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09.02.04

BRASIL Y EL NUEVO MUNDO

Por América Economía

Para el año 2050, Brasil será la quinta potencia económica del planeta, por encima de Inglaterra, Francia o Alemania, por mencionar sólo algunas de las, hoy, economías más grandes del mundo. El PIB brasileño para ese año superará los US$ 6 billones (millones de millones) cifra que, dividida entre la población, dará un promedio de US$ 26.000 anuales por brasileño (todo esto medido en dólares de 2003). En ese nuevo mundo, liderado por el gigante chino, las cuatro principales economías emergentes de hoy -Brasil, Rusia, India y China, denominado el bloque Brics, por sus iniciales- serán mayores de las que actualmente se agrupan bajo el llamado G6, conformado por los seis países más ricos de la tierra. Estas proyecciones no son el sueño caliente de un político. Son producto de un concienzudo estudio realizado por el banco de inversiones Goldman Sachs que intenta anticipar cómo será el mundo a mediados de siglo.

En este estudio, Goldman Sachs asume que estos países fortalecerán sus instituciones y mantendrán políticas que apoyan el crecimiento. Con sólo (¿sólo?) eso, Brasil puede aspirar a convertirse de verdad en una potencia mundial en 50 años más. Las proyecciones de Goldman Sachs consideran un crecimiento económico promedio de 3,6% anual. No parece mucho, especialmente si consideramos que el PIB brasileño en los últimos 50 años creció en promedio un 5,3% anual en términos reales.

Aunque no se trata de una profecía de Nostradamus, el estudio confirma el destino de líder que tiene Brasil. Pero para cumplirlo falta, como diría Garrincha, ponerse de acuerdo con el adversario. El gigante sudamericano tiene que asumir esa responsabilidad. Todavía no lo ha hecho.

El gobierno de Fernando Henrique Cardoso hizo la primer parte para asumir este destino global. Puso fin al caótico ciclo económico en el que había caído Brasil en los últimos años -que lo llevó a registrar una inflación promedio de 548% anual en los 90 y un déficit fiscal equivalente al 21,2% del PIB, según Goldman Sachs-- y profundizó la apertura al mundo iniciada por Fernando Collor de Mello. A Luiz Inácio Lula da Silva le toca una tarea más compleja: establecer las bases de un modelo de país que lo lleve a ser el líder del futuro.

Hasta ahora lo ha hecho a medias. Las condiciones necesarias para que Brasil alcance el liderazgo económico que se vislumbra en el estudio de Goldman Sachs no son un secreto: estabilidad macro, fortalecimiento de las instituciones, apertura comercial e inversión en educación. El gobierno de Lula ha mostrado algunos avances en la dirección correcta en el tema de la estabilidad macro pero todavía se debate en dudas respecto a la apertura comercial y un proyecto educativo de largo plazo para mejorar el futuro de las decenas de millones de brasileños que viven en pobreza. Aunque falta muchísimo por hacer (ver artículo de portada en esta edición), tanto en el terreno económico como en el institucional.

Pero donde el proyecto de liderazgo de Lula decepciona es en política exterior. A diferencia de Cardoso, que apostó por un perfil más bajo en los foros internacionales, Lula ha decidido tomar la voz cantante de los países emergentes en el debate globalizador. Lo ha hecho enarbolando un antiamericanismo anacrónico e infantil y  en muchos casos llamando a pensar con las visceras y no con el cerebro. Estar en desacuerdo con Washington en temas como la ocupación de Irak o los subsidios agrícolas no quiere decir que haya que apoyar al régimen cubano -que hace mucho tiempo que dejó de ser una revolución para convertirse en una dictadura patética- o estimular a un Hugo Chávez cuyo gobierno, si bien constitucional, coquetea cada vez más con la ilegalidad.

Brasil tiene que actuar como el líder que desea ser de aquí a 50 años. O continuará siendo el eterno país del futuro.