31.08.03UNA BRÚJULA PARA SOCIEDADES SIN RUMBO
En 1930, en medio del auge y el enfrentamiento entre fascistas y comunistas, Ortega y Gasset identificó un grave trastorno social y lo explicó con toda claridad.
En La rebelión de las masas. Las grandes mayorías habían desplazado del poder a las minorías selectas e imponían sus gustos y pasiones.Por Carlos Alberto Montaner
En 1930, en medio del auge y el enfrentamiento entre fascistas y comunistas, Ortega y Gasset identificó un grave trastorno social y lo explicó con toda claridad.
En La rebelión de las masas. Las grandes mayorías habían desplazado del poder a las minorías selectas e imponían sus gustos y pasiones. Se devaluaba cualitativamente la calidad de la vida pública y privada. Ortega, sin embargo, no llamaba a la resistencia: se limitaba a describir melancólicamente el panorama que se erguía ante sus ojos. El libro se tradujo a veinte lenguas y se convirtió en un éxito extraordinario.
En realidad, hay una larga tradición de este tipo de literatura sobre las patologías sociales. La decadencia de Occidente de Oswald Spengler es una buena muestra. Pudieran citarse, en fin, cien libros importantes de pensadores que con gran maestría se acercan a los males de la sociedad, hunden el bisturí y analizan el tejido podrido. Sólo que a esa lista ahora hay que agregar el nombre de un notable sociólogo y ensayista venezolano, Carlos Raúl Hernández, autor, entre otros libros meritorios, de Vértigo comunicacional, cuyo manuscrito he tenido el privilegio de leer poco antes de ser dado a la imprenta, una obra feliz y legítimamente emparentada con La sociedad abierta y sus enemigos de Karl Popper.
¿Por qué recurre el autor a la expresión ''vértigo comunicacional''? Porque la velocidad incontrolada genera en las personas una incómoda sensación de desequilibrio, de inseguridad, de precipitarse en el caos. El vértigo es eso. Y es así, a chorros, vertiginosamente, como cae sobre la gente un verdadero alud informativo: quinientos canales de televisión, mil emisoras de radio, cientos de periódicos y revistas, y, desde hace unos años, su majestad internet, ya con voz, movimiento, textos, más la amable posibilidad que le concede al ''lector'' de participar activamente.
Pero el mal no se deriva de la multiplicidad de medios de comunicación (una verdadera bendición), sino del discurso pesimista y antiliberal que casi siempre prevalece, asusta y confunde a las grandes masas: la modernidad, afirman, nos traerá la ruina. Los capitales internacionales, la tecnología de avanzada, las multinacionales, la famosa globalización, son sólo estrategias de los poderosos para dominar a los más débiles. La libertad, insisten sus enemigos, es la que reclama el zorro para entrar al gallinero. El propósito de ese primer mundo es avasallarnos, destruir nuestra identidad, borrar nuestras naciones-estado en nombre de una falsa aldea global. El vértigo comunicacional provoca, inevitablemente, vértigo cultural.
Lo que hace Carlos Raúl Hernández en este libro, y lo hace espléndidamente, es enfrentarse a la mitología reaccionaria de la izquierda, profundamente antiprogresista, contraria al desarrollo y el bienestar de los pueblos, explicando cómo y por qué ese pensamiento antiguo, antidemocrático, no está basado en una verdadera racionalidad, sino en sofismas, mentiras, y en una falsa lectura de la realidad. La verdad es que jamás la humanidad ha tenido más oportunidades de mejorar su forma de vida que hoy, cuando ciertos pueblos han conjugado las libertades económicas y políticas, sometiéndose voluntariamente al estado de derecho y a las reglas de la democracia. La verdad es que el miedo a la información y el rechazo a las sociedades abiertas e interrelacionadas sólo pueden traer empobrecimiento y tiranía.
No es una casualidad que Hernández haya escrito este libro y sea, al mismo tiempo, venezolano. Venezuela vive el momento más tenso de los últimos cien años y es natural que uno de sus intelectuales de mayor calado sienta la necesidad de contribuir al alivio de esas tensiones. Lo que intenta Carlos Raúl, sin decirlo explícitamente, es demoler la montaña de errores y disparates que sepulta a sus compatriotas. No es un libro escrito para analizar un problema coyuntural. No se trata, en esta obra, de combatir a Hugo Chávez. Eso lo ha hecho el autor en mil artículos periodísticos. Chávez es anecdótico. Lo importante es explicar persuasivamente lo que anda bien o mal en la sociedad, y por qué las cosas suceden de cierto modo. Lo fundamental es desnudar el error e identificar las percepciones absurdas que llevaron al poder a este pintoresco paracaidista.
Tiene razón Carlos Raúl. Hay que ir a la raíz. Muy mal informados sobre los problemas sociales debían estar los venezolanos cuando eligieron reiteradamente y con entusiasmo al coronel Hugo Chávez. Chávez no engañó a nadie. Cuando era candidato decía exactamente las mismas locuras y disparates que luego repitió desde Miraflores mientras conducía a su pueblo hacia la catástrofe. Es muy importante que eso no vuelva a ocurrir.
Supongo que Carlos Raúl avizora el fin cercano de esta triste etapa, pero, sabe, al mismo tiempo, que con la ida de Chávez la confusión no desaparece entre los venezolanos, sino sólo se difumina el rostro de uno de sus protagonistas principales. Supongo, también, que ha escrito este libro a modo de brújula para cuando llegue ese momento. Ojalá le hagan caso. Es bueno recuperar la democracia con este libro debajo del brazo. Es un buen antídoto contra el vértigo. Un antídoto, por cierto, que les sirve a todos los latinoamericanos, porque la enfermedad, desgraciadamente, es endémica.
En 1930, en medio del auge y el enfrentamiento entre fascistas y comunistas, Ortega y Gasset identificó un grave trastorno social y lo explicó con toda claridad.
En La rebelión de las masas. Las grandes mayorías habían desplazado del poder a las minorías selectas e imponían sus gustos y pasiones. Se devaluaba cualitativamente la calidad de la vida pública y privada. Ortega, sin embargo, no llamaba a la resistencia: se limitaba a describir melancólicamente el panorama que se erguía ante sus ojos. El libro se tradujo a veinte lenguas y se convirtió en un éxito extraordinario.
En realidad, hay una larga tradición de este tipo de literatura sobre las patologías sociales. La decadencia de Occidente de Oswald Spengler es una buena muestra. Pudieran citarse, en fin, cien libros importantes de pensadores que con gran maestría se acercan a los males de la sociedad, hunden el bisturí y analizan el tejido podrido. Sólo que a esa lista ahora hay que agregar el nombre de un notable sociólogo y ensayista venezolano, Carlos Raúl Hernández, autor, entre otros libros meritorios, de Vértigo comunicacional, cuyo manuscrito he tenido el privilegio de leer poco antes de ser dado a la imprenta, una obra feliz y legítimamente emparentada con La sociedad abierta y sus enemigos de Karl Popper.
¿Por qué recurre el autor a la expresión ''vértigo comunicacional''? Porque la velocidad incontrolada genera en las personas una incómoda sensación de desequilibrio, de inseguridad, de precipitarse en el caos. El vértigo es eso. Y es así, a chorros, vertiginosamente, como cae sobre la gente un verdadero alud informativo: quinientos canales de televisión, mil emisoras de radio, cientos de periódicos y revistas, y, desde hace unos años, su majestad internet, ya con voz, movimiento, textos, más la amable posibilidad que le concede al ''lector'' de participar activamente.
Pero el mal no se deriva de la multiplicidad de medios de comunicación (una verdadera bendición), sino del discurso pesimista y antiliberal que casi siempre prevalece, asusta y confunde a las grandes masas: la modernidad, afirman, nos traerá la ruina. Los capitales internacionales, la tecnología de avanzada, las multinacionales, la famosa globalización, son sólo estrategias de los poderosos para dominar a los más débiles. La libertad, insisten sus enemigos, es la que reclama el zorro para entrar al gallinero. El propósito de ese primer mundo es avasallarnos, destruir nuestra identidad, borrar nuestras naciones-estado en nombre de una falsa aldea global. El vértigo comunicacional provoca, inevitablemente, vértigo cultural.
Lo que hace Carlos Raúl Hernández en este libro, y lo hace espléndidamente, es enfrentarse a la mitología reaccionaria de la izquierda, profundamente antiprogresista, contraria al desarrollo y el bienestar de los pueblos, explicando cómo y por qué ese pensamiento antiguo, antidemocrático, no está basado en una verdadera racionalidad, sino en sofismas, mentiras, y en una falsa lectura de la realidad. La verdad es que jamás la humanidad ha tenido más oportunidades de mejorar su forma de vida que hoy, cuando ciertos pueblos han conjugado las libertades económicas y políticas, sometiéndose voluntariamente al estado de derecho y a las reglas de la democracia. La verdad es que el miedo a la información y el rechazo a las sociedades abiertas e interrelacionadas sólo pueden traer empobrecimiento y tiranía.
No es una casualidad que Hernández haya escrito este libro y sea, al mismo tiempo, venezolano. Venezuela vive el momento más tenso de los últimos cien años y es natural que uno de sus intelectuales de mayor calado sienta la necesidad de contribuir al alivio de esas tensiones. Lo que intenta Carlos Raúl, sin decirlo explícitamente, es demoler la montaña de errores y disparates que sepulta a sus compatriotas. No es un libro escrito para analizar un problema coyuntural. No se trata, en esta obra, de combatir a Hugo Chávez. Eso lo ha hecho el autor en mil artículos periodísticos. Chávez es anecdótico. Lo importante es explicar persuasivamente lo que anda bien o mal en la sociedad, y por qué las cosas suceden de cierto modo. Lo fundamental es desnudar el error e identificar las percepciones absurdas que llevaron al poder a este pintoresco paracaidista.
Tiene razón Carlos Raúl. Hay que ir a la raíz. Muy mal informados sobre los problemas sociales debían estar los venezolanos cuando eligieron reiteradamente y con entusiasmo al coronel Hugo Chávez. Chávez no engañó a nadie. Cuando era candidato decía exactamente las mismas locuras y disparates que luego repitió desde Miraflores mientras conducía a su pueblo hacia la catástrofe. Es muy importante que eso no vuelva a ocurrir.
Supongo que Carlos Raúl avizora el fin cercano de esta triste etapa, pero, sabe, al mismo tiempo, que con la ida de Chávez la confusión no desaparece entre los venezolanos, sino sólo se difumina el rostro de uno de sus protagonistas principales. Supongo, también, que ha escrito este libro a modo de brújula para cuando llegue ese momento. Ojalá le hagan caso. Es bueno recuperar la democracia con este libro debajo del brazo. Es un buen antídoto contra el vértigo. Un antídoto, por cierto, que les sirve a todos los latinoamericanos, porque la enfermedad, desgraciadamente, es endémica.
