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10.05.04

TODO EL PODER PARA EL BOCHINCHE

Por Carlos Alberto Montaner

Castro ha insultado a México y a Perú y ambos países han retirado a sus embajadores de Cuba en señal de protesta. ¿Por qué Castro los ha insultado? Porque las dos naciones, junto a casi todas las democracias presentes en la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas, votaron favorablemente a una razonable petición encabezada por Honduras y respaldada por otra docena de estados, por la que se pedía que un "relator" de ese organismo se presentara en Cuba a investigar las múltiples denuncias que llegan a la ONU sobre atropellos cometidos contra los demócratas de la oposición.
Pero hay más: no satisfecho con la andanada de improperios lanzada por Castro contra el gobierno de Vicente Fox, los servicios secretos de Cuba, aprovechando un oscuro pleito de corrupción, han comenzado a jugar fuerte a favor de Andrés Manuel López Obrador, Jefe del Gobierno del Distrito Federal de México y probable candidato del PRD a la presidencia de ese país en las elecciones de 2006. Esas maniobras fueron detectadas por la inteligencia mexicana, y el presidente Fox y su canciller Luis Ernesto Derbez consideraron oportuno expulsar al embajador Jorge Bolaños como una forma de recordarle a Castro que México es un país soberano que no acepta este tipo de ilegal injerencia en su política interna.
Nada de lo que ocurre es excepcional. La Cuba de Castro proyecta en sus relaciones diplomáticas el mismo tipo de sobresalto constante con que el Comandante gobierna en la Isla. Más que la revolución permanente, es el bochinche permanente. Castro no puede vivir sin una crisis a la que le da "una contundente respuesta", sin un "enemigo mafioso al que la historia gloriosa aplastará como un gusano envilecido". Y cada episodio luego culmina con una manifestación de miles de cubanos airados que gritan procaces versos pareados ("Aznar/ me la vas a ma...), portan muñecones con las caras de presidentes como el "lamebotas" uruguayo Jorge Batlle (¿o ése era Duhalde?), el fuherercito Aznar, o Berlusconi, el "Mussolini de pacotilla".
Convivir con ese gobierno es como tener de vecino a un loco furioso que grita constantemente, golpea a la familia, se emborracha, agrede a quienes pasan por su puerta, entra en nuestra casa sin permiso y organiza unos insólitos pleitos que acaban por afectar a todo el vecindario. ¿Qué otro país le ha "mandado" a Estados Unidos (tres veces) decenas de miles de balseros y, de paso, ha sacado de las cárceles y volcado en las playas norteamericanas a sus peores criminales, como quien vacía un cenicero? ¿Dónde, si no en una Habana enloquecida por un gobierno irresponsable, once mil personas han buscado refugio en una embajada, impulsadas por el propio presidente, como sucedió en la de Perú en abril de 1980, creándole a ese pobre país un problema casi insoluble a miles de kilómetros de su frontera? ¿Qué otro gobierno del mundo envía decenas de agentes encubiertos, disfrazados de disidentes, a ocupar embajadas radicadas en La Habana, como ha sucedido en las legaciones de España (en tiempos de Felipe González), Checoslovaquia y México? ¿Cuándo un gobierno, como hizo Cuba con Fox o con Jaime Mario Trobo, ex presidente del Congreso de Uruguay, se vanagloria de haber realizado grabaciones clandestinas de conversaciones telefónicas privadas? ¿Quién ha visto a un embajador con un bate en la mano golpeando a manifestantes pacíficos que protestaban frente a su embajada, como sucedió recientemente en París? ¿Existe algún otro país  en el planeta cuyos diplomáticos golpeen y dejen inconsciente a un opositor nada menos que en la sede de Naciones Unidas en Ginebra? Para Castro la revolución es exactamente eso: una cosa pendenciera e hirsuta que siempre tiene un pie en el juzgado de guardia.
En España, como no ignoran la policía y los tribunales, y como ha recogido la prensa, la embajada cubana, en donde tampoco faltan funcionarios decentes que se avergüenzan de la conducta de su gobierno, ha estado mezclada en casos criminales de intentos de secuestro, de envío de paquetes-bomba a opositores, como el que me remitieron a mí, y en el negocio de vender pasaportes falsificados a personas que deseaban emigrar ilegalmente a Estados Unidos. Pero eso que sucedía en Madrid y en Barcelona, también ocurría en Buenos Aires, en México, en París, y en donde quiera que existiese una representación diplomática de la Isla.         
¿Qué hacer frente a un gobierno que mantiene un comportamiento tan alejado de las normas convencionales? Sin duda, someterlo a una regla estricta: jamás debe admitirse una presencia diplomática cubana mayor que la que la policía pueda controlar cuidadosamente. ¿No es el principio de reciprocidad una norma aceptada en el terreno diplomático? ¿Por qué hay en México cincuenta veces más funcionarios cubanos que el número de mexicanos acreditados en Cuba?
Es una locura, por ejemplo, que en España se muevan libremente dos centenares de funcionarios y colaboradores cubanos, casi siempre dedicados a oscuras actividades, que incluyen, entre otras, nexos con el entorno de los terroristas de ETA. Y es una locura aún mayor que países pequeños y poco guarnecidos, como Honduras, Guatemala, Ecuador o República Dominicana, mantengan unas relaciones diplomáticas con La Habana que sólo benefician los intereses políticos y económicos de la dictadura caribeña, o los de los grupos subversivos locales, siempre aliados a "los cubanos". Mucho más tranquilos duermen los uruguayos o los salvadoreños tras haber cortado totalmente esos peligrosos lazos, que los latinoamericanos que saben que en su suelo campean libre e impunemente unos tenaces enemigos de la democracia dedicados a crear problemas a sus anfitriones.     

Mayo 9, 2004