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11.01.04

UN FUTURO MEJOR

Uno de cada cuatro paraguayos padece hambre y uno de cada dos vive en la pobreza. Esta tragedia es el resultado de seis décadas de estatismo. Brindemos, pues, por liberalizar la economía y acabar la miseria. A Paraguay nada le falta para ser un país próspero. El progreso no depende de los recursos naturales. Si así fuera, África sería un emporio.
Por Porfirio Cristaldo Ayala

En este nuevo año brindemos juntos por un futuro mejor pensando en los incontables compatriotas desocupados, quienes no tienen que poner en el plato a sus hijos, y los miles de niños que piden limosnas en las calles y hurgan basureros en busca de sobras. Uno de cada cuatro paraguayos padece hambre y uno de cada dos vive en la pobreza. Esta tragedia es el resultado de seis décadas de estatismo. Brindemos, pues, por liberalizar la economía y acabar la miseria.
A Paraguay nada le falta para ser un país próspero. El progreso no depende de los recursos naturales. Si así fuera, África sería un emporio. Pero países sin recursos como Inglaterra son los más desarrollados. Tampoco depende de la cultura. Pueblos tan diferentes como Suiza y Japón son prósperos. Además, naciones de la misma raza, tecnología y religión tuvieron procesos muy diferentes, dependiendo de su sistema económico, como Alemania Oriental y Alemania Occidental, China comunista y Taiwán, Corea del Norte y Corea del Sur. Los estatistas se arruinaron y los de economía libre prosperaron. 
El tamaño de los países no es una traba para progresar. El mayor tamaño da poderío militar, pero no riqueza. Los países más chicos son los más ricos y los más grandes son los más pobres. El desarrollo tampoco depende del número de habitantes. De los diez países más ricos del mundo solo dos tienen una población de más de 5 millones: Estados Unidos con 260 millones y Suiza con 7 millones. Los países extensos tienen el beneficio de la economía de escala por sus grandes mercados, pero la desventaja de la heterogeneidad de sus poblaciones, explica The Economist.
La ayuda externa tampoco ha logrado el desarrollo. En las últimas décadas, los países que más ayuda externa recibieron son los que más pobres y atrasados continúan, y los que menos recibieron son los que más avanzaron. La ayuda externa, como los créditos del FMI, el BM y el BID al Paraguay, muchas veces tienden a eternizar la pobreza al permitir a los gobernantes aplazar las reformas indispensables para impulsar el desarrollo de sus países. 
La planificación e inversión estatal jamás trajo progreso. La crisis de la deuda externa se originó en inversiones estatales basadas, no en consideraciones económicas, sino políticas y de corrupción. El gobierno paraguayo maneja el 48% del PIB, y cada guaraní que gasta es un guaraní menos que dispone la producción para invertir, crecer y crear empleos. El siglo XX muestra que en la medida que los gobiernos reducen sus gastos mayor es su crecimiento.
El gasto estatal arruina a los pobres. El gobierno paraguayo, pese a su nula inversión en el sector social, en seguridad e infraestructuras, gasta más de 1.950 millones de guaraníes por hora, las 24 horas del día, todos los días del año, para mantener a su vasta clientela política. Una tercera parte de este gasto bastaría para terminar el hambre y la pobreza en el país, abonando un salario mínimo a todas las 550 mil familias indigentes.
Pero el progreso está al alcance de los pueblos. La prosperidad depende de la libertad económica. En 20 años de libertad económica los chilenos lograron los ingresos más altos de la región y redujeron la pobreza del 45% al 21%. Chile inició su crecimiento con el libre comercio, la desregulación y la apertura de los mercados a la competencia y la inversión privada. Entre otros ejemplos recientes están Irlanda, Tailandia, Bahamas, El Salvador, Botswana, Estonia. Los países más prósperos, sin excepción, tienen economías libres.
Paraguay solo precisa de la pronta liberalización de su economía para desterrar la miseria endémica. El país puede avanzar aceleradamente creando las condiciones para atraer la inversión: mercados abiertos, libre comercio, supresión de los monopolios, bajos impuestos, seguridad jurídica, reforma laboral, desregulación de la seguridad social, austeridad fiscal y monetaria, gobierno reducido, transparente y honesto y una justicia capaz e independiente.
Pero lo más importante es que las personas de bien, que son la inmensa mayoría, rechacen sin reparos el intervencionismo y corrupción y apoyen sin complejos la libertad económica. La defensa inflexible de los derechos de propiedad es más importante para acabar la pobreza que la "buena prensa" o el elogio de los devotos del Estado. La tarea es difícil. Pero en unos pocos años todas las familias podrán alzar sus copas para brindar por un futuro mejor.