23.02.04EL SALVADOR Y LAS IDEAS ZOMBI
Por Carlos Alberto Montaner
En pocas semanas los salvadoreños creen que elegirán a un nuevo presidente y a un nuevo gobierno, pero el asunto es bastante más dramático. La alternativa no es entre dos partidos de la misma familia democrática, sino entre dos sistemas de valores, dos modelos económicos y dos concepciones de la realidad política y de las alianzas internacionales totalmente diferentes.
Los dos candidatos con posibilidades de triunfar son Shafik Handal, un viejo comunista de 74 años, nostálgico sobreviviente de la guerra fría, personalmente vinculado a la terrible etapa de violencia que le costó al país más de setenta mil muertos, tercamente aferrado a una visión ''revolucionaria'' de los problemas sociales, mucho más cerca de Hugo Chávez y de Fidel Castro que del socialismo vegetariano de Lula da Silva, El otro es Tony Saca, un joven de 39 años, periodista deportivo y exitoso empresario de medios radiales, defensor de la economía de mercado y de las buenas relaciones con Estados Unidos, que no participó personalmente en ningún hecho de sangre durante la etapa de la guerra civil.
Cuando escribo esta crónica, cinco semanas antes de las elecciones, Tony Saca aventaja por varios puntos a Handal, pero esa diferencia tiende a reducirse y el número de indecisos sugiere que no es imposible que el señor Handal alcance la mayoría. Si tal cosa sucediese, El Salvador entraría en una terrible etapa de crisis económica y crispación social que generaría un cuadro aún peor que el venezolano, puesto que el país no cuenta con recursos petroleros para sufragar costosas utopías revolucionarias.
Lo irónico de esta trágica disyuntiva es que no debería existir. A lo largo de los últimos quince años, los salvadoreños han sido protagonistas de una de las más exitosas transiciones hacia la democracia de cuantas se han producido en el mundo. Primero, el presidente Alfredo Cristiani logró someter a la obediencia a su propio ejército y forjó los acuerdos de paz con las guerrillas comunistas. Luego, durante el gobierno de Calderón Sol, se profundizó la asimilación de las guerrillas al modelo democrático, logrando las izquierdas una amplia representación en el parlamento y en los gobiernos municipales. Por último, la administración de Paco Flores, pese a terribles catástrofes naturales, logró cotas nunca vistas en el país de crecimiento, reducción de los índices de pobreza y estabilidad económica, dentro de un clima de austeridad y decencia que hasta sus enemigos le reconocen. Datos objetivos que permiten hacer una afirmación tajante: los últimos quince años han sido los mejores de toda la trágica historia del país más pequeño y proporcionalmente superpoblado de Hispanoamérica.
¿Por qué, si esto es así, una parte sustancial del pueblo salvadoreño juega irresponsablemente con la posibilidad de echar por tierra todo lo que tan trabajosamente se ha conquistado? Seguramente, porque tres periodos consecutivos de gobierno han desgastado al partido ARENA, pese a la capacidad de renovación de esa formación política y la dinámica democracia interna que posee. Pero hay otro factor que también incide en el asunto: las ''ideas zombi'', un concepto acuñado por la canciller española Ana Palacio.
Los zombis, como se sabe, son muertos vivientes creados por la imaginación popular. Y así como se supone que deambulan por el planeta unas criaturas capaces de moverse y respirar, pese a estar muertas, hay ideas erróneas y contraproducentes, desacreditadas por la realidad, que continúan influyendo en ciertas personas inmunes a los efectos de la experiencia. Eso es algo que en América Latina ocurre, por ejemplo, con el control de los precios, el antiamericanismo, las ilusiones que despiertan los estados fuertes y dirigistas, o la tranquilizante superstición de que la culpa de nuestros males es siempre el resultado de una malvada conspiración fraguada en el exterior. Y ése es el caso de Shafik Handal: un zombi político él mismo, portador de innumerables ideas zombi que continúan seduciendo a un tercio de los votantes de su país.
La lección que nos deja el episodio salvadoreño --que volveremos a ver en los próximos comicios de Uruguay, Nicaragua e incluso México-- es que la tarea más urgente que tienen que realizar los elementos pensantes en América Latina es de carácter didáctico. El peor enemigo de la estabilidad democrática y del desarrollo económico en la región son las ''ideas zombi''. Mientras los charlatanes tengan coro, aplausos y votos, la libertad y la prosperidad están en peligro. Y, según todos los síntomas, sólo hay dos países en nuestra cultura en los que las ''ideas zombi'' han sido casi totalmente erradicadas por la madurez política de la sociedad: España y Chile. En el resto, cada vez que se convoca a las urnas nos jugamos el sistema. A veces, incluso, la vida.
En pocas semanas los salvadoreños creen que elegirán a un nuevo presidente y a un nuevo gobierno, pero el asunto es bastante más dramático. La alternativa no es entre dos partidos de la misma familia democrática, sino entre dos sistemas de valores, dos modelos económicos y dos concepciones de la realidad política y de las alianzas internacionales totalmente diferentes.
Los dos candidatos con posibilidades de triunfar son Shafik Handal, un viejo comunista de 74 años, nostálgico sobreviviente de la guerra fría, personalmente vinculado a la terrible etapa de violencia que le costó al país más de setenta mil muertos, tercamente aferrado a una visión ''revolucionaria'' de los problemas sociales, mucho más cerca de Hugo Chávez y de Fidel Castro que del socialismo vegetariano de Lula da Silva, El otro es Tony Saca, un joven de 39 años, periodista deportivo y exitoso empresario de medios radiales, defensor de la economía de mercado y de las buenas relaciones con Estados Unidos, que no participó personalmente en ningún hecho de sangre durante la etapa de la guerra civil.
Cuando escribo esta crónica, cinco semanas antes de las elecciones, Tony Saca aventaja por varios puntos a Handal, pero esa diferencia tiende a reducirse y el número de indecisos sugiere que no es imposible que el señor Handal alcance la mayoría. Si tal cosa sucediese, El Salvador entraría en una terrible etapa de crisis económica y crispación social que generaría un cuadro aún peor que el venezolano, puesto que el país no cuenta con recursos petroleros para sufragar costosas utopías revolucionarias.
Lo irónico de esta trágica disyuntiva es que no debería existir. A lo largo de los últimos quince años, los salvadoreños han sido protagonistas de una de las más exitosas transiciones hacia la democracia de cuantas se han producido en el mundo. Primero, el presidente Alfredo Cristiani logró someter a la obediencia a su propio ejército y forjó los acuerdos de paz con las guerrillas comunistas. Luego, durante el gobierno de Calderón Sol, se profundizó la asimilación de las guerrillas al modelo democrático, logrando las izquierdas una amplia representación en el parlamento y en los gobiernos municipales. Por último, la administración de Paco Flores, pese a terribles catástrofes naturales, logró cotas nunca vistas en el país de crecimiento, reducción de los índices de pobreza y estabilidad económica, dentro de un clima de austeridad y decencia que hasta sus enemigos le reconocen. Datos objetivos que permiten hacer una afirmación tajante: los últimos quince años han sido los mejores de toda la trágica historia del país más pequeño y proporcionalmente superpoblado de Hispanoamérica.
¿Por qué, si esto es así, una parte sustancial del pueblo salvadoreño juega irresponsablemente con la posibilidad de echar por tierra todo lo que tan trabajosamente se ha conquistado? Seguramente, porque tres periodos consecutivos de gobierno han desgastado al partido ARENA, pese a la capacidad de renovación de esa formación política y la dinámica democracia interna que posee. Pero hay otro factor que también incide en el asunto: las ''ideas zombi'', un concepto acuñado por la canciller española Ana Palacio.
Los zombis, como se sabe, son muertos vivientes creados por la imaginación popular. Y así como se supone que deambulan por el planeta unas criaturas capaces de moverse y respirar, pese a estar muertas, hay ideas erróneas y contraproducentes, desacreditadas por la realidad, que continúan influyendo en ciertas personas inmunes a los efectos de la experiencia. Eso es algo que en América Latina ocurre, por ejemplo, con el control de los precios, el antiamericanismo, las ilusiones que despiertan los estados fuertes y dirigistas, o la tranquilizante superstición de que la culpa de nuestros males es siempre el resultado de una malvada conspiración fraguada en el exterior. Y ése es el caso de Shafik Handal: un zombi político él mismo, portador de innumerables ideas zombi que continúan seduciendo a un tercio de los votantes de su país.
La lección que nos deja el episodio salvadoreño --que volveremos a ver en los próximos comicios de Uruguay, Nicaragua e incluso México-- es que la tarea más urgente que tienen que realizar los elementos pensantes en América Latina es de carácter didáctico. El peor enemigo de la estabilidad democrática y del desarrollo económico en la región son las ''ideas zombi''. Mientras los charlatanes tengan coro, aplausos y votos, la libertad y la prosperidad están en peligro. Y, según todos los síntomas, sólo hay dos países en nuestra cultura en los que las ''ideas zombi'' han sido casi totalmente erradicadas por la madurez política de la sociedad: España y Chile. En el resto, cada vez que se convoca a las urnas nos jugamos el sistema. A veces, incluso, la vida.
