MÉXICO MÁGICO
El Partido Revolucionario Institucional (PRI) retomó su ansiada carrera por recuperar el poder y se colocó como la primera fuerza política en 20 estados del país, gracias a la suma de los triunfos de sus candidatos a diputados federales. Incluso cosechó el mayor número de votos en estados con gobiernos oficialista. México se encuentra en medio de una crisis económica como todos los países de la región, con un endeudamiento público y privado que bordea los 400 mil millones de dólares, con un aumento del desempleo superior a 20% de la PEA y con más de la mitad de la población en el llamado sector informal. Con esta nueva conformación del Congreso, al presidente Vicente Fox (PAN) se le hará mas difícil llevar adelante las reformas que viene defendiendo en todos los foros.
Por Gustavo Ferrari Wolfenson
Miércoles 6 de agosto de 2003.
México Mágico. Con estas palabras, ese eminente ensayista e intelectual italo-mexicano Gutierre Tibon, describía cada vez que le preguntaban que significaba para él Mexico. Y en medio de esa magia, en donde se van mezclando siglos de una rica historia cultural antropológica, años de grandes luchas independentistas en la búsqueda de lograr una identidad nacional, el desarrollo de una revolución agraria que fue pionera en el mundo y la experiencia partidocrática más longeva y sin antecedentes en la historia política contemporánea, se sucedieron el pasado 6 de julio las elecciones para la renovación de la Cámara de Diputados.
La radiografía del México de hoy, nos presenta a un país con una población total de 101 millones 270 habitantes, que se encuentra en medio de una crisis económica como todos los países de la región, con un endeudamiento público y privado, que bordea los 400 mil millones de dólares, con un aumento del desempleo superior al 20% de la PEA y con más de la mitad de la población en el llamado sector informal.
Con un padrón electoral de 65 millones 337 mil votantes, era la primera prueba electoral para el Presidente Vicente Fox, ese político guanajuatense surgido del sector empresarial que hace tres años sacudió las raíces mismas de la vida política al derrotar al histórico Partido Revolucionario Institucional (PRI) quitándole la hegemonía de 70 años en el poder.
Sin embargo tras la elección federal de este domingo, el PRI retomó su ansiada carrera por recuperar el poder y se colocó como la primera fuerza política en 20 estados del país, gracias a la suma de los triunfos de sus candidatos a diputados federales. Obtuvieron el mayor número de votos incluso en estados con gobiernos oficialista (del Partido Acción Nacional) como Jalisco, Nayarit, Nuevo León y Yucatán, o con administración del Partido de la Revolución Democrática (PRD) como Tlaxcala. En contraste, el PRI no pudo obtener el mayor número de votos en tres de las 17 entidades que gobierna: Colima, San Luis Potosí y Sonora, aunque en este último estado su desventaja frente al PAN es de sólo 500 sufragios.
Acción Nacional, en tanto, se alzó con la mayoría de votos en ocho estados, mientras que el Partido de la Revolución Democrática sólo ganó en entidades que ya están bajo su control: Distrito Federal, Michoacán, Zacatecas y Baja California Sur.
El PRI fue el ganador real de las elecciones . Por una parte ratificó y amplió su posición como el mayor partido en la Cámara de Diputados federal. Además, recuperó de manera aplastante, el Estado de Nuevo León que desde 1997 estaba en manos del PAN. En Sonora triunfó por amplio margen en una elección que hasta unas semanas atrás estaba en duda. Ha mantenido, además, el control sobre Campeche y Colima. Paradójicamente, sin embargo, en el Distrito Federal ha quedado relegado a un papel muy menor.
El oficialista PAN, en cambio, fue el gran perdedor de los comicios. Si bien conquista por primera vez el gobierno de San Luis Potosí y mantiene el de Querétaro, la perdida de Nuevo León y el intento por conseguir Sonora aumentan el golpe importante en la competencia por diputados federales. El PRD barre en el Distrito Federal al conquistar 14 de 16 delegaciones y recuperar la mayoría absoluta en la Asamblea Legislativa. Avanza también nacionalmente, pero no recupera el nivel que tuvo en 1997. Los partidos pequeños que sobreviven a nivel federal son el Verde, el del Trabajo y Convergencia. Desaparecen -al parecer- México Posible, Fuerza Ciudadana, el Partido Liberal Mexicano, el Partido de la Sociedad Nacionalista y el PAS.
Uno de los puntos notables de estos resultados es que las encuestas previas de opinión -por lo menos las más serias- adelantaron buena parte de estos resultados. Cada vez es más claro que México es un país como todos los demás. Es simplemente falsa la afirmación de que los mexicanos mienten en las encuestas electorales.
El PAN no sólo no ha podido quitarle el freno al cambio sino que los electores le han mandado un mensaje de insatisfacción tanto al PAN como al presidente Vicente Fox. Todavía a fines del año pasado los dirigentes panistas se mostraban confiados de que su partido pudiera obtener la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. En lugar de eso los electores han hecho renacer al PRI.
Los resultados de las elecciones del 6 de julio aseguran que la parálisis legislativa continuará durante otros tres años, pero con una mayor probabilidad de que se aprueben leyes populistas y fiscalmente inútiles gracias a las coaliciones forjadas por el PRI. Hasta que los diputados no tengan que responder ante sus propios votantes en cuestiones como el crecimiento económico, los impuestos, la educación y el combate contra el crimen, el electorado no tendrá el cambio radical que busca en éstas y otras áreas.
Mientras tanto, la imagen pública del Congreso es profundamente negativa. Menos del 1 por ciento del público mexicano sabe quién es su representante en el Parlamento. Los partidos no destacan sus logros legislativos en las campañas y nadie sabe qué pasa en la Cámara. La invisibilidad de los diputados individuales se reflejó en el índice récord de abstencionismo del 59 por ciento registrado en este proceso electoral.
En el México oficial, donde sólo existe lo que se mueve en su interior, el espectro político es como en un péndulo, de distintas fuerzas políticas. Sólo así se vislumbra un centro, un ala izquierda y otra a la derecha. En el centro del espectro aparece el PRI, a la derecha el PAN y en el polo opuesto el PRD. Los demás partidos y agrupaciones luchan encarnizadamente por colocarse en cualquiera de estos puntos. La correa de transmisión son las elecciones y a partir de allí, las componendas.
Los pasados comicios han permitido a los votantes dar rienda suelta a su fastidio, pero no han contribuido en absoluto a hacer que el sistema se mueva en la dirección de los resultados que ese mismo público busca, al mismo tiempo que les da un espaldarazo, a las mismas fuerzas políticas que bloquearon una transición democrática para México durante casi siete décadas.
Para el presidente Fox las lecciones de la elección son muy evidentes. La idea de quitarle el freno al cambio ha resultado un fracaso. El Presidente no podrá argumentar que tiene un mandato de los electores para impulsar su agenda política. Por el contrario, los electores le han comunicado, de hecho, su insatisfacción con la actual situación del país. El gran problema es que, con la nueva conformación del Congreso, le será más difícil que nunca al Presidente el lograr los acuerdos necesarios para impulsar las reformas que él ha venido defendiendo en todos los foros. Y si no logra estos acuerdos, bien podríamos decir que el sexenio del cambio ha concluido tres años antes de su terminación formal.
Para entonces habrá que ver si seguirá funcionando la magia.
Gustavo Ferrari Wolfenson es politólogo y consultor internacional en temas de fortalecimiento institucional de los países en desarrollo.
Miércoles 6 de agosto de 2003.
México Mágico. Con estas palabras, ese eminente ensayista e intelectual italo-mexicano Gutierre Tibon, describía cada vez que le preguntaban que significaba para él Mexico. Y en medio de esa magia, en donde se van mezclando siglos de una rica historia cultural antropológica, años de grandes luchas independentistas en la búsqueda de lograr una identidad nacional, el desarrollo de una revolución agraria que fue pionera en el mundo y la experiencia partidocrática más longeva y sin antecedentes en la historia política contemporánea, se sucedieron el pasado 6 de julio las elecciones para la renovación de la Cámara de Diputados.
La radiografía del México de hoy, nos presenta a un país con una población total de 101 millones 270 habitantes, que se encuentra en medio de una crisis económica como todos los países de la región, con un endeudamiento público y privado, que bordea los 400 mil millones de dólares, con un aumento del desempleo superior al 20% de la PEA y con más de la mitad de la población en el llamado sector informal.
Con un padrón electoral de 65 millones 337 mil votantes, era la primera prueba electoral para el Presidente Vicente Fox, ese político guanajuatense surgido del sector empresarial que hace tres años sacudió las raíces mismas de la vida política al derrotar al histórico Partido Revolucionario Institucional (PRI) quitándole la hegemonía de 70 años en el poder.
Sin embargo tras la elección federal de este domingo, el PRI retomó su ansiada carrera por recuperar el poder y se colocó como la primera fuerza política en 20 estados del país, gracias a la suma de los triunfos de sus candidatos a diputados federales. Obtuvieron el mayor número de votos incluso en estados con gobiernos oficialista (del Partido Acción Nacional) como Jalisco, Nayarit, Nuevo León y Yucatán, o con administración del Partido de la Revolución Democrática (PRD) como Tlaxcala. En contraste, el PRI no pudo obtener el mayor número de votos en tres de las 17 entidades que gobierna: Colima, San Luis Potosí y Sonora, aunque en este último estado su desventaja frente al PAN es de sólo 500 sufragios.
Acción Nacional, en tanto, se alzó con la mayoría de votos en ocho estados, mientras que el Partido de la Revolución Democrática sólo ganó en entidades que ya están bajo su control: Distrito Federal, Michoacán, Zacatecas y Baja California Sur.
El PRI fue el ganador real de las elecciones . Por una parte ratificó y amplió su posición como el mayor partido en la Cámara de Diputados federal. Además, recuperó de manera aplastante, el Estado de Nuevo León que desde 1997 estaba en manos del PAN. En Sonora triunfó por amplio margen en una elección que hasta unas semanas atrás estaba en duda. Ha mantenido, además, el control sobre Campeche y Colima. Paradójicamente, sin embargo, en el Distrito Federal ha quedado relegado a un papel muy menor.
El oficialista PAN, en cambio, fue el gran perdedor de los comicios. Si bien conquista por primera vez el gobierno de San Luis Potosí y mantiene el de Querétaro, la perdida de Nuevo León y el intento por conseguir Sonora aumentan el golpe importante en la competencia por diputados federales. El PRD barre en el Distrito Federal al conquistar 14 de 16 delegaciones y recuperar la mayoría absoluta en la Asamblea Legislativa. Avanza también nacionalmente, pero no recupera el nivel que tuvo en 1997. Los partidos pequeños que sobreviven a nivel federal son el Verde, el del Trabajo y Convergencia. Desaparecen -al parecer- México Posible, Fuerza Ciudadana, el Partido Liberal Mexicano, el Partido de la Sociedad Nacionalista y el PAS.
Uno de los puntos notables de estos resultados es que las encuestas previas de opinión -por lo menos las más serias- adelantaron buena parte de estos resultados. Cada vez es más claro que México es un país como todos los demás. Es simplemente falsa la afirmación de que los mexicanos mienten en las encuestas electorales.
El PAN no sólo no ha podido quitarle el freno al cambio sino que los electores le han mandado un mensaje de insatisfacción tanto al PAN como al presidente Vicente Fox. Todavía a fines del año pasado los dirigentes panistas se mostraban confiados de que su partido pudiera obtener la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. En lugar de eso los electores han hecho renacer al PRI.
Los resultados de las elecciones del 6 de julio aseguran que la parálisis legislativa continuará durante otros tres años, pero con una mayor probabilidad de que se aprueben leyes populistas y fiscalmente inútiles gracias a las coaliciones forjadas por el PRI. Hasta que los diputados no tengan que responder ante sus propios votantes en cuestiones como el crecimiento económico, los impuestos, la educación y el combate contra el crimen, el electorado no tendrá el cambio radical que busca en éstas y otras áreas.
Mientras tanto, la imagen pública del Congreso es profundamente negativa. Menos del 1 por ciento del público mexicano sabe quién es su representante en el Parlamento. Los partidos no destacan sus logros legislativos en las campañas y nadie sabe qué pasa en la Cámara. La invisibilidad de los diputados individuales se reflejó en el índice récord de abstencionismo del 59 por ciento registrado en este proceso electoral.
En el México oficial, donde sólo existe lo que se mueve en su interior, el espectro político es como en un péndulo, de distintas fuerzas políticas. Sólo así se vislumbra un centro, un ala izquierda y otra a la derecha. En el centro del espectro aparece el PRI, a la derecha el PAN y en el polo opuesto el PRD. Los demás partidos y agrupaciones luchan encarnizadamente por colocarse en cualquiera de estos puntos. La correa de transmisión son las elecciones y a partir de allí, las componendas.
Los pasados comicios han permitido a los votantes dar rienda suelta a su fastidio, pero no han contribuido en absoluto a hacer que el sistema se mueva en la dirección de los resultados que ese mismo público busca, al mismo tiempo que les da un espaldarazo, a las mismas fuerzas políticas que bloquearon una transición democrática para México durante casi siete décadas.
Para el presidente Fox las lecciones de la elección son muy evidentes. La idea de quitarle el freno al cambio ha resultado un fracaso. El Presidente no podrá argumentar que tiene un mandato de los electores para impulsar su agenda política. Por el contrario, los electores le han comunicado, de hecho, su insatisfacción con la actual situación del país. El gran problema es que, con la nueva conformación del Congreso, le será más difícil que nunca al Presidente el lograr los acuerdos necesarios para impulsar las reformas que él ha venido defendiendo en todos los foros. Y si no logra estos acuerdos, bien podríamos decir que el sexenio del cambio ha concluido tres años antes de su terminación formal.
Para entonces habrá que ver si seguirá funcionando la magia.
Gustavo Ferrari Wolfenson es politólogo y consultor internacional en temas de fortalecimiento institucional de los países en desarrollo.
