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25.11.03

ILUSIONES Y DESILUSIONES EN TORNO AL ALCA

El comercio libre y a gran escala, como propone ALCA, es sólo un componente de la prosperidad, pero por sí solo no va a solucionar el pavoroso problema de la pobreza latinoamericana ya que los hindúes, por ejemplo, cuentan con un mercado de mil millones de seres humanos y el país es uno de los más pobres del mundo.
Por Carlos Alberto Montaner

A la batalla en torno al ALCA se le puede aplicar la frase de Borges sobre la guerra de las Malvinas: son dos calvos peleando por un peine. Los globofóbicos piensan que Estados Unidos y Canadá encadenarán cruelmente a los latinoamericanos por medio de un acuerdo comercial leonino. Los globofílicos --por lo menos los más ingenuos-- creen que un mercado gigantesco de ochocientos millones de potenciales consumidores va a contribuir sustancialmente a la prosperidad de los pueblos situados al sur del Río Grande.
La verdad es que Estados Unidos y Canadá no han necesitado este tipo de pacto para estar a la cabeza del planeta. Lo que los ha colocado en esa posición es la originalidad de sus investigaciones, la calidad de sus productos, los precios competitivos y los sistemas de comercialización y financiación. Nadie en el mundo compra computadoras, medicinas o aviones norteamericanos forzado por las bayonetas de los marines. A nadie le ponen una pistola en la sien para obligarlo a ver una comedia de Disney o a tragarse una hamburguesa en Burger King. Desde adquirir un Boeing de 300 pasajeros hasta comprar una docena de pastillas del último antibiótico, son transacciones que los consumidores realizan por su propio beneficio y no para aumentar el poderío de Estados Unidos.
El comercio libre y a gran escala, como propone ALCA, es sólo un componente de la prosperidad, pero por sí solo no va a solucionar el pavoroso problema de la pobreza latinoamericana, aunque probablemente y a una escala modesta contribuya a aliviarlo. Los hindúes, por ejemplo, cuentan con un mercado de mil millones de seres humanos y el país es uno de los más pobres del mundo. En el otro extremo de la balanza, Suiza, con algo más de siete millones de habitantes, que no está integrada en la Unión Europea, y hasta el año pasado ni siquiera pertenecía a la ONU, es una de las naciones más ricas del globo, exporta cien mil millones de dólares al año e importa más o menos una cantidad parecida.
El comercio internacional, que es de lo que trata el ALCA, es sólo un factor de los muchos que explican por qué unos países son ricos y otros son pobres. Hay que tener en cuenta la estabilidad del estado de derecho, con tribunales que garantizan el cumplimiento de los contratos y la protección de la propiedad. Son fundamentales la solidez de la moneda con que se cuenta, la seriedad y la solvencia de las instituciones financieras, el profesionalismo del aparato de mercadeo y comercialización, la precisión de las normas de contabilidad, el capital económico y humano disponible, y el grado de libertad con que se realizan las transacciones. No puede prescindirse de buenos medios de comunicación y transporte, de rigurosos centros de investigación y producción, y de una densa red de vasos comunicantes con el mundo desarrollado capaz de transferir rápidamente conocimientos y recursos económicos y tecnológicos.
A todo ello, además, hay que añadir la existencia de un estado razonablemente eficiente, dotado de políticas públicas sensatas, así como de la existencia de los valores y la cosmovisión adecuados a la creación de riquezas. Cualquier persona mínimamente perspicaz puede advertir que una sociedad, digamos, como la egipcia, tiene una percepción diferente sobre la búsqueda del progreso o el confort que la que pueden sostener los daneses, y, en consecuencia, las actitudes que desarrollará la conducirán en una dirección distinta. Digámoslo con una pregunta políticamente incorrecta: ¿es predecible que una empresa como Microsoft surja en el Tíbet?
Precisamente, una de las valiosas ventajas de ALCA, más allá de la intensificación de los intercambios comerciales, es la de ser un gran sistema de adiestramiento por la presencia de Estados Unidos y Canadá. Este fenómeno lo han experimentado las grandes empresas españolas, chilenas o mexicanas, por citar tres países que optaron decisivamente por la globalización. Para comercializar buenos vinos chilenos en Estados Unidos, o para que la banca o las empresas españolas o mexicanas de comunicación compitan y triunfen fuera de sus fronteras, tienen que producir bienes o suministrar servicios con la calidad y los precios de norteamericanos, canadienses y europeos.
Es ahí, en la buena oferta con gran valor agregado, donde radica la posibilidad de crear riqueza y lograr un descenso de los índices de pobreza, y esa transformación no está vedada para ninguna sociedad dispuesta a dar el salto hacia la prosperidad. La historia de Japón, Taiwan, China, Singapur, Corea del Sur, Irlanda, España o Chile --si persiste en ese camino-- no es la historia de sociedades que se enriquecieron solamente porque ampliaron los límites geográficos en que realizaban sus negocios, sino porque mejoraron tremendamente las cosas y servicios que ofertaban y luego salieron por el mundo a vender sus productos. El ALCA no es el gran pastel. Es sólo la guinda.