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30.04.04

RECUPERACIÓN A PRUEBA DE TONTOS

Por América Economía

Al menos en materia económica 2004 será un año brillante. Las proyecciones del Banco Mundial sitúan ya el crecimiento regional en un 4%. Aunque todavía no está claro qué tanto se recuperará el empleo -pues la crisis se desató por un exceso de capacidad, como en Estados Unidos-, esto es un alivio para todos. Las tasas de interés están por los suelos y es esperable un incremento del consumo en la región.
Pero así como los gobiernos se ven obligados a ajustarse el cinturón en tiempos de vacas flacas, muchos piensan que debieran soltar el gasto ahora que ellas engordan. Pero esta tentación puede ser contraproducente. Es demasiado temprano para que los gobiernos se relajen, pues la nueva bonanza no está fundada ni en un salto cualitativo de la gestión económica ni en el círculo virtuoso del crecimiento generado por innovadoras reformas económicas.
La recuperación en gran medida viene jalonada por el alza de los precios de las materias primas, una mayor demanda de las economías asiáticas, el poco atractivo de las tasas de interés en los países desarrollados que lleva fondos a América Latina y la reactivación económica de EE.UU.
No es un crecimiento que sea intrínsecamente sostenible y puede acabar en cualquier momento. Comprender que América Latina está ante una recuperación a prueba de tontos es simple, mas comportarse en consecuencia no suele ser lo normal. Deben recordarlo los gobiernos de la región, que tendrán demasiadas tentaciones cuando vean crecer el PIB de sus países.  
Hoy, la variable política domina el terreno y todo cuanto se dice y hace camina con esa lógica. Argentina consiguió un nuevo acuerdo con el FMI sin comprometer disciplina fiscal adicional y Brasil acaba de subir los impuestos a los exportadores. Esos son los primeros síntomas de una mayor laxitud, que sólo es aceptable en términos de la gobernabilidad y la estabilidad que exigen los mercados. El problema de estas decisiones es su efecto bumerán, en particular si se generan enormes expectativas en la población para resolver con un golpe de crecimiento demandas que llevan décadas acumuladas.
América Latina debe prestar atención a los movimientos de Argentina y Brasil. Si actúan con cordura, Luiz Inácio Lula da Silva y Néstor Kirchner no acabarán devorados por su propio populismo. Ni uno ni otro debe gastar lo poco que tiene ni dilapidar lo nuevo que se genere ahora sólo por atender necesidades políticas.
Si el nivel de gasto y endeudamiento de las economías latinoamericanas llegó a niveles astronómicos ha sido por sus problemas de financiamiento y una excesiva dependencia de las exportaciones de materias primas y sus precios cíclicos. Por detrás de eso nunca existió una propuesta de proyecto-país que articule el desarrollo económico futuro. La actual recuperación a prueba de tontos es más de lo mismo. Sólo se debe mirar el comportamiento de las bolsas y de los sectores que las sostienen: recursos naturales y comercio minorista. No hay un solo país latinoamericano que sustente la nueva bonanza con un cambio estructural en la generación de valor, sea por la vía servicios o los desarrollos tecnológicos, por ejemplo.
Salvo excepciones, las políticas gubernamentales hasta ahora siguen siendo la supervivencia y la improvisación. Un buen ejemplo de ese desbarajuste generalizado es la desatención dada a cuestiones claves como energía e infraestructura.
La región está saliendo de un bache bastante profundo. La base de comparación para medir el crecimiento esperado para el 2004 es muy baja y los niveles de endeudamiento, para más, siguen siendo elevados. Brasil, por ejemplo, aún posee la tasa de interés más alta del mundo. Más que pensar en gastos electoralistas, los gobiernos deben pensar en construir el crecimiento futuro e incentivar la inversión en sectores estratégicos. El desarrollo económico no se construye en un año sino que es el producto de un proceso de largo aliento.
La recuperación no admite chapucerías pues su sostén es endeble. La bonanza durará hasta que Alan Greenspan suba las tasas, o hasta que alguna hecatombe terrorista desarme a los mercados o, peor, cuando ocurra una combinación de ambas situaciones. La recuperación es sólo una ventana. Nuestros gobiernos deben aprovecharla para preparar el futuro y no la próxima elección.