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13.08.03

LOS SALVADOREÑOS JUEGAN CON FUEGO

Es posible que los salvadoreños elijan a un comunista como su próximo presidente. Se llama Schafick Handal, tiene 70 años, su padre era palestino, y milita en las filas marxistas desde hace medio siglo.
Por Carlos Alberto Montaner
Es posible que los salvadoreños elijan a un comunista como su próximo presidente. Se llama Schafick Handal, tiene 70 años, su padre era palestino, y milita en las filas marxistas desde hace medio siglo. Cuando existía la URSS se le tenía por ser el hombre de Moscú, un ``duro", y durante dos agitadas décadas, entre los setenta y los noventa, fue una de las cabezas de la lucha insurreccional dirigida por el FMLN.
A Handal le gusta presentarse como una de las personas que trajeron la democracia a El Salvador por medio de la lucha armada y los subsecuentes acuerdos de paz de 1992. Pero la verdad es que la democracia, aunque imperfecta, existía desde tiempos de Napoleón Duarte y Alfredo Cristiani. La guerrilla sólo aceptó sentarse a la mesa de negociaciones tras el fracaso de la ofensiva desatada en noviembre de 1989, el colapso del mundo comunista y las presiones conjuntas de la URSS y de Estados Unidos. Fue la derrota inevitable lo que la llevó a aceptar las normas del denostado sistema capitalista.
Handal, comunista coherente, no batallaba por participar en el juego político de una nación ''burguesa'' y plural, cuyo modelo económico estuviera regido por el mercado, sino por instaurar en el país una ''república socialista'' como la que su admirado amigo Castro había erigido en el Caribe. Si sus convicciones hubieran sido democráticas, habría acudido a las negociaciones que le planteara el presidente democristiano Napoleón Duarte en 1986. No lo hizo, en cambio, hasta que comprobó que era imposible derrotar a sus enemigos.
El viejo comunista ahora asegura que, si gana las próximas elecciones, se comportará de acuerdo con la constitución del país y respetará la propiedad privada y los derechos humanos, incluidos, claro, las libertades civiles y políticas, el pluralismo y el equilibrio de poderes. Renunciará, pues, a poner en práctica su ideología marxista, asumiendo humilde y seriamente la condición de administrador de un estado organizado con arreglo a los presupuestos ideológicos y morales de sus enemigos tradicionales.
Es difícil que eso suceda. Un comunista es alguien convencido de cuatro supersticiones fatalmente encadenadas. La primera es que existe un destino fulgurante para la humanidad y ellos lo conocen. La segunda, es que ese destino maravilloso, en el que desaparecerá el estado porque las personas tendrán un comportamiento tan bondadoso y ejemplar que ni siquiera serán necesarios los jueces, las leyes y los castigos, depende de la erradicación de la propiedad privada, engendradora de comportamientos codiciosos y de perversas relaciones de poder. La tercera, es que existe un agente que propicia los cambios en la dirección de ese mundo fascinante: la clase trabajadora. La cuarta, es que ellos, los comunistas, saben cómo se llega al paraíso porque Marx descubrió el camino y las ''leyes'' que operan en la historia. Ellos conocen esa ''hoja de ruta'' --hay que actualizar el lenguaje--, así que se constituyen en vanguardia del proletariado y desatan la revolución redentora que los tendrá como implacables pastores del rebaño.
El problema de Handal no es que haya creído esas tonterías a los quince años, edad en la que uno cree casi cualquier cosa, sino que a los setenta continúa aferrado a ellas, pero tras agregarles otros tres disparates laterales igualmente dañinos: en El Salvador hay una infinita legión de indigentes porque ''los ricos'' se apoderan de toda la riqueza del país; la pobreza del tercer mundo es la consecuencia de la explotación de las naciones desarrolladas, de donde se deduce que es suicida pactar con ellas tratados de libre comercio en los que resultaremos ''devorados''; y la prosperidad y la felicidad colectivas dependen de las decisiones redistributivas de los burócratas bienintencionados que administran el estado y asignan los recursos sabiamente.
Seamos serios: un marxista a lo único que no puede renunciar es a jugar a la ingeniería social. Cuando Handal sea presidente de El Salvador, si esa catástrofe ocurre, aunque trate de adaptarse a las reglas de la democracia, no podrá desprenderse de su enquistada visión marxista. El ha rechazado la violencia, pero no el error intelectual, porque le han faltado las lecturas y la capacidad crítica de otro comandante de la guerrilla, Joaquín Villalobos, quien, terminada la guerra, se fue a estudiar a Cambridge, Inglaterra, y descubrió (y tuvo el valor de aceptarlo públicamente) que sus ideas políticas, como todas las utopías, conducían a un sangriento matadero, y las económicas, a la miseria creciente del pueblo.
Gobernar es tomar decisiones que afectan a millones de personas. Cuando Handal tenga que enfrentarse a los cientos de conflictos que tocarán a su puerta, inevitablemente los analizará desde una equivocada perspectiva marxista. Ese tremendo inconveniente lo llevará a cometer inmensos errores en el terreno económico y tensará aún más las zonas sociales y políticas en disputa. ¿Consecuencias? Inflación, inestabilidad, aumento de la pobreza, mayor criminalidad y fin abrupto del mejor ciclo de crecimiento y paz social que ha conocido El Salvador en toda su atormentada historia. Cuando eso suceda Handal dirá que sus enemigos y el imperialismo no lo dejaron gobernar. No es cierto: será víctima de su propia ignorancia. Las ideas tienen consecuencias. Especialmente las malas.
Junio 22, 2003
* Firmaspress