¿QUÉ SALIDA PARA VENEZUELA?
Llegar a Caracas, hoy en día, es encontrarse de pronto en medio de un incansable carnaval de oposición. Todo el mundo le habla a uno de Chávez. Mal, desde luego. Por Plinio Apuleyo Mendoza
Llegar a Caracas, hoy en día, es encontrarse de pronto en medio de un incansable carnaval de oposición. Todo el mundo le habla a uno de Chávez. Mal, desde luego.
Los buhoneros hacen su agosto vendiéndoles a los opositores banderitas y gorros tricolores, cacerolas y silbatos o calcomanías con el letrero ''Chávez renuncia ya''. Día tras día miles de automovilistas, también con ondeantes banderas, acompañan con sus bocinas el mismo estribillo. Más que explosivo, el ambiente parece de fiesta. Pero es sólo una impresión superficial, porque lo que hay en el fondo es un país en peligroso estado de ebullición.
Desde hace más de dos semanas, en torno al obelisco y a la fuente de la Plaza Altamira de Caracas, noche y día una muchedumbre permanentemente renovada canta ''Se va, se va...'', dándole su apoyo a los catorce oficiales rebeldes que desde entonces pernoctan allí, con uniforme pero sin armas, en espera de que su gesto tenga alguna repercusión en los cuarteles. Para tormento de los vecinos, el lugar, rodeado de elegantes edificios residenciales, se ha convertido en una especie de trepidante bazar lleno de carpas y micrófonos bajo un gigantesco letrero que dice: ``Chávez, vete pa'Cuba''.
La oposición, una oposición tumultuosa pero sin vértebras, está empeñada en obtener la renuncia ''voluntaria'' del presidente, mediante un llamado referendo consultivo para el cual obtuvo dos millones de firmas, que fueron entregadas el pasado lunes 4 de noviembre en la sede del Consejo Supremo Electoral, tras una marcha que cubrió ocho kilómetros de la capital. Los partidarios del presidente Chávez --unas cuantas docenas de muchachos de facha inquietante, con boinas rojas o enmascarados y provistos de palos, piedras o botellas de gasolina-- intentaron sabotear la llegada de la marcha a su destino, pero fueron repelidos con gases lacrimógenos por la guardia nacional, no sin dejar antes a veinte manifestantes de oposición y a un periodista heridos a bala.
De su lado, el presidente Chávez no da muestras de tomar muy en serio ni a la oposición que se expresa en las calles, ni a las firmas que recoge y tabula, ni a los medios de comunicación, que lo combaten sin tregua y con ferocidad. Cada domingo, en el programa radial Aló presidente, que a veces dura siete horas, el mandatario venezolano responde preguntas de sus compatriotas, satiriza a sus opositores con buen acopio de dichos populares y alaba los beneficios de lo que llama su ''revolución bolivariana'', cuyo alcance no es claro ni siquiera para sus propios seguidores. Fracturado como nunca lo estuvo en el pasado, el país vive, pues, en dos latitudes: la del discurso oficial y la que se percibe en la calle.
En realidad, es muy difícil saber si la actitud del presidente oculta algún desasosiego o si se apoya en la convicción de que su gobierno está realmente blindado contra cualquier riesgo. Varias razones, sin embargo, pueden llevarlo a considerar que él tiene la sartén por el mango.
La primera es su mesianismo. Devorador de biografías de grandes hombres, fervoroso admirador de personajes tales como el libertador Simón Bolívar, el líder popular colombiano Jorge Eliécer Gaitán, el Che Guevara y Fidel Castro, Chávez es poco modesto en lo que se refiere a la evaluación de su papel histórico. En este sentido, su propio país le resulta pequeño. De ahí que, con razón o sin ella, se hable mucho de los apoyos dados a dirigentes de izquierda o indigenistas del continente, como Lucio Gutiérrez, del Ecuador, Evo Morales, de Bolivia, Lula da Silva, Adolfo Rodríguez Saá, de Argentina, e inclusive a las propias FARC y al ELN de Colombia. La línea de filiación ideológica suya con estos movimientos es el marxismo, pero no en una versión clásica, sino otra muy criolla, que exalta el caudillismo populista propio de América Latina y prefiere hablar de ``la lucha del pueblo contra las oligarquías''.
Precisamente muchos de estos oficiales, promovidos por él a posiciones claves en el escalafón militar, constituyen otro de los puntales de su gobierno. A esta base de apoyo, Chávez suma los numerosos militares activos que, por primera vez en la historia del país, ocupan la dirección de institutos y demás entidades oficiales o que tienen a su cargo el manejo de recursos para obras sociales. Se supone que ninguno de ellos está interesado en perder tales prebendas.
Pero la verdadera carta de triunfo de que ha dispuesto Chávez hasta ahora es el blindaje constitucional de que se ha revestido. Aprovechando bien la mayoría electoral que tuvo desde un comienzo y una constitución cortada a su medida como un traje, el presidente venezolano tiene en su mano, de manera hasta ahora incondicional, todos las ramas del poder público: el ejecutivo, el legislativo, el judicial e inclusive uno nuevo: el ético, representado por la Fiscalía y la Defensoría del Pueblo. La única brecha que ha dejado abierta la carta constitucional es la de un referendo a mitad de su mandato, en agosto del próximo año.
Aunque ha perdido ya la mitad de sus electores de hace tres años, Chávez cuenta todavía con el apoyo de los sectores más pauperizados de la población. Son los marginales que se agolpan en los cerros de Caracas --un equivalente de las favelas de Río--, en su inmensa mayoría muchachos sin empleo o condenados a ganarse la vida como buhoneros en las calles. Es una masa que de alguna manera Chávez sabe captar usando su mismo lenguaje y haciendo valer su condición de mestizo o de zambo salido del pueblo. De allí salen los llamados círculos bolivarianos, fuerza de choque del chavismo, reclutada, adiestrada y en algunos casos armada un poco a la manera de los CDR (comités de defensa de la revolución) de Cuba.
En realidad, el factor que une esta gente a Chávez es más emocional que otra cosa, pues la bajísima tasa de inversiones privadas, la fuga de capitales y la quiebra de empresas, todo ello imputable al temor que despierta el gobierno en los círculos empresariales, ha intensificado el desempleo en vez de disminuirlo. Pero aun así tal situación no les hace mella. ``Siempre he sido muy pobre y sigo siéndolo --le oye uno decir a cualquier mujer de los cerros--. Pero al menos ahora tenemos a uno de los nuestros de presidente''.
Nada de esto impide, sin embargo, que la oposición haya logrado una fuerza nunca vista en Venezuela. Aun fogosa y sin mayor organización, ajena a los desprestigiados partidos, ella agrupa por primera vez a todas las clases sociales propiamente dichas --desde la vieja oligarquía mantuana de Caracas hasta los obreros de las grandes centrales obreras, pasando por la infinita gama de unas clases medias de profesionales y empleados. Agrupa también a todas las edades --viejos, jóvenes y hasta niños andan revueltos en las multitudinarias marchas--; y a todas las tendencias políticas, desde la derecha hasta los maoístas de Bandera Roja.
Fuerza emotiva, incansable, que debe representar a un 70% de la opinión contra el 30% que sigue siendo fiel a Chávez, es capaz de echarse a la calle en cualquier momento y de batir cacerolas en las ventanas cada vez que habla el presidente. Pero su talón de Aquiles es la falta de líder. No lo hay, y quienes aspiran a serlo forman parte sólo de un confuso elenco de aspirantes a la presidencia, ninguno de ellos con capacidad de aglutinar y de expresar enteramente al conjunto de la sociedad civil. Tampoco es clara su estrategia. Probablemente no hay ninguna, salvo la de confiar en que la presión de la opinión pública logre imponerse sobre el empeño del presidente de mantenerse a cualquier precio en el poder.
De esta manera, aunque la situación en Venezuela se haya vuelto insostenible, la salida no es clara para nadie. Ni para el gobierno, ni para la oposición. Los opositores más optimistas creen que el referendo (sea en agosto, o antes, si es que el secretario de la OEA, el ex presidente colombiano César Gaviria, lograra que la mesa de diálogo, instalada por él, conviniera una fecha anticipada) puede obtener el retiro de Chávez. Si llegara a producirse en torno a la renuncia del presidente, es seguro que la oposición lo gana. Pero cabe la posibilidad de que el gobierno obtenga aplazamientos sucesivos para hacerlo efectivo o de que Chávez, aún retirándose del poder, participe en una nuevas elecciones, confiando en las diversas aspiraciones que, a la hora de elegir a un nuevo presidente, dividen a la oposición. Aunque parezca una opción suicida, no es fácil en Venezuela que un aspirante le ceda el paso a otro.
Nada está claro. La idea de un golpe militar, que también entra en juego, tiene un peligro ignorado por los opositores: el de que Chávez, apoyándose en militares leales, en sus círculos bolivarianos, organizados en todo el país, y aún en las guerrillas de las FARC y el ELN, resuelva crear en Venezuela una situación insurreccional a la colombiana. En fin, todo es posible. Las fuerzas armadas ciertamente encierran un enigma. ¿Cuántos le son realmente leales a Chávez? El ex presidente Ramón J. Velásquez, el venezolano que mejor conoce la historia de su país, tiene una fórmula traviesa para evaluar estos riesgos. ``En Venezuela --le dice a uno--, los militares son leales al gobierno, pero sólo hasta el día en que se alzan.''
Este artículo fue originalmente publicado por CEDICE www.cedice.org.ve
Llegar a Caracas, hoy en día, es encontrarse de pronto en medio de un incansable carnaval de oposición. Todo el mundo le habla a uno de Chávez. Mal, desde luego.
Los buhoneros hacen su agosto vendiéndoles a los opositores banderitas y gorros tricolores, cacerolas y silbatos o calcomanías con el letrero ''Chávez renuncia ya''. Día tras día miles de automovilistas, también con ondeantes banderas, acompañan con sus bocinas el mismo estribillo. Más que explosivo, el ambiente parece de fiesta. Pero es sólo una impresión superficial, porque lo que hay en el fondo es un país en peligroso estado de ebullición.
Desde hace más de dos semanas, en torno al obelisco y a la fuente de la Plaza Altamira de Caracas, noche y día una muchedumbre permanentemente renovada canta ''Se va, se va...'', dándole su apoyo a los catorce oficiales rebeldes que desde entonces pernoctan allí, con uniforme pero sin armas, en espera de que su gesto tenga alguna repercusión en los cuarteles. Para tormento de los vecinos, el lugar, rodeado de elegantes edificios residenciales, se ha convertido en una especie de trepidante bazar lleno de carpas y micrófonos bajo un gigantesco letrero que dice: ``Chávez, vete pa'Cuba''.
La oposición, una oposición tumultuosa pero sin vértebras, está empeñada en obtener la renuncia ''voluntaria'' del presidente, mediante un llamado referendo consultivo para el cual obtuvo dos millones de firmas, que fueron entregadas el pasado lunes 4 de noviembre en la sede del Consejo Supremo Electoral, tras una marcha que cubrió ocho kilómetros de la capital. Los partidarios del presidente Chávez --unas cuantas docenas de muchachos de facha inquietante, con boinas rojas o enmascarados y provistos de palos, piedras o botellas de gasolina-- intentaron sabotear la llegada de la marcha a su destino, pero fueron repelidos con gases lacrimógenos por la guardia nacional, no sin dejar antes a veinte manifestantes de oposición y a un periodista heridos a bala.
De su lado, el presidente Chávez no da muestras de tomar muy en serio ni a la oposición que se expresa en las calles, ni a las firmas que recoge y tabula, ni a los medios de comunicación, que lo combaten sin tregua y con ferocidad. Cada domingo, en el programa radial Aló presidente, que a veces dura siete horas, el mandatario venezolano responde preguntas de sus compatriotas, satiriza a sus opositores con buen acopio de dichos populares y alaba los beneficios de lo que llama su ''revolución bolivariana'', cuyo alcance no es claro ni siquiera para sus propios seguidores. Fracturado como nunca lo estuvo en el pasado, el país vive, pues, en dos latitudes: la del discurso oficial y la que se percibe en la calle.
En realidad, es muy difícil saber si la actitud del presidente oculta algún desasosiego o si se apoya en la convicción de que su gobierno está realmente blindado contra cualquier riesgo. Varias razones, sin embargo, pueden llevarlo a considerar que él tiene la sartén por el mango.
La primera es su mesianismo. Devorador de biografías de grandes hombres, fervoroso admirador de personajes tales como el libertador Simón Bolívar, el líder popular colombiano Jorge Eliécer Gaitán, el Che Guevara y Fidel Castro, Chávez es poco modesto en lo que se refiere a la evaluación de su papel histórico. En este sentido, su propio país le resulta pequeño. De ahí que, con razón o sin ella, se hable mucho de los apoyos dados a dirigentes de izquierda o indigenistas del continente, como Lucio Gutiérrez, del Ecuador, Evo Morales, de Bolivia, Lula da Silva, Adolfo Rodríguez Saá, de Argentina, e inclusive a las propias FARC y al ELN de Colombia. La línea de filiación ideológica suya con estos movimientos es el marxismo, pero no en una versión clásica, sino otra muy criolla, que exalta el caudillismo populista propio de América Latina y prefiere hablar de ``la lucha del pueblo contra las oligarquías''.
Precisamente muchos de estos oficiales, promovidos por él a posiciones claves en el escalafón militar, constituyen otro de los puntales de su gobierno. A esta base de apoyo, Chávez suma los numerosos militares activos que, por primera vez en la historia del país, ocupan la dirección de institutos y demás entidades oficiales o que tienen a su cargo el manejo de recursos para obras sociales. Se supone que ninguno de ellos está interesado en perder tales prebendas.
Pero la verdadera carta de triunfo de que ha dispuesto Chávez hasta ahora es el blindaje constitucional de que se ha revestido. Aprovechando bien la mayoría electoral que tuvo desde un comienzo y una constitución cortada a su medida como un traje, el presidente venezolano tiene en su mano, de manera hasta ahora incondicional, todos las ramas del poder público: el ejecutivo, el legislativo, el judicial e inclusive uno nuevo: el ético, representado por la Fiscalía y la Defensoría del Pueblo. La única brecha que ha dejado abierta la carta constitucional es la de un referendo a mitad de su mandato, en agosto del próximo año.
Aunque ha perdido ya la mitad de sus electores de hace tres años, Chávez cuenta todavía con el apoyo de los sectores más pauperizados de la población. Son los marginales que se agolpan en los cerros de Caracas --un equivalente de las favelas de Río--, en su inmensa mayoría muchachos sin empleo o condenados a ganarse la vida como buhoneros en las calles. Es una masa que de alguna manera Chávez sabe captar usando su mismo lenguaje y haciendo valer su condición de mestizo o de zambo salido del pueblo. De allí salen los llamados círculos bolivarianos, fuerza de choque del chavismo, reclutada, adiestrada y en algunos casos armada un poco a la manera de los CDR (comités de defensa de la revolución) de Cuba.
En realidad, el factor que une esta gente a Chávez es más emocional que otra cosa, pues la bajísima tasa de inversiones privadas, la fuga de capitales y la quiebra de empresas, todo ello imputable al temor que despierta el gobierno en los círculos empresariales, ha intensificado el desempleo en vez de disminuirlo. Pero aun así tal situación no les hace mella. ``Siempre he sido muy pobre y sigo siéndolo --le oye uno decir a cualquier mujer de los cerros--. Pero al menos ahora tenemos a uno de los nuestros de presidente''.
Nada de esto impide, sin embargo, que la oposición haya logrado una fuerza nunca vista en Venezuela. Aun fogosa y sin mayor organización, ajena a los desprestigiados partidos, ella agrupa por primera vez a todas las clases sociales propiamente dichas --desde la vieja oligarquía mantuana de Caracas hasta los obreros de las grandes centrales obreras, pasando por la infinita gama de unas clases medias de profesionales y empleados. Agrupa también a todas las edades --viejos, jóvenes y hasta niños andan revueltos en las multitudinarias marchas--; y a todas las tendencias políticas, desde la derecha hasta los maoístas de Bandera Roja.
Fuerza emotiva, incansable, que debe representar a un 70% de la opinión contra el 30% que sigue siendo fiel a Chávez, es capaz de echarse a la calle en cualquier momento y de batir cacerolas en las ventanas cada vez que habla el presidente. Pero su talón de Aquiles es la falta de líder. No lo hay, y quienes aspiran a serlo forman parte sólo de un confuso elenco de aspirantes a la presidencia, ninguno de ellos con capacidad de aglutinar y de expresar enteramente al conjunto de la sociedad civil. Tampoco es clara su estrategia. Probablemente no hay ninguna, salvo la de confiar en que la presión de la opinión pública logre imponerse sobre el empeño del presidente de mantenerse a cualquier precio en el poder.
De esta manera, aunque la situación en Venezuela se haya vuelto insostenible, la salida no es clara para nadie. Ni para el gobierno, ni para la oposición. Los opositores más optimistas creen que el referendo (sea en agosto, o antes, si es que el secretario de la OEA, el ex presidente colombiano César Gaviria, lograra que la mesa de diálogo, instalada por él, conviniera una fecha anticipada) puede obtener el retiro de Chávez. Si llegara a producirse en torno a la renuncia del presidente, es seguro que la oposición lo gana. Pero cabe la posibilidad de que el gobierno obtenga aplazamientos sucesivos para hacerlo efectivo o de que Chávez, aún retirándose del poder, participe en una nuevas elecciones, confiando en las diversas aspiraciones que, a la hora de elegir a un nuevo presidente, dividen a la oposición. Aunque parezca una opción suicida, no es fácil en Venezuela que un aspirante le ceda el paso a otro.
Nada está claro. La idea de un golpe militar, que también entra en juego, tiene un peligro ignorado por los opositores: el de que Chávez, apoyándose en militares leales, en sus círculos bolivarianos, organizados en todo el país, y aún en las guerrillas de las FARC y el ELN, resuelva crear en Venezuela una situación insurreccional a la colombiana. En fin, todo es posible. Las fuerzas armadas ciertamente encierran un enigma. ¿Cuántos le son realmente leales a Chávez? El ex presidente Ramón J. Velásquez, el venezolano que mejor conoce la historia de su país, tiene una fórmula traviesa para evaluar estos riesgos. ``En Venezuela --le dice a uno--, los militares son leales al gobierno, pero sólo hasta el día en que se alzan.''
Este artículo fue originalmente publicado por CEDICE www.cedice.org.ve
