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26.10.07

Che Guevara: El triunfo de la muerte

Por James Neilson

La vida de Ernesto "Che" Guevara Lynch fue espectacular, de esto no cabe duda. Así y todo, la crónica de las peripecias del rebelde argentino de origen burgués que después de ser un jefe revolucionario fue un ministro de Industria fabulosamente inepto en la dictadura cubana de Fidel Castro durante su fase "romántica" y que terminaría sus días como un comandante guerrillero despistado en Bolivia, no ayuda a explicar su asombrosa carrera póstuma que lo vería convertido en una especie de santo equiparable a su modo con Mahatma Gandhi, ya que quienes protestan contra las guerras de turno suelen llevar banderas y pancartas decoradas con su efigie.

Lejos de ser el apóstol del amor y la hermandad universal de la imaginación de algunos, el Che fue un personaje cruel, "sediento de sangre", como dijo en una carta a su esposa poco después de desembarcar en Cuba, que no vaciló en ordenar el fusilamiento, luego de un juicio relámpago, de centenares de prisioneros que a su entender no merecían vivir. Por lo demás, el hombre nunca ocultó sus sentimientos sanguinarios. En su "mensaje a la Tricontinental" reivindicó "el odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar". Fue una declaración de principios que aprobarían tanto los asesinos de la SS hitleriana como los integrantes más sádicos de la última dictadura militar argentina.

El gran responsable de la metamorfosis del Che en una figura emblemática fue el fotógrafo cubano Alberto Korda. De no haber sido por aquel famosísimo retrato que se ha reproducido decenas de millones de veces, la imagen actual de Guevara sería con toda seguridad más borrosa y más banal, puesto que a diferencia de otro revolucionario desalmado, León Trotsky, no fue un buen escritor capaz de hacer de su propia vida una leyenda. También contribuyeron a su mito las fotos que le sacaron después de su muerte. Parecieron confirmar que tuvo mucho en común con Cristo, nada menos, si bien un Cristo de aspecto decididamente europeo, cuando no sajón, como corresponde en una época dominada por la iconografía hollywoodense.

Es por eso que a cuarenta años de su muerte los diarios locales, tanto los izquierdistas como los más o menos centristas y los conservadores, celebraron la fecha con suplementos especiales y artículos a menudo hagiográficos. Incluso algunos escritores que con toda seguridad hubieran sido exterminados sin piedad por un hipotético régimen revolucionario encabezado por el Che se sintieron obligados a rendirle tributo, tratándolo como un héroe de nuestro tiempo.

El Che popular es una cosa: es de suponer -mejor dicho, es de esperar- que para la mayoría de los que compran estampas, remeras, tatuajes o lo que fuera que se basan en la foto tomada por Korda se trata de un símbolo de la rebelión pacífica contra un mundo decepcionante, de una suerte de caballero andante que luchó con valentía contra la injusticia en lugares exóticos. Otra es el Che de los muchos que saben muy bien que realmente fue "una fría máquina de matar" y que actuó en consecuencia, y que sus opiniones personales no fueron del todo propias de un amigo del género humano.

¿Por qué quieren tanto al Che ciertos progres que, sin pensar en justificar las matanzas perpetradas por los regímenes comunistas, aún sienten nostalgia por lo que califican de utopía? En parte, porque entienden que a pesar de la afición del Che a la mano dura y el fracaso miserable en la práctica de las doctrinas que hizo suyas, su imagen vende y ayuda a dar un toque de glamour a una causa ya perdida, y en parte porque a muchas personas presuntamente inocuas les fascina la noción de que haya individuos tan comprometidos con sus ideales que están dispuestos a matar o morir por ellos.

La admiración que suelen motivar personajes como el Che ha sido uno de los motores de la historia. Siempre abundan los atribulados por dudas que procuran resolverlas entregándose a un líder carismático -a un César, Napoleón, Lenin, Stalin, Hitler, Franco o Mussolini-, que les retribuye con la sensación de creerse liberados de las onerosas trabas que hacen posible la convivencia humana y por lo tanto tener el derecho a matar a aquellos que no comparten el mismo credo. Si un movimiento de este tipo -uno es el islamismo militante- alcanza cierta masa crítica, las atrocidades más horrendas se harán rutinarias, aunque más tarde, cuando hayan despertado del sueño merced a una derrota bélica o la conciencia de que en verdad el "experimento" que protagonizaban no sirvió para nada, quienes fueron asesinos al servicio de una causa o un caudillo pueden volver a ser ciudadanos tranquilos respetuosos de la antes despreciada "legalidad burguesa".

El culto póstumo al Che se inspira en el deseo difundido de que el mundo sea radicalmente distinto de lo que en efecto es, que permitió que el nazismo y el comunismo adquirieran dimensiones tan terroríficas que en cierto momento parecía que uno u otro podría llegar a dominar el planeta entero, pero por fortuna es escasa la posibilidad de que cause estragos comparables. Para empezar, el Che está muerto y en la mayor parte del Occidente su herencia se ha repartido entre ideólogos rencorosos pero por lo común pacíficos, bienpensantes ingenuos y comerciantes. La rebelión que lidera, pues, es sólo virtual: no hay motivos para sospechar que quienes dicen idolatrarlo estén preparándose para matar a nadie. Y para colmo, el capitalismo contra el que luchó en vida lo ha derrotado transformándolo en un bien de consumo, desquitándose así de otro comunista, Lenin, que afirmó que los últimos capitalistas les venderían a los revolucionarios la soga que éstos usarían para ahorcarlos.

Así y todo, además de Cuba hay algunos países latinoamericanos en que gobernantes o bandas guerrilleras muy activas dan a entender que toman en serio la rebelión del Che contra el orden mundial existente y quieren que cobre más fuerza. En Venezuela, Colombia, Bolivia y Ecuador hay guevaristas al parecer convencidos de que les ha tocado continuar la obra que dejó incompleta, lo que sería alarmante si tomaran al pie de la letra las recomendaciones de su ídolo que suponía que el destino de América latina sería mucho mejor si fuera escenario de varias guerras apocalípticas, como la de Vietnam, en que morirían millones de personas. Sin embargo, por ahora parecería que con la excepción de algunos guerrilleros colombianos, los demás guevaristas se asemejan a quienes se limitan a llevar banderas con su imagen y gritar consignas. En cuanto a las ideas económicas que según el Che servirían para abrir las puertas de una utopía signada por la justicia social, si Hugo Chávez o Evo Morales fueran lo bastante estúpidos como para intentar ponerlas en práctica, los resultados más probables serían tan desastrosos como los conseguidos por el maestro mismo en su Cuba adoptiva.

El mito del Che puede entenderse. Como señaló en un poema célebre Antonio Machado, los hay que se animan "si alguien cuenta la hazaña de un gallardo bandolero, o la proeza de un matón, sangrienta". Cuando se trata de un personaje de la clase media alta que cree matar por ideales nobles, el atractivo que ejerce para los disconformes con su propia existencia o con la existencia misma puede resultar irresistible en una época en que para los occidentales, privados como han sido de ideologías mesiánicas, escasean las oportunidades para participar de una epopeya brutal como las de antes.

Siempre y cuando el ejemplo que nos brindó el Che permanezca atrapado en el mito que han creado en torno a su figura quienes en buena lógica deberían de ser sus enemigos, los perjuicios que provocará en el futuro serán limitados, lo que sería una suerte ya que, además de las muertes que él mismo causó directamente en Cuba, África y Bolivia, fue indirectamente responsable de las de muchos miles de otros que, inspirándose en él, se inmolaron en una rebelión inútil contra un statu quo que era claramente imperfecto, pero que ellos hicieron todavía peor al dar a los militares un pretexto convincente para tomar el poder, lo que hicieron con el apoyo de la proporción muy significante de sus compatriotas que estaba harta de los robos, secuestros y asesinatos perpetrados por jóvenes que se imaginaban por encima de las aburridas normas habituales. Una vez en el poder, los militares procedieron a aplastar a los émulos del Che con métodos similares a las propuestas por el gran revolucionario mismo, aunque desgraciadamente para ellos, su voluntad de "ir más allá de las limitaciones del ser humano" no sirvió para que la posteridad los venerara como héroes míticos.

James Neilson nació en Surrey, Inglaterra, en 1940. Se radicó en la Argentina en 1966. Fue columnista y, desde 1979 hasta 1986, director del Buenos Aires Herald. Después, dirigió por un tiempo el diario Río Negro. Autor de "La vorágine argentina"(1979), "Los hijos de Ariel" (1985) y "El fin de la quimera" (1991). Actualmente es columnista político de la Revista Noticias.

Este artículo fue publicado originalmente en la revista Noticias, edición del 12 de octubre de 2007.