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28.01.04

DE SI KIRCHNER ES LO QUE PARECE

Por Carlos Rodríguez Braun

El presidente Kirchner, como muchas otras cosas de la vida, puede ser lo que parece. Puede ser un hombre con principios vetustos, que recela de gobernantes democráticos pero sonríe a Fidel Castro. Puede ser un miope que sólo condena la violencia de la dictadura militar, mientras que comprende la de los "piqueteros" y olvida la de los terroristas, apuntándose así a la patraña según la cual en la Argentina no existió violencia política injustificada desde la izquierda, poblada exclusivamente de idealistas que sólo ansiaban la democracia. Puede ser un totalitario que controla los medios de comunicación mediante palos y zanahorias en forma de publicidad, licencias y rescates varios, pero que tiembla ante la prensa libre. Puede ser un populista que agita consignas xenófobas, mercantilistas, proteccionistas, "vivir con lo nuestro", "crear empleo con gasto público", "no hay que liberalizar el mercado de trabajo", y disparates análogos. Puede oler a naftalina nacionalista y reivindicar el orgullo de los argentinos y el papel de la política intervencionista, cuando precisamente esa política en los últimos setenta años socavó dicho orgullo con la humillación de que un país próspero sea hoy pobre, y de que una nación respetada en el mundo haya brindado hace apenas un año un bochornoso espectáculo de república bananera, donde cambian los presidentes por semana y donde las autoridades se lanzan a expropiar con vesania los bienes de sus súbditos. Puede compartir la ridícula arrogancia intelectual de la izquierda, como si estuviera por alguna razón incuestionable en el generoso campo de los amigos del pueblo, y pudiera echar todas las culpas sobre hombros ajenos, ratificando una vez más que el mejor amigo del hombre no es el perro sino el chivo expiatorio. Puede desbarrar sobre el liberalismo y las instituciones de la sociedad abierta, ignorando que fue su profunda y prolongada violación la raíz de los males de la patria. Puede ser, en suma, una nueva amenaza para la libertad y el bienestar de mi tierra natal.
Pero el presidente Kirchner, como muchas otras cosas de la vida, puede no ser lo que parece. La opinión pública argentina no comparte la descripción que acabo de hacer: Néstor Kirchner cosecha una extraordinaria popularidad entre sus conciudadanos. Es verdad que es un manipulador, como suelen ser los políticos, y es verdad que los argentinos, tras la brutal sacudida que les infligieron sus gobiernos recientes, levantan cabeza y están nuevamente dispuestos a creer. Esto no equivale a endosar las hagiografías habituales; acaso para compensar históricos descalabros, algunos analistas argentinos se precipitan a urdir esquemas heráldicos que conectan sin matices a líderes contemporáneos con Perón o Yrigoyen o Rosas o Roca o San Martín. Antes que este historicismo inane, prefiero la interpretación en esta misma página del escritor Horacio Vázquez Rial, que retrató a Kirchner como un posibilista moderado y calculador, que procura aprovechar sus limitados recursos; lo comparó con Adolfo Suárez, y en un aspecto ilustrativo pude comprobar hace poco en Buenos Aires que es así: lo odian muchos de los suyos. Un veterano dirigente del Partido Justicialista me dijo irónicamente: "Kirchner es peligroso por imprevisible. Los líderes peronistas clásicos, como Menem o Duhalde, en cambio, son mafiosos de estilo antiguo y poco sorprendente: te pueden asesinar, pero cuidarán de tu viuda".
No sería lo peor que Kirchner fuera un oportunista: siempre es mejor un gobernante sin principios inconmovibles que otro con principios férreos y malos. Adaptándose a la situación, es parecido a su detestado Menem; igual que él, desconoce las virtudes del poder limitado, y se afana por acumularlo conforme a las circunstancias. Hoy se presenta como de izquierdas y blande tópicos "sociales" y antiliberales al uso, a tono con los vaivenes latinoamericanos y de otras latitudes, pero de haber ocupado la Casa Rosada hace diez años quizá habría sido "neoliberal" (en todas partes cuecen habas, ¿o acaso nos creemos que Felipe González, también acusado de neoliberal en los ochenta, era de verdad un hombre de principios incólumes que no se ajustó a las nuevas condiciones de España y el mundo?). Esta situación la comprenden los empresarios, a los que Kirchner insulta pero con los que negocia, y Estados Unidos, contra el que Kirchner despotrica pero del que recibe ayuda a través del FMI, en un contexto internacional post-Guerra Fría, con la atención primordial de Washington lejos de una América Latina con democracia y sin terrorismo. La retórica del presidente argentino sigue la lógica del poder, que debe atesorar en condiciones hostiles y frente a un pueblo al que debe convencer que él no tiene nada que ver con ninguno de los sinsabores que padece por culpa de los políticos, desde la pobreza hasta la corrupción y la inseguridad.
El economista argentino Juan Carlos de Pablo deploró la falta de debates serios y la brusca oscilación de la sabiduría convencional de un extremo a otro: "Los beneficios de la liberalización surgen 'espontáneamente' luego de una desastrosa experiencia de controles directos; los beneficios de la apertura surgen 'indiscutiblemente' luego de los abusos de los productores locales durante el cierre de la economía; los beneficios de la privatización surgen 'obviamente' después de lo que costaba conseguir un teléfono, tener gas, luz, etc. Pero luego de un tiempo, el olvido de los anteriores problemas, junto a la aparición de las dificultades que trajeron la liberalización, la apertura y la privatización, tiran el péndulo hacia el otro extremo" (Contexto, Nº 730, agosto 2003). Esto es muy cierto, pero la política no versa sobre debates serios sino sobre el poder -¿acaso en España, por ejemplo, hay muchos debates políticos serios sobre las pensiones? Justo al revés: se pusieron de acuerdo los partidos en el Pacto de Toledo para no debatir el asunto.
No sabemos aún si el Kirchner posibilista es el genuino, pero es fácil pronosticar que sus dificultades serán cuantiosas dentro de poco si no ofrece más que estilo demagógico e imagen de honradez. La agenda económica obligará a cuidar varios frentes: el empleo, la inflación, la deuda, y una preocupante falta de inversión; en realidad, el país vive de las rentas de la gran inversión realizada en los odiosos años "neoliberales". La reparación de la maltratada seguridad física y jurídica será clave en la consolidación de la recuperación, no sólo para la economía sino también para la legitimidad de un Kirchner que puede emprender la última pirueta del justicialismo y convertirlo en un partido socialdemócrata en un país "normal", donde en vez de piqueteros que interrumpan totalmente el tráfico, haya manifestaciones que lo interrumpan parcialmente, y donde en vez de Planes Jefes y Jefas de Hogar, subsidios manipulados descaradamente por políticos y sindicalistas, haya un oneroso Estado del Bienestar, manipulado menos descaradamente por políticos y sindicalistas.
Carlos Floria conjeturó en La Nación que podemos estar asistiendo al final del peronismo, porque "esta versión nacional populista no tiene programa ni visión estratégica, posee símbolos, gestos espectaculares, gran capacidad de captación masiva, pero tiene poca capacidad de gestión". Si sólo es así, Kirchner es lo que parece. Pero si no es así, estamos en un nuevo escenario que tiene que ver con algo que repiten obsesivamente miles de argentinos: quieren ser un país como España. Quizá, con Kirchner o a su pesar, y finalmente satisfechos o desasosegados, lo logren.

Carlos Rodríguez Braun es catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid, escritor y periodista.

Este artículo fue originalmente publicado en el diario ABC (España), el 15 enero de 2004, y reproducido parcialmente en el diario Clarín (Argentina, el de 18 enero de 2004.