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21.01.09

La visita de Cristina Kirchner no se sale del guión

El guión oficial no permitirá que la presidenta Fernández de Kichner interactúe con alguien ajeno a las consignas y a las sonrisas protocolares. No la pasearan por las calles de mi Centro Habana natal, donde podría oír de primera mano todo el paquete de demandas populares que aguardamos desde hace tantos años. Un abultado cordón de seguridad y ciertos escenarios preparados de antemano, no dejarán que se asome a la Cuba real.
Por Yoani Sánchez

Desde el avión presidencial que la condujo a tierra cubana, la señora Cristina Fernández de Kirchner debe haberse sorprendido con la pobre iluminación de la ciudad de La Habana, media hora antes de que saliera el sol. El escenario de tantas calles en penumbras, quizás la hizo extrañar las luces de su Buenos Aires querido y la ayudó a prepararse para la pista de un aeropuerto internacional, que la recibió con más formalidad que algarabía.

La presencia de la presidenta sudamericana entre nosotros no ha provocado una alegría especial en la población, porque toda su estancia ha tenido el gélido aire de los asuntos estrictamente gubernamentales. Por mucho esmero que haya puesto en acomodar la cinta de la corona de flores -frente a la escultura de José Martí- y aunque mostró su mejor sonrisa ante los lentes de la prensa, nosotros estamos demasiado preocupados por las dificultades cotidianas, como para reparar en su viaje oficial. A diferencia de la última visita de Fidel Castro a Argentina, no se ha visto que al paso de la caravana presidencial haya jóvenes gritando consignas a favor del justicialismo o periodistas impertinentes preguntando por la doctora Hilda Molina.

La dignataria argentina llega a Cuba en un momento difícil, en medio de insistentes rumores de la salida definitiva del "Máximo Líder" y a pocas horas de la toma de posesión de Barack Obama en los Estados Unidos. Cualquier cosa que declare puede ser tomada como apoyo a un sistema que agoniza, sin embargo, no podrá guardar silencio. Tendrá al menos que condenar el bloqueo norteamericano, pero no hablará con los opositores ni recomendará a los gobernantes cubanos el inicio de una transición a la democracia. Ya ha firmado varios memorándum de entendimiento en temas de salud y economía, no obstante, el efecto de sus rúbricas probablemente nunca se note sobre el día a día de los cubanos.

Un verdadero desfile de mandatarios éste que hemos presenciado en las últimas semanas, a consecuencia -parece ser- de la entrada de Cuba en el Grupo de Río. Nos falta, sin embargo, el entusiasmo frente a la magna pasarela de personalidades que ocurre en el interior de las cancillerías y de los palacios de gobiernos. Mientras, los ciudadanos tenemos la vista puesta en asuntos más reales, más tangibles. Nos miramos el bolsillo, el plato sobre la mesa y los elevados precios de los alimentos en el mercado, observamos la apatía de los jóvenes que emigran, las paredes despintadas y las mordazas que aún llevamos. En medio de ese panorama alarmante, poco podemos fijarnos en los abrazos y las fotos que ocurren entre líderes elegantemente vestidos.

El guión oficial no permitirá que la presidenta Fernández de Kichner interactúe con alguien ajeno a las consignas y a las sonrisas protocolares. No la pasearan por las calles de mi Centro Habana natal, donde podría oír de primera mano todo el paquete de demandas populares que aguardamos desde hace tantos años. Un vendedor de pizzas le susurraría que los impuestos lo asfixian y debe acudir al mercado negro para comprar parte de la materia prima; una ex maestra de primaria podría narrarle cómo se fue a trabajar de manicura antes que seguir cobrando un salario simbólico, por pararse frente a los estudiantes. Si la dejaran hablar con esos que habitan viviendas a punto de derrumbarse, escucharía la necesidad de que se abra un mercado inmobiliario donde la gente pueda alquilar, vender y comprar casas. En una esquina, un joven le explicaría de una absurda negativa oficial a salir del país, que lo mantiene anclado a su tierra por tener un título de graduado en medicina. Tal vez hasta se tope con alguien más atrevido, que le enumere al oído todos esos derechos que nos faltan, entre ellos la libertad de asociación, de expresión y la olvidada capacidad de poder influir en la toma de decisiones.

Pero nada de eso podrá escuchar la presidenta argentina. Un abultado cordón de seguridad y ciertos escenarios preparados de antemano, no dejarán que se asome a la Cuba real. Aún así, si es lo suficientemente observadora, verá las costuras, el atrezo, la manera -un tanto automática- en que la gente se sonríe frente a ella y le narra los logros alcanzados. Si se fija bien, podrá ver el verdadero rostro bajo el maquillaje. Para ello no necesita que la ciudad esté adecuadamente iluminada, basta con que sus ojos quieran ver.

Yoani Sánchez fue distinguida con el premio Ortega y Gasset que otorga el diario El País, por su blog crítico del gobierno comunista, Generación Y, que escribe desde Cuba.

Fuente: La Nación (Buenos Aires)