13.08.03Kirchner: una vision tecnocrática de la política
La nueva administración argentina, que llega al poder en un contexto inédito –y es consciente de ello-, está delineando un camino de construcción política poco ortodoxo de acuerdo a los cánones argentinos. Tanto es así, que nadie puede anticipar cuál será la suerte de esta experiencia.Por Julio Burdman
La nueva administración argentina, que llega al poder en un contexto inédito –y es consciente de ello-, está delineando un camino de construcción política poco ortodoxo de acuerdo a los cánones argentinos. Tanto es así, que nadie puede anticipar cuál será la suerte de esta experiencia.
Si desde hace décadas, la gobernabilidad en la Argentina –como en casi todos los países 'normales’- se construía a través del partido político que sumaba los votos, y de los apoyos obtenidos –a través del partido- en legisladores y gobernadores, a Kirchner le alcanzó con el bastón y la banda para sentirse y actuar como Presidente.
Muchos esperaban que llamase a un 'gobierno de unidad nacional’, o que su gabinete reflejase una alianza parlamentaria y regional. Probablemente, si otros candidatos hubieran ganado las elecciones, habrían procedido, más o menos, de esa manera.
Kirchner, en cambio, formó un gobierno de colaboradores íntimos, ministros heredados de la administración de transición, y funcionarios extrapartidarios. Muy pocos de ellos tenían peso político propio un mes atrás. Su gobierno, representativo del 22% de los votos que lo llevó a la Casa Rosada, comenzó a gobernar sin demostrar esta debilidad de origen.
En Santa Cruz, Kirchner fue también un gobernador particular. Llega al poder en 1991, con un estado provincial quebrado y al borde del incendio. Sus predecesores, Granero y Del Val, dejaban la gobernación adeudando varios meses de sueldo a los empleados públicos. En una provincia donde predomina el empleo público, el colapso fiscal es un problema particularmente grave. Los santacruceños lo eligieron para que resuelva el problema fiscal de la provincia.
Su estilo personalista, concentrador del poder, no fue diferente en sus resultados del que ostenta el promedio de los gobernadores de la Argentina norteña. Pero el caudillismo de Kirchner, si cabe el término, difería de los anteriores porque no estaba basado en los elementos comunes del caudillismo: carisma, tradicionalismo, el peso de la 'familia’. El de Kirchner es, en todo caso, un caudillismo administrativo.
Sobre la cultura política patagónica, hay que recordar que Santa Cruz es una provincia nueva, donde buena parte los votantes son santacruceños de primera generación o directamente nacieron en otros puntos del país. La historia de muchos santacruceños, como la de los fueguinos, es la de migrantes internos en búsqueda de oportunidades laborales. De hecho, casi todos los 'santacruceños influyentes’ de la política argentina desde el 25 de mayo, son en realidad residentes santacruceños que nacieron en otras provincias argentinas (Cristina Fernández de Kirchner, Julio De Vido, Sergio Acevedo, etc.). Los hermanos Kirchner, tercera generación de santacruceños, son un caso excepcional que los enorgullece. Es decir, que no existe la tradición caudillista de autoridad que tienen las históricas provincias del Noroeste. Por lo menos, no en forma directa.
Pero mientras que el origen del caudillismo tradicional, que exhibe gran parte de los líderes políticos provinciales, se vincula con los factores culturales antes mencionados, el caudillismo administrativo de Kirchner viene de su gestión, que garantizaba que los salarios públicos se cobraban en término y todos los meses. Los santacruceños lo definen como un hacedor, aunque son conscientes de que su estilo 'ejecutivo’ llevaba hasta el límite los marcos institucionales.
Kirchner, desde sus primeros pasos en la administración y en el gobierno (fue intendente de Río Gallegos en 1987), incorporó la idea-fuerza que hoy lo caracteriza: la fuente de legitimidad para gobernar viene del éxito de la gestión. Esa es la conexión directa con la aprobación pública. Es un esquema en el cual la representatividad política y la institucionalidad no son la clave. El gerente general presidencial es el arquitecto de las políticas a través de los ministros, que tienen más de ejecutivos que de responsables políticos. Por eso decimos que esta visión, centrada en la gestión, en los resultados y en la aprobación pública, refleja un modelo tecnocrático de la política.
La nueva administración argentina, que llega al poder en un contexto inédito –y es consciente de ello-, está delineando un camino de construcción política poco ortodoxo de acuerdo a los cánones argentinos. Tanto es así, que nadie puede anticipar cuál será la suerte de esta experiencia.
Si desde hace décadas, la gobernabilidad en la Argentina –como en casi todos los países 'normales’- se construía a través del partido político que sumaba los votos, y de los apoyos obtenidos –a través del partido- en legisladores y gobernadores, a Kirchner le alcanzó con el bastón y la banda para sentirse y actuar como Presidente.
Muchos esperaban que llamase a un 'gobierno de unidad nacional’, o que su gabinete reflejase una alianza parlamentaria y regional. Probablemente, si otros candidatos hubieran ganado las elecciones, habrían procedido, más o menos, de esa manera.
Kirchner, en cambio, formó un gobierno de colaboradores íntimos, ministros heredados de la administración de transición, y funcionarios extrapartidarios. Muy pocos de ellos tenían peso político propio un mes atrás. Su gobierno, representativo del 22% de los votos que lo llevó a la Casa Rosada, comenzó a gobernar sin demostrar esta debilidad de origen.
En Santa Cruz, Kirchner fue también un gobernador particular. Llega al poder en 1991, con un estado provincial quebrado y al borde del incendio. Sus predecesores, Granero y Del Val, dejaban la gobernación adeudando varios meses de sueldo a los empleados públicos. En una provincia donde predomina el empleo público, el colapso fiscal es un problema particularmente grave. Los santacruceños lo eligieron para que resuelva el problema fiscal de la provincia.
Su estilo personalista, concentrador del poder, no fue diferente en sus resultados del que ostenta el promedio de los gobernadores de la Argentina norteña. Pero el caudillismo de Kirchner, si cabe el término, difería de los anteriores porque no estaba basado en los elementos comunes del caudillismo: carisma, tradicionalismo, el peso de la 'familia’. El de Kirchner es, en todo caso, un caudillismo administrativo.
Sobre la cultura política patagónica, hay que recordar que Santa Cruz es una provincia nueva, donde buena parte los votantes son santacruceños de primera generación o directamente nacieron en otros puntos del país. La historia de muchos santacruceños, como la de los fueguinos, es la de migrantes internos en búsqueda de oportunidades laborales. De hecho, casi todos los 'santacruceños influyentes’ de la política argentina desde el 25 de mayo, son en realidad residentes santacruceños que nacieron en otras provincias argentinas (Cristina Fernández de Kirchner, Julio De Vido, Sergio Acevedo, etc.). Los hermanos Kirchner, tercera generación de santacruceños, son un caso excepcional que los enorgullece. Es decir, que no existe la tradición caudillista de autoridad que tienen las históricas provincias del Noroeste. Por lo menos, no en forma directa.
Pero mientras que el origen del caudillismo tradicional, que exhibe gran parte de los líderes políticos provinciales, se vincula con los factores culturales antes mencionados, el caudillismo administrativo de Kirchner viene de su gestión, que garantizaba que los salarios públicos se cobraban en término y todos los meses. Los santacruceños lo definen como un hacedor, aunque son conscientes de que su estilo 'ejecutivo’ llevaba hasta el límite los marcos institucionales.
Kirchner, desde sus primeros pasos en la administración y en el gobierno (fue intendente de Río Gallegos en 1987), incorporó la idea-fuerza que hoy lo caracteriza: la fuente de legitimidad para gobernar viene del éxito de la gestión. Esa es la conexión directa con la aprobación pública. Es un esquema en el cual la representatividad política y la institucionalidad no son la clave. El gerente general presidencial es el arquitecto de las políticas a través de los ministros, que tienen más de ejecutivos que de responsables políticos. Por eso decimos que esta visión, centrada en la gestión, en los resultados y en la aprobación pública, refleja un modelo tecnocrático de la política.
