24.12.03¿SE PUEDE FABRICAR UN DEMÓCRATA?
El propósito es muy sano: enseñar tolerancia, respeto a la ley y a los derechos de las minorías, sujeción a las reglas democráticas y el resto de los comportamientos que se esperan de un verdadero ciudadano.Por Carlos Alberto Montaner
Madrid -- Recuerdo vagamente la tarde en que me explicaron qué era la democracia. Fue en La Habana hace casi medio siglo. Creo que la asignatura se llamaba ''moral y cívica''. Nos dijeron cómo funcionaban los tres poderes del estado, el número de electores que necesitaba un congresista para resultar elegido, la edad mínima del presidente de la república y algún otro dato referente a la carpintería institucional del país. Fuera del recinto escolar, sin embargo, gobernaba el dictador Batista, las garantías constitucionales estaban suspendidas y el parlamento había sido disuelto.
Con los años, muy interesado por la historia y por la pedagogía, averigüé que desde la fundación de la república, en 1902, nunca habían faltado las dos cosas: un práctico libro de formación cívica encaminado a formar buenos ciudadanos demócratas y una realidad política que desmentía la teoría aprendida en las aulas: corrupción, fraudes electorales, violencia institucional, golpes militares y una crónica falta de respeto por la ley que eventualmente desembocó en la monstruosa dictadura de Fidel Castro.
Esta reflexión viene a cuento de algo acaso importante que acaba de suceder en la UNESCO: a instancias del gobierno de Costa Rica, concebido e impulsado por un ilusionado diplomático costarricense, Ricardo Vilchez, se va poner en marcha un proyecto pedagógico de alcance internacional llamado Educar para la democracia. El propósito es muy sano: enseñar tolerancia, respeto a la ley y a los derechos de las minorías, sujeción a las reglas democráticas y el resto de los comportamientos que se esperan de un verdadero ciudadano. Es decir, transmitir valores democráticos, y hacerlo ininterrumpidamente a lo largo de todo el ciclo de enseñanza: desde el parvulario hasta el ingreso a la universidad, porque más que conocimientos, se va a enseñar a vivir libremente de un modo pacífico, civilizado y solidario, y una tarea de esa envergadura requiere muchos años de adiestramiento, meditación y análisis.
La comisión encargada de llevar a cabo el proyecto desarrollará libros de texto, películas y programas educativos de televisión y radio. Ya han diseñado un personaje, ''Democracio'', que será un activo profesor que encarnará las virtudes que se desean promover. Ese material didáctico, con el aval de la UNESCO, se pondrá a prueba en un programa piloto, y desde una oficina situada en Costa Rica se exportará al resto del planeta, junto a un Indice de desarrollo democrático mundial.
La institución no podía estar en un sitio más adecuado. La sociedad costarricense es la más democrática de América Latina, pero, simultáneamente, se trata de un país relativamente pobre del tercer mundo. Si norteamericanos, ingleses u holandeses, desde sus opulentas realidades intentaran promocionar la democracia, siempre serían acusados de imperialistas o ''globalizadores arrogantes''. Los ticos, en cambio, poseen la ventaja comparativa de carecer de intereses económicos generales, y hasta de fuerzas armadas. Si defienden y ''exportan'' valores democráticos es con el ánimo de servir y ser útiles, más o menos como los suizos, en su momento, exportaron la Cruz Roja para salvar heridos en el campo de batalla.
¿Puede tener éxito un empeño de esta naturaleza? Aparentemente, sí. Se sabe que es posible enseñar valores, y existen pedagogos expertos que han creado técnicas de aprendizaje para transmitir principios morales de una manera realmente efectiva. Pero hay varios problemas muy serios: primero, hay que contar con buenos maestros. Es mucho más difícil enseñar a un niño a utilizar responsablemente la libertad que las tablas de multiplicar. Hay que comenzar, pues, por atraer a mejores docentes y reformar el currículo y los métodos de las escuelas de educación, algo muy difícil de lograr en sociedades que, de manera casi suicida, no valoran a sus maestros/as ni les pagan un salario decoroso.
El segundo problema es la disonancia entre la realidad y la teoría, que es por donde comencé este artículo. ¿Qué puede pensar un niño boliviano al que su profesor le explica la virtud de la tolerancia y el respeto por las ideas ajenas, y ve y escucha en televisión las locuras que dice el cocalero Evo Morales, uno de los líderes políticos más importantes del país? ¿Cómo convencemos a un niño paraguayo o nicaragüense, ensordecido por los frecuentes escándalos públicos, de asumir principios abstractos que no se verifican en el panorama que tienen ante sus ojos?
Estas objeciones, no obstante, no niegan la validez del proyecto Educar para la democracia impulsado por Vilchez, sino señalan algunos de los enormes obstáculos que hay que superar. Yo recuerdo, hace unos años, a un buen pedagogo venezolano, el Dr. Luis Alberto Machado, que en 1979 creó en su país el Ministerio de la Inteligencia, dedicado a elevar el cociente intelectual de los estudiantes. El caso es que obtuvo muy buenos resultados que se podían medir en pruebas objetivas, pero el experimento fue abandonado en medio de la burla general de sus compatriotas. Ojalá que esta vez el esfuerzo de los costarricenses tenga mejor destino. Lo merece.
Diciembre 21, 2003
Madrid -- Recuerdo vagamente la tarde en que me explicaron qué era la democracia. Fue en La Habana hace casi medio siglo. Creo que la asignatura se llamaba ''moral y cívica''. Nos dijeron cómo funcionaban los tres poderes del estado, el número de electores que necesitaba un congresista para resultar elegido, la edad mínima del presidente de la república y algún otro dato referente a la carpintería institucional del país. Fuera del recinto escolar, sin embargo, gobernaba el dictador Batista, las garantías constitucionales estaban suspendidas y el parlamento había sido disuelto.
Con los años, muy interesado por la historia y por la pedagogía, averigüé que desde la fundación de la república, en 1902, nunca habían faltado las dos cosas: un práctico libro de formación cívica encaminado a formar buenos ciudadanos demócratas y una realidad política que desmentía la teoría aprendida en las aulas: corrupción, fraudes electorales, violencia institucional, golpes militares y una crónica falta de respeto por la ley que eventualmente desembocó en la monstruosa dictadura de Fidel Castro.
Esta reflexión viene a cuento de algo acaso importante que acaba de suceder en la UNESCO: a instancias del gobierno de Costa Rica, concebido e impulsado por un ilusionado diplomático costarricense, Ricardo Vilchez, se va poner en marcha un proyecto pedagógico de alcance internacional llamado Educar para la democracia. El propósito es muy sano: enseñar tolerancia, respeto a la ley y a los derechos de las minorías, sujeción a las reglas democráticas y el resto de los comportamientos que se esperan de un verdadero ciudadano. Es decir, transmitir valores democráticos, y hacerlo ininterrumpidamente a lo largo de todo el ciclo de enseñanza: desde el parvulario hasta el ingreso a la universidad, porque más que conocimientos, se va a enseñar a vivir libremente de un modo pacífico, civilizado y solidario, y una tarea de esa envergadura requiere muchos años de adiestramiento, meditación y análisis.
La comisión encargada de llevar a cabo el proyecto desarrollará libros de texto, películas y programas educativos de televisión y radio. Ya han diseñado un personaje, ''Democracio'', que será un activo profesor que encarnará las virtudes que se desean promover. Ese material didáctico, con el aval de la UNESCO, se pondrá a prueba en un programa piloto, y desde una oficina situada en Costa Rica se exportará al resto del planeta, junto a un Indice de desarrollo democrático mundial.
La institución no podía estar en un sitio más adecuado. La sociedad costarricense es la más democrática de América Latina, pero, simultáneamente, se trata de un país relativamente pobre del tercer mundo. Si norteamericanos, ingleses u holandeses, desde sus opulentas realidades intentaran promocionar la democracia, siempre serían acusados de imperialistas o ''globalizadores arrogantes''. Los ticos, en cambio, poseen la ventaja comparativa de carecer de intereses económicos generales, y hasta de fuerzas armadas. Si defienden y ''exportan'' valores democráticos es con el ánimo de servir y ser útiles, más o menos como los suizos, en su momento, exportaron la Cruz Roja para salvar heridos en el campo de batalla.
¿Puede tener éxito un empeño de esta naturaleza? Aparentemente, sí. Se sabe que es posible enseñar valores, y existen pedagogos expertos que han creado técnicas de aprendizaje para transmitir principios morales de una manera realmente efectiva. Pero hay varios problemas muy serios: primero, hay que contar con buenos maestros. Es mucho más difícil enseñar a un niño a utilizar responsablemente la libertad que las tablas de multiplicar. Hay que comenzar, pues, por atraer a mejores docentes y reformar el currículo y los métodos de las escuelas de educación, algo muy difícil de lograr en sociedades que, de manera casi suicida, no valoran a sus maestros/as ni les pagan un salario decoroso.
El segundo problema es la disonancia entre la realidad y la teoría, que es por donde comencé este artículo. ¿Qué puede pensar un niño boliviano al que su profesor le explica la virtud de la tolerancia y el respeto por las ideas ajenas, y ve y escucha en televisión las locuras que dice el cocalero Evo Morales, uno de los líderes políticos más importantes del país? ¿Cómo convencemos a un niño paraguayo o nicaragüense, ensordecido por los frecuentes escándalos públicos, de asumir principios abstractos que no se verifican en el panorama que tienen ante sus ojos?
Estas objeciones, no obstante, no niegan la validez del proyecto Educar para la democracia impulsado por Vilchez, sino señalan algunos de los enormes obstáculos que hay que superar. Yo recuerdo, hace unos años, a un buen pedagogo venezolano, el Dr. Luis Alberto Machado, que en 1979 creó en su país el Ministerio de la Inteligencia, dedicado a elevar el cociente intelectual de los estudiantes. El caso es que obtuvo muy buenos resultados que se podían medir en pruebas objetivas, pero el experimento fue abandonado en medio de la burla general de sus compatriotas. Ojalá que esta vez el esfuerzo de los costarricenses tenga mejor destino. Lo merece.
Diciembre 21, 2003
