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26.09.03

EL BRASIL DE LULA SUPERA UN GRAN DESAFÍO, PERO SURGEN OTROS

De todas formas, es un gran logro -aún- que un hombre visto como un ícono de la izquierda internacional y del movimiento antiglobalización se haya movilizado con audacia y decisión, y hasta el momento haya tenido éxito en ajustar los privilegios de los sindicatos del sector público en su país.
Por Mark Falcoff

La gran noticia de Brasil es que el presidente Luiz Inácio "Lula" da Silva logró asestar un golpe que había evadido hasta su distinguido y ampliamente admirado predecesor, Fernando Henrique Cardoso: logró forzar una gran reforma en el sistema de pensión a través de la Cámara Baja de la Legislatura Nacional. Es cierto, que el proyecto aún tiene que pasar por el Senado, donde seguramente será modificado, y deberá enfrentar algunos desafíos judiciales de constitucionalidad. De todas formas, es un gran logro -aún- que un hombre visto como un ícono de la izquierda internacional y del movimiento antiglobalización se haya movilizado con audacia y decisión, y hasta el momento haya tenido éxito en ajustar los privilegios de los sindicatos del sector público en su país.
Hasta ahora los funcionarios civiles de Brasil vivieron en un mundo encantador, con la posibilidad de jubilarse con el salario completo a los 55 años. La cantidad de dinero en cuestión no es insignificante; los empleados federales en Brasil reciben un salario cerca de seis veces mayor que el de un empleado normal, aproximadamente la misma diferencia que existe entre la elite administrativa sueca y los empleados fabriles en ese país, con la gran diferencia de que un obrero sueco gana alrededor de U$S 1.430 por mes como opuesto  a su contraparte brasileño, que gana meramente U$S 80. Tal como lo declaró José Genoíno, presidente del Partido de los Trabajadores, luego de la votación: "Este es el final del privilegio".
Se puede estar seguro que no todos lo ven de esa manera, menos aún los sindicatos del sector público, que hasta ahora habían conformado un núcleo importante en la formación del Partido de los Trabajadores. Durante el debate en la Cámara de Diputados, los palacios legislativos de Brasilia fueron la escena de manifestaciones, incluso violentas. Alrededor de 400.000 empleados gubernamentales de toda la nación realizaron una huelga en protesta. ¿A qué se oponen? A que en el futuro los hombres deberán trabajar hasta los sesenta años para jubilarse (cincuenta para las mujeres); que los empleados públicos retirados tendrán que pagar impuestos sobre sus pensiones, como todos los demás; y sobre todo, de que los funcionarios ya no recibirán opulentos sueldos cada mes. Como le dijo el Presidente a un periodista, "Aún tenemos en Brasil jubilados que reciben 53.000 reales (U$S 18.000) por mes, o 45.000 reales (U$S15.000) o 30.000 reales (U$S10.000)". Bajo las nuevas disposiciones, "lo mayor que se recibirá será igual al salario de un juez de la Corte Suprema, es decir, 17.000 reales (U$S 5.700) por mes".(i)  Si los jubilados quieren más, tendrán que contribuir a un sistema de pensión privado.
Además de reclamar incumplimiento del contrato, los sindicatos de empleados públicos destacan que el cambio llevará a que sus colegas opten por contribuciones adicionales a fondos accionarios, tal como se le permite a los empleados federales de Estados Unidos. Esto, se quejan, beneficiará a los bancos internacionales - lo cual es cierto puesto de esta manera, pero poco relevante, a menos que uno crea (como muchos aparentemente aún lo hacen en Brasil) que el capitalismo es un juego de suma cero. Mientras tanto, la reforma abre la posibilidad de incorporar a cerca de 40 millones de brasileros dentro o cerca de la línea de pobreza al sistema de seguridad social. Quizás aún más importante, reduce el gasto en beneficios públicos en más de 18.000 millones de dólares en los próximos veinte años. Esto tendrá un efecto importante y saludable en el tesoro público brasileño, dado que el año pasado las pensiones le costaron al país un 5 por ciento de su producto bruto doméstico y consumió dos tercios del gasto público. En contraste, la asistencia social a los pobres aumentó a 0,4 por ciento del PBI. También analiza renovar el sistema tributario, reformando el rígido régimen laboral - que, como el de muchos países latinoamericanos, desalienta la creación de empleos - y eliminando la corrupción entre los jueces y la policía. Su manejo del presupuesto brasileño ha sido ortodoxo, obligado por la necesidad de dar certidumbre a la comunidad financiera internacional, que hace tiempo que duda que el país sea capaz de sostener su enorme deuda externa de 286.000 millones de dólares.

Reforma agraria
Una confrontación más explosiva aún está por venir con otro de los duros núcleos constituyentes de Lula - el Movimiento de los Sin Tierra (MST). Fundado en la década de 1980, el MST utiliza la ocupación de tierras consideradas improductivas como táctica de presión para que el gobierno acelere la reforma agraria. Se puede estar seguro de que la determinación de qué es "productivo" muchas veces reside en lo ideológico en lugar de en un censo agrario. Por ejemplo, la tasa de trabajadores por área de tierra es pequeña por naturaleza en los ranchos ganaderos, cosa que para el ojo inexperto puede verse como mal utilizado. O a veces los asentamientos del MST alegaron violaciones al medio ambiente como excusa para la expropiación. El hecho puntual es que, al igual que los vecinos países de Argentina y Uruguay, las tierras más fértiles de Brasil han estado en producción durante mucho tiempo de una u otra forma. Los intentos del gobierno de asentar a los sin tierra en otro lugar del país - donde de hecho hay lotes vacíos que pertenecen al estado y pueden pasarse a los asentados sin controversia - ha sido sumariamente rechazado por los líderes del movimiento.
Durante la carrera eleccionaria de Lula, el MST detuvo las ocupaciones de tierras para no comprometer a su candidato predilecto. Por su parte, la nueva administración, al entrar en funciones, intentó prevenir esas acciones tomando cerca de 600.000 acres de tierra improductiva con la intención anunciada de distribuirla en lotes de 49 acres a alrededor de 60.000 familias. Hasta el momento, sin embargo, apenas 2.500 familias se han asentado , y por lo que queda de su presupuesto anual, aparentemente no alcanzará para más de 7.000 familias en total. En tanto, el número de familias pobres que viven en los 1.300 asentamientos organizados y controlados por el MST en todo el país se ha elevado a 150.000.
De cara a las dudas gubernamentales, tanto los terratenientes como los sin tierra se están preparando para la confrontación. Los líderes del movimiento han incentivado a los miembros a destruir tractores y otra maquinaria y romper cercas. Los gobernadores de dos estados del noreste han anunciado que utilizarán la fuerza para impedir esas acciones. En algunos casos los terratenientes han obtenido fallos judiciales que les ordenan a los ocupas a dejar sus tierras o la detención de líderes del movimiento, pero sólo algunos de estos fallos se llevaron adelante. Como resultado, los granjeros en al menos tres estados, recientemente comenzaron a organizar milicias armadas para proteger sus propiedades. Mientras tanto, el ministro de Justicia Federal, Márcio Thomas Bastos advirtió a ambas partes que podrían ser "duramente castigados" si violan la ley.
Una reunión realizada en junio entre el presidente da Silva y líderes del MST no tranquilizó a los terratenientes acerca de las intenciones definitivas del gobierno. En esa ocasión Lula fue fotografiado con una gorra con el logo del movimiento. Aún así, la reunión no fue un festival del amor. El MST exigió el establecimiento de un millón de familias sin tierra hacia fines del período de da Sila en 2006, así como el asimiento de ranchos por parte del gobierno donde se emplea mano de obra esclava o se producen drogas (o quizás, cabe decirlo, donde alega el MST que existen dichas condiciones). Lula no hizo promesas sino simplemente pidió paciencia.
La agenda del MST se mete en otra prioridad del Presidente da Silva y de Brasil en general, es decir, la necesidad de incrementar los ingresos de las exportaciones de ultramar. Tal como ahora están las cosas, Brasil está segundo detrás de Estados Unidos en la exportación de productos alimenticios. El presidente cree que el aumento en esas exportaciones es la manera más rápida de ganar la necesitada moneda fuerte y atraer inversión extranjera. El movimiento de los sin tierra ve a esto como una conspiración para condenar al hambre a los pobres. Desde su punto de vista, Brasil debería simplemente salir totalmente del negocio agrario.
El MST también difiere, al menos potencialmente, con las aspiraciones de muchos de sus integrantes, a pesar de que en el contexto actual eso puede que no sea inmediatamente visible. Un caso en cuestión es el de un campesino que le dijo a un periodista que su sueño "siempre había sido cultivar una parte de su tierra que pudiera decir que sea propia y que se la puedo dejar a mis hijos." Los líderes del MST desprecian abiertamente esto como una fantasía pequeño burguesa: "queremos la socialización de los medios de producción," le dijo al New York Times uno de ellos (27 de julio).
"Vamos a adaptar las experiencias soviéticas y cubanas a Brasil." Aparentemente el conocimiento de la experiencia de otros países - desde la Rusia Soviética hasta Etiopía, sin olvidar Cuba, que ahora agoniza en el límite de la hambruna - aún tiene que llegar a este lejano sur.
Por su parte, el presidente da Silva dejó en claro que no sería "acarreado" a una reforma agraria que no tenga sentido. Como le dijo a un periodista, "no se puede hacer a la antigua - empujar a los sin tierra a los arbustos y dejarlos a la merced de Dios. Tenemos que darles tierras, infraestructura, rutas, financiamiento, para que puedan producir y construir una comunidad agrícola con escuelas, un médico, un lugar para que los chicos jueguen. Queremos una reforma civilizada y humanitaria."(ii)  Dicho diseño presupone muchos recursos y demasiado tiempo, claramente muy por encima del de la administración actual.
La controversia actual sobre la reforma agraria tiene otras consideraciones más prácticas e inmediatas, como si en la situación actual los agricultores sentirán que vale la pena invertir en semillas, maquinaria, e infraestructura para la próxima cosecha. En una situación bastante similar en la administración de Salvador Allende en Chile (1970-73), la lucha del gobierno con los mercados agrícolas llevó a la violencia en el campo pero también a un crecimiento vigoroso del mercado negro en productos alimentarios y escasez en el mercado formal.
El MST también ha enjambrado algo llamado el Movimiento de los Sin Techo (MTST), que organizó algunas ocupaciones espectaculares de propiedades urbanas, notablemente muchas de las cuales pertenecían a Volkswagen en São Paulo, y a un hotel cerrado en el centro de la ciudad. En el primer caso se necesitaron 500 policías para evacuar la propiedad, en el último, utilizaron gas lacrimógeno para sacar a los cientos de ocupantes. Estos hechos, junto con un crecimiento dramático del delito urbano, están destruyendo la popularidad del gobierno, aunque no (todavía) la del presidente mismo.

Tradicionales Partidarios Descontentos
La frase de la campaña presidencial de Lula fue "Otro Brasil es Posible". "Por supuesto - nos recuerda irónicamente el profesor Ted Goertzel de Rutgers University - muchos otros brasiles son posibles. Y muchos de ellos serían peores que el que tenemos ahora." Por ejemplo, sugiere que Brasil podría sucumbir al tipo de demagogia populista que está destruyendo gradualmente a la vecina Venezuela o caer en default sobre su deuda externa como Argentina. Algunos de los que Goertzel llama "los restos de la izquierda" ven modelos en la Cuba comunista o en Corea del Norte. Sin embargo, concluye, "casi todos quisieran que Brasil fuese como Suecia."(iii)  Claro, ese es el menos probable de todos.
El verdadero mérito del presidente da Silva es haber reconciliado a vastos sectores pobres de Brasil con el sistema democrático con todos sus achaques. Cree - y actúa como si creyera - que un cambio económico y social constructivo es posible a través de la negociación, el consenso, y los procedimientos constitucionales. Todos los que le desean el bien a Brasil no pueden más que aplaudirlo en su empresa. Pero para llegar a donde está ahora, tuvo que perder veinte años acelerando las esperanzas de los distritos electorales cuyos otros líderes no estaban necesariamente comprometidos con ninguna de estas cosas. Brasil bien puede tener una mayoría para sus intenciones. Pero esa base de apoyo no sería necesariamente congruente con las fuerzas que han apoyado a su Partido de los Trabajadores en el pasado. Cuando uno tiene en cuenta el delgado margen crediticio en el que se encuentra Brasil, continuar moviéndose por consenso representa un desafío enorme para él y para su país, uno que tendrá que enfrentar muy pronto.

Mark Falcoff es académico residente del American Enterprise Institute.

i  Entrevista de agosto de 2003 en la radio Radiobras Radio Nacional, a la cual se accedió el 20 de agosto de 2003 en www.brazzil.com/2003/html/news/articles/aug03/p135aug03.htm
ii  Idem.
iii  "¿Lula o Cardoso?  ¿Quién es el presidente de Brasil?" 20 de agosto de 2003, en http://www.brazzil.com/p132apr03.htm