13.08.03CONFLICTOS Y ARMONÍAS DE LA DEMOCRACIA CUBANA
Cuando Europa temblaba por el fin de la monarquía francesa, Cuba era un rincón de España, y, como en la Península, existía un cierto debate intelectual entre la Europa del “antiguo régimen” que agonizaba lentamente y la nueva era liberal que pugnaba por sustituirla.Por Carlos Alberto Montaner
Cuba, como todo Occidente, es hija de la Ilustración. ¿Qué quiere decir eso? Que, como en el resto de América Latina, las modernas percepciones políticas y sociales de los cubanos instruidos se forjaron en la segunda mitad del siglo XVIII al calor de las influencias de las revoluciones americana y francesa, sumadas a las lecturas de los enciclopedistas y a cierta tradición, aún más antigua, que provenía de la Escuela de Salamanca impulsada por curas intelectualmente audaces como Mariana, Vitoria o Francisco Suárez.
En esa época, cuando Europa temblaba por el fin de la monarquía francesa, Cuba era un rincón de España, y, como en la Península, existía un cierto debate intelectual entre la Europa del “antiguo régimen” que agonizaba lentamente y la nueva era liberal que pugnaba por sustituirla. En el terreno económico eso significaba que comenzaban a flaquear las certezas en el mercantilismo. Lo antiguo y desacreditado consistía en defender los monopolios estatales y los mercados protegidos en beneficio de los privilegiados de la Corona. Lo moderno era proponer el libre comercio y la competencia. El escocés Adam Smith fue traducido muy rápidamente, pero antes de que eso ocurriera, sus ideas, que eran las de la época, se anticiparon en Cuba, probablemente cuando en 1723 -precisamente el año en que nació el autor de La riqueza de las naciones- un puñado de tabaqueros fue ejecutado por defender la libertad de comercio.
Quien entonces mejor encarnaba ese espíritu abierto y “librecambista”, enamorado de la ciencia y la técnica, fue un joven abogado cubano, Francisco Arango y Parreño (1765-1837), experto en agricultura y en temas fiscales, dotado de una cabeza excepcional para el análisis de los problemas sociales. Miembro de la burguesía criolla, Arango tuvo la fortuna de comenzar su vida de funcionario público bajo el mandato del gobernador Luis de las Casas (1790-1796), un militar vasco, con fama de gran estratega, que llegó a la Isla decidido a trazar caminos, inaugurar escuelas, proteger a los más desdichados, reformar la enseñanza y traer la modernidad a la rica colonia caribeña. Propósito que demostró en dos realizaciones muy importantes que cambiaron el clima intelectual del país: la creación del Papel Periódico y de la Sociedad Económica de Amigos del País, instituciones aparecidas en 1793 a las que estuvo ligado Arango a lo largo de su fecunda vida.
Dos curas
Uno de los campos de batalla de aquel momento crucial fue la universidad, entonces en manos de la Iglesia. La discusión tenía dos vertientes: qué se enseñaba y para qué se enseñaba. Para los tradicionalistas de la época era obvio que sólo debían enseñarse las disciplinas que confirmaban las verdades reveladas. De donde se desprendía una conclusión obvia: el objeto de los conocimientos era servir a un poder inmóvil que no debía ser adversado ni desmentido desde las cátedras. La universidad era para repetir, no para cambiar. Eso era el escolasticismo, una corriente pedagógica que hundía sus raíces en el medievo y que había hecho escribir a los docentes de la universidad catalana de Cervera una frase tan humilde como estúpida: “lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir”.
Los criollos y españoles ilustrados, en cambio, tenían una idea diferente de la enseñanza. Querían “discurrir”. No temían a las “novedades”. Había que experimentar. Había que disentir de la visión del mundo propuesta por Aristóteles y transmitida por la Iglesia. Las cosas y los fenómenos naturales no eran lo que decían los libros sagrados sino lo que se podía observar y demostrar experimentalmente. Era posible y conveniente conciliar la razón y la fe sin temores. Y este fue el legado, primero de padre José Agustín Caballero (1762-1835) y luego de su discípulo, el también sacerdote Félix Varela (1787-1853).
Pero además de la física experimental, los laboratorios, la astronomía y las matemáticas, Caballero y Varela se adentraron en un camino más peligroso: el constitucionalismo. Los dos habían leído a Locke con cuidado, y el inglés resumía mejor que nadie las ventajas de someter los poderes públicos, incluido el Monarca, al imperio de una ley justa y universal, dado que la soberanía residía, realmente, en el pueblo, y ni siquiera el rey podía colocarse al margen de la Constitución.
A partir de esa convicción comenzó el calvario de Varela. Su propuesta era muy simple: los cubanos debían acceder al autogobierno dentro de un marco constitucional que protegiera sus derechos frente a la Corona española. Fue a España a defender esa propuesta en el trienio liberal -un chispazo de libertad que hubo en la Metrópoli entre 1820 y 1823-, y acabó condenado a muerte por un rey absolutista, Fernando VII, quien, tan pronto recuperó el control del país decidió liquidar a todo aquel que propusiera frenar su poder omnímodo.
Varela huyó y comenzó su vida de cura desterrado. Poco a poco se fue convenciendo: la independencia de la Isla era inevitable. España no dejaba otra opción si los cubanos querían vivir con derechos y libertades amparados por una constitución justa. Otros criollos opinaban lo mismo. En 1823 ya hay una conspiración en toda la regla, llamada, muy románticamente, “Rayos y soles de Bolívar”, cocinada en las logias masónicas y en las academias literarias e inspirada en la gesta hispanoamericana. La conspiración fue descubierta y alguno de sus cabecillas, como el poeta José María Heredia, fue condenado a destierro perpetuo.
En blanco y negro
A partir de ese momento, y a lo largo de todo el siglo XIX, los criollos cubanos se dividieron en tres tendencias democráticas y liberales que pedían autogobierno representativo, constitucionalismo, derechos individuales y libre comercio, pero no se ponían de acuerdo en torno a un punto crucial: dentro de cuál Estado pretendían alcanzar esas aspiraciones. Los había decididos a luchar por lograr estos objetivos dentro de la nación española, quienes, en su momento, se llamaron “reformistas” y luego “autonomistas”; los había persuadidos de que sólo podrían realizarlos incorporándose a la federación estadounidense, como una estrella más de esa bandera, los “anexionistas”; y, por último, los había convencidos de que sólo constituyendo una república independiente era posible que los cubanos alcanzaran una total armonía social.
Sobre los tres grupos, y sobre los españoles “integristas” (los que pretendían que Cuba fuera una colonia gobernada con mano dura por la Metrópoli), gravitaba un fenómeno que enrarecía el debate y, de alguna manera, lo distorsionaba: la esclavitud negra. ¿Qué hacer con esa institución y con la enorme masa humana sometida a servidumbre? Por un tiempo, los criollos ilustrados, como Arango, pidieron más cautivos para alimentar la máquina económica, y especialmente la industria azucarera. Pero cuando se produjo la rebelión de los esclavos en el vecino Haití, el país más próximo a Cuba, y llegaron miles de refugiados que contaban historias atroces, los criollos -Arango entre ellos- comenzaron a presentir el filo de los machetes africanos sobre sus cuellos blancos. Fue entonces cuando se hizo obvio que aumentar el comercio de esclavos generaba un riesgo tremendo para la clase dirigente española y para la criolla que se proponía sustituirla. Detener “la trata” de esclavos, parar en seco ese tráfico infame, pasó a ser la consigna general.
Las claves del debate
En torno a esos dos temas -autonomía, anexión o independencia, y qué hacer con la esclavitud- se trenzaron las querellas de los criollos y brillaron algunos de los cubanos más destacados de la época: José Antonio Saco (1797-1879), José de la Luz y Caballero (1800-1862), Domingo del Monte (1804-1853), Cirilo Villaverde (1812-1894), Rafael María Mendive (1821-1886) o Juan Clemente Zenea (1832-1871), por solo mencionar cinco nombres del medio centenar que pudieran citarse.
A mediados del siglo XIX comenzó a insinuarse el desenlace de estos núcleos de tensión. El general Narciso López (1798-1851) llevó expediciones militares a la Isla y fue ejecutado por las autoridades españolas. Entre 1861 y 1865 tuvo lugar la Guerra Civil norteamericana y la esclavitud resultó abolida en ese país, medida que presagiaba lo que algo más tarde sucedería en Cuba. Los reformistas trataron sin éxito de convencer a la Corona de que otorgase libertades y autogobierno a la “siempre fiel Isla de Cuba”. No tuvieron éxito. La independencia parecía ser la única salida disponible.
En efecto, en 1868 comienza la primera guerra de independencia. Los criollos cubanos se saben parte de una nación, pero todavía no han resuelto si quieren constituir un Estado independiente. Entre los primeros alzados en armas parece predominar la tendencia anexionista. Hay que entender la época antes de hacer juicios anacrónicos absurdos: en 1868 Estados Unidos era el país del progreso y la modernidad. Con el triunfo del Norte se había liquidado la esclavitud. La Unión Americana era o parecía ser eso: una federación de estados libres que se autogobernaban y tenían su propia constitución, sus propios legisladores y sus propias leyes. Los cubanos anexionistas, como Ignacio Agramonte, por ejemplo, podían conciliar perfectamente el patriotismo y la anexión a Estados Unidos.
Tres décadas y un río de sangre más tarde, cuando fulgura el nombre de José Martí (1853-1895), España, finalmente, fue derrotada por Estados Unidos, y, cuatro años después, en 1902, finalmente los cubanos accedieron a la independencia. Súbitamente se extinguieron los debates sobre el modelo de estado y, naturalmente, sobre “la cuestión negra”, puesto que la esclavitud había sido abolida mucho antes. ¿Cuáles eran entonces las claves del reñidero político? En general, la forma de administrar el Estado organizado por la ocupación norteamericana, el impulso racista por importar inmigrantes españoles para “blanquear” a la población cubana -empeño al que se dedicaron enérgica y exitosamente los cuatro primeros presidentes de la República-, paradójicamente, la irritación que causaba la creciente presencia española en la Isla, y las relaciones con Estados Unidos, país al que se acusaba, con razón, de injerencista, aunque los políticos cubanos no dejaban de llamar a las puertas de Washington para arrastrar en su propio beneficio el peso del gigantesco vecino.
Se complica el debate
Como en el resto del mundo occidental, el conflicto ideológico entre fascistas y comunistas llegó a Cuba a mediados de la década de los veinte, de una manera muy clara durante el gobierno de Machado, y se adaptó a los códigos políticos nacionales, arrinconando las tendencias liberales sobre las que se habían constituido primero la nación y luego la república. Es entonces cuando cobra fuerza la “convicción revolucionaria”. ¿En qué consiste? Es la idea, un tanto mesiánica, de que a la república vendrán a salvarlas unas personas dotadas de la buena voluntad y del coraje que se necesita para terminar fulminantemente con las injusticias, con la pobreza y con la corrupción. Ya nadie defiende las instituciones y la ley para solucionar los conflictos: eso lo arreglará “la revolución”.
Es en esa atmósfera revuelta en la que comparecen, a veces mortalmente encontrados, los nombres míticos de Julio Antonio Mella, Antonio Guiteras, Ramón Grau, Carlos Prío, Fulgencio Batista y Eduardo Chibás. Todos invocan el sagrado nombre de la revolución. Todos se declaran descendientes directos de los mambises. Todos dicen continuar una revolución pendiente que tiene como referencia moral a José Martí. En 1940, sin embargo, el país parece optar de nuevo por la constitucionalidad republicana. Fue una ilusión. El sueño se desvanece doce años más tarde, cuando Batista vuelve al poder mediante un golpe militar. La mesa está servida para la aventura totalitaria de Fidel Castro. Llegará al poder tras una insurrección corta, popular y no demasiado cruenta.
¿Alguna lección provechosa?
Últimamente los cubanos han vuelto a rescatar la figura del padre Varela. Es un dato auspicioso. En Varela están las claves de la única forma de organizar exitosamente una república: constitución, separación de poderes, derechos individuales, tolerancia para la diversidad y sujeción al imperio de la ley. La “convicción revolucionaria” es contraria a la arquitectura institucional republicana, y, en consecuencia, a la convivencia armónica de las personas. Los “varelianos”, a lo largo de la historia cubana, fueron acallados por otras fuerzas políticas. Ahora vuelven. Ya era hora.
Este artículo fue originalmente publicado en el diario El Nuevo Herald el 20 de mayo de 2003.
Cuba, como todo Occidente, es hija de la Ilustración. ¿Qué quiere decir eso? Que, como en el resto de América Latina, las modernas percepciones políticas y sociales de los cubanos instruidos se forjaron en la segunda mitad del siglo XVIII al calor de las influencias de las revoluciones americana y francesa, sumadas a las lecturas de los enciclopedistas y a cierta tradición, aún más antigua, que provenía de la Escuela de Salamanca impulsada por curas intelectualmente audaces como Mariana, Vitoria o Francisco Suárez.
En esa época, cuando Europa temblaba por el fin de la monarquía francesa, Cuba era un rincón de España, y, como en la Península, existía un cierto debate intelectual entre la Europa del “antiguo régimen” que agonizaba lentamente y la nueva era liberal que pugnaba por sustituirla. En el terreno económico eso significaba que comenzaban a flaquear las certezas en el mercantilismo. Lo antiguo y desacreditado consistía en defender los monopolios estatales y los mercados protegidos en beneficio de los privilegiados de la Corona. Lo moderno era proponer el libre comercio y la competencia. El escocés Adam Smith fue traducido muy rápidamente, pero antes de que eso ocurriera, sus ideas, que eran las de la época, se anticiparon en Cuba, probablemente cuando en 1723 -precisamente el año en que nació el autor de La riqueza de las naciones- un puñado de tabaqueros fue ejecutado por defender la libertad de comercio.
Quien entonces mejor encarnaba ese espíritu abierto y “librecambista”, enamorado de la ciencia y la técnica, fue un joven abogado cubano, Francisco Arango y Parreño (1765-1837), experto en agricultura y en temas fiscales, dotado de una cabeza excepcional para el análisis de los problemas sociales. Miembro de la burguesía criolla, Arango tuvo la fortuna de comenzar su vida de funcionario público bajo el mandato del gobernador Luis de las Casas (1790-1796), un militar vasco, con fama de gran estratega, que llegó a la Isla decidido a trazar caminos, inaugurar escuelas, proteger a los más desdichados, reformar la enseñanza y traer la modernidad a la rica colonia caribeña. Propósito que demostró en dos realizaciones muy importantes que cambiaron el clima intelectual del país: la creación del Papel Periódico y de la Sociedad Económica de Amigos del País, instituciones aparecidas en 1793 a las que estuvo ligado Arango a lo largo de su fecunda vida.
Dos curas
Uno de los campos de batalla de aquel momento crucial fue la universidad, entonces en manos de la Iglesia. La discusión tenía dos vertientes: qué se enseñaba y para qué se enseñaba. Para los tradicionalistas de la época era obvio que sólo debían enseñarse las disciplinas que confirmaban las verdades reveladas. De donde se desprendía una conclusión obvia: el objeto de los conocimientos era servir a un poder inmóvil que no debía ser adversado ni desmentido desde las cátedras. La universidad era para repetir, no para cambiar. Eso era el escolasticismo, una corriente pedagógica que hundía sus raíces en el medievo y que había hecho escribir a los docentes de la universidad catalana de Cervera una frase tan humilde como estúpida: “lejos de nosotros la peligrosa novedad de discurrir”.
Los criollos y españoles ilustrados, en cambio, tenían una idea diferente de la enseñanza. Querían “discurrir”. No temían a las “novedades”. Había que experimentar. Había que disentir de la visión del mundo propuesta por Aristóteles y transmitida por la Iglesia. Las cosas y los fenómenos naturales no eran lo que decían los libros sagrados sino lo que se podía observar y demostrar experimentalmente. Era posible y conveniente conciliar la razón y la fe sin temores. Y este fue el legado, primero de padre José Agustín Caballero (1762-1835) y luego de su discípulo, el también sacerdote Félix Varela (1787-1853).
Pero además de la física experimental, los laboratorios, la astronomía y las matemáticas, Caballero y Varela se adentraron en un camino más peligroso: el constitucionalismo. Los dos habían leído a Locke con cuidado, y el inglés resumía mejor que nadie las ventajas de someter los poderes públicos, incluido el Monarca, al imperio de una ley justa y universal, dado que la soberanía residía, realmente, en el pueblo, y ni siquiera el rey podía colocarse al margen de la Constitución.
A partir de esa convicción comenzó el calvario de Varela. Su propuesta era muy simple: los cubanos debían acceder al autogobierno dentro de un marco constitucional que protegiera sus derechos frente a la Corona española. Fue a España a defender esa propuesta en el trienio liberal -un chispazo de libertad que hubo en la Metrópoli entre 1820 y 1823-, y acabó condenado a muerte por un rey absolutista, Fernando VII, quien, tan pronto recuperó el control del país decidió liquidar a todo aquel que propusiera frenar su poder omnímodo.
Varela huyó y comenzó su vida de cura desterrado. Poco a poco se fue convenciendo: la independencia de la Isla era inevitable. España no dejaba otra opción si los cubanos querían vivir con derechos y libertades amparados por una constitución justa. Otros criollos opinaban lo mismo. En 1823 ya hay una conspiración en toda la regla, llamada, muy románticamente, “Rayos y soles de Bolívar”, cocinada en las logias masónicas y en las academias literarias e inspirada en la gesta hispanoamericana. La conspiración fue descubierta y alguno de sus cabecillas, como el poeta José María Heredia, fue condenado a destierro perpetuo.
En blanco y negro
A partir de ese momento, y a lo largo de todo el siglo XIX, los criollos cubanos se dividieron en tres tendencias democráticas y liberales que pedían autogobierno representativo, constitucionalismo, derechos individuales y libre comercio, pero no se ponían de acuerdo en torno a un punto crucial: dentro de cuál Estado pretendían alcanzar esas aspiraciones. Los había decididos a luchar por lograr estos objetivos dentro de la nación española, quienes, en su momento, se llamaron “reformistas” y luego “autonomistas”; los había persuadidos de que sólo podrían realizarlos incorporándose a la federación estadounidense, como una estrella más de esa bandera, los “anexionistas”; y, por último, los había convencidos de que sólo constituyendo una república independiente era posible que los cubanos alcanzaran una total armonía social.
Sobre los tres grupos, y sobre los españoles “integristas” (los que pretendían que Cuba fuera una colonia gobernada con mano dura por la Metrópoli), gravitaba un fenómeno que enrarecía el debate y, de alguna manera, lo distorsionaba: la esclavitud negra. ¿Qué hacer con esa institución y con la enorme masa humana sometida a servidumbre? Por un tiempo, los criollos ilustrados, como Arango, pidieron más cautivos para alimentar la máquina económica, y especialmente la industria azucarera. Pero cuando se produjo la rebelión de los esclavos en el vecino Haití, el país más próximo a Cuba, y llegaron miles de refugiados que contaban historias atroces, los criollos -Arango entre ellos- comenzaron a presentir el filo de los machetes africanos sobre sus cuellos blancos. Fue entonces cuando se hizo obvio que aumentar el comercio de esclavos generaba un riesgo tremendo para la clase dirigente española y para la criolla que se proponía sustituirla. Detener “la trata” de esclavos, parar en seco ese tráfico infame, pasó a ser la consigna general.
Las claves del debate
En torno a esos dos temas -autonomía, anexión o independencia, y qué hacer con la esclavitud- se trenzaron las querellas de los criollos y brillaron algunos de los cubanos más destacados de la época: José Antonio Saco (1797-1879), José de la Luz y Caballero (1800-1862), Domingo del Monte (1804-1853), Cirilo Villaverde (1812-1894), Rafael María Mendive (1821-1886) o Juan Clemente Zenea (1832-1871), por solo mencionar cinco nombres del medio centenar que pudieran citarse.
A mediados del siglo XIX comenzó a insinuarse el desenlace de estos núcleos de tensión. El general Narciso López (1798-1851) llevó expediciones militares a la Isla y fue ejecutado por las autoridades españolas. Entre 1861 y 1865 tuvo lugar la Guerra Civil norteamericana y la esclavitud resultó abolida en ese país, medida que presagiaba lo que algo más tarde sucedería en Cuba. Los reformistas trataron sin éxito de convencer a la Corona de que otorgase libertades y autogobierno a la “siempre fiel Isla de Cuba”. No tuvieron éxito. La independencia parecía ser la única salida disponible.
En efecto, en 1868 comienza la primera guerra de independencia. Los criollos cubanos se saben parte de una nación, pero todavía no han resuelto si quieren constituir un Estado independiente. Entre los primeros alzados en armas parece predominar la tendencia anexionista. Hay que entender la época antes de hacer juicios anacrónicos absurdos: en 1868 Estados Unidos era el país del progreso y la modernidad. Con el triunfo del Norte se había liquidado la esclavitud. La Unión Americana era o parecía ser eso: una federación de estados libres que se autogobernaban y tenían su propia constitución, sus propios legisladores y sus propias leyes. Los cubanos anexionistas, como Ignacio Agramonte, por ejemplo, podían conciliar perfectamente el patriotismo y la anexión a Estados Unidos.
Tres décadas y un río de sangre más tarde, cuando fulgura el nombre de José Martí (1853-1895), España, finalmente, fue derrotada por Estados Unidos, y, cuatro años después, en 1902, finalmente los cubanos accedieron a la independencia. Súbitamente se extinguieron los debates sobre el modelo de estado y, naturalmente, sobre “la cuestión negra”, puesto que la esclavitud había sido abolida mucho antes. ¿Cuáles eran entonces las claves del reñidero político? En general, la forma de administrar el Estado organizado por la ocupación norteamericana, el impulso racista por importar inmigrantes españoles para “blanquear” a la población cubana -empeño al que se dedicaron enérgica y exitosamente los cuatro primeros presidentes de la República-, paradójicamente, la irritación que causaba la creciente presencia española en la Isla, y las relaciones con Estados Unidos, país al que se acusaba, con razón, de injerencista, aunque los políticos cubanos no dejaban de llamar a las puertas de Washington para arrastrar en su propio beneficio el peso del gigantesco vecino.
Se complica el debate
Como en el resto del mundo occidental, el conflicto ideológico entre fascistas y comunistas llegó a Cuba a mediados de la década de los veinte, de una manera muy clara durante el gobierno de Machado, y se adaptó a los códigos políticos nacionales, arrinconando las tendencias liberales sobre las que se habían constituido primero la nación y luego la república. Es entonces cuando cobra fuerza la “convicción revolucionaria”. ¿En qué consiste? Es la idea, un tanto mesiánica, de que a la república vendrán a salvarlas unas personas dotadas de la buena voluntad y del coraje que se necesita para terminar fulminantemente con las injusticias, con la pobreza y con la corrupción. Ya nadie defiende las instituciones y la ley para solucionar los conflictos: eso lo arreglará “la revolución”.
Es en esa atmósfera revuelta en la que comparecen, a veces mortalmente encontrados, los nombres míticos de Julio Antonio Mella, Antonio Guiteras, Ramón Grau, Carlos Prío, Fulgencio Batista y Eduardo Chibás. Todos invocan el sagrado nombre de la revolución. Todos se declaran descendientes directos de los mambises. Todos dicen continuar una revolución pendiente que tiene como referencia moral a José Martí. En 1940, sin embargo, el país parece optar de nuevo por la constitucionalidad republicana. Fue una ilusión. El sueño se desvanece doce años más tarde, cuando Batista vuelve al poder mediante un golpe militar. La mesa está servida para la aventura totalitaria de Fidel Castro. Llegará al poder tras una insurrección corta, popular y no demasiado cruenta.
¿Alguna lección provechosa?
Últimamente los cubanos han vuelto a rescatar la figura del padre Varela. Es un dato auspicioso. En Varela están las claves de la única forma de organizar exitosamente una república: constitución, separación de poderes, derechos individuales, tolerancia para la diversidad y sujeción al imperio de la ley. La “convicción revolucionaria” es contraria a la arquitectura institucional republicana, y, en consecuencia, a la convivencia armónica de las personas. Los “varelianos”, a lo largo de la historia cubana, fueron acallados por otras fuerzas políticas. Ahora vuelven. Ya era hora.
Este artículo fue originalmente publicado en el diario El Nuevo Herald el 20 de mayo de 2003.
