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30.04.04

Golpes civiles

Por Susan Kaufman Purcell

Uno de los logros políticos más importantes de América Latina en la década pasada ha sido la casi total eliminación de los levantamientos militares como mecanismo para cambiar gobiernos. Desafortunadamente, esto no significa que la violencia sea hoy irrelevante a la hora de destituir a presidentes democráticamente elegidos. En su lugar, grupos civiles están recurriendo a la violencia, o amenazan con utilizarla, para derrocar a líderes electos cuyas políticas o formas de gobernar no son de su agrado. El comportamiento de estos grupos puede ser visto como el equivalente funcional de los golpes militares del pasado.

A pesar del uso de violencia -o de la amenaza de utilizarla-muchos de estos grupos han sido capaces de obtener el apoyo de amplios segmentos de la población. Esa es otra similitud con los golpes militares del pasado. La gran diferencia está en la clase social de quienes los apoyan. Muchos de los golpes militares ocurridos en América Latina fueron inducidos o apoyados por elementos de clase media y alta. Uno de los artículos clásicos que explican las dinámicas cívico-militares, por ejemplo, es "El golpe militar de clase media", de José Nun, un sociólogo argentino. La movilización actual de los grupos civiles, en contraste, está compuesta muchas veces por segmentos pobres o de menores ingresos de la población. Ejemplos son los "piqueteros" -un movimiento de desocupados de Argentina- o los grupos indígenas que derrocaron al presidente boliviano Gonzalo Sánchez de Lozada. Otro ejemplo es el de los grupos de campesinos mexicanos que, machetes en ristre, persuadieron al presidente Vicente Fox de abandonar sus planes de construir el nuevo aeropuerto de México en la zona de Texcoco.

El hecho de que los manifestantes sean pobres o desempleados ha dado a estos grupos cierta legitimidad, a pesar de amenazar con usar la violencia o directamente hacerlo. Es particularmente difícil ser un desempleado en Argentina o en otro país latinoamericano donde no existen seguros de desempleo u otros beneficios que permitan a la gente capear períodos sin trabajo. La demoledora pobreza de las poblaciones indígenas de América Latina también ayuda a explicar por qué estas movilizaciones no han sido ampliamente rechazadas. Los líderes de estos grupos variopintos se han definido a sí mismos de una forma que sobrepasa los límites que separan una actitud de protesta democrática de una que no lo es. Los piqueteros, por ejemplo, se identifican con los grupos antiglobalización, al mismo tiempo que usan máscaras pasamontañas, tubos de plomo y toman por la fuerza trenes de pasajeros.  Muchos de estos grupos se han caracterizado también como organizaciones no gubernamentales, un término tradicionalmente reservado para organizaciones de base que son independientes y que operan usualmente bajo las reglas de juego democráticas.

Si se permite que el comportamiento de estos grupos continúe sin ser contestado, las frágiles democracias latinoamericanas se debilitarán aún más. Por ahora, dado el récord latinoamericano en materia de golpes militares, los líderes democráticos de la región son reacios a fortalecer instituciones como las fuerzas armadas o la policía por temor a que estos terminen lanzando otro ciclo de gobiernos autoritarios. Sin embargo, es imposible construir democracias fuertes,  si los gobiernos democráticamente elegidos no se pueden proteger   contra el uso de la fuerza por parte de los grupos que se han movilizado dentro de la sociedad.

Hacer esto requiere crear unas instituciones policiales y militares bien entrenadas y honestas. También requiere una reforma política que reduzca la fragmentación y la parálisis que caracteriza a tantas legislaturas latinoamericanas. Finalmente, se deben implementar reformas electorales y a los partidos políticos para que los ganadores de las elecciones representen mejor la voluntad de los votantes  y que puedan ser hechos responsables de sus conductas. El uso no autorizado de la violencia contra los funcionarios elegidos, o las amenazas de usarla, es un serio problema que las democracias latinoamericanas deben enfrentar ahora mismo.

Este artículo fue originalmente publicado en la revista América Economía.