29.06.04BIENVENIDOS LOS ARGENTINOS
Por Angel Soto
Hace dos semanas, se realizó en Buenos Aires un seminario denominado "Lecciones de la experiencia chilena para Argentina y América Latina", organizado por el Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL), el cual convocó a destacados académicos y políticos de ambos lados de la cordillera. Más allá de su título provocador, el encuentro no dejó indiferente a sus asistentes.
Fuimos espectadores de un desgarrador "mea culpa" argentino respecto de sus fracasos recientes, en tanto que los chilenos presentes, en más de una ocasión nos sonrojamos ante las alabanzas que nos presentaron como una propuesta para América Latina en lo que se denominó el "consenso de Chile".
Entonces, recordé -otro argentino- a Juan Bautista Alberdi, quien en 1852 propuso un brindis por quien consideraba la "república honrosa de la América Latina": Chile.
La convocatoria sorprendió no solamente porque -en medio de los anticuerpos que se han generado hacia nuestro país- se le reconociera como un ejemplo, sino porque uno de los grandes problemas regionales es cuántos intelectuales están pensando hoy en democracia y economía libre... muy pocos. Por el contrario, asistimos a una verdadera ofensiva de la demagogia y el populismo estatista que ha retomado posiciones y hace mirar con preocupación el futuro de nuestro continente.
CADAL ha propuesto crear: "El consenso de Chile", un ejemplo de libertad política y económica, legitimada en la década de los 90, cuando el país se limpió de ese pecado original cual fue haber sido impuesto bajo una dictadura. Ciertamente, y sin profundizar en la disputa de quien implementó el modelo, no debe olvidarse que fue el gobierno de Pinochet, con los "Chicago boys" (más algunos Harvard y Columbia Boys) quienes desde mediados de los 70, y luego en los 80, sentaron las bases de la transformación económica de la cual hoy mayoritariamente nos sentimos parte. Ellos son los verdaderos "padres fundadores del modelo".
Los chilenos presentes en el seminario -oficialistas y de oposición- coincidieron en que el Chile actual es una obra común, construida con mucho esfuerzo, disciplina y perseverancia, y que tras un largo sacrificio se comenzaron a cosechar los frutos. Todo lo contrario de una Argentina que buscó -en opinión de los propios argentinos- el camino rápido, fácil, la "pillería", el "atajo" cortoplacista y miope.
Relevante fue el hecho que, tras una experiencia traumática, las elites políticas chilenas aprendieran a construir consensos, y quizás lo más importante, se produjo una verdadera transformación mental que le dio solidez a los cambios implementados. Una tarea pendiente para el continente, que deja en evidencia que el fracaso de las reformas liberales durante los 90 se debieron -fundamentalmente- a la incapacidad de sus impulsores y defensores en reconocer la inexorable identidad entre economía de mercado y Estado de derecho, verdaderos cimientos de este nuevo consenso.
Es enriquecedor aprender de los ejemplos exitosos. Sería falso decir que no salimos con cierto aire de orgullo de esa reunión, pero con un gusto amargo porque también evidenció lo mucho que hemos dejado de hacer y el tiempo perdido en ámbitos tales como impulsos a la productividad, mayores libertades en el terreno de la autorregulación, flexibilidad laboral, además del envío de señales equívocas como la propuesta del Royalty a la minería.
El seminario debiera servirnos para que no nos dejemos llevar por la arrogancia, la soberbia, ni mucho menos creer que tenemos el camino recorrido, pues corremos el riesgo de "dormirnos en los laureles". Chile tiene un tremendo desafío interno, pero también debe asumir una posición más modesta en el ámbito regional, utilizando instancias como estas no para dictar cátedra sobre qué hacer, sino para avanzar en un camino de integración y desarrollo común para Latinoamérica.
Un sector de Argentina nos esta mirando atentamente, pero ¿miramos nosotros para el otro lado? La oportunidad esta a la vista. Camino a los bicentenarios de ambos países, sería provechoso desarrollar acciones conjuntas tendientes no sólo a una integración económica, sino que -y muy especialmente- cultural. Desde ya debiéramos fomentar los intercambios académicos y avanzar en el reconocimiento de los títulos profesionales. Argentina es una nación rica, humana y geográficamente. Bienvenidos los argentinos que han llegado al país, porque ellos aportan a nuestro desarrollo.
Hace casi un siglo, en septiembre de 1910 y en medio de las fiestas del centenario, Chile se comparó con Argentina y quiso imitarla. Hoy, cien años después, tal vez los papeles han cambiado, pero más allá de estas coyunturas históricas, tal como afirmó certeramente uno de los expositores, la reducción de las tensiones y la convivencia pacífica tienen que significar que la Cordillera de los Andes más que un muro que nos divida deber ser un puente que nos una.
Ángel Soto es Doctor en Historia y Profesor en la Facultad de Comunicación de la Universidad de los Andes en Santiago de Chile.
Hace dos semanas, se realizó en Buenos Aires un seminario denominado "Lecciones de la experiencia chilena para Argentina y América Latina", organizado por el Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina (CADAL), el cual convocó a destacados académicos y políticos de ambos lados de la cordillera. Más allá de su título provocador, el encuentro no dejó indiferente a sus asistentes.
Fuimos espectadores de un desgarrador "mea culpa" argentino respecto de sus fracasos recientes, en tanto que los chilenos presentes, en más de una ocasión nos sonrojamos ante las alabanzas que nos presentaron como una propuesta para América Latina en lo que se denominó el "consenso de Chile".
Entonces, recordé -otro argentino- a Juan Bautista Alberdi, quien en 1852 propuso un brindis por quien consideraba la "república honrosa de la América Latina": Chile.
La convocatoria sorprendió no solamente porque -en medio de los anticuerpos que se han generado hacia nuestro país- se le reconociera como un ejemplo, sino porque uno de los grandes problemas regionales es cuántos intelectuales están pensando hoy en democracia y economía libre... muy pocos. Por el contrario, asistimos a una verdadera ofensiva de la demagogia y el populismo estatista que ha retomado posiciones y hace mirar con preocupación el futuro de nuestro continente.
CADAL ha propuesto crear: "El consenso de Chile", un ejemplo de libertad política y económica, legitimada en la década de los 90, cuando el país se limpió de ese pecado original cual fue haber sido impuesto bajo una dictadura. Ciertamente, y sin profundizar en la disputa de quien implementó el modelo, no debe olvidarse que fue el gobierno de Pinochet, con los "Chicago boys" (más algunos Harvard y Columbia Boys) quienes desde mediados de los 70, y luego en los 80, sentaron las bases de la transformación económica de la cual hoy mayoritariamente nos sentimos parte. Ellos son los verdaderos "padres fundadores del modelo".
Los chilenos presentes en el seminario -oficialistas y de oposición- coincidieron en que el Chile actual es una obra común, construida con mucho esfuerzo, disciplina y perseverancia, y que tras un largo sacrificio se comenzaron a cosechar los frutos. Todo lo contrario de una Argentina que buscó -en opinión de los propios argentinos- el camino rápido, fácil, la "pillería", el "atajo" cortoplacista y miope.
Relevante fue el hecho que, tras una experiencia traumática, las elites políticas chilenas aprendieran a construir consensos, y quizás lo más importante, se produjo una verdadera transformación mental que le dio solidez a los cambios implementados. Una tarea pendiente para el continente, que deja en evidencia que el fracaso de las reformas liberales durante los 90 se debieron -fundamentalmente- a la incapacidad de sus impulsores y defensores en reconocer la inexorable identidad entre economía de mercado y Estado de derecho, verdaderos cimientos de este nuevo consenso.
Es enriquecedor aprender de los ejemplos exitosos. Sería falso decir que no salimos con cierto aire de orgullo de esa reunión, pero con un gusto amargo porque también evidenció lo mucho que hemos dejado de hacer y el tiempo perdido en ámbitos tales como impulsos a la productividad, mayores libertades en el terreno de la autorregulación, flexibilidad laboral, además del envío de señales equívocas como la propuesta del Royalty a la minería.
El seminario debiera servirnos para que no nos dejemos llevar por la arrogancia, la soberbia, ni mucho menos creer que tenemos el camino recorrido, pues corremos el riesgo de "dormirnos en los laureles". Chile tiene un tremendo desafío interno, pero también debe asumir una posición más modesta en el ámbito regional, utilizando instancias como estas no para dictar cátedra sobre qué hacer, sino para avanzar en un camino de integración y desarrollo común para Latinoamérica.
Un sector de Argentina nos esta mirando atentamente, pero ¿miramos nosotros para el otro lado? La oportunidad esta a la vista. Camino a los bicentenarios de ambos países, sería provechoso desarrollar acciones conjuntas tendientes no sólo a una integración económica, sino que -y muy especialmente- cultural. Desde ya debiéramos fomentar los intercambios académicos y avanzar en el reconocimiento de los títulos profesionales. Argentina es una nación rica, humana y geográficamente. Bienvenidos los argentinos que han llegado al país, porque ellos aportan a nuestro desarrollo.
Hace casi un siglo, en septiembre de 1910 y en medio de las fiestas del centenario, Chile se comparó con Argentina y quiso imitarla. Hoy, cien años después, tal vez los papeles han cambiado, pero más allá de estas coyunturas históricas, tal como afirmó certeramente uno de los expositores, la reducción de las tensiones y la convivencia pacífica tienen que significar que la Cordillera de los Andes más que un muro que nos divida deber ser un puente que nos una.
Ángel Soto es Doctor en Historia y Profesor en la Facultad de Comunicación de la Universidad de los Andes en Santiago de Chile.
