió a Tailandia en 1997 y con posterioridad a Rusia, a Brasil y en el último año lamentablemente a Argentina.
Además, el progreso de los países está asociado cada vez más al conocimiento y a la innovación. La gran ventaja de la economía abierta está en que coloca un estímulo permanente a los emprendedores para que utilizando el conocimiento que existe en el mundo global lo transformen en realidades, es decir, en productos y servicios que beneficien a las comunidades. Que Chile sea hoy uno de los dos principales exportadores de salmón, uno de los cinco principales exportadores de vino, es producto de nuestra capacidad emprendedora y de los estímulos que a esa capacidad le produjo la apertura de la economía.
Haber alcanzado un acuerdo con dos bloques económicos, que sumados poseen 650 millones de habitantes con un ingreso per cápita promedio de 26.500 dólares y que destacan por poseer instituciones consolidadas que estimulan el estado de derecho y el progreso, nos permite ser optimistas sobre el futuro si es que reconocemos la realidad y adoptamos las decisiones internas para enfrentar exitosamente estos nuevos desafíos. Eso significa no quedarnos pegados en los ideologismos que impiden el desarrollo. Chile al final de esta década tendrá un arancel aduanero promedio de aproximadamente 2%, gracias a lo cual entraremos al club de los países más abiertos del mundo. Así se nos presentarán grandes oportunidades. Esta nueva realidad es irreversible y debiéramos ser capaces de enfrentar exitosamente sus desafíos. Pensemos positivo.
Cristián Larroulet es Director Ejecutivo del Instituto Libertad y Desarrollo, con sede en Santiago de Chile www.lyd.com
En estos días todo el mundo realiza un balance de lo que fue el año 2002. Objetivamente este no fue bueno para el país, si se lo evalúa desde la perspectiva política, económica y social. En lo político el gran legado ha sido el darnos cuenta que en materia de probidad el país tiene un problema delicado que es necesario enfrentar con prontitud y valentía. En lo social, el desempleo sigue siendo alto y ya lleva varios años afectando a más de 500.000 chilenos. En lo económico, nuestra tasa de crecimiento continúa siendo baja, sólo 3%. Es decir, un monto muy inferior al que Chile necesita.
Sin embargo, no es mi propósito hacer otra columna más de evaluación del año, ya que éste ya pasó y estamos ad portas de iniciar uno nuevo. Y para el 2003 el año que se va nos deja una muy buena noticia. Esa no es otra que los acuerdos entre Chile y Estados Unidos, y Chile y la Unión Europea. Ambos generan una gran oportunidad para iniciar a partir del año 2003 un proceso de cambios que nos permita abandonar definitivamente los últimos cinco años de resultados muy mediocres desde la perspectiva del desarrollo nacional.
Los acuerdos de libre comercio con Estados Unidos y Europa tienen un significado muy profundo que nos permiten pensar en positivo. En primer lugar, estos tratados son el resultado de un compromiso muy profundo de Chile con la economía de mercado libre y abierta. Si uno observa los países en vías de desarrollo que por casi tres décadas han mantenido una economía libre y la han continuado abriendo al mundo como lo ha hecho Chile, resultan ser muy pocos. En realidad son contados con los dedos de una mano. Más valor aún tiene este compromiso cuando ha sido realizado por gobiernos de características diferentes. Cuando ha sido impulsado en medio de un proceso de transición desde un gobierno autoritario a otro democrático. Son muchos los intereses que se han opuesto a la apertura al libre comercio y, por ello, más valiosos y perdurables son los compromisos alcanzados.
Al terminar el 2002 hay que felicitar al Presidente Lagos y su equipo por haber logrado a través del acuerdo con Estados Unidos y Europa consolidar el compromiso iniciado hace 27 años con el libre comercio. Esos acuerdos nos permiten proyectarlo, ya no sólo por décadas, sino que ahora por siglos. Más valioso aún es que esto haya sido realizado durante este gobierno, cuando muchos de sus padres intelectuales y principales directivos fueron partidarios de la economía cerrada durante gran parte de la segunda mitad del siglo pasado. El estudio del desarrollo de los países señala que aquellos que crearon y protegieron las instituciones que producen más incentivos al esfuerzo y a la creatividad, son los que alcanzan el progreso. La institución de la economía abierta es quizás la más importante a la hora de priorizar aquellas que más contribuyen al progreso. ¿Por qué? Porque no sólo permite mayor bienestar a los ciudadanos al acceder a bienes y servicios de menor precio y mayor calidad y al estimular a los empresarios a conquistar mercados cuyos tamaños son varias veces el chileno, sino que también produce un conjunto de externalidades positivas en los más diversos frentes que colaboran al progreso del país.
Una economía integrada al mundo necesita del respeto al estado de derecho y al derecho de propiedad privada, porque si no lo hace no puede resistir la competencia internacional. Una economía integrada al mundo necesita racionalidad y estabilidad política, porque si no lo tiene, sus socios en las naciones democráticas desarrolladas se lo exigirán. Una economía integrada al mundo necesita estabilidad monetaria, equilibrio en las cuentas fiscales porque si no lo tiene los capitales se escapan en pocas horas y las crisis de balanza de pagos llegan más temprano que tarde. El mundo global de hoy tiene una característica que es importante no olvidar: permite que los mercados sancionen brutal y rápidamente los manejos macroeconómicos populistas. Si alguien tiene alguna duda de esto, observe lo que le ocurrió a Tailandia en 1997 y con posterioridad a Rusia, a Brasil y en el último año lamentablemente a Argentina.
Además, el progreso de los países está asociado cada vez más al conocimiento y a la innovación. La gran ventaja de la economía abierta está en que coloca un estímulo permanente a los emprendedores para que utilizando el conocimiento que existe en el mundo global lo transformen en realidades, es decir, en productos y servicios que beneficien a las comunidades. Que Chile sea hoy uno de los dos principales exportadores de salmón, uno de los cinco principales exportadores de vino, es producto de nuestra capacidad emprendedora y de los estímulos que a esa capacidad le produjo la apertura de la economía.
Haber alcanzado un acuerdo con dos bloques económicos, que sumados poseen 650 millones de habitantes con un ingreso per cápita promedio de 26.500 dólares y que destacan por poseer instituciones consolidadas que estimulan el estado de derecho y el progreso, nos permite ser optimistas sobre el futuro si es que reconocemos la realidad y adoptamos las decisiones internas para enfrentar exitosamente estos nuevos desafíos. Eso significa no quedarnos pegados en los ideologismos que impiden el desarrollo. Chile al final de esta década tendrá un arancel aduanero promedio de aproximadamente 2%, gracias a lo cual entraremos al club de los países más abiertos del mundo. Así se nos presentarán grandes oportunidades. Esta nueva realidad es irreversible y debiéramos ser capaces de enfrentar exitosamente sus desafíos. Pensemos positivo.
Cristián Larroulet es Director Ejecutivo del Instituto Libertad y Desarrollo, con sede en Santiago de Chile www.lyd.com
