19.10.03BOLIVIA EN LLAMAS
Cuando Víctor Orduña de la Revista Pulso, hace apenas un año le preguntó a Evo Morales si de verdad creía que Bolivia podía convertirse en una nueva Cuba, la respuesta de Morales fue rápida como un reflejo: "Sí, soy de ese pensamiento".Por Carlos Alberto Montaner
Cuando escribo estos papeles el presidente boliviano Gonzalo Sánchez de Lozada ya no pende de un hilo. Hubiera sido milagroso que consiguiera mantenerse en el poder. Intentó, con gran sentido común, explotar y exportar los yacimientos de gas rumbo a México y a Estados Unidos, y lo pusieron en crisis los desórdenes populares convocados por Evo Morales, un indígena antisistema, de origen aymará e ideología comunista-indigenista, cruce entre Fidel Castro y Túpac Amaru. Cuando Víctor Orduña de la Revista Pulso, hace apenas un año le preguntó si de verdad creía que Bolivia podía convertirse en una nueva Cuba, la respuesta de Morales fue rápida como un reflejo: ``Sí, soy de ese pensamiento''.
Evo Morales, en efecto, es de ese pensamiento. Sueña con convertir a Bolivia en una nueva Cuba. Hombre más dotado para la acción que para la reflexión, no se enteró del descrédito de las ideas marxistas, pulverizadas tras el monumental fracaso y hundimiento de los estados comunistas en Occidente. Morales cree en las virtudes de la economía estatal centralizada, odia el capitalismo y a las naciones desarrolladas del primer mundo, encabezadas por los malvados Estados Unidos. Vive persuadido de que la pobreza extrema que afecta a más de la mitad de sus compatriotas sólo puede aliviarse cuando los indígenas asuman la dirección política y económica del país y desde la cúspide del poder despojen a ''los ricos'' de sus bienes y aumenten sustancialmente el gasto social en salud y educación. Supone, además, que la vara mágica para financiar todos esos planes está en el cultivo, comercialización y exportación de la hoja de coca.
No hay duda de que estamos ante un líder que pone la carne de gallina. No existe sobre el planeta una criatura más peligrosa que un ignorante con convicciones, diagnósticos, recetarios y una visión ''holística'' de la humanidad. Esa es la historia de Hitler, de Chávez, de Castro o ahora de Evo Morales. No obstante, el gran peligro que se cierne sobre Bolivia no es Evo Morales, sino el que proviene del resto de los factores políticos del país. Las simpatías que Morales despierta alcanzan un techo máximo del veinticinco por ciento del apoyo popular. El setenta y cinco restante sabe que la aventura de Morales llevaría a Bolivia al abismo. Pero una buena parte de esa gran mayoría se encuentra fragmentada en diversas tendencias que creen poder nadar en el río revuelto que amenaza a la administración de Sánchez de Lozada. Son varios los líderes que se frotaban las manos y pensaban que la renuncia de Goni, como le llaman popularmente al ahora ex presidente, los catapultaría a ellos a la casa de gobierno.
En un país crónicamente inestable, como es Bolivia, con casi doscientos golpes de estado a sus espaldas, eso es abrir la caja de Pandora. Y sería muy útil que los políticos bolivianos estudiasen con cierto cuidado la historia reciente de Venezuela. En diciembre de 1993 la clase política venezolana, oportunistamente alentada por un clima de motines callejeros y dos populares intentos de derrocar al gobierno por la fuerza, consiguió separar de su cargo al presidente Carlos Andrés Pérez, recurriendo para ello a unas poco fundadas acusaciones de corrupción usadas como coartada para desalojarlo del poder y someterlo a arresto domiciliario. ¿Resultado de esa traviesa jugada política? Se debilitó toda la estructura institucional del país. El sistema democrático comenzó a hundirse precipitadamente. Poco después el presidente Rafael Caldera, una vez reelegido, terminó de rematar la faena destruyendo su propio partido y rehabilitando al teniente coronel Hugo Chávez, un golpista con casi 400 muertos en su conciencia.
La situación social de Bolivia es mucho más peligrosa que la venezolana. El país padece una gravísima fractura racial que puede derivar en un conflicto étnico semejante al de los Balcanes. El obrerismo organizado suscribe y practica violentamente la lucha de clases. Abundan los trotskistas, supervivientes de una delirante mutación marxista casi extinguida en el resto del planeta. Incluso, en el sector democrático, es frecuente escuchar el viejo discurso revolucionario de los años cincuenta del siglo XX, cuando el MNR predicaba el estatismo, la reforma agraria, el antiimperialismo y el nacionalismo económico para lograr la modernización de Bolivia, olvidando la lección del segundo Víctor Paz Estenssoro, quien regresó al poder a mediados de los ochenta, cargado de años y de experiencia, dispuesto a deshacer brillantemente muchos de los problemas que él mismo contribuyera a crear en las tres décadas anteriores.
Pero todavía hay algo aún más espeluznante en el panorama: el mal boliviano es contagioso. Si ese polvorín estalla, Ecuador y Perú también sufrirán las consecuencias. Esta crónica comenzó por advertir que Sánchez de Lozada ya no cuelga de un hilo. El asunto es más grave: en toda esa región del mundo la democracia se balancea suspendida por una hebra muy fina. Casi imperceptible.
Octubre 19, 2003
Cuando escribo estos papeles el presidente boliviano Gonzalo Sánchez de Lozada ya no pende de un hilo. Hubiera sido milagroso que consiguiera mantenerse en el poder. Intentó, con gran sentido común, explotar y exportar los yacimientos de gas rumbo a México y a Estados Unidos, y lo pusieron en crisis los desórdenes populares convocados por Evo Morales, un indígena antisistema, de origen aymará e ideología comunista-indigenista, cruce entre Fidel Castro y Túpac Amaru. Cuando Víctor Orduña de la Revista Pulso, hace apenas un año le preguntó si de verdad creía que Bolivia podía convertirse en una nueva Cuba, la respuesta de Morales fue rápida como un reflejo: ``Sí, soy de ese pensamiento''.
Evo Morales, en efecto, es de ese pensamiento. Sueña con convertir a Bolivia en una nueva Cuba. Hombre más dotado para la acción que para la reflexión, no se enteró del descrédito de las ideas marxistas, pulverizadas tras el monumental fracaso y hundimiento de los estados comunistas en Occidente. Morales cree en las virtudes de la economía estatal centralizada, odia el capitalismo y a las naciones desarrolladas del primer mundo, encabezadas por los malvados Estados Unidos. Vive persuadido de que la pobreza extrema que afecta a más de la mitad de sus compatriotas sólo puede aliviarse cuando los indígenas asuman la dirección política y económica del país y desde la cúspide del poder despojen a ''los ricos'' de sus bienes y aumenten sustancialmente el gasto social en salud y educación. Supone, además, que la vara mágica para financiar todos esos planes está en el cultivo, comercialización y exportación de la hoja de coca.
No hay duda de que estamos ante un líder que pone la carne de gallina. No existe sobre el planeta una criatura más peligrosa que un ignorante con convicciones, diagnósticos, recetarios y una visión ''holística'' de la humanidad. Esa es la historia de Hitler, de Chávez, de Castro o ahora de Evo Morales. No obstante, el gran peligro que se cierne sobre Bolivia no es Evo Morales, sino el que proviene del resto de los factores políticos del país. Las simpatías que Morales despierta alcanzan un techo máximo del veinticinco por ciento del apoyo popular. El setenta y cinco restante sabe que la aventura de Morales llevaría a Bolivia al abismo. Pero una buena parte de esa gran mayoría se encuentra fragmentada en diversas tendencias que creen poder nadar en el río revuelto que amenaza a la administración de Sánchez de Lozada. Son varios los líderes que se frotaban las manos y pensaban que la renuncia de Goni, como le llaman popularmente al ahora ex presidente, los catapultaría a ellos a la casa de gobierno.
En un país crónicamente inestable, como es Bolivia, con casi doscientos golpes de estado a sus espaldas, eso es abrir la caja de Pandora. Y sería muy útil que los políticos bolivianos estudiasen con cierto cuidado la historia reciente de Venezuela. En diciembre de 1993 la clase política venezolana, oportunistamente alentada por un clima de motines callejeros y dos populares intentos de derrocar al gobierno por la fuerza, consiguió separar de su cargo al presidente Carlos Andrés Pérez, recurriendo para ello a unas poco fundadas acusaciones de corrupción usadas como coartada para desalojarlo del poder y someterlo a arresto domiciliario. ¿Resultado de esa traviesa jugada política? Se debilitó toda la estructura institucional del país. El sistema democrático comenzó a hundirse precipitadamente. Poco después el presidente Rafael Caldera, una vez reelegido, terminó de rematar la faena destruyendo su propio partido y rehabilitando al teniente coronel Hugo Chávez, un golpista con casi 400 muertos en su conciencia.
La situación social de Bolivia es mucho más peligrosa que la venezolana. El país padece una gravísima fractura racial que puede derivar en un conflicto étnico semejante al de los Balcanes. El obrerismo organizado suscribe y practica violentamente la lucha de clases. Abundan los trotskistas, supervivientes de una delirante mutación marxista casi extinguida en el resto del planeta. Incluso, en el sector democrático, es frecuente escuchar el viejo discurso revolucionario de los años cincuenta del siglo XX, cuando el MNR predicaba el estatismo, la reforma agraria, el antiimperialismo y el nacionalismo económico para lograr la modernización de Bolivia, olvidando la lección del segundo Víctor Paz Estenssoro, quien regresó al poder a mediados de los ochenta, cargado de años y de experiencia, dispuesto a deshacer brillantemente muchos de los problemas que él mismo contribuyera a crear en las tres décadas anteriores.
Pero todavía hay algo aún más espeluznante en el panorama: el mal boliviano es contagioso. Si ese polvorín estalla, Ecuador y Perú también sufrirán las consecuencias. Esta crónica comenzó por advertir que Sánchez de Lozada ya no cuelga de un hilo. El asunto es más grave: en toda esa región del mundo la democracia se balancea suspendida por una hebra muy fina. Casi imperceptible.
Octubre 19, 2003
