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13.08.03

LA VENTA DE LAS REFORMAS

Se ha generalizado la idea de que las “reformas estructurales” que requiere el país en materia económica se han convertido en un espejismo de mercadología política, un mito genial que corre el riesgo de sobre-estimar el verdadero impacto del cambio estructural. Sí, pero no.
Por Roberto Salinas-León

Se ha generalizado la idea de que las “reformas estructurales” que requiere el país en materia económica se han convertido en un espejismo de mercadología política, un mito genial que corre el riesgo de sobre-estimar el verdadero impacto del cambio estructural. Sí, pero no. Asimismo, se ha criticado que el gobierno mismo, al caer en una sobreventa de las reformas, no tiene claro la misión, el propósito último, de estos cambios.
Una reforma fiscal integral, una reforma en el esquema laboral, la misma reforma en el sector energético, ciertamente no representan varitas mágicas, soluciones al instante que nos impulsen, de un minuto al otro, al mundo desarrollado, a la bonanza sin fin. El mismo gobierno calcula una diferencia de casi tres puntos porcentuales en materia de crecimiento, de una economía sin reformas versus una economía con reformas. Este impacto, de darse, no sería inmediato—se manifiesta en la medida que los cambios estructurales reduzcan los altos costos de transacción que, hoy en día, impiden alcanzar mayores niveles de inversión, y sobre todo, de productividad.
Un error similar ocurrió en la administración salinista, cuando se vendió la idea de que, sin el tratado de libre comercio norteamericano, no habría futuro económico. El TLC, por fin, llegó; pero los mexicanos no se convirtieron en ciudadanos del primer mundo. Sin embargo, a pesar de los reclamos para renegociar el tratado, el beneficio económico en un plazo de diez años ha sido monumental, tanto en los niveles de compraventa, como en los niveles de inversión.
Al final del día, el beneficiario final de los cambios estructurales es el consumidor. La competencia en electricidad permitiría mayor inversión, y menores costos en el largo plazo, pero no se debe perder de vista que los aumentos consecuentes en oferta serían una gran ganancia para el consumidor. Así, también, deben de interpretarse los cambios en los renglones fiscal y laboral.
La llamada sobre-venta de la reforma económica estructural es un arma de doble filo. Por un lado, es cierto que los cambios tardarían en verse, que no dejaremos de ser una economía con grandes pendientes, o libre de deficiencias, de la noche a la mañana. Por otro lado, ahora más que nunca se requiere un sentido de urgencia sobre los cambios en materia fiscal, laboral y energética. No se puede supeditar el cambio posterior al cambio a tiempos políticos, a excusas, o a los factores externos. Los resultados son la mejor forma de ejercer la legitimidad del cambio estructural. En el largo plazo, la política pública debe atacar los problemas estructurales con soluciones estructurales.
En las palabras de una gran reformadora, Ruth Richardson, arquitecta del llamado milagro económico neocelandés, un Estado exitoso debe reconocer sus límites y generar las condiciones necesarias para la creación de riqueza. Las instituciones exitosas, sobre todo, en nuestro contexto, la rama legislativa, deben gobernar la calidad, la forma, con la que se toman las decisiones. La fórmula de Richardson es: el ejecutivo define la agenda; su gabinete, brinda el apoyo necesario; el legislativo, desempeña un papel integral para evitar abusos que favorezcan a intereses especiales, y para garantizar la continuidad del rumbo de la transformación; y los líderes del sector privado, así como los medios, generan los apoyos por vía externa. El éxito de la reforma estructural, literalmente, depende de todos.
Habría que enfatizar que México no ha tenido la combinación de estabilidad de los precios con alto crecimiento en las últimas tres décadas. Esa combinación de estabilidad y crecimiento, en nuestro actual entorno, exige la necesidad de las reformas estructurales—con el reconocimiento que nos son soluciones instantáneas, pero que sí redundarán en un mayor crecimiento. Pero ese crecimiento, de darse en el futuro, será realizado en un clima de estabilidad; y por ende, será una modalidad de crecimiento de mucho mayor calidad, de mayor impacto en los boldillos, que los crecimientos registrados en tiempos de volatilidad o inestabilidad financiera.
Habría que dar suma importancia a las palabras de Ruth Richardson en la materia: un régimen democrático implica no un Estado obeso, pero sí un Estado fuerte, que tenga la oportunidad de ejercer sus funciones básicas y abandonar la tradición de repartir privilegios (sindicales, empresariales, fiscales). El reto de la reforma estructural es, precisamente, la de distribuir oportunidades, posibilidades de crecimiento.

Originalmente publicado en Todito Económico (Méjico). www.toditoeconomico.com