30.04.07La unificación del sistema monetario en Cuba: apuesta de alto riesgo
Por Elías Amor Bravo
Alguien definió la economía cubana como banco de experimentos fracasados del castrismo. Primero, durante los años de generosas subvenciones soviéticas que sirvieron para detener la inventiva de los cubanos haciendo que su capacidad para emprender e innovar se trasladase hacia Estados Unidos; después, tras la caída del muro de Berlín, la doctrina de “sálvese quién pueda al precio que sea” generó uno de los sistemas más desiguales del mundo en la Isla, manteniéndose un férreo control de las decisiones económicas a nivel político. Finalmente, si es que existe algún final para tanto despropósito en materia de asuntos económicos, no sólo se entra en conflicto con CEPAL para tratar de imponer a esta prestigiosa institución una determinada manera de estimar el crecimiento económico que se aleja de las estadísticas internacionales, sino que se anuncia, el enésimo experimento: la posibilidad de poner fin a la doble circulación de moneda (El Herald, domingo 29 de abril).
Hágase un poco de historia. La tenencia de dólares en Cuba había sido durante décadas un delito severamente castigado por las autoridades, con penas de cárcel y privación de libertad. La crisis del socialismo “real” obligó a las autoridades, muy a su pesar, a aceptar la circulación de la moneda de Estados Unidos, con lo que los cimientos del argumento del embargo económico se estremecieron, al producirse la llegada masiva de dólares a la Isla, como consecuencia de las transferencias de las familiares exiliados en el extranjero. En poco tiempo, el dólar sustituyó al legendario peso cubano, cuya capacidad de compra quedaba muy limitada a los bienes racionados en los productos que se suministraban con las libretas de racionamiento. El acceso a la amplia mayoría de bienes y servicios se realizaba con la moneda estadounidense. La búsqueda de dólares se convertía en la garantía para el acceso a bienes y servicios que no se podían comprar con pesos cubanos. Los ciudadanos convertían al dólar no sólo en moneda refugio, sino en un poderoso instrumento de transacciones comerciales en la economía turística.
El régimen descubrió, con sorpresa, que las remesas enviadas por las familias (800 millones de dólares, según algunas estimaciones) permitían ya no sólo atender a las posiciones deficitarias de muy corto plazo en los mercados financieros, sino que se convertían en un instrumento financiero potente de bajo coste (o nulo coste) al que había que estimular, promover su crecimiento, y de acuerdo con la ortodoxia castrista en materia de Economía, controlar y poner a disposición de la revolución. La preocupación por la llegada masiva de dólares y las desigualdades sociales que ello generaba entre quiénes se mantenían fieles al ideario revolucionario, y los que podían tener acceso al área del dólar, condujeron a nuevos experimentos. Y así, se puso en marcha el peso cubano convertible CUC, cuya circulación experimentó un auge notable, al amparo de la protección y el control oficial.
A finales de 2004, tras varios años de funcionamiento, las autoridades decidieron suprimir al dólar como moneda de circulación en la Isla; tan solo se permitieron las cuentas corrientes abiertas en los bancos en esta moneda, quedando el CUC como principal referencia para las transacciones, fijándose un cambio con el dólar que en principio, resultaba perjudicial para turistas, y familias que enviaban remesas. En cualquier caso, el CUC permitía al régimen superar las desigualdades abiertas con la tenencia en dólares y quiénes no podían acceder a los beneficios de esta moneda, uno de los focos de malestar y tensión social más importantes en la Isla en aquellos momentos.
Pues bien, una vez más se acercan nuevos experimentos. Esta vez, en mi opinión, poco reflexionados, por lo que sus resultados no pueden ser siquiera anticipados. Dudo mucho, incluso, que puedan atreverse a impulsar la pretendida unificación de la moneda, es decir, la integración del CUC y del peso cubano. Como advierte el ministro de economía, José Luis Rodríguez, la existencia de dos monedas en circulación produce “descalabros”. Nada que decir al respecto. Tiene toda la razón. Son muy pocos los países del mundo que arriesgan a sacrificar su economía con este tipo de juego peligroso. La decisión de promover la moneda convertible fue suya, por lo que la responsabilidad de esos descalabros también se debería asumir. La cuestión es que el “descalabro” que se puede anticipar de la unificación del peso y del CUC puede ser aún mayor. Y hay razones más que suficientes para ello.
No existe ningún indicador de base macroeconómica que permita aceptar que la unificación monetaria se vaya a producir de forma adecuada y en el momento más propicio. En contra de lo que afirma el gobierno cubano, que se empeña en reivindicar cifras de crecimiento para la economía superiores a los dos dígitos (de ahí su polémica con CEPAL) no existe ningún sector productivo en la economía cubana que muestre síntomas de dinamismo, incluso el turismo ha experimentado una fuerte caída este mismo año, y las repercusiones a medio plazo que ello puede tener, van a ser mucho más intensas de lo que cabe suponer a estas alturas. No es cierto que la economía cubana se terciarice, es decir, que vea cómo aumenta su participación en el sector servicios, y en cualquier caso, esa tendencia no justifica la unificación monetaria ni es garantía para su éxito. De igual modo, el comercio exterior de la Isla sigue siendo muy deficitario, y dado que Cuba tiene una de las más bajas tasas de apertura de las economías de América Latina, su incapacidad para generar recursos en el comercio internacional, va a seguir lastrando sus posibilidades de desarrollo a medio plazo. Que alguien pregunte a los pocos empresarios que todavía arriesgan para sacar adelante sus proyectos en la Isla qué piensan de realizar todas sus transacciones en pesos cubanos. Que alguien pregunte a Francisco Soberón gobernador del Banco Central, sobre las dificultades de control monetario que pueden surgir de una decisión de estas características. Que alguien pregunte a los trabajadores cubanos de la educación y sanidad desplazados a otros países en proyectos de solidaridad lo que puede suponer el cobro de sus retribuciones en CUC. Desde luego, no se dan las condiciones de estabilidad más adecuadas para la unificación monetaria, cuando la inflación en la Isla, según todos los datos que llegan de economistas independientes, repunta al alza de forma sistemática, como consecuencia de la presión de los impuestos indirectos y de una demanda que quiere crecer, pero no puede hacerlo.
Me temo que la decisión de poner fin a la doble moneda que circula en la Isla puede ser un desastre, un experimento más para llevar a la economía cubana a una situación indeseable para acometer los cambios que necesita para realizar la transición pacífica a la democracia que todos deseamos.
Elías Amor Bravo es Economista y miembro de la Unión Liberal Cubana.
Alguien definió la economía cubana como banco de experimentos fracasados del castrismo. Primero, durante los años de generosas subvenciones soviéticas que sirvieron para detener la inventiva de los cubanos haciendo que su capacidad para emprender e innovar se trasladase hacia Estados Unidos; después, tras la caída del muro de Berlín, la doctrina de “sálvese quién pueda al precio que sea” generó uno de los sistemas más desiguales del mundo en la Isla, manteniéndose un férreo control de las decisiones económicas a nivel político. Finalmente, si es que existe algún final para tanto despropósito en materia de asuntos económicos, no sólo se entra en conflicto con CEPAL para tratar de imponer a esta prestigiosa institución una determinada manera de estimar el crecimiento económico que se aleja de las estadísticas internacionales, sino que se anuncia, el enésimo experimento: la posibilidad de poner fin a la doble circulación de moneda (El Herald, domingo 29 de abril).
Hágase un poco de historia. La tenencia de dólares en Cuba había sido durante décadas un delito severamente castigado por las autoridades, con penas de cárcel y privación de libertad. La crisis del socialismo “real” obligó a las autoridades, muy a su pesar, a aceptar la circulación de la moneda de Estados Unidos, con lo que los cimientos del argumento del embargo económico se estremecieron, al producirse la llegada masiva de dólares a la Isla, como consecuencia de las transferencias de las familiares exiliados en el extranjero. En poco tiempo, el dólar sustituyó al legendario peso cubano, cuya capacidad de compra quedaba muy limitada a los bienes racionados en los productos que se suministraban con las libretas de racionamiento. El acceso a la amplia mayoría de bienes y servicios se realizaba con la moneda estadounidense. La búsqueda de dólares se convertía en la garantía para el acceso a bienes y servicios que no se podían comprar con pesos cubanos. Los ciudadanos convertían al dólar no sólo en moneda refugio, sino en un poderoso instrumento de transacciones comerciales en la economía turística.
El régimen descubrió, con sorpresa, que las remesas enviadas por las familias (800 millones de dólares, según algunas estimaciones) permitían ya no sólo atender a las posiciones deficitarias de muy corto plazo en los mercados financieros, sino que se convertían en un instrumento financiero potente de bajo coste (o nulo coste) al que había que estimular, promover su crecimiento, y de acuerdo con la ortodoxia castrista en materia de Economía, controlar y poner a disposición de la revolución. La preocupación por la llegada masiva de dólares y las desigualdades sociales que ello generaba entre quiénes se mantenían fieles al ideario revolucionario, y los que podían tener acceso al área del dólar, condujeron a nuevos experimentos. Y así, se puso en marcha el peso cubano convertible CUC, cuya circulación experimentó un auge notable, al amparo de la protección y el control oficial.
A finales de 2004, tras varios años de funcionamiento, las autoridades decidieron suprimir al dólar como moneda de circulación en la Isla; tan solo se permitieron las cuentas corrientes abiertas en los bancos en esta moneda, quedando el CUC como principal referencia para las transacciones, fijándose un cambio con el dólar que en principio, resultaba perjudicial para turistas, y familias que enviaban remesas. En cualquier caso, el CUC permitía al régimen superar las desigualdades abiertas con la tenencia en dólares y quiénes no podían acceder a los beneficios de esta moneda, uno de los focos de malestar y tensión social más importantes en la Isla en aquellos momentos.
Pues bien, una vez más se acercan nuevos experimentos. Esta vez, en mi opinión, poco reflexionados, por lo que sus resultados no pueden ser siquiera anticipados. Dudo mucho, incluso, que puedan atreverse a impulsar la pretendida unificación de la moneda, es decir, la integración del CUC y del peso cubano. Como advierte el ministro de economía, José Luis Rodríguez, la existencia de dos monedas en circulación produce “descalabros”. Nada que decir al respecto. Tiene toda la razón. Son muy pocos los países del mundo que arriesgan a sacrificar su economía con este tipo de juego peligroso. La decisión de promover la moneda convertible fue suya, por lo que la responsabilidad de esos descalabros también se debería asumir. La cuestión es que el “descalabro” que se puede anticipar de la unificación del peso y del CUC puede ser aún mayor. Y hay razones más que suficientes para ello.
No existe ningún indicador de base macroeconómica que permita aceptar que la unificación monetaria se vaya a producir de forma adecuada y en el momento más propicio. En contra de lo que afirma el gobierno cubano, que se empeña en reivindicar cifras de crecimiento para la economía superiores a los dos dígitos (de ahí su polémica con CEPAL) no existe ningún sector productivo en la economía cubana que muestre síntomas de dinamismo, incluso el turismo ha experimentado una fuerte caída este mismo año, y las repercusiones a medio plazo que ello puede tener, van a ser mucho más intensas de lo que cabe suponer a estas alturas. No es cierto que la economía cubana se terciarice, es decir, que vea cómo aumenta su participación en el sector servicios, y en cualquier caso, esa tendencia no justifica la unificación monetaria ni es garantía para su éxito. De igual modo, el comercio exterior de la Isla sigue siendo muy deficitario, y dado que Cuba tiene una de las más bajas tasas de apertura de las economías de América Latina, su incapacidad para generar recursos en el comercio internacional, va a seguir lastrando sus posibilidades de desarrollo a medio plazo. Que alguien pregunte a los pocos empresarios que todavía arriesgan para sacar adelante sus proyectos en la Isla qué piensan de realizar todas sus transacciones en pesos cubanos. Que alguien pregunte a Francisco Soberón gobernador del Banco Central, sobre las dificultades de control monetario que pueden surgir de una decisión de estas características. Que alguien pregunte a los trabajadores cubanos de la educación y sanidad desplazados a otros países en proyectos de solidaridad lo que puede suponer el cobro de sus retribuciones en CUC. Desde luego, no se dan las condiciones de estabilidad más adecuadas para la unificación monetaria, cuando la inflación en la Isla, según todos los datos que llegan de economistas independientes, repunta al alza de forma sistemática, como consecuencia de la presión de los impuestos indirectos y de una demanda que quiere crecer, pero no puede hacerlo.
Me temo que la decisión de poner fin a la doble moneda que circula en la Isla puede ser un desastre, un experimento más para llevar a la economía cubana a una situación indeseable para acometer los cambios que necesita para realizar la transición pacífica a la democracia que todos deseamos.
Elías Amor Bravo es Economista y miembro de la Unión Liberal Cubana.
