12.11.03MODO DE PRODUCIR, MODO DE CONSUMIR Y MODO DE EMPOBRECER
Los enemigos de la libertad económica, casi siempre provenientes del tercer mundo, no quieren imitar los patrones de comportamiento cívico o los modos de producción de las sociedades del primero, sino sólo sus patrones de consumo.Por Carlos Alberto Montaner
La ciudad de Miami se prepara para la batalla del ALCA. Esperan a unos cuantos miles de manifestantes airados que rechazarán a gritos y pedradas la integración comercial de América. ¿Por qué se oponen al ALCA? El argumento más manoseado por los globofóbicos es la asimetría: no puede haber relaciones económicas justas entre países muy ricos y países muy pobres. Antes de pactar las zonas de libre comercio las naciones poderosas deben corregir esas hirientes diferencias.
Menuda confusión. En general, cuando los enemigos de la libertad económica demandan equidad y exigen transferencias de rentas de los países más ricos para lograr un mundo más justo, lo que están comparando son patrones de consumo. Ven que sus vecinos ricos tienen viviendas confortables, automóviles, múltiples electrodomésticos, sanidad, educación, comunicaciones, abundante alimentación y vestido, mientras la realidad material de ellos es sórdida y carente de esperanzas. Y es cierto: en el planeta hay veinte naciones prósperas a las que decenas de millones de personas quisieran emigrar, mientras hay otras veinte que son terriblemente miserables y de las que casi todo el mundo desea escapar. Pero lo que los enemigos de la libertad económica no suelen entender es que las diferencias entre las pautas de consumo son una consecuencia de las pautas de producción y de los modos de organizar la convivencia y no el resultado de oscuras conspiraciones o del saqueo imperialista.
En las veinte naciones más desarrolladas existe la propiedad privada, se respeta el estado de derecho, hay menores índices de corrupción, se ha realizado durante mucho tiempo un gran esfuerzo en materia educativa y la sociedad civil es el gran protagonista en el terreno económico. En todas ellas el estado se administra con cierta sensatez, el poder judicial funciona razonablemente, las instituciones son sólidas y los empresarios pueden hacer planes a largo plazo. En todas ellas se ahorra, se invierte, se investiga, y se compite tenazmente por conquistar cuotas de mercado en un tenso proceso productivo que poco a poco va enriqueciendo al conjunto de la sociedad.
Por otra parte, en todas ellas existe una cultura empresarial más o menos homogénea que permite que un empresario sueco utilice capital alemán para desarrollar una cadena de tiendas en Estados Unidos, que Honda y Toyota envíen a sus ejecutivos japoneses para crear fábricas en Irlanda o en Grecia, o que los expertos de Disney instalen un parque de atracciones en la vecindad de París. En síntesis, el primer mundo es un gran espacio económico, con reglas de juego claras y uniformes, en el que los modos de producción y administración son parecidos, intercambiables, y todos se benefician de las interacciones con todos, aunque la renta per cápita de Luxemburgo duplique a la de Grecia o triplique a la surcoreana.
Pero los enemigos de la libertad económica, casi siempre provenientes del tercer mundo, no quieren imitar los patrones de comportamiento cívico o los modos de producción de las sociedades del primero, sino sólo sus patrones de consumo. Y todavía quieren algo más curioso: que el primer mundo subsidie su terca ineficiencia para poder persistir en el error a costa de la permanente transferencia de rentas desde los bolsillos de los trabajadores de las naciones del primer mundo a las arcas de gobiernos corruptos e ineptos empeñados en no cambiar sus formas de crear riqueza o de gestionar el estado.
Pero hay más. Si se acepta la ''injusticia'' o inequidad que se deriva de la desigualdad en los niveles de desarrollo entre países, y la obligación moral que tienen los más poderosos de dar ventajas en sus relaciones comerciales a los más pobres, habría que pensar en alguna fórmula internacional compensatoria que afectara a todos por igual. Es cierto, por ejemplo, que los estadounidenses tienen cuatro veces la renta per cápita de la que poseen los mexicanos. Pero, a su vez, los mexicanos tienen cuatro veces la renta per cápita de los hondureños o nicaragüenses. ¿Estarían dispuestos los mexicanos a transferir parte de sus riquezas a los vecinos centroamericanos para construir una zona comercial más equitativa? ¿Lo harían los dominicanos con relación a Haití, los chilenos con respecto a Perú y Bolivia, los argentinos en sus transacciones con Paraguay?
Es bueno advertir que la llamada asimetría forma parte natural de la historia del desarrollo, y está presente en todas partes, incluso, dentro de las mismas naciones. Massachusetts, por ejemplo, tiene el doble de renta per cápita que Mississippi. Lo mismo sucede con Buenos Aires con relación a la Rioja, Madrid cuando se contrasta con Extremadura, Ciudad México si se compara con Chiapas o el gran Sao Paulo enfrentado al miserable Nordeste de Brasil. ¿Tendría algún sentido establecer formas distintas de comerciar entre estas regiones sólo porque unas son más pobres que las otras? ¿No se estaría con ello penalizando la enérgica creatividad de ciertos polos de desarrollo? Pero lo terrible de todas estas insensateces propagadas por los globofóbicos es que, en la medida en que tienen éxito, hunden progresivamente a los pueblos en la miseria. Las ideas, como tantas veces se ha dicho, tienen consecuencias. Y las que provocan las malas ideas son nefastas y difícilmente corregibles.
La ciudad de Miami se prepara para la batalla del ALCA. Esperan a unos cuantos miles de manifestantes airados que rechazarán a gritos y pedradas la integración comercial de América. ¿Por qué se oponen al ALCA? El argumento más manoseado por los globofóbicos es la asimetría: no puede haber relaciones económicas justas entre países muy ricos y países muy pobres. Antes de pactar las zonas de libre comercio las naciones poderosas deben corregir esas hirientes diferencias.
Menuda confusión. En general, cuando los enemigos de la libertad económica demandan equidad y exigen transferencias de rentas de los países más ricos para lograr un mundo más justo, lo que están comparando son patrones de consumo. Ven que sus vecinos ricos tienen viviendas confortables, automóviles, múltiples electrodomésticos, sanidad, educación, comunicaciones, abundante alimentación y vestido, mientras la realidad material de ellos es sórdida y carente de esperanzas. Y es cierto: en el planeta hay veinte naciones prósperas a las que decenas de millones de personas quisieran emigrar, mientras hay otras veinte que son terriblemente miserables y de las que casi todo el mundo desea escapar. Pero lo que los enemigos de la libertad económica no suelen entender es que las diferencias entre las pautas de consumo son una consecuencia de las pautas de producción y de los modos de organizar la convivencia y no el resultado de oscuras conspiraciones o del saqueo imperialista.
En las veinte naciones más desarrolladas existe la propiedad privada, se respeta el estado de derecho, hay menores índices de corrupción, se ha realizado durante mucho tiempo un gran esfuerzo en materia educativa y la sociedad civil es el gran protagonista en el terreno económico. En todas ellas el estado se administra con cierta sensatez, el poder judicial funciona razonablemente, las instituciones son sólidas y los empresarios pueden hacer planes a largo plazo. En todas ellas se ahorra, se invierte, se investiga, y se compite tenazmente por conquistar cuotas de mercado en un tenso proceso productivo que poco a poco va enriqueciendo al conjunto de la sociedad.
Por otra parte, en todas ellas existe una cultura empresarial más o menos homogénea que permite que un empresario sueco utilice capital alemán para desarrollar una cadena de tiendas en Estados Unidos, que Honda y Toyota envíen a sus ejecutivos japoneses para crear fábricas en Irlanda o en Grecia, o que los expertos de Disney instalen un parque de atracciones en la vecindad de París. En síntesis, el primer mundo es un gran espacio económico, con reglas de juego claras y uniformes, en el que los modos de producción y administración son parecidos, intercambiables, y todos se benefician de las interacciones con todos, aunque la renta per cápita de Luxemburgo duplique a la de Grecia o triplique a la surcoreana.
Pero los enemigos de la libertad económica, casi siempre provenientes del tercer mundo, no quieren imitar los patrones de comportamiento cívico o los modos de producción de las sociedades del primero, sino sólo sus patrones de consumo. Y todavía quieren algo más curioso: que el primer mundo subsidie su terca ineficiencia para poder persistir en el error a costa de la permanente transferencia de rentas desde los bolsillos de los trabajadores de las naciones del primer mundo a las arcas de gobiernos corruptos e ineptos empeñados en no cambiar sus formas de crear riqueza o de gestionar el estado.
Pero hay más. Si se acepta la ''injusticia'' o inequidad que se deriva de la desigualdad en los niveles de desarrollo entre países, y la obligación moral que tienen los más poderosos de dar ventajas en sus relaciones comerciales a los más pobres, habría que pensar en alguna fórmula internacional compensatoria que afectara a todos por igual. Es cierto, por ejemplo, que los estadounidenses tienen cuatro veces la renta per cápita de la que poseen los mexicanos. Pero, a su vez, los mexicanos tienen cuatro veces la renta per cápita de los hondureños o nicaragüenses. ¿Estarían dispuestos los mexicanos a transferir parte de sus riquezas a los vecinos centroamericanos para construir una zona comercial más equitativa? ¿Lo harían los dominicanos con relación a Haití, los chilenos con respecto a Perú y Bolivia, los argentinos en sus transacciones con Paraguay?
Es bueno advertir que la llamada asimetría forma parte natural de la historia del desarrollo, y está presente en todas partes, incluso, dentro de las mismas naciones. Massachusetts, por ejemplo, tiene el doble de renta per cápita que Mississippi. Lo mismo sucede con Buenos Aires con relación a la Rioja, Madrid cuando se contrasta con Extremadura, Ciudad México si se compara con Chiapas o el gran Sao Paulo enfrentado al miserable Nordeste de Brasil. ¿Tendría algún sentido establecer formas distintas de comerciar entre estas regiones sólo porque unas son más pobres que las otras? ¿No se estaría con ello penalizando la enérgica creatividad de ciertos polos de desarrollo? Pero lo terrible de todas estas insensateces propagadas por los globofóbicos es que, en la medida en que tienen éxito, hunden progresivamente a los pueblos en la miseria. Las ideas, como tantas veces se ha dicho, tienen consecuencias. Y las que provocan las malas ideas son nefastas y difícilmente corregibles.
