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27.01.04

UN CHAPUZÓN EN EL PACÍFICO

Por Carlos Alberto Montaner

Madrid -- El presidente venezolano Hugo Chávez quiere bañarse en las playas bolivianas. El asunto no parece sencillo, salvo que transe por unas vacaciones en el lago Titicaca. Bolivia carece de litoral. Perdió esos territorios en beneficio de Chile en la Guerra del Pacífico (1879-1884). Hugo Chávez lo sabe, pero como buen revolucionario, no sólo desea reescribir la historia, sino también la geografía.
Chávez es como Dios, pero más trabajador. No descansa ni el séptimo día. Lo quiere ''arreglar'' todo: las desigualdades sociales, las fronteras injustas, las diferencias de renta entre los países del mundo. ¿Cómo lo va a hacer? Muy fácil. Lo explicó en una de sus últimas comparecencias en Aló, presidente, uno de los programas más cómicos de la radio latinoamericana: ''La revolución bolivariana --dijo-- es igual a la masa por la aceleración al cuadrado más la conciencia al cubo''. ¡Dios, qué profundidad! A Chávez, por si acaso, siempre hay que escucharlo o leerlo con la escafandra puesta.
Hace aproximadamente 130 años hubo un pleito entre Bolivia y Chile al que Perú fue arrastrado en virtud de una alianza militar no tan secreta que había suscrito con Bolivia. El conflicto se puede resumir vagamente en un párrafo: en un territorio de soberanía boliviana situado al norte de Chile existían unas empresas mineras chilenas y chilenobritánicas. Mediante un tratado entre los dos países, esas compañías estaban exentas de impuestos. Pese a ello, el gobierno de La Paz decidió imponerles unos tributos. A partir de ese momento se comenzaron a tensar las relaciones entre las dos naciones; Chile, para proteger a sus súbditos, o por cálculo político, envió un batallón de soldados a Antofagasta, en Bolivia --entonces un dulce caserío de pescadores en el Pacífico--, y poco después se desencadenó una larga y sangrienta guerra marítima y terrestre que tuvo su momento más dramático en la ocupación de Lima por los soldados chilenos.
Como consecuencia de esa guerra, y en virtud de los acuerdos de paz, Chile se apoderó de 190,000 kilómetros cuadrados, un tercio de su perímetro actual, lo que hoy constituye las regiones primera y segunda del país, agregando a su geografía una zona del sur de Perú y del oeste boliviano. No todo, claro, fueron ganancias netas. Mientras ardía esa región andina, los argentinos, muy hábilmente, en 1881 forzaron a los chilenos a admitir la soberanía de Buenos Aires sobre la Patagonia oriental: nada menos que un millón de kilómetros cuadrados. En todo caso, fue así como Bolivia perdió su salida al mar y unos vastos territorios casi despoblados, pero muy ricos en minerales. Desde entonces son muchos los bolivianos que se sienten víctimas de un despojo injustificado.
Es comprensible ese estado anímico. La historia de las fronteras es, con frecuencia, la historia de algún atropello, de una arbitrariedad o de la mala o buena suerte. Pero casi siempre resulta suicida e inútil intentar rehacer el contorno original. Estos hechos, que tal vez pudieron haberse evitado si el presidente boliviano Hilarión Daza hubiera sido más prudente, sucedieron hace más de un siglo. En ese periodo Chile ocupó, pobló y desarrolló el territorio hasta integrarlo profundamente con el resto de la nación. Antofagasta es hoy una ciudad moderna con un cuarto de millón de habitantes. Pretender revertir esta situación es tan irreal como solicitarle a Estados Unidos que devuelva a México los inmensos territorios arrebatados a mediados del siglo XIX, que Francia exija a Canadá la recuperación de Quebec, o que Madrid pida la inmediata reincorporación de Cuba a la soberanía del reino español. Al fin y al cabo, Cuba dejó de ser española manu militari veinte años más tarde que el momento en que Bolivia perdió su salida al mar.
Por otra parte, Ricardo Lagos, presidente de Chile, ha reiterado su buena voluntad de aliviar parcialmente las aspiraciones de Bolivia: crear en la frontera entre Chile y Perú un corredor para que los bolivianos dispongan de una manera razonable de llegar al Pacífico para exportar o importar mercancías de una forma cómoda. No se trata, sin duda, de una solución totalmente satisfactoria para los deseos de los bolivianos, pero es preferible renunciar de una vez a reclamaciones territoriales irreales que sólo aumentan las frustraciones de los pueblos a renunciar al sentido común. Incluso, hasta es posible que Chávez, si insiste en su curioso empeño, pueda darse un chapuzón en esa franja costera. Aunque no se lo recomiendo: el agua es un poco fría y turbulenta.

Post Scriptum para cubanos -- Como sé que los cubanos no son nada chauvinistas, de acuerdo con el análisis de Marisela Verena, les cuento que uno de los héroes de la Guerra del Pacífico fue Pacheco Céspedes, familia de Carlos Manuel. Era veterano de la Guerra del 68, peleó junto a Maceo y llegó exiliado a Perú con veinte heridas de bala y sable en el cuerpo: era un colador heroico. Cuando se desató la guerra, dirigió con el grado de coronel una extensa montonera (guerrilla) que les hizo numerosas bajas a los chilenos. Fue uno de los últimos en morir en combate y los peruanos lo declararon héroe nacional.

Enero 18, 2004