17.04.07¡Sí! en Ecuador
Esta no es la primera vez que los ecuatorianos apuestan por cambiar las cosas a partir de reformar la Constitución. En sus 177 años de vida republicana el país ha tenido más de 20 Constituciones, de las cuales algunas han tenido una vigencia menor a los 2 años. Desde 1978, han sido innumerables los intentos de reforma, no alcanzando con estos cambios los objetivos propuestos. Aún así, hoy una gran parte del electorado está convencido que la Constituyente será el espacio de resolución a todos sus males, cómo si para cambiar el comportamiento político poco cooperativo y oportunista de algunos sectores políticos, bastara con reformar leyes y Constituciones.Por Flavia Freidenberg
Más del 80% de los votantes ecuatorianos respondió que está de acuerdo con que se convoque una Asamblea Constituyente con plenos poderes para que transforme el marco institucional del Estado y elabore una nueva Constitución. Con este apoyo masivo, la tesis de Rafael Correa recibió una contundente victoria, un jugoso regalo para sus primeros cien días de gobierno, convirtiéndose ante la opinión pública en un político que cumple con sus promesas en un país donde esto no es muy común.
La participación fue altísima. Votó el 71,4% de los 9 millones de electores y más de 5 apoyaron la tesis de cambio radical. Seguramente, esto será por algo. El modo irresponsable en que muchos políticos y ciudadanos se han comportado en los últimos años; los altos niveles de corrupción, clientelismo y patronazgo; la constante inestabilidad política; la confrontación y ausencia de diálogo; la cada vez mayor distancia entre ciudadanos y partidos así como el cambio constante de unos ciudadanos que critican hoy lo que han apoyado ayer, pueden ser algunas de las claves de este masivo apoyo a la Asamblea.
Esta no es la primera vez que los ecuatorianos apuestan por cambiar las cosas a partir de reformar la Constitución. En sus 177 años de vida republicana el país ha tenido más de 20 Constituciones, de las cuales algunas han tenido una vigencia menor a los 2 años. Desde 1978, han sido innumerables los intentos de reforma, no alcanzando con estos cambios los objetivos propuestos. Aún así, hoy una gran parte del electorado está convencido que la Constituyente será el espacio de resolución a todos sus males, cómo si para cambiar el comportamiento político poco cooperativo y oportunista de algunos sectores políticos, bastara con reformar leyes y Constituciones.
La experiencia no permite ser muy optimista, al menos por tres razones. Primero, porque en un contexto acostumbrado a violentar las reglas de juego, el cambio de las mismas no basta para mejorar el comportamiento de los actores. Segundo, porque la alianza entre los sectores que apoyaron la realización de la Asamblea es una problemática e inestable coalición contra natura. Junto a Correa está la izquierda (extrema y moderada), los indígenas y algunos partidos (ID, PRE, MPD) mientras que del otro lado hay nuevos partidos de la mano de la clase política tradicional (PSP, PRIAN, PSC, UDC). Viejos y nuevos partidos se reparten de un lado a otro, indicando que la polarización no está sólo en la manera de hacer política sino en raíces más profundas que polarizan el ya fragmentado sistema ecuatoriano.
Tercero, el apoyo masivo supone una alta legitimidad para la Asamblea pero también un cheque en blanco para que Correa impulse un proyecto de corte excluyente y autoritario, que pregona la desaparición de unos partidos políticos, que más allá de su ineficiencia, son indispensables para la democracia. Sería un grave error pensar que Correa tiene poderes para hacer ahora cualquier cosa. De ser así, se estaría ante un nuevo ciclo de inestabilidad y conflicto político, a pesar de la euforia de estos días.
Más del 80% de los votantes ecuatorianos respondió que está de acuerdo con que se convoque una Asamblea Constituyente con plenos poderes para que transforme el marco institucional del Estado y elabore una nueva Constitución. Con este apoyo masivo, la tesis de Rafael Correa recibió una contundente victoria, un jugoso regalo para sus primeros cien días de gobierno, convirtiéndose ante la opinión pública en un político que cumple con sus promesas en un país donde esto no es muy común.
La participación fue altísima. Votó el 71,4% de los 9 millones de electores y más de 5 apoyaron la tesis de cambio radical. Seguramente, esto será por algo. El modo irresponsable en que muchos políticos y ciudadanos se han comportado en los últimos años; los altos niveles de corrupción, clientelismo y patronazgo; la constante inestabilidad política; la confrontación y ausencia de diálogo; la cada vez mayor distancia entre ciudadanos y partidos así como el cambio constante de unos ciudadanos que critican hoy lo que han apoyado ayer, pueden ser algunas de las claves de este masivo apoyo a la Asamblea.
Esta no es la primera vez que los ecuatorianos apuestan por cambiar las cosas a partir de reformar la Constitución. En sus 177 años de vida republicana el país ha tenido más de 20 Constituciones, de las cuales algunas han tenido una vigencia menor a los 2 años. Desde 1978, han sido innumerables los intentos de reforma, no alcanzando con estos cambios los objetivos propuestos. Aún así, hoy una gran parte del electorado está convencido que la Constituyente será el espacio de resolución a todos sus males, cómo si para cambiar el comportamiento político poco cooperativo y oportunista de algunos sectores políticos, bastara con reformar leyes y Constituciones.
La experiencia no permite ser muy optimista, al menos por tres razones. Primero, porque en un contexto acostumbrado a violentar las reglas de juego, el cambio de las mismas no basta para mejorar el comportamiento de los actores. Segundo, porque la alianza entre los sectores que apoyaron la realización de la Asamblea es una problemática e inestable coalición contra natura. Junto a Correa está la izquierda (extrema y moderada), los indígenas y algunos partidos (ID, PRE, MPD) mientras que del otro lado hay nuevos partidos de la mano de la clase política tradicional (PSP, PRIAN, PSC, UDC). Viejos y nuevos partidos se reparten de un lado a otro, indicando que la polarización no está sólo en la manera de hacer política sino en raíces más profundas que polarizan el ya fragmentado sistema ecuatoriano.
Tercero, el apoyo masivo supone una alta legitimidad para la Asamblea pero también un cheque en blanco para que Correa impulse un proyecto de corte excluyente y autoritario, que pregona la desaparición de unos partidos políticos, que más allá de su ineficiencia, son indispensables para la democracia. Sería un grave error pensar que Correa tiene poderes para hacer ahora cualquier cosa. De ser así, se estaría ante un nuevo ciclo de inestabilidad y conflicto político, a pesar de la euforia de estos días.
