10.03.04ESPÍAS CUBANOS EN URUGUAY
Por Carlos Alberto Montaner
Es probable que esa subordinación del Frente Amplio a la dictadura cubana acabe por costarle los próximos comicios a la izquierda radical uruguaya.
El parlamento uruguayo ha protestado con energía contra el gobierno cubano. Se trata de un escandaloso caso de espionaje. El diputado Lázaro Barredo, siniestro oficial de los servicios secretos castristas, con una larga historia de delaciones y persecuciones a sus compañeros periodistas, a su paso por Montevideo contó, con el mayor descaro, cómo la policía política cubana escucha las llamadas de los políticos uruguayos. Y así es, pero no sólo oye sus conversaciones, sino los retrata, los investiga, hurga en su vida íntima, y con esa información arma unos enormes expedientes que tienen varios objetivos. A veces los chantajean, a veces los intimidan, a veces los sobornan, a veces intentan desacreditarlos.
Una combinación de todos esos propósitos es lo que acaba de ocurrir en Uruguay. El plan de Barredo era tratar de destruir la reputación del diputado Jaime Mario Trobo, asustarlo, y, de paso, atemorizar a todos los demócratas uruguayos con un mensaje muy claro: quien muestre alguna suerte de solidaridad con los disidentes cubanos, quien reclame libertad para esa sociedad, o quien censure los atropellos que allí se cometen, pagará un alto precio.
Afortunadamente, ni Trobo, que es un hombre de indudable entereza, muy conocido y respetado en los círculos políticos internacionales, ni la mayoría de sus compañeros en el Congreso, se amilanaron frente a las bravuconadas de la policía cubana.
¿Por qué Lázaro Barredo ha hecho público lo que, aparentemente, debía mantener en silencio? Barredo -a quien sus compañeros periodistas llaman "Berrido" por el desagradable tono de su voz- no es una persona torpe. Es un oficial bien entrenado, muy dogmático, temido por su fanatismo, que casi se muere de rabia cuando su hijo poeta tomó el camino del exilio, pero es incapaz de hacer esos comentarios sin el visto bueno de la Dirección General de Inteligencia a la que sirve con entusiasmo desde hace varias décadas. No hubo, pues, desliz en las palabras de Barredo, sino confianza ciega en el próximo destino socialista de la sociedad uruguaya. Hubo arrogancia.
En efecto, La Habana da por seguro el triunfo del Frente Amplio en las próximas elecciones y el ingreso de ese país al agitado circuito revolucionario. Castro está convencido de que en Tabaré Vázquez contará con un nuevo e incondicional aliado para pelear en dos frentes: para reclutar a los uruguayos en su permanente batalla contra Estados Unidos, y para radicalizar el Mercosur desde dentro, estimulando los resortes antiimperialistas de Lula y de Kirchner, ambos demasiado prudentes para el exaltado paladar del viejo Comandante. En todo caso, la votación en el Congreso del Frente Amplio en el tema del espionaje cubano le confirmó su análisis al dictador: entre la lealtad a Castro y la solidaridad con el compañero ultrajado, el Frente Amplio prefirió a Castro. Vázquez, si se comporta de acuerdo con el esquema trazado en La Habana, representará en el Cono Sur el mismo papel que Chávez lleva a cabo en la zona andina.
Sin embargo, es probable que esa subordinación del Frente Amplio a la dictadura cubana acabe por costarle los próximos comicios a la izquierda radical uruguaya. Eso es lo que le está sucediendo en El Salvador al candidato Shafik Handal del Frente de Liberación Nacional Farabundo Martí. Cuando comenzó la campaña, Handal estaba 17 puntos por encima de su adversario Antonio Saca. A tres semanas de las elecciones se encuentra 20 puntos por debajo. ¿Por qué cayó en picado? Esencialmente, por el factor cubano. Bastó que algunas víctimas les recordaran a los salvadoreños los asesinatos y los secuestros cometidos por guerrilleros y terroristas adiestrados, financiados y armados en Cuba, para que la opinión pública de ese país comenzara a alejarse rápidamente de un candidato que, lejos de avergonzarse de su tenebroso pasado, exhibía con orgullo sus fuertes vínculos con la más larga dictadura de la historia de Occidente. Los salvadoreños, sencillamente, no quieren colocar en la casa de gobierno a una persona y a unos grupos políticos satisfechos de su pasado violento y antidemocrático, que los arrastren irresponsablemente a conflictos internacionales en los que nada tienen que ganar.
Esta historia puede repetirse en Uruguay. No parece probable que la mayoría de los uruguayos simpatice con personas carentes de valores democráticos. Una cosa es admirar a una izquierda ilustrada y sensata como la que en Chile hoy representa Ricardo Lagos o en España el Partido Socialista, y otra muy distinta darle el apoyo electoral a una coalición en la que predominan los partidarios de las dictaduras comunistas. Castro está seguro de contar con el triunfo y la posterior complicidad de Tabaré Vázquez a partir de las elecciones de noviembre, pero es probable que con su abrazo, como le sucede a Handal, acabe asfixiándolo.
El País Digital, España, 8 de marzo de 2004
Es probable que esa subordinación del Frente Amplio a la dictadura cubana acabe por costarle los próximos comicios a la izquierda radical uruguaya.
El parlamento uruguayo ha protestado con energía contra el gobierno cubano. Se trata de un escandaloso caso de espionaje. El diputado Lázaro Barredo, siniestro oficial de los servicios secretos castristas, con una larga historia de delaciones y persecuciones a sus compañeros periodistas, a su paso por Montevideo contó, con el mayor descaro, cómo la policía política cubana escucha las llamadas de los políticos uruguayos. Y así es, pero no sólo oye sus conversaciones, sino los retrata, los investiga, hurga en su vida íntima, y con esa información arma unos enormes expedientes que tienen varios objetivos. A veces los chantajean, a veces los intimidan, a veces los sobornan, a veces intentan desacreditarlos.
Una combinación de todos esos propósitos es lo que acaba de ocurrir en Uruguay. El plan de Barredo era tratar de destruir la reputación del diputado Jaime Mario Trobo, asustarlo, y, de paso, atemorizar a todos los demócratas uruguayos con un mensaje muy claro: quien muestre alguna suerte de solidaridad con los disidentes cubanos, quien reclame libertad para esa sociedad, o quien censure los atropellos que allí se cometen, pagará un alto precio.
Afortunadamente, ni Trobo, que es un hombre de indudable entereza, muy conocido y respetado en los círculos políticos internacionales, ni la mayoría de sus compañeros en el Congreso, se amilanaron frente a las bravuconadas de la policía cubana.
¿Por qué Lázaro Barredo ha hecho público lo que, aparentemente, debía mantener en silencio? Barredo -a quien sus compañeros periodistas llaman "Berrido" por el desagradable tono de su voz- no es una persona torpe. Es un oficial bien entrenado, muy dogmático, temido por su fanatismo, que casi se muere de rabia cuando su hijo poeta tomó el camino del exilio, pero es incapaz de hacer esos comentarios sin el visto bueno de la Dirección General de Inteligencia a la que sirve con entusiasmo desde hace varias décadas. No hubo, pues, desliz en las palabras de Barredo, sino confianza ciega en el próximo destino socialista de la sociedad uruguaya. Hubo arrogancia.
En efecto, La Habana da por seguro el triunfo del Frente Amplio en las próximas elecciones y el ingreso de ese país al agitado circuito revolucionario. Castro está convencido de que en Tabaré Vázquez contará con un nuevo e incondicional aliado para pelear en dos frentes: para reclutar a los uruguayos en su permanente batalla contra Estados Unidos, y para radicalizar el Mercosur desde dentro, estimulando los resortes antiimperialistas de Lula y de Kirchner, ambos demasiado prudentes para el exaltado paladar del viejo Comandante. En todo caso, la votación en el Congreso del Frente Amplio en el tema del espionaje cubano le confirmó su análisis al dictador: entre la lealtad a Castro y la solidaridad con el compañero ultrajado, el Frente Amplio prefirió a Castro. Vázquez, si se comporta de acuerdo con el esquema trazado en La Habana, representará en el Cono Sur el mismo papel que Chávez lleva a cabo en la zona andina.
Sin embargo, es probable que esa subordinación del Frente Amplio a la dictadura cubana acabe por costarle los próximos comicios a la izquierda radical uruguaya. Eso es lo que le está sucediendo en El Salvador al candidato Shafik Handal del Frente de Liberación Nacional Farabundo Martí. Cuando comenzó la campaña, Handal estaba 17 puntos por encima de su adversario Antonio Saca. A tres semanas de las elecciones se encuentra 20 puntos por debajo. ¿Por qué cayó en picado? Esencialmente, por el factor cubano. Bastó que algunas víctimas les recordaran a los salvadoreños los asesinatos y los secuestros cometidos por guerrilleros y terroristas adiestrados, financiados y armados en Cuba, para que la opinión pública de ese país comenzara a alejarse rápidamente de un candidato que, lejos de avergonzarse de su tenebroso pasado, exhibía con orgullo sus fuertes vínculos con la más larga dictadura de la historia de Occidente. Los salvadoreños, sencillamente, no quieren colocar en la casa de gobierno a una persona y a unos grupos políticos satisfechos de su pasado violento y antidemocrático, que los arrastren irresponsablemente a conflictos internacionales en los que nada tienen que ganar.
Esta historia puede repetirse en Uruguay. No parece probable que la mayoría de los uruguayos simpatice con personas carentes de valores democráticos. Una cosa es admirar a una izquierda ilustrada y sensata como la que en Chile hoy representa Ricardo Lagos o en España el Partido Socialista, y otra muy distinta darle el apoyo electoral a una coalición en la que predominan los partidarios de las dictaduras comunistas. Castro está seguro de contar con el triunfo y la posterior complicidad de Tabaré Vázquez a partir de las elecciones de noviembre, pero es probable que con su abrazo, como le sucede a Handal, acabe asfixiándolo.
El País Digital, España, 8 de marzo de 2004
