11.02.09¿Quién protege a los consumidores en Cuba?
Esperábamos que al cabo de cincuenta años de furibundas críticas contra “el hombre lobo del hombre, signo distintivo del imperialismo”, y contra el capitalismo salvaje, jamás los ancianos cubanos llorarían y serían humillados en los mercados, por el engaño y el robo de otros cubanos.Por Hilda Molina
En Cuba existen comisiones, grupos, oficinas, y otros mecanismos burocráticos, supuestamente encargados de proteger los derechos de los consumidores. Sin embargo, la cotidianidad de los consumidores cubanos está signada por los atropellos, las humillaciones, el irrespeto, y el robo. Y cuando hablo de consumidores, no me estoy refiriendo a los nuevos ricos, a esa minoría de vulgares y desenfrenados consumistas, que han ido desarrollando impunemente en nuestra nación, lo que es ya el más grotesco capitalismo. No me refiero a esa hampa en ciernes, que disfruta gastando a manos llenas, su dinero sucio.
Trataré de reflejar en estas líneas, una pálida realidad de los problemas que a diario enfrenta el pueblo de mi país, cuando intenta adquirir lo mínimamente indispensable para su subsistencia. Porque la mayoría de los ciudadanos, que son los consumidores normales de la isla, viven de ínfimos salarios y pensiones, insuficientes para satisfacer las necesidades individuales y las hogareñas. Un porcentaje no bien definido de la población, recibe también ayudas económicas generalmente modestas, remitidas por familiares y amigos residentes en el extranjero. Pero tanto para unos como para otros, el consumo se limita básicamente, a la adquisición de lo imprescindible con vistas a garantizar la alimentación, un humilde vestuario, y el aseo personal y de las viviendas.
Los problemas de los maltratados consumidores cubanos, comienzan con las compras de los escasos productos que a precios subsidiados por el estado, se venden regulados, a través de la cincuentenaria libreta de racionamiento. No son pocos los que en el país, entre ellos muchos ancianos, luchan por sobrevivir esencialmente a expensas de estos suministros. Se les puede ver, tristes y empobrecidos, cuando recorren en sus rondas mañaneras, los tres tipos fundamentales de establecimientos destinados a la venta de estos productos: las maltrechas, oscuras y antihigiénicas “bodegas”; las no menos destrozadas “carnicerías”; y las panaderías. Acuden en busca del pan diario de la “cuota”; y para comprar “lo que haya llegado por la libreta”.
Los consumidores nacionales, clientes obligatorios de estas depauperadas tiendas, no solamente deben conformarse con la pésima calidad de lo que reciben, sino que además, tienen que verificar por sus propios medios, el peso de lo que han adquirido, pues saben que habitualmente son víctimas del robo de una parte de sus “cuotas”. Ciertamente, los empleados de estos sui géneris mercados, llamados en Cuba “bodegas” y “carnicerías”, comúnmente, sustraen un porcentaje de los productos que el gobierno asigna a cada ciudadano a precio subsidiado; y después los ofertan como negocio particular y a precio de mercado negro, a los mismos consumidores a los que ellos les han expoliado sus “cuotas”.
Contamos también en Cuba con los mercados agropecuarios, tanto los estatales, como algunos pertenecientes a cooperativas privadas. En estos lugares, se violan flagrantemente los derechos de la población, mediante dos variantes primordiales de robos. La primea consiste en no publicar claramente los precios establecidos, con el perverso propósito de cobrar en exceso. Y en segundo lugar, manipulan los instrumentos de pesaje, lo que les permite apropiarse de un porcentaje de los productos que les corresponderían a los compradores, de acuerdo a lo que han pagado.
En las cafeterías, restaurantes, y otros centros donde se expenden alimentos, los cubanos están expuestos a diferentes tipos de engaños, con repercusión inmediata en sus economías; y hasta en su salud:
-Pueden ser maltratados y mal atendidos.
-Pueden ofertarles, como negocios particulares de los empleados, artículos de procedencia dudosa, en sustitución de los que oficialmente se asignan a esos centros.
-No sirven las cantidades de productos establecidas según el precio, pues roban un porcentaje a cada consumidor.
-En los vales de cobro, muchas veces manuscritos, pueden aparecer totales superiores a los que corresponden, según lo consumido. Otras veces, informan verbalmente el total a pagar. Cuando los clientes intentan verificar las cuentas, los apremian con impaciencia; y los tratan como si ellos fueran los transgresores de la legalidad, y no las víctimas.
Los mercados recaudadores de divisas, se encuentran entre los establecimientos donde más frecuentemente se roba y se atropella a los consumidores. A estas tiendas acuden los humildes ciudadanos del país, muchos de ellos ancianos, después de conseguir con enormes esfuerzos, algunos pesos cubanos convertibles (CUC), para comprar aceite de cocina, jabón de baño, detergente, y otros productos de casi imposible adquisición con moneda nacional. Estas personas jamás concurren a los comercios, sin un balance previo de sus limitadas economías; y sin llevar lo estrictamente necesario para los gastos previstos. Y allí, donde deben recibir consideración y respeto, son víctimas indefensas de las mezquinas y egoístas conductas de los empleados, conductas éstas típicas de una sociedad carcomida por un número cada vez mayor de deformaciones:
-Son maltratados o apenas atendidos.
-Los recibos de cobro emitidos por las cajas registradoras, pueden ser ilegibles, e incluir productos no adquiridos por los clientes.
-El recibo puede reflejar un determinado total a pagar, pero el empleado informa verbalmente al comprador, que el total real es superior. Con esta actuación persiguen dos objetivos: confundir al consumidor, lo que facilita el robo al cobrarle; y que las ganancias de algunos artículos no registrados, vayan directamente al bolsillo del empleado en cuestión.
-No pocas veces roban en el cambio o vuelto. Por eso los cubanos tratan siempre de pagar, entregando la cantidad exacta de dinero correspondiente al total.
Todas estas trampas generan confusión y angustia en los consumidores. Es por eso que los habitantes de esta isla saben que nunca deben salir de compras sin papel y lápiz, con vistas a anotar sus gastos; y posteriormente efectuar una confrontación entre sus anotaciones, y el saldo final que pretenden cobrarles. He sido varias veces testigo, del llanto y la desesperación de ancianos, ante las cajas registradoras, pues aunque habían llevado el dinero necesario de acuerdo a las compras previstas, se encontraron ante la humillante eventualidad, de que el dinero no les alcanzaba para pagar. Además, sus problemas visuales les dificultaban la revisión de los vales. Cuando algún alma caritativa presente en el lugar, o yo, acudimos en su ayuda, comprobamos que, mediante irregularidades en esos vales, intentaban cobrarles más de lo adquirido.
Es cierto que existen en nuestra Patria, numerosas instancias y multitud de inspectores, para proteger los derechos de los consumidores. Pero también es cierto que la corrupción, la desidia, el egoísmo, la indolencia, la insensibilidad y la ineficacia que se han enseñoreado del país, son nefastos factores que se potencializan, para provocar la desprotección y la orfandad del pobre pueblo cubano, cuando tiene que asumir la condición de consumidor, en pos de buscar lo que necesita para sobrevivir.
En honor a la justicia debo aclarar, que no todos, aunque no pocos de los que se desempeñan en este ámbito, participan en tan reprobables y abusivas prácticas. Sin embargo, esperábamos que un sistema que supuestamente ha formado al “hombre nuevo”, durante medio siglo, podría garantizar una mayor higiene social. Esperábamos que al cabo de cincuenta años de furibundas críticas contra “el hombre lobo del hombre, signo distintivo del imperialismo”, y contra el capitalismo salvaje, jamás los ancianos cubanos llorarían y serían humillados en los mercados, por el engaño y el robo de otros cubanos. Esperábamos al menos, que los indefensos hijos de esta tierra, no tendrían que buscar dinero desesperadamente, para pagar a sus propios ladrones, y a precio de mercado negro, los escasos productos que el estado les asigna, y que estos mismos ladrones les roban. Esperábamos que en esta sociedad, promovida como paradisíaca por los voceros gubernamentales y por sus acólitos internacionales, las personas decentes serían realmente protegidas de tantas y tan lesivas y censurables conductas delictivas.
Fuente: http://www.hildamolina.blogspot.com/
En Cuba existen comisiones, grupos, oficinas, y otros mecanismos burocráticos, supuestamente encargados de proteger los derechos de los consumidores. Sin embargo, la cotidianidad de los consumidores cubanos está signada por los atropellos, las humillaciones, el irrespeto, y el robo. Y cuando hablo de consumidores, no me estoy refiriendo a los nuevos ricos, a esa minoría de vulgares y desenfrenados consumistas, que han ido desarrollando impunemente en nuestra nación, lo que es ya el más grotesco capitalismo. No me refiero a esa hampa en ciernes, que disfruta gastando a manos llenas, su dinero sucio.
Trataré de reflejar en estas líneas, una pálida realidad de los problemas que a diario enfrenta el pueblo de mi país, cuando intenta adquirir lo mínimamente indispensable para su subsistencia. Porque la mayoría de los ciudadanos, que son los consumidores normales de la isla, viven de ínfimos salarios y pensiones, insuficientes para satisfacer las necesidades individuales y las hogareñas. Un porcentaje no bien definido de la población, recibe también ayudas económicas generalmente modestas, remitidas por familiares y amigos residentes en el extranjero. Pero tanto para unos como para otros, el consumo se limita básicamente, a la adquisición de lo imprescindible con vistas a garantizar la alimentación, un humilde vestuario, y el aseo personal y de las viviendas.
Los problemas de los maltratados consumidores cubanos, comienzan con las compras de los escasos productos que a precios subsidiados por el estado, se venden regulados, a través de la cincuentenaria libreta de racionamiento. No son pocos los que en el país, entre ellos muchos ancianos, luchan por sobrevivir esencialmente a expensas de estos suministros. Se les puede ver, tristes y empobrecidos, cuando recorren en sus rondas mañaneras, los tres tipos fundamentales de establecimientos destinados a la venta de estos productos: las maltrechas, oscuras y antihigiénicas “bodegas”; las no menos destrozadas “carnicerías”; y las panaderías. Acuden en busca del pan diario de la “cuota”; y para comprar “lo que haya llegado por la libreta”.
Los consumidores nacionales, clientes obligatorios de estas depauperadas tiendas, no solamente deben conformarse con la pésima calidad de lo que reciben, sino que además, tienen que verificar por sus propios medios, el peso de lo que han adquirido, pues saben que habitualmente son víctimas del robo de una parte de sus “cuotas”. Ciertamente, los empleados de estos sui géneris mercados, llamados en Cuba “bodegas” y “carnicerías”, comúnmente, sustraen un porcentaje de los productos que el gobierno asigna a cada ciudadano a precio subsidiado; y después los ofertan como negocio particular y a precio de mercado negro, a los mismos consumidores a los que ellos les han expoliado sus “cuotas”.
Contamos también en Cuba con los mercados agropecuarios, tanto los estatales, como algunos pertenecientes a cooperativas privadas. En estos lugares, se violan flagrantemente los derechos de la población, mediante dos variantes primordiales de robos. La primea consiste en no publicar claramente los precios establecidos, con el perverso propósito de cobrar en exceso. Y en segundo lugar, manipulan los instrumentos de pesaje, lo que les permite apropiarse de un porcentaje de los productos que les corresponderían a los compradores, de acuerdo a lo que han pagado.
En las cafeterías, restaurantes, y otros centros donde se expenden alimentos, los cubanos están expuestos a diferentes tipos de engaños, con repercusión inmediata en sus economías; y hasta en su salud:
-Pueden ser maltratados y mal atendidos.
-Pueden ofertarles, como negocios particulares de los empleados, artículos de procedencia dudosa, en sustitución de los que oficialmente se asignan a esos centros.
-No sirven las cantidades de productos establecidas según el precio, pues roban un porcentaje a cada consumidor.
-En los vales de cobro, muchas veces manuscritos, pueden aparecer totales superiores a los que corresponden, según lo consumido. Otras veces, informan verbalmente el total a pagar. Cuando los clientes intentan verificar las cuentas, los apremian con impaciencia; y los tratan como si ellos fueran los transgresores de la legalidad, y no las víctimas.
Los mercados recaudadores de divisas, se encuentran entre los establecimientos donde más frecuentemente se roba y se atropella a los consumidores. A estas tiendas acuden los humildes ciudadanos del país, muchos de ellos ancianos, después de conseguir con enormes esfuerzos, algunos pesos cubanos convertibles (CUC), para comprar aceite de cocina, jabón de baño, detergente, y otros productos de casi imposible adquisición con moneda nacional. Estas personas jamás concurren a los comercios, sin un balance previo de sus limitadas economías; y sin llevar lo estrictamente necesario para los gastos previstos. Y allí, donde deben recibir consideración y respeto, son víctimas indefensas de las mezquinas y egoístas conductas de los empleados, conductas éstas típicas de una sociedad carcomida por un número cada vez mayor de deformaciones:
-Son maltratados o apenas atendidos.
-Los recibos de cobro emitidos por las cajas registradoras, pueden ser ilegibles, e incluir productos no adquiridos por los clientes.
-El recibo puede reflejar un determinado total a pagar, pero el empleado informa verbalmente al comprador, que el total real es superior. Con esta actuación persiguen dos objetivos: confundir al consumidor, lo que facilita el robo al cobrarle; y que las ganancias de algunos artículos no registrados, vayan directamente al bolsillo del empleado en cuestión.
-No pocas veces roban en el cambio o vuelto. Por eso los cubanos tratan siempre de pagar, entregando la cantidad exacta de dinero correspondiente al total.
Todas estas trampas generan confusión y angustia en los consumidores. Es por eso que los habitantes de esta isla saben que nunca deben salir de compras sin papel y lápiz, con vistas a anotar sus gastos; y posteriormente efectuar una confrontación entre sus anotaciones, y el saldo final que pretenden cobrarles. He sido varias veces testigo, del llanto y la desesperación de ancianos, ante las cajas registradoras, pues aunque habían llevado el dinero necesario de acuerdo a las compras previstas, se encontraron ante la humillante eventualidad, de que el dinero no les alcanzaba para pagar. Además, sus problemas visuales les dificultaban la revisión de los vales. Cuando algún alma caritativa presente en el lugar, o yo, acudimos en su ayuda, comprobamos que, mediante irregularidades en esos vales, intentaban cobrarles más de lo adquirido.
Es cierto que existen en nuestra Patria, numerosas instancias y multitud de inspectores, para proteger los derechos de los consumidores. Pero también es cierto que la corrupción, la desidia, el egoísmo, la indolencia, la insensibilidad y la ineficacia que se han enseñoreado del país, son nefastos factores que se potencializan, para provocar la desprotección y la orfandad del pobre pueblo cubano, cuando tiene que asumir la condición de consumidor, en pos de buscar lo que necesita para sobrevivir.
En honor a la justicia debo aclarar, que no todos, aunque no pocos de los que se desempeñan en este ámbito, participan en tan reprobables y abusivas prácticas. Sin embargo, esperábamos que un sistema que supuestamente ha formado al “hombre nuevo”, durante medio siglo, podría garantizar una mayor higiene social. Esperábamos que al cabo de cincuenta años de furibundas críticas contra “el hombre lobo del hombre, signo distintivo del imperialismo”, y contra el capitalismo salvaje, jamás los ancianos cubanos llorarían y serían humillados en los mercados, por el engaño y el robo de otros cubanos. Esperábamos al menos, que los indefensos hijos de esta tierra, no tendrían que buscar dinero desesperadamente, para pagar a sus propios ladrones, y a precio de mercado negro, los escasos productos que el estado les asigna, y que estos mismos ladrones les roban. Esperábamos que en esta sociedad, promovida como paradisíaca por los voceros gubernamentales y por sus acólitos internacionales, las personas decentes serían realmente protegidas de tantas y tan lesivas y censurables conductas delictivas.
Fuente: http://www.hildamolina.blogspot.com/
