02.04.09Alfonsín: ha muerto un político de raza
(INFOLATAM) Alfonsín era mucho más valorado fuera de Argentina que dentro. En 1990 lo invité a inaugurar los cursos de verano organizados por el Instituto Universitario Ortega y Gasset y la Comunidad de Madrid. Su intervención en un seminario sobre las transiciones a la democracia en América Latina fue brillante. Ahora bien, nunca podré olvidar el maltrato a que lo sometió el entonces embajador de Argentina en España, que ni siquiera se dignó a ir a recibirlo a Barajas. Fuente: InfolatamPor Carlos Malamud
(INFOLATAM) La figura de Raúl Alfonsín estará indisolublemente ligada a la
transición democrática en Argentina. Su triunfo electoral en 1983 supuso un
final inesperado e inédito para la dictadura militar que asolaba al país. Digo
inesperado porque en la mayor parte de las previsiones figuraba el retorno del
peronismo al poder. La candidatura de Alfonsín fue construida en torno a un
discurso que privilegiaba los valores democráticos sobre la complacencia con los
poderosos, la defensa de los derechos humanos frente a quienes querían mirar
hacia otro lado, olvidando el sufrimiento de tanto crimen, tortura y
desaparición. E inédito porque era la primera vez que el peronismo era derrotado
en las urnas en una elección de esta envergadura.
La unanimidad que hoy se observa en Argentina no lo fue en el pasado. Durante
mucho tiempo Alfonsín fue más valorado fuera de su país que dentro de él. Y es
que mientras permaneció en el gobierno tuvo algunos deslices que deterioraron su
imagen pública. Su salida apresurada del poder, meses antes de terminar su
mandato, ante las brutales acometidas de la hiperinflación, fue un golpe muy
duro a su figura. Tampoco ayudaron sus controvertidas respuestas a los
alzamientos militares, que convencieron a muy pocos. Así mismo, se podrían
añadir algunos proyectos cuestionables, como el de trasladar la Capital Federal
a Viedma, casi 1.000 kilómetros al sur de Buenos Aires, o el de construir el
tercer movimiento histórico, superador del peronismo y el radicalismo.
Sin embargo, antes que nada Alfonsín fue un político de raza y honesto, que
se mantuvo prácticamente en activo hasta el momento de su muerte. También fue un
estadista capaz de insertar a Argentina en el mundo después de años de
aislamiento causado por la dictadura militar. Alfonsín fue un demócrata a carta
cabal. Lo demostró antes de ser presidente, cuando se enfrentó con su palabra a
los gobernantes de turno, y ya en el ejercicio de la primera magistratura,
cuando sentó en el banquillo a los responsables de tanto dolor y sufrimiento. El
juicio contra los altos mandos militares responsables de la represión y la
tiranía fue un hito universal en la causa de los derechos humanos.
Fue un hombre consecuente en la defensa de sus ideales, como evidenció
durante la Guerra de las Malvinas, al oponerse a los desvaríos mesiánicos de la
Junta Militar. En ese momento la postura de Alfonsín tuvo escaso eco entre sus
compatriotas, la mayoría de los cuales había sido embriagada por el alcohol de
la gesta nacionalista y guerrera que vendían los gerifaltes de entonces.
Posteriormente se mantuvo inalterable en la denuncia de lo que él entendía como
neoliberalismo, especialmente en los años de Carlos Menem. Ello no impidió, sin
embargo, su apoyo a la reforma de la Constitución Nacional en 1994, con la firma
del Pacto de Olivos.
Como dije, Alfonsín era mucho más valorado fuera de Argentina que dentro. En
1990 lo invité a inaugurar los cursos de verano organizados por el Instituto
Universitario Ortega y Gasset y la Comunidad de Madrid. Su intervención en un
seminario sobre las transiciones a la democracia en América Latina fue
brillante. Ahora bien, nunca podré olvidar el maltrato a que lo sometió el
entonces embajador de Argentina en España, que ni siquiera se dignó a ir a
recibirlo a Barajas. Por más que su visita fuera privada, Alfonsín era el primer
ex presidente de la última etapa de la democracia argentina y el respeto a su
investidura y a la institución presidencial hubieran requerido una respuesta
diferente.
Alfonsín entendía la política como un servicio social. El político, sobre
todo si estaba en ejercicio del poder, debía servir al estado y no servirse de
él. A diferencia de otros presidentes y presidentas, nunca planeó sobre él la
sombra de la corrupción. Por eso también lo recordará Argentina, por ser una
rara avis en una sociedad permisiva con el enriquecimiento ilícito. A él jamás
se le pudo aplicar el aforismo que regalan los argentinos a los peronistas:
"roban pero hacen". Alfonsín hizo, aunque mucho de lo que hizo no fue
suficientemente valorado en su tiempo, y además no robó.
Fuente: Infolatam,
Madrid, 1 abril 2009.
(INFOLATAM) La figura de Raúl Alfonsín estará indisolublemente ligada a la transición democrática en Argentina. Su triunfo electoral en 1983 supuso un final inesperado e inédito para la dictadura militar que asolaba al país. Digo inesperado porque en la mayor parte de las previsiones figuraba el retorno del peronismo al poder. La candidatura de Alfonsín fue construida en torno a un discurso que privilegiaba los valores democráticos sobre la complacencia con los poderosos, la defensa de los derechos humanos frente a quienes querían mirar hacia otro lado, olvidando el sufrimiento de tanto crimen, tortura y desaparición. E inédito porque era la primera vez que el peronismo era derrotado en las urnas en una elección de esta envergadura.
La unanimidad que hoy se observa en Argentina no lo fue en el pasado. Durante mucho tiempo Alfonsín fue más valorado fuera de su país que dentro de él. Y es que mientras permaneció en el gobierno tuvo algunos deslices que deterioraron su imagen pública. Su salida apresurada del poder, meses antes de terminar su mandato, ante las brutales acometidas de la hiperinflación, fue un golpe muy duro a su figura. Tampoco ayudaron sus controvertidas respuestas a los alzamientos militares, que convencieron a muy pocos. Así mismo, se podrían añadir algunos proyectos cuestionables, como el de trasladar la Capital Federal a Viedma, casi 1.000 kilómetros al sur de Buenos Aires, o el de construir el tercer movimiento histórico, superador del peronismo y el radicalismo.
Sin embargo, antes que nada Alfonsín fue un político de raza y honesto, que se mantuvo prácticamente en activo hasta el momento de su muerte. También fue un estadista capaz de insertar a Argentina en el mundo después de años de aislamiento causado por la dictadura militar. Alfonsín fue un demócrata a carta cabal. Lo demostró antes de ser presidente, cuando se enfrentó con su palabra a los gobernantes de turno, y ya en el ejercicio de la primera magistratura, cuando sentó en el banquillo a los responsables de tanto dolor y sufrimiento. El juicio contra los altos mandos militares responsables de la represión y la tiranía fue un hito universal en la causa de los derechos humanos.
Fue un hombre consecuente en la defensa de sus ideales, como evidenció durante la Guerra de las Malvinas, al oponerse a los desvaríos mesiánicos de la Junta Militar. En ese momento la postura de Alfonsín tuvo escaso eco entre sus compatriotas, la mayoría de los cuales había sido embriagada por el alcohol de la gesta nacionalista y guerrera que vendían los gerifaltes de entonces. Posteriormente se mantuvo inalterable en la denuncia de lo que él entendía como neoliberalismo, especialmente en los años de Carlos Menem. Ello no impidió, sin embargo, su apoyo a la reforma de la Constitución Nacional en 1994, con la firma del Pacto de Olivos.
Como dije, Alfonsín era mucho más valorado fuera de Argentina que dentro. En 1990 lo invité a inaugurar los cursos de verano organizados por el Instituto Universitario Ortega y Gasset y la Comunidad de Madrid. Su intervención en un seminario sobre las transiciones a la democracia en América Latina fue brillante. Ahora bien, nunca podré olvidar el maltrato a que lo sometió el entonces embajador de Argentina en España, que ni siquiera se dignó a ir a recibirlo a Barajas. Por más que su visita fuera privada, Alfonsín era el primer ex presidente de la última etapa de la democracia argentina y el respeto a su investidura y a la institución presidencial hubieran requerido una respuesta diferente.
Alfonsín entendía la política como un servicio social. El político, sobre todo si estaba en ejercicio del poder, debía servir al estado y no servirse de él. A diferencia de otros presidentes y presidentas, nunca planeó sobre él la sombra de la corrupción. Por eso también lo recordará Argentina, por ser una rara avis en una sociedad permisiva con el enriquecimiento ilícito. A él jamás se le pudo aplicar el aforismo que regalan los argentinos a los peronistas: "roban pero hacen". Alfonsín hizo, aunque mucho de lo que hizo no fue suficientemente valorado en su tiempo, y además no robó.
Fuente: Infolatam, Madrid, 1 abril 2009.
