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11.01.04

ARGENTINA HA VISTO EL PASADO, Y FUNCIONA (POR AHORA)

Probablemente más que cualquier otro país de América latina, la República Argentina es susceptible de cambios abruptos de espíritu y humor. Diez años atrás se estaba lanzando, descuidadamente, al siglo XXI como el mayor ejemplo de liberalización económica y alineamiento diplomático con Estados Unidos dentro de Sudamérica.
Por Mark Falcoff

Probablemente más que cualquier otro país de América latina, la República Argentina es susceptible de cambios abruptos de espíritu y humor. Diez años atrás se estaba lanzando, descuidadamente, al siglo XXI como el mayor ejemplo de liberalización económica y alineamiento diplomático con Estados Unidos dentro de Sudamérica. Hoy ambas nociones están claramente fuera de moda allí, y no es de extrañar - las ventajas de ambos fueron drásticamente sobrevendidas al público por la administración del Presidente Carlos Menem (1989-1999).
A fin del año 2000 la economía colapsó virtualmente. Por un tiempo pareció que el país realmente podría desenvolverse como una comunidad política coherente. Gracias a la mano fuerte del senador Eduardo Duhalde, quien se hizo cargo a fines del 2000 luego de Fernando de la Rúa, el sucesor de Menem, el orden cívico fue reestablecido, a pesar de que los últimos tres años habían sido los peores de la historia moderna argentina, peor aún que el producido en la Gran Depresión de 1930.
Más allá de lo que uno pueda pensar de la diplomacia económica de Duhalde (que, asumiendo una postura negociadora intransigente, pospuso indefinidamente un acuerdo con las instituciones financieras internacionales), realmente salvó al sistema político democrático y lo llevó a elecciones libres y abiertas en fecha (cuando normalmente podrían haberse realizado hacia fines del término de De la Rúa). Este no fue un logro menor si uno considera que tres años atrás el pedido más común en las calles era que todos los políticos se fueran. (Literalmente, "Qué se vayan todos!"). Al elegir como su sucesor a Néstor Kirchner, gobernador de una pequeña, remota y escasamente poblada provincia, Duhalde también desplegó una mano segura. Kirchner ha probado - al menos hasta ahora - tener un firme control sobre el poder y una visión definida de adónde quiere llevar al país.
Mientras tanto, la situación económica ha comenzado a mejorar; el PBI crecerá un 7 por ciento este año. El número es extremadamente impresionante para los actuales niveles de Latinoamérica, pero mucho menos si uno considera dónde había estado recientemente el país: tocó fondo hace dos años y no podía hacer otra cosa que ir para arriba. Tendría que continuar a este nivel por otros diez años para que el país alcance la prosperidad que disfrutó en 1998.
La recuperación económica actual descansa sobre tres pilares. El primero es una drástica devaluación con la salida del poder de De la Rúa (el peso argentino perdió violentamente dos tercios de su valor con respecto al dólar). Esto hizo que las exportaciones argentinas, particularmente la soja, el crudo, y ciertas materias primas industriales, se hicieran fuertemente competitivas en el mercado mundial. También, por primera vez, un peso extremadamente barato transformó a Buenos Aires (y en cierta medida, a las provincias) en populares destinos turísticos internacionales, incentivando un rápido crecimiento de hoteles y otras facilidades para los visitantes con moneda fuerte. Segundo, la recuperación depende en el uso intensivo de bienes de capital acumulados durante los felices '90, cuando Argentina era beneficiaria de 120 mil millones de dólares en inversión extranjera directa. Y finalmente, su fuerza deriva mucho del renacimiento de cierta industria de sustitución de importaciones de productos básicos, financiados en muchos casos por dólares que los argentinos habían mantenido fuera del sistema bancario (donde los depósitos fueron congelados por más de dos años). En cierta medida también se debe al crecimiento de la economía informal (de la cual me referiré más abajo). Aún así, algunos estiman que hay tantos como un 60 por ciento de argentinos debajo de la línea de pobreza y el desempleo (cifras oficiales) rodea el 20 por ciento. De hecho, esta deplorable estadística social puede que también explique en parte el resurgimiento de las exportaciones argentinas, dado que quienes venden a clientes con moneda fuerte les pagan a sus empleados en pesos depreciados.

Anti-globalización

Nada de esto está tomando lugar en un vacío ideológico. Buenos Aires se ha transformado en una suerte de capital ideológica de la anti-globalización, con postales del Che Guevara a la venta en todos los puestos de diarios y las librerías llenas de traducciones al español de Noam Chomsky.
Luego de un inusual largo período de hibernación, el anti-americanismo - difícilmente perenne en Argentina - volvió a surgir de la tierra una vez más, enviando sus flores más lujosas en forma de odio a George W. Bush y su supuesto plan de "globalizar" al país forzándolo de alguna manera a unirse al Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (conocido localmente por sus iniciales en español, ALCA). El consenso general es que el problema de los 90 fue que el país experimentó un exceso de "neo-liberalismo" (el feo nombre que los críticos le dan a la liberalización económica y a la privatización), y que era hora de dar marcha atrás.
En varios aspectos este es un regreso a los negocios de siempre. Durante la mayor parte del siglo pasado, Argentina fue un líder latinoamericano en desarrollo económico en manos del estado y guiado por el estado (como así también del anti-americanismo). Los años de Menem por lo tanto pueden ser vistos no como un cambio de curso sino un quiebre monetario de una línea larga y continua. La única diferencia - una que debemos admitir crucial - es que hoy no hay ninguna Guerra Fría y Argentina está demasiado lejos de la escena de preocupación geopolítica de Washington para ocupar mucho de su atención. Aún así, sin el apoyo político de la administración Bush es dudoso que Kirchner hubiese llegado al espectacular acuerdo de este año con el FMI - espectacular en el sentido de que por primera vez la agencia no condicionó más su apoyo a reformas económicas específicas. Naturalmente hizo que el equipo de Kirchner sobreestimara la importancia del país en los asuntos internacionales, y específicamente su valor para Estados Unidos, y también lo incentivó a asumir una posición particularmente dura hacia los tenedores de bonos extranjeros y a las empresas de servicios públicos en manos extranjeras, que se privatizaron en los 90, ambos grupos profundamente golpeados por la devaluación de la moneda argentina. Por su parte, a la administración Bush no parece importarle lo que le sucedió a quienes arriesgaron su capital en Argentina y quizás con razón. Sin embargo, esto está demasiado lejos de constituir un compromiso firme y profundo con el éxito de Kirchner.

El juego de la culpa no generará riqueza

En lo que a hoy respecta, sin embargo, Kirchner es el presidente más popular en la historia argentina - incluso más popular que lo que el fundador de su partido, el General Juan Perón, podía decir tener en sus días de gloria. Además de su obvias (e inesperadas) habilidades políticas, el presidente Kirchner ha encontrado una cuestión guía que resuena en la gran mayoría de los argentinos - los problemas del país son culpa de los demás. Su lista incluye a los militares que gobernaron el país en los 70 (algunos de los cuales, si bien recibieron una amnistía del Presidente Menem, serán nuevamente juzgados), una Corte Suprema corrupta (que fue purgada sumariamente), empresarios extranjeros y políticos deshonestos, y los organismos internacionales de crédito (particularmente el Fondo Monetario Internacional), sin mencionar a "los grupos económicos que generaron una distribución injusta y concentración de riqueza" (citado en La Nación 17 de diciembre de 2003).
Uno casi no puede culpar a los argentinos por caer en este tipo de discurso. Después de todo, hasta el momento Kirchner ha hecho acusaciones, y muchas de sus denuncias de corrupción y malversación están lejos de ser imaginarias. Por otro lado, la búsqueda de chivos expiatorios no producirá riqueza en el largo plazo, o aún, de hecho, en el mediano plazo.
En todos los sistemas capitalistas modernos, alrededor de un 14 por ciento del PBI debe ser reinvertido cada año para renovar bienes de capital. Durante los 90, Argentina hizo excepcionalmente bien esta cuestión, promediando un 20 por ciento anual, pero claro, tenía que remontar literalmente décadas de olvido. Gran parte de esto fue posible mediante altos niveles de inversión extranjera directa; pero hoy, sin embargo, Kirchner y su ministro de Economía, Roberto Lavagna, parecen pensar que el país puede crecer alrededor de un 4 por ciento anual sin la infusión de ahorros extranjeros significativos. Tengan o no razón, esa suposición habrá que verla; entre otras cosas, depende del futuro de commodities como la soja y el trigo, granos de exportación de los cuales depende fuertemente el crecimiento actual del país.
Mientras tanto al romper los contratos con las empresas de servicios públicos de España, Francia, y Estados Unidos, Argentina envió una fuerte mensaje a la comunidad inversora internacional; sólo mil millones de dólares fueron invertidos desde el exterior en 2002 y también 2003. Si esto continua, antes que finalice la década el país estará sufriendo una seria caída de bienes de capital.

En defensa propia

Hace algunos años, cuando Argentina estaba pasando por otra de sus periódicas crisis financieras, el economista Aldo Ferrer publico el libro best-seller con el título Vivir con lo nuestro. En gran medida esto es exactamente lo que está haciendo hoy en día el país; desafortunadamente, no está produciendo la prosperidad a la cual han estado acostumbrados históricamente los argentinos. Esta nueva quasi-autarquía tiene dimensiones tanto socio-económicas como políticas.
Por un lado, para sobrevivir muchos argentinos fueron obligados a un comportamiento semi-legal o directamente ilegal. Ha habido un dramático aumento de la delincuencia y el crimen organizado, incluyendo el tráfico ilegal de armas y drogas, como así también un aumento en los secuestros extorsivos. Mientras tanto, una economía informal ahora está produciendo ropa con etiquetas falsas y/o copiando diseños europeos sin permiso (a pesar de que en realidad los diseñadores argentinos son excelentes y raramente necesitan una inspiración externa). Hay también un florecimiento de la industria  de reproducción de software, música y videos sin autorización.
Por otro lado, Duhalde y ahora Kirchner han creado una nueva estructura de dependencia social sobre la cual depende mucho de su poder político. El sistema se desarrolló en respuesta a - e incluso junto a - los movimientos de protestas que derribaron al presidente De la Rúa. En sus primeros días los manifestantes cortaban rutas o se amontonaban alrededor de edificios gubernamentales exigiendo trabajo o dinero; si las protestas eran enteramente espontáneas aún está en debate, pero hoy esas manifestaciones están claramente conectadas con el sistema político. En realidad, se han hecho parte de él en el sentido de que continúan periódicamente con la venia de la administración actual.
Actualmente alrededor de 2,5 millones de jefes de familia reciben un subsidio mensual. Pero para continuar con este flujo de recursos, modesto como subsidios cerca de 50 dólares en promedio, los beneficiarios están obligados por el Partido Peronista, a aparecer en manifestaciones políticas o en esfuerzos periódicos por bloquear las principales arterias. La curiosa relación entre el gobierno y los manifestantes permite a los manifestantes descargar bronca y también ganarse algunos pesos, mientras le asegura al gobierno (presumiblemente) que estas manifestaciones continuarán hasta ciertos límites(1). Pero aún así, el acuerdo es caro. Cincuenta dólares por 2,5 millones resulta 125 millones de dólares por mes. Esto no son unas monedas, particularmente para un gobierno tan fuertemente presionado por dinero efectivo como este. En lo que a los manifestantes respecta, si bien muchos están vinculados a la red clientelística gubernamental, y por lo tanto es difícil que pierdan el control, otros son liderados por grupos de izquierda que nunca han tenido mucha oportunidad de ganar poder político en las urnas pero tienen una habilidad considerable para la organización callejera. Para mantener el control de estos grupos el gobierno deberá continuar financiándolos, pero si la situación económica no mejora, incluso los subsidios familiares puede que no sean suficientes para mantenerlos dentro de límites aceptables.

Volver al futuro

La visión de Kirchner es una versión actualizada de la Argentina de fines de la década del 40 - que quiere decir, el modelo original del peronismo. Las características sobresalientes de este modelo eran fuerte inversión en obras públicas, creación de fondos gubernamentales para financiar servicios públicos e infraestructura, y una política deliberada de sustitución de importaciones mediante el apoyo de industrias estratégicamente designadas. Kirchner, aparentemente también contempla el regreso de un sistema de pensión completamente financiado por el gobierno, una tarea que sería más sencilla para él tras el colapso en 2001 de los fondos privados creados durante los años de Menem. En resumen, significa el regreso del gobierno y el estado argentino como actores principales de la vida económica y social de los argentinos.
Podemos estar seguros de que no estamos viviendo en los 40 cuando Argentina podía permitirse una expansión del gasto público gracias a un enorme superávit de oro adquirido por sus ventas de alimentos a los hambrientos europeos a principios de la Segunda Guerra Mundial, ni tampoco puede Argentina esperar un apalancamiento de su redescubrimiento de los "no-alineados" (Los temores de que el país debe estar en guardia contra su incorporación al Acuerdo de Libre Comercio de las Américas son francamente extraños y completamente gratuitos); es un partido al cual Argentina difícilmente será invitada. Más específicamente, a menos que la calidad de la administración pública y la justicia mejore drásticamente, asignar un rol tan central al gobierno en la economía abrirá nuevas oportunidades de corrupción y rentas - y esto en un momento en que el tema que une a los argentinos es la necesidad de poner fin al gobierno deshonesto. El hecho de que Kirchner y su gente hasta ahora han proyectado una imagen de honestidad ha sido un gran factor a su favor. Pero si se cambian a un sistema en el que el gobierno, en lugar del mercado, determina las ganancias de ciertas empresas, pone un impuesto sobre la imaginación de que la corrupción no se convertirá una vez más en el principal factor de la política argentina.
El gran logro de Kirchner - si es que esa es la palabra correcta - es haber producido un cambio de paradigma en Argentina, liberando al país del corset de libre mercado de la ortodoxia económica y desterrando la noción de que el país tiene que arrodillarse a las exigencias del Fondo Monetario Internacional. Hasta ahora los resultados son positivos. Pero para haber hipotecado su futuro a su visión, él debe estar preparado para aceptar consecuencias de más largo plazo.

1- El ex presidente Duhalde recientemente causó sensación al preguntarse en voz alta si en realidad los manifestantes y el gobierno no estaban trabajando con objetivos opuestos y también si era tan buena idea tener protestas estructuradas que interrumpen seriamente el tránsito. La prensa inmediatamente cayó sobre esto como indicación de que las relaciones entre Duhalde y su sucesor podrían estar deteriorándose.

Mark Falcoff es analista residente del American Enterprise Institute.