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03.11.03

BOLIVIA Y LOS PELIGROSOS EQUILIBRIOS RACIALES

El nuevo presidente de Bolivia, Carlos Mesa quien propuso que su sucesor sea un indígena, tiene buenas razones para estar asustado. Poco antes de hacer estas declaraciones, un dirigente indígena radical, Felipe Quispe, líder de la Confederación Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia, había advertido públicamente que el nuevo presidente tenía 90 días para mostrar resultados o también sería expulsado a ''chicotazos'' de la casa de gobierno.
Por Carlos Alberto Montaner

El nuevo presidente de Bolivia, Carlos Mesa, ha propuesto que su sucesor sea un indígena. Noble idea. Como principio, ninguna persona sensible puede oponerse a que haya un presidente indígena, negro o de cualquier raza. Al fin y al cabo, uno de los mayores estadistas de América Latina fue el indígena zapoteca mexicano Benito Juárez. No obstante, Juárez no llegó a la presidencia --dos veces-- en la segunda mitad del siglo XIX por su condición de indio, sino por su inteligencia, su cabeza jurídica, su habilidad política y su defensa enérgica de las ideas republicanas liberales.
Pero hay matices. La frase de Mesa, aparecida en una entrevista divulgada por la agencia española EFE, dice lo siguiente: ''Si estamos en la idea de que éste [Bolivia] es un país diverso y que la unidad en la diversidad es posible, deberíamos tener un presidente indígena con un gabinete de kjaras [blancos en aymará] o mestizos''. Mesa --un demócrata de centroizquierda seguramente bien intencionado-- probablemente estaba intentando hacer justicia y, de paso, con cierto nerviosismo, evitar un conflicto étnico en el país.
Mesa tiene buenas razones para estar asustado. Poco antes de hacer estas declaraciones, un dirigente indígena radical, Felipe Quispe, líder de la Confederación Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia, había advertido públicamente que el nuevo presidente tenía 90 días para mostrar resultados o también sería expulsado a ''chicotazos'' de la casa de gobierno, como le sucediera a su antecesor Gonzalo Sánchez de Lozada. El derrocamiento de Sánchez de Lozada no le ha calmado el apetito de poder a los indígenas: lo ha exacerbado. Los más ''duros'' han aprendido que bastan un par de semanas de desórdenes civiles y varias docenas de muertos para poner en crisis al gobierno y en fuga a su presidente. Por eso amenazan con nuevos disturbios.
Sin embargo, ese sistema de cuotas étnicas sugerido por Mesa tal vez agrave el problema en lugar de aliviarlo. En el Líbano, por ejemplo, la división de la autoridad entre cristianos y musulmanes eventualmente condujo a la guerra civil. En Yugoslavia tampoco hubo maneras de congeniar pueblos, lenguas y religiones distintas asignando parcelas de poder. Al final la región acabó en un estallido de odio y sangre que tardará varias generaciones en ser olvidado.
En Bolivia el panorama es potencialmente más sombrío. No se trata de que los indígenas radicales --hay otros, por supuesto-- quieran llegar al poder para hacer cumplir las leyes y gobernar eficientemente en beneficio de todos los bolivianos, sino que pretenden ocupar la presidencia para demoler el sistema político democrático y el modelo económico basado en el mercado y la existencia de propiedad privada. El héroe legendario y la referencia histórica es Tupac Amaru, el líder de las revueltas coloniales contra España que reivindicaba el regreso a un mítico y feliz incanato liquidado por los conquistadores.
Felipe Quispe lo expresó con toda franqueza en una entrevista a Natalia Vinelli recogida en Resumen: ''Queremos autogobernarnos, queremos reconstruir el qullasuyu, la sociedad comunitaria de los ayllus''. ¿Qué es eso? Es el sistema comunista primitivo basado en el trueque, sin vestigios de libertad, anterior a la conquista española, del que ni siquiera se salvarían los empresarios indígenas --que los hay-- porque, afirma Quispe: ``Se ve que hay unos cuantos [empresarios indígenas], que tendrán sus casas... Entonces tendríamos que eliminarlos, porque no podemos admitir que haya desigualdad mientras nuestros hermanos están en ojotas [sandalias], mal vestidos ... No, eso no. Tiene que ser un movimiento esencialmente de pobres''.
Naturalmente, no todos los movimientos indígenas bolivianos aspiran a crear una sociedad comunista primitiva basada en la reconstrucción del mundo precolombino, como la que trata de imponer Felipe Quispe. También los hay, como el Movimiento al Socialismo de Evo Morales, que se proponen construir una sociedad comunista moderna al estilo cubano, colocada bajo la advocación de Lenin e inspirada por las supersticiones propagadas por Marx. Los dos comunismos, eso sí, se unen en un punto intensamente rencoroso: un odio invencible a Occidente, con el acento puesto en España, que los colonizó, y en Estados Unidos que, supuestamente, no deja de saquearlos.
Estas delirantes propuestas, claro, no invalidan el dato de la marginación de los indígenas en Bolivia. ¿Qué puede hacerse? Lo más prudente parece ser renunciar a la peligrosa tentación de establecer cuotas de poder basadas en factores étnicos, y, en su lugar, abrir cauces y tender puentes educativos para que los indígenas, libremente y por su propia conveniencia, transiten hacia las instituciones democráticas y la mentalidad social republicana de filiación cultural europea. La paz, el desarrollo y una esperanza de equidad a largo plazo están en la asimilación voluntaria de los valores y de la cosmovisión de la cultura occidental, y no en su erradicación. La solución del conflicto está en Benito Juárez, no en Tupac Amaru.

Noviembre 2, 2003