La Gobernabilidad (Democrática) Futura (Primera parte)
El sistema político cubano vive tiempos nuevos, inéditos. Cuba se encuentra inmersa en profundos procesos de cambio político. El momento actual reviste una gran incertidumbre. El país está frente a una encrucijada habita entre el fin de una era y el inicio de otra, una que no termina de ver la luz. Nos encontramos, según las palabras de Antonio Gramsci, en una situación en la que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer. Se esta dejando atrás el viejo régimen posrevolucionario pero no se ha alcanzado todavía, la otra orilla. La transición política esta resultando lenta y errática, perpetuando la agonía del antiguo sistema de dominación e impidiendo el parto democrático. Sin embargo, a diferencia de épocas anteriores, Cuba es testigo y actor de un cambio radical sin precedentes en el rumbo de nuestra historia; transformación insólitas, ya que se están llevando a cabo sin derramamientos de sangre. Además, este cambio no ha sido encabezado por una vanguardia o élite, como ha sucedido tradicionalmente, sino por la sociedad en su conjunto, en ejercicio supremo de la soberanía popular.
En realidad, las elecciones venideras abrieran para todos los cubanos una nueva era. La media centuria que se inició bajo la dominación dictatorial del régimen comunista, que vio el paso del movimiento revolucionario, un breve periodo de anarquía, y la instauración y esplendor de un fortísimo y longevo régimen autoritario, dominado por una élite pos revolucionaria y su principal criatura: un partido de carácter hegemónico, será clausurada con una votación que resultara abrumadoramente favorable a la oposición y contraria a la coalición gobernante.
Así pues, a pesar de que las elecciones venideras significan una fecha clave para la vida política nacional y representa el momento cumbre de la transición democrática, es sobre todo un instante de enorme simbolismo. Simbólico, ya que no puede afirmarse que el fin del entramado que dio vida al sistema postrevolucionario se haya dado de forma repentina. Nada más alejado de la realidad. El complejo animal político que fue el régimen comunista no perderá su preponderancia de un día para otro. El fin de ese arreglo no se producirá, como quieren los que entienden la transición cubana en clave dramática, como una muerte súbita. La hegemonía comunista no se romperá de repente, se hará deshaciendo, desatando poco a poco. La disolución del imperio comunista ha sido un lento pero constante proceso en el que se han sumado dos factores: pérdida de votos y desaparición de las estructuras que afirmaban la prevalencia del partido gubernamental durante, cincuenta y tres años, estos dos elementos se han conjugado: fortalecimiento electoral de las alternativas y robustecimiento de la imparcialidad.
Con la clausura del régimen terminara una forma de entender y de ejercer la autoridad política. Durante al menos las dos últimas décadas, el régimen comunista ha estado cambiando; una amplia pero difícil mutación que más por la lucha de los sectores inconformes y de oposición, que por la voluntad de la élite en el poder, ha venido transitando pesadamente desde el viejo autoritarismo hacia un sistema democrático. Ésta es la característica de este tiempo: la transición política y social a la democracia. Sin embargo, antes de llegar a su muerte, es indispensable comprender el nacimiento del régimen posrevolucionario, las circunstancias que lo motivaron e hicieron posible.
Las revoluciones, escribió Guizot en alguna parte, son menos el síntoma de lo que comienza que la exhibición de lo que sucedió antes de ellas. Lo mismo podríamos decir de las transiciones, la institucionalidad política que durante décadas ha operado, y sobre la que se basó el régimen comunista, en la actualidad se está convirtiendo en uno de los mayores obstáculos para que la democracia florezca. De hecho, la creciente inestabilidad del juego y de las reglas políticas se debe a que los supuestos y los mecanismos de control sobre los que se estructuró la coalición pos revolucionaria se han agotado, y no se cuenta con nuevos parámetros de actuación y de conducta. No existen, pues, las normas que den certidumbre a la competencia política y a la forma en que el poder es ejercido dentro del nuevo escenario nacional.
Subsisten todavía algunas de las viejas prácticas del quehacer político; ésas son las que hay que erradicar, ya que no hacen más que retrasar el desarrollo político del país. Es necesario desmantelar los cotos de poder y los feudos autoritarios que aún perviven, anteponiendo estructuras e instituciones nuevas, que impulsen las conductas de cooperación, el pluralismo y la democracia. La tarea es ardua: hay que desmontar lo que queda del viejo régimen y construir entre todos uno nuevo, funcional a los nuevos tiempos que se viven en Cuba. La coyuntura resulta crítica, la inoperancia institucional de las estructuras políticas de antaño es palpable e irreversible.
El sistema creado en torno al partido oficial fue una respuesta oportuna y una feliz solución para su época, donde prevalecían condiciones de virtual anarquía como resultado de la revolución. Empero, el régimen se petrificó con el paso del tiempo: construyó instrumentos y prácticas aptos para operar bajo la realidad en la que había nacido, no pudo y no ha podido ponerse al día para servir como contenedor a las nuevas demandas de los grupos y sectores emergentes. Su herencia más perdurable tiene que ver con el apogeo de conflictos de diversa índole, inestabilidad, elevada delincuencia, ausencia del aparato estatal en cada vez mayores áreas de la vida nacional. Las señales de una creciente ingobernabilidad en el país son inocultables. A cada paso, el cambio revela a sus ancestros. Por eso, volver a discutir la naturaleza del viejo sistema político es una tarea indispensable para comprender el carácter de su transformación. Nada entenderemos del levantamiento de la democracia si no contamos con una adecuada descripción de su prehistoria: el antiguo régimen, incapacidad para llegar a acuerdos sustanciales sobre el futuro de los asuntos públicos, legado del autoritarismo del que apenas salimos. La notable gobernabilidad del anciano régimen ha desaparecido, se ha esfumado. Si bien ésta no era de carácter democrático, sí resultaba funcional a muchos sectores e incluso se le tenía como ejemplo en otras latitudes. Desde finales de la década de los cincuenta (cuando el entramado político posrevolucionario se consolida) el país vivió largo tiempo de estabilidad política y social. Esto fue posible por el establecimiento de reglas claras y perfectamente conocidas y reconocidas por todos. La base de todo ello fue una presidencia de la República muy fuerte y sin contrapeso alguno y un partido oficial en cuyo seno se integraban de forma corporativa prácticamente la totalidad de los sectores organizados, que a su vez, resultaban representativos del conjunto social, acompañado por un complejo tejido institucional capaz de controlar o desarmar cualquier conflicto y las demandas de los diferentes grupos sociales. El presidente y el partido eran concebidos como la totalidad. Eran la Patria, la Nación, el Estado, e inclusive la sociedad. Representaban la unanimidad y el universo nacional. Este pacto empezó a sufrir fuertes tensiones a partir de que los resultados económicos no fueron del todo satisfactorios. Primero de forma más o menos tenue (movimientos opositores de finales de los cincuenta e inicios de los sesenta); después fueron aumentando de nivel, a la vez que los logros comenzaban a palidecer, hasta que a partir del surgimiento de severas crisis económicas, la ola de inconformes fue creciendo hasta hacerse incontenibles, desde 1990 hasta nuestros días.
El acuerdo comenzó a romperse, en verdad, a partir de 1992, cuando la crisis económica que estalló en ese año impidió la reproducción de las condiciones que lo hacían posible. Estos problemas no implicaron solamente la impopularidad de los dirigentes políticos, sino que fueron mucho más allá. Significó la erosión del régimen y de sus instituciones. La sociedad comenzó a darse cuenta de que la solución no pasaba por un simple recambio de liderazgo de hombres, sino que era algo mucho más profundo: el problema radicaba en el sistema como un todo. Así, el consenso autoritario comenzó un largo y tortuoso declive.
Jorge Castorberi Díaz
Coordinador Nacional
El sistema político cubano vive tiempos nuevos, inéditos. Cuba se encuentra inmersa en profundos procesos de cambio político. El momento actual reviste una gran incertidumbre. El país está frente a una encrucijada habita entre el fin de una era y el inicio de otra, una que no termina de ver la luz. Nos encontramos, según las palabras de Antonio Gramsci, en una situación en la que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer. Se esta dejando atrás el viejo régimen posrevolucionario pero no se ha alcanzado todavía, la otra orilla. La transición política esta resultando lenta y errática, perpetuando la agonía del antiguo sistema de dominación e impidiendo el parto democrático. Sin embargo, a diferencia de épocas anteriores, Cuba es testigo y actor de un cambio radical sin precedentes en el rumbo de nuestra historia; transformación insólitas, ya que se están llevando a cabo sin derramamientos de sangre. Además, este cambio no ha sido encabezado por una vanguardia o élite, como ha sucedido tradicionalmente, sino por la sociedad en su conjunto, en ejercicio supremo de la soberanía popular.
En realidad, las elecciones venideras abrieran para todos los cubanos una nueva era. La media centuria que se inició bajo la dominación dictatorial del régimen comunista, que vio el paso del movimiento revolucionario, un breve periodo de anarquía, y la instauración y esplendor de un fortísimo y longevo régimen autoritario, dominado por una élite pos revolucionaria y su principal criatura: un partido de carácter hegemónico, será clausurada con una votación que resultara abrumadoramente favorable a la oposición y contraria a la coalición gobernante.
Así pues, a pesar de que las elecciones venideras significan una fecha clave para la vida política nacional y representa el momento cumbre de la transición democrática, es sobre todo un instante de enorme simbolismo. Simbólico, ya que no puede afirmarse que el fin del entramado que dio vida al sistema postrevolucionario se haya dado de forma repentina. Nada más alejado de la realidad. El complejo animal político que fue el régimen comunista no perderá su preponderancia de un día para otro. El fin de ese arreglo no se producirá, como quieren los que entienden la transición cubana en clave dramática, como una muerte súbita. La hegemonía comunista no se romperá de repente, se hará deshaciendo, desatando poco a poco. La disolución del imperio comunista ha sido un lento pero constante proceso en el que se han sumado dos factores: pérdida de votos y desaparición de las estructuras que afirmaban la prevalencia del partido gubernamental durante, cincuenta y tres años, estos dos elementos se han conjugado: fortalecimiento electoral de las alternativas y robustecimiento de la imparcialidad.
Con la clausura del régimen terminara una forma de entender y de ejercer la autoridad política. Durante al menos las dos últimas décadas, el régimen comunista ha estado cambiando; una amplia pero difícil mutación que más por la lucha de los sectores inconformes y de oposición, que por la voluntad de la élite en el poder, ha venido transitando pesadamente desde el viejo autoritarismo hacia un sistema democrático. Ésta es la característica de este tiempo: la transición política y social a la democracia. Sin embargo, antes de llegar a su muerte, es indispensable comprender el nacimiento del régimen posrevolucionario, las circunstancias que lo motivaron e hicieron posible.
Las revoluciones, escribió Guizot en alguna parte, son menos el síntoma de lo que comienza que la exhibición de lo que sucedió antes de ellas. Lo mismo podríamos decir de las transiciones, la institucionalidad política que durante décadas ha operado, y sobre la que se basó el régimen comunista, en la actualidad se está convirtiendo en uno de los mayores obstáculos para que la democracia florezca. De hecho, la creciente inestabilidad del juego y de las reglas políticas se debe a que los supuestos y los mecanismos de control sobre los que se estructuró la coalición pos revolucionaria se han agotado, y no se cuenta con nuevos parámetros de actuación y de conducta. No existen, pues, las normas que den certidumbre a la competencia política y a la forma en que el poder es ejercido dentro del nuevo escenario nacional.
Subsisten todavía algunas de las viejas prácticas del quehacer político; ésas son las que hay que erradicar, ya que no hacen más que retrasar el desarrollo político del país. Es necesario desmantelar los cotos de poder y los feudos autoritarios que aún perviven, anteponiendo estructuras e instituciones nuevas, que impulsen las conductas de cooperación, el pluralismo y la democracia. La tarea es ardua: hay que desmontar lo que queda del viejo régimen y construir entre todos uno nuevo, funcional a los nuevos tiempos que se viven en Cuba. La coyuntura resulta crítica, la inoperancia institucional de las estructuras políticas de antaño es palpable e irreversible.
El sistema creado en torno al partido oficial fue una respuesta oportuna y una feliz solución para su época, donde prevalecían condiciones de virtual anarquía como resultado de la revolución. Empero, el régimen se petrificó con el paso del tiempo: construyó instrumentos y prácticas aptos para operar bajo la realidad en la que había nacido, no pudo y no ha podido ponerse al día para servir como contenedor a las nuevas demandas de los grupos y sectores emergentes. Su herencia más perdurable tiene que ver con el apogeo de conflictos de diversa índole, inestabilidad, elevada delincuencia, ausencia del aparato estatal en cada vez mayores áreas de la vida nacional. Las señales de una creciente ingobernabilidad en el país son inocultables. A cada paso, el cambio revela a sus ancestros. Por eso, volver a discutir la naturaleza del viejo sistema político es una tarea indispensable para comprender el carácter de su transformación. Nada entenderemos del levantamiento de la democracia si no contamos con una adecuada descripción de su prehistoria: el antiguo régimen, incapacidad para llegar a acuerdos sustanciales sobre el futuro de los asuntos públicos, legado del autoritarismo del que apenas salimos. La notable gobernabilidad del anciano régimen ha desaparecido, se ha esfumado. Si bien ésta no era de carácter democrático, sí resultaba funcional a muchos sectores e incluso se le tenía como ejemplo en otras latitudes. Desde finales de la década de los cincuenta (cuando el entramado político posrevolucionario se consolida) el país vivió largo tiempo de estabilidad política y social. Esto fue posible por el establecimiento de reglas claras y perfectamente conocidas y reconocidas por todos. La base de todo ello fue una presidencia de la República muy fuerte y sin contrapeso alguno y un partido oficial en cuyo seno se integraban de forma corporativa prácticamente la totalidad de los sectores organizados, que a su vez, resultaban representativos del conjunto social, acompañado por un complejo tejido institucional capaz de controlar o desarmar cualquier conflicto y las demandas de los diferentes grupos sociales. El presidente y el partido eran concebidos como la totalidad. Eran la Patria, la Nación, el Estado, e inclusive la sociedad. Representaban la unanimidad y el universo nacional. Este pacto empezó a sufrir fuertes tensiones a partir de que los resultados económicos no fueron del todo satisfactorios. Primero de forma más o menos tenue (movimientos opositores de finales de los cincuenta e inicios de los sesenta); después fueron aumentando de nivel, a la vez que los logros comenzaban a palidecer, hasta que a partir del surgimiento de severas crisis económicas, la ola de inconformes fue creciendo hasta hacerse incontenibles, desde 1990 hasta nuestros días.
El acuerdo comenzó a romperse, en verdad, a partir de 1992, cuando la crisis económica que estalló en ese año impidió la reproducción de las condiciones que lo hacían posible. Estos problemas no implicaron solamente la impopularidad de los dirigentes políticos, sino que fueron mucho más allá. Significó la erosión del régimen y de sus instituciones. La sociedad comenzó a darse cuenta de que la solución no pasaba por un simple recambio de liderazgo de hombres, sino que era algo mucho más profundo: el problema radicaba en el sistema como un todo. Así, el consenso autoritario comenzó un largo y tortuoso declive.
Jorge Castorberi Díaz
Coordinador Nacional
