LIDERAZGO A PRUEBA
Tras su protagonismo en la reunión de la OMC en Cancún, es un hecho que Brasil ha tomado el liderazgo político en América Latina. Era una antigua vocación que esta vez ha encontrado las condiciones propicias para hacerse realidad.Por Revista América Economía (Chile)
Editorial revista América Economía
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Tras su protagonismo en la reunión de la OMC en Cancún, es un hecho que Brasil ha tomado el liderazgo político en América Latina. Era una antigua vocación que esta vez ha encontrado las condiciones propicias para hacerse realidad.
Por una parte está la imagen de Luiz Inácio Lula da Silva, un personaje legendario de la política latinoamericana, que ha demostrado un sorprendente pragmatismo en sus pocos meses de gestión. Su surgimiento coincide con un importante vacío de liderazgo regional. El presidente mexicano, Vicente Fox, que fue la esperanza reformista regional, acaba en la práctica como un líder deslavado. El argentino Néstor Kirchner lleva muy poco tiempo en el poder y la calamitosa situación de su país no le permite ni soñar con el liderazgo; y aunque al presidente chileno Ricardo Lagos le sobran carisma y capacidad para ser líder, el bajo peso específico de Chile en el continente le resta incidencia en las grandes discusiones.
Por otra parte, Brasil, además de ser una de las 15 mayores economías del mundo, se ha convertido en la principal potencia agrícola de la región. Con eso su gobierno está en una posición de privilegio para comandar el debate sobre los nefastos subsidios agrícolas de los países desarrollados.
Lula y su equipo ahora deben demostrar que están a la altura de su liderazgo, especialmente en su comportamiento respecto del Alca. Las primeras señales son relativamente preocupantes. Brasil promueve la negociación en bloque y ha insinuado trasladar la discusión de Cancún sobre subsidios agrícolas a la negociación hemisférica. Esto no tiene nada de malo, a menos que se utilice como condición para celebrar o no un acuerdo.
Una posición firme contra los subsidios es correcta. Pero jugar a la ruleta del "todo o nada" es un precio demasiado alto frente a los beneficios que traerá el libre comercio a las economías latinoamericanas. La lucha por la eliminación de subsidios debe seguir en todos los foros, pues es necesaria más allá de la impresentable posición de los países desarrollados. Pero poner en peligro el Alca por este tema es poco práctico. La posición de Brasil no obligará a los otros países latinoamericanos a abandonar sus planes de negociar tratados de libre comercio con EE.UU., pero sin Brasil, tampoco habrá Alca.
Lula también debe actuar con seriedad política para consolidar su liderazgo regional. En su visita a Cuba, en septiembre, el presidente brasileño se negó a reunirse con dirigentes de la oposición cubana, dando un espaldarazo implícito a la dictadura de Fidel Castro. Hoy, apoyar a Fidel no es símbolo de independencia y antiimperialismo, sino todo lo contrario. Es sinónimo de una visión política trasnochada, pegada al pasado. Castro ha violado sistemáticamente los derechos humanos y un luchador social como Lula no puede caer en su juego, por más amistad y nostálgica simpatía que los una. Las dictaduras son dictaduras, de izquierda o de derecha.
Si los gestos de Lula hacia Fidel y su fuerte posición frente al Alca forman parte de una misma estrategia antiestadounidense, es un mal camino. Hoy se espera de un líder creatividad para hacer que las cosas sucedan, sea el libre comercio o el regreso de la democracia a Cuba. Y no un discurso setentista.
Editorial de la revista América Economía publicado en la edición Nº 264
www.americaeconomia.com
Editorial revista América Economía
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Tras su protagonismo en la reunión de la OMC en Cancún, es un hecho que Brasil ha tomado el liderazgo político en América Latina. Era una antigua vocación que esta vez ha encontrado las condiciones propicias para hacerse realidad.
Por una parte está la imagen de Luiz Inácio Lula da Silva, un personaje legendario de la política latinoamericana, que ha demostrado un sorprendente pragmatismo en sus pocos meses de gestión. Su surgimiento coincide con un importante vacío de liderazgo regional. El presidente mexicano, Vicente Fox, que fue la esperanza reformista regional, acaba en la práctica como un líder deslavado. El argentino Néstor Kirchner lleva muy poco tiempo en el poder y la calamitosa situación de su país no le permite ni soñar con el liderazgo; y aunque al presidente chileno Ricardo Lagos le sobran carisma y capacidad para ser líder, el bajo peso específico de Chile en el continente le resta incidencia en las grandes discusiones.
Por otra parte, Brasil, además de ser una de las 15 mayores economías del mundo, se ha convertido en la principal potencia agrícola de la región. Con eso su gobierno está en una posición de privilegio para comandar el debate sobre los nefastos subsidios agrícolas de los países desarrollados.
Lula y su equipo ahora deben demostrar que están a la altura de su liderazgo, especialmente en su comportamiento respecto del Alca. Las primeras señales son relativamente preocupantes. Brasil promueve la negociación en bloque y ha insinuado trasladar la discusión de Cancún sobre subsidios agrícolas a la negociación hemisférica. Esto no tiene nada de malo, a menos que se utilice como condición para celebrar o no un acuerdo.
Una posición firme contra los subsidios es correcta. Pero jugar a la ruleta del "todo o nada" es un precio demasiado alto frente a los beneficios que traerá el libre comercio a las economías latinoamericanas. La lucha por la eliminación de subsidios debe seguir en todos los foros, pues es necesaria más allá de la impresentable posición de los países desarrollados. Pero poner en peligro el Alca por este tema es poco práctico. La posición de Brasil no obligará a los otros países latinoamericanos a abandonar sus planes de negociar tratados de libre comercio con EE.UU., pero sin Brasil, tampoco habrá Alca.
Lula también debe actuar con seriedad política para consolidar su liderazgo regional. En su visita a Cuba, en septiembre, el presidente brasileño se negó a reunirse con dirigentes de la oposición cubana, dando un espaldarazo implícito a la dictadura de Fidel Castro. Hoy, apoyar a Fidel no es símbolo de independencia y antiimperialismo, sino todo lo contrario. Es sinónimo de una visión política trasnochada, pegada al pasado. Castro ha violado sistemáticamente los derechos humanos y un luchador social como Lula no puede caer en su juego, por más amistad y nostálgica simpatía que los una. Las dictaduras son dictaduras, de izquierda o de derecha.
Si los gestos de Lula hacia Fidel y su fuerte posición frente al Alca forman parte de una misma estrategia antiestadounidense, es un mal camino. Hoy se espera de un líder creatividad para hacer que las cosas sucedan, sea el libre comercio o el regreso de la democracia a Cuba. Y no un discurso setentista.
Editorial de la revista América Economía publicado en la edición Nº 264
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